Entre la locura y la cordura

“Las locuras que más se lamentan en la vida, son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad”

 Hellen Rowland

Soy saludable, responsable y consistente: “como frutas y verduras”, hago ejercicio tres veces por semana, no fumo, duermo lo suficiente, medito, tengo buenas amistades, y he conquistado una autonomía suficiente para hacer lo que me gusta hacer. Pero nada de eso me lleva al equilibrio y menos aún a la normalidad. Y es que “no solo de pan –y ejercicio, y meditación, y descanso- vive el hombre” ¿Qué me dicen de la psique, el cerebro y la salud emocional? ¡Ah cómo me ha dado por estudiar sobre   neurociencias, ondas paroxísticas, y demás! Y es que de pronto siento unos impulsos –deseos, temores, cansancios, arrojos-  que van en contra de toda norma y me resultan difíciles de domar.

¿Pero acaso ser medio atípica no es saludable? Salirte de lo adecuado, de lo esperado, de lo deseable, ¿da cuenta de falta salud emocional? Por muchos años, ¡décadas! me torturé comparándome con la media, que gozaba de lo típico, y se conformaba con lo habitual. Me esforzaba por pensar-sentir-hacer lo que las mayorías disfrutaban y por supuesto que me agotaba tratando de encajar.

Hoy muy orgullosamente afirmo que me salgo de la normalidad: soy impulsiva, hiperactiva, impaciente, inquietante, extravagante e imprudente. Me descubro muchas mañanas queriendo que la noche comience de nuevo siempre con el anhelo de seguir soñando en eso, y en ese, que me reportaron bastante bienestar. Entra entonces mi “super yo” y toma las riendas: me levanto a organizar lo que me depara la larga jornada que tengo por delante. Pero buscando la ropa del día me dan unas ganas locas de acomodar cajones y de tirar cosas que siento que me dejarían espacio para no se qué y que me aligerarían no se qué más ¡No es hora de hacer limpieza de armario! ¿Ay qué hago con este impulso sin control?.  O replanteo mi intensa jornada o la “picazón” de hacer también una quema de papeles inútiles no me dejará arrancar. Y entra un hijo a interrumpir mi desorden y le cambio el nombre y le pido con urgencia que me suba un café… Y suena el cel y brinco de contento pensando que es con quién soñé ¡y me frustro al ver que me llama a quién planté! Y así a jalones y empujones interiores marcha el día de maravilla… y acometo, y logro, y promuevo, y delego, y resuelvo, y termino un día más…

¿Será que de cuerdos y locos todos tenemos un poco? Yo digo que de locos sí: tenemos bastante, y varios de nosotros. Y esa temida locura  -según y cómo- puede dar un toque peculiar a la vida, siempre que se reconozca, se medio entienda, se “quasi” acepte y se sepa manejar.

A mí, como a Jack Kerouac, “las únicas personas que me agradan son las que están locas: locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas…” Y así, entre manías, obsesiones, ansiedades, paranoias, y compulsiones, arranco y termino el día, tratando, con mucho esfuerzo, que no “me tiren de a loca”, nada más.

 

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