¿ERES CONTROLADOR?

Todos sabemos lo que es ser un “control freak” y tener que estar en todo para poder controlarlo todo. Sin duda, cierto grado de control da estructura a la vida y nos ayuda  a sobrevivir; sentir que entre nuestras manos está el timón de nuestra vida nos permite tener el poder necesario para cuidar de nosotros y enfrentar los desafíos básicos que todo existir conlleva.

Pero ¿qué pasa cuando ese control va más allá de nuestros asuntos y posibilidades y busca inmiscuirse en la vida de los demás? La mayoría de quienes se dan el permiso de controlar la vida, los cuerpos, las decisiones y las relaciones de las personas que los rodean, acostumbran justificarse afirmando que lo “hacen por el bien del otro”: para cuidarlo, para ahorrarle problemas, para allanarle el camino, en fin, razones van y vienen para adjudicarse el derecho de arrebatar a los demás sus decisiones vitales..

 

Entiendo que en ciertas circunstancias hemos de ejercer un grado de poder sobre otros, pero siempre adecuado a las circunstancias, a su etapa evolutiva y sobre todo al rol de responsabilidad que tengamos nosotros en ese contexto y con esa persona.

 

El control bien ejercido, tanto si estamos en una dirección empresarial como si ejercemos de padres de un adolescente, dará contención a los demás, producirá resultados positivos y permitirá el desarrollo de los involucrados. Pero cuando de lo que estamos hablando es de limitar la vida de nuestros hijos adultos, de nuestra  pareja, familiares, incluso amigos y empleados de manera inoportuna para ellos, estamos saltándonos límites y desacreditando las competencias y recursos que las personas tienen para manejar su vida y con ello el derecho a aprender de sus errores, el afrontar las consecuencias de sus actos y por supuesto, el discrepar de nuestros gustos, valores y deseos.

 

¿Será que esta necesidad de control involucra más nuestras limitaciones y temores que el genuino deseo de ayudar? Cuando la conducta de los demás nos produce ansiedad, nos genera malestar y nos resulta amenazante –ya sea porque desafía nuestras creencias, pone en tela de juicio nuestros valores, perturba nuestra estabilidad, y nos enfrenta a nuestros miedos– aplicamos el control como estrategia para preservar nuestro equilibrio sino es que nuestro confort y comodidad.

 

¿No es “más fácil” controlar a los demás que poner sobre la mesa un problema galopante y abordarlo? ¿No es verdad que en ocasiones el hecho de controlar al otro nos evita decir lo que queremos, nombrar lo que nos molesta y pedir lo que necesitamos? Impedir que la vida de cada quien tome su propio curso  y por supuesto de confrontar directa y frontalmente cuando la situación amerite una reflexión oportuna, da cuenta de la capacidad de manejar nuestros propios temores y de cuidar al otro desde el amor y el respeto.

El “control freak” teme perder el control propio. Empecemos a soltar el control dejando ir algo pequeño, examinando qué nos pasa antes y después del evento, y finalmente reflexionando qué ganancia secundaria nos daba controlar esa situación. Este ejercicio nos permitirá aprender mucho más de nosotros mismos y establecer relaciones enriquecedoras al dejar que los otros elijan cómo vivir su vida. Y es que al final de cuentas la única vida que tenemos por vivir, es la nuestra.

 

 

 

 

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