Nuevos tiempo, ¿nuevos machismos?

En pleno siglo XXI parece difícil afirmar, sobre todo en ciertos contextos sociales, que el machismo sigue “haciendo de las suyas”. No podemos dejar de reconocer que a 50 años de la segunda ola del movimiento feminista  se han abierto un sin fin de puertas que facilitan el posicionamiento de las mujeres en las esferas sociales, económicas, políticas y culturales y con ello se avanza en la conquista de una sociedad más igualitaria. Sin embargo, más allá de las cifras aún perturbadoras de explícita violencia de género,  las diferencias de poder en las relaciones interpersonales, particularmente entre hombres y mujeres, dejan estragos lastimosos en las vidas de todos los seres humanos.

Contrario a lo que muchos pensamos, el machismo no es una característica individual de algunos hombres, sino una forma de relación  que pretende el dominio de algunos sobre los demás, -no sólo hacia las mujeres, sino también hacia otros hombres, niños o subordinados-. En una sociedad machista, todos somos en cierto grado machistas, no sólo los varones; por tanto todos ejercemos un cierto grado de machismo en las relaciones en que ostentamos más poder.

La sutileza del machismo actual usa estrategias menos burdas: como una penetrante mirada, ciertos gestos que no requieren articular palabras o la simple falta de atención. Quien recibe estas conductas se siente disminuido, retado o ignorado: sin “violencia” ni disputa se establece “por arte de magia” una relación desigual en la que alguien domina al otro.

Los valores y patrones de conducta que se originan de los prejuicios de superioridad/inferioridad afectan todas las relaciones interpersonales: el amor y el sexo, la amistad y el trabajo, el tiempo libre y la política. Además, el hecho de que la mitad de la población –la femenina generalmente- sea relegada a un papel secundario en el hogar, el trabajo y la toma de decisiones, tiene cada vez más relevancia en la productividad y competitividad, en la salud y la educación y en la  representación política.

Muchas mujeres que viven “en un segundo plano” piensan que esta experiencia de subordinación es efecto de un problema personal de sus parejas, colegas o jefes y lo justifican diciendo: “es un poco brusco”, “es muy exigente”, “está muy presionado o tiene carácter fuerte”, y agregan: “es que tuvo un papá distante”, “su mamá fue muy dura con él”, “ así son los hombres”. Considerar el machismo un rasgo personal de un varón cercano lo hace invisible en cuanto a su carácter social. Casualmente son muchos los hombres que presentan ese “carácter fuerte”, por ello no podemos simplificar así un problema social tan ancestral como complejo.

Muchos varones desconocen el problema y se preguntan por qué las mujeres no ven las cosas como ellos. En su confusión piensan: “nadie entiende a las mujeres”; incluso afirman con “ingenuidad”: “yo no soy machista, qué bueno que las mujeres trabajen y estudien; yo a mi esposa la dejo hacer lo que quiera… bueno, mientras no me falte al respeto o descuide la casa”. Sobra mencionar los chistes machistas en relación a las mujeres subordinadas: en la oficina, en la casa, en la escuela, esos que al final afriman “que calladita se ve más bonita”.

Hay un sin fin de conductas que podríamos seguir citando que reflejan dominación y control: el poder de callar al otro, la espera en la antesala, la infantilización de la mujer al sobreprotegerla y pedirle que se reporte constantemente, la devaluación de lo doméstico, entre otras. Muchos hombres afirman no ser machos pues participan mucho en el trabajo de la casa; falta decir que ese “mucho” se mide en un marco de comparación a lo que realizan otros hombres, -amigos o familiares-, pero no en relación a lo que llevan a cabo sus propias parejas.

Para lograr el cambio no basta con mejorar la condición de las mujeres, se necesita cambiar todas las reglas del juego; el acallado feminismo sirve pero no es suficiente, falta el acuerdo y la participación de los hombres. ¿Cómo invitarlos a involucrarse si en casi todos los países se han resistido a este cambio?. A nivel teórico el discurso masculino está a favor de la mujer y de la igualdad de los sexos, pero en la práctica aún hay mucho que los varones deben descubrir, explorar, comprender y aprender, y al final, varios privilegios de género que reconocer y a los cuales tendrían que renunciar. Y, claro está, también hay mucho que las mujeres deben aprender de estas nuevas dinámicas sociales, que proporcionan libertades pero también responsabilidades diferentes.

No podemos cambiar las relaciones sociales sin cambiar las relaciones íntimas y esto no se podrá acometer mientras no cuestionemos la base de nuestra identidad como hombres y mujeres. La equidad requiere redefenir tanto la feminidad como la masculinidad: dejar de considerar a los sexos como opuestos, promover la libertad de adoptar conductas y actitudes del otro género y promover la flexibilidad para alternar los roles cuando se desee o se necesite. Y con esto, poder intercambiar de forma más justa, más humana, respetando la igualdad entre los sexos en medio de su particular diversidad.

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