¿Vale la pena ser “la amante” en una relación?

Además de la sensación de impotencia ante la poca maniobra que goza una amante para convivir con su “amor”, hay una serie de situaciones, sentimientos y circunstancias por las que atraviesa una mujer en una relación, siendo la amante en una relación. ¿Cuáles son las más comunes?

Hablemos de las amantes

Ojo: me referiré a “la amante” como aquella persona que asume ese rol “en solitario”, es decir,  sin tener otra pareja –o al menos una pareja significativa y formal- por lo que atribuye a la relación de amantes su apuesta principal. Sin duda, hay infidelidades en que ambos involucrados están casados o tienen alguna relación de pareja  comprometida; en dichos casos no se consolida un triángulo: de hecho se logra un cierto equilibrio en la relación de amantes en tanto que ambos forman parte de otros espacios de vinculación que les implican tiempo, cuidado y energía.

 

  • La sensación de estar en desventaja en tanto que no ocupa el lugar público de ser la pareja  formal, ni de contar con la presencia permanente de su amor.

 

  • Los sentimientos de minusvalía y de resentimiento pueden ser constantes: “¿cómo es que si tanto me amas no buscas terminar ‘aquello’ y quedarte aquí?”, “¿no soy suficiente como para que dejes todo por mí?”.

Torbellino de emocioanes

  •  El dilema emocional que se experimenta: navegar entre el enojo, tristeza, celos, desventura.

 

  • El afrontamiento de la soledad y la mentira: es común escuchar sobre la desazón que sobreviene al tercero, sobre todo en los días festivos que se queda “solo” (¿solo solo o solo de pareja?), mientras el amante comparte con su cónyuge.

 

  • La mentira: muchas amantes no comparten con sus familias y amigos que están en una relación –por temor al juicio y al estigma social-, así como por el cuidado que tienen en preservar el bienestar de su pareja y de la relación.

La complejidad de la relación y el desgaste

En general la mezcla de experiencias que vivencia “la tercera en discordia” pueden convertirse en un cúmulo de reclamos e insatisfacciones que empiezan a pesar más que el gozo mismo que aportan los encuentros. No es poco común que el malestar detone en la actuación de alguna conducta que favorezca el descubrimiento de la situación y la explosión de una crisis que impulse necesariamente a una resolución: todos conocemos también esas historias en las que el amante “manda un anónimo” o en que la esposa atiende un telefonazo y recibe amenazas e información.

 

Pero no solo la acción directa de la amante puede generar el descubrimiento, también sabemos del mensaje de amor descubierto en el teléfono, de la factura de un hotel encontrada en el buró, de la página de Facebook que se olvidó cerrar, y con ello inicia el peregrinar de sospechas que ponen en riesgo el sostenimiento de la situación.  Estas desafortunadas acciones decantan generalmente en el rompimiento del triángulo por la devastación que generan, impidiendo la posibilidad de que la relación progrese.

Resolver o retirarse

Es menester de quien se posiciona en este lugar reflexionar si se siente en una relación de abuso y descuido por parte del amante,  y de ser el caso, busque resolver o bien retirarse, pero no le corresponde actuar en perjuicio de otros terceros que forman parte de la ecuación (cónyuge, hijos u otros familiares o amigos) para saldar cuentas de lo que no le está dando su amante.

 

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