¿Culpa por sentir placer?

El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo. Pero además de la respuesta genital, en los humanos, el instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

 

¿Por qué muchas personas se sienten culpables al experimentarlo?

Definamos la culpa como la experiencia de sentirnos malos, inmerecedores, agobiados, ansiosos, avergonzados, egoístas, perversos, entre otras cosas, por que nuestra conducta no corresponde a un código moral interno que incluye normas conscientes y normas inconscientes, generalmente introyectadas  en nuestra infancia, provenientes no solo de nuestros padres y maestros, sino de una cultura que permea todas nuestras creencias.

Pero existe una culpa funcional y una disfuncional. La primera nos señala que hemos transgredido algo valioso e importante. Este sentimiento nos  ayuda a resolver un problema, a cuidar de uno mismo y de los demás, y reparar los daños causados. La culpa disfuncional sólo añade sufrimiento a nuestra vida y produce no solo malestar sino parálisis también. ¿Cómo hacer distinciones? Si la norma transgredida es actual y viable de cumplir, si la hemos elegido libremente y si está basada en principios éticos, es probablemente sano y oportuno que experimentemos cierta culpa. Pero si la norma nos fue impuesta por otra persona, por la sociedad, por la iglesia, y no la hemos elegido por cuenta propia, no nos hace sentido, ni tiene ningún valor en nuestras circunstancias particulares, y ni nos daña a nosotros ni viola los derechos de los demás, los sentimientos de culpa serán poco productivos y viviremos en una agónica tortura.

 

Origen de nuestras culpas sexuales

La base del pensamiento occidental que construye nuestro mundo de creencias se basa en la filosofía griega, la tradición judeocristiana y el patriarcado. La prime consideraba una dualidad entre espíritu y cuerpo y  después entre mente y cuerpo, considerando siempre superior a la primera que a la segunda. El cristianismo ensalza el dolor con la idea de que fortalece el espíritu, penaliza el placer al cual considera sucio, riesgoso e indomable. Y por último, el patriarcado, sistema jerárquico donde los hombres y todo lo masculino enarbola el poder y los privilegios, condona a los hombres lo que condena en la mujeres. Todo junto suma a mayores culpas en las mujeres puesto que la división entre ser “virgen” y respetada, a “puta” y despreciada, sigue vigente en muchos contextos.

Todo esto termina influyendo nuestros contextos familiares, escolares, laborales y sociales y aterriza en cada historia personal. ¿Aprendimos o no a experimentar el placer? ¿Se nos enseñó a sentirnos a gusto con nuestro cuerpo? ¿Se respeto nuestro sexo y la expresión de nuestra sexualidad?

¿Cómo liberarse de la culpa ante el placer sexual?

  • Reconocerla cuando se manifiesta con malestares físicos, con rechazos corporales, con adicciones.  O bien cuando aparece como una ansiedad difusa o una represión costosa. También se asoma con autoreproches y autocastigos.
  • Ponerle nombre, saber que es culpa y no otra cosa.
  • Rastrear de dónde viene. Reconocer su particular origen en nuestra historia, que incluye desde mandatos constantes, rechazos inconscientes, hasta amenazas y castigos puntuales.
  • Crear la propia escala de valores sexuales. Actuando con base en principios y no en creencias erróneas y Reconocer que solo lo que no es oportuno y constructivo para uno y para los demás es lo que pone en riesgo nuestra integridad.
  • Cambiar la narrativa del sexo individual y cultural. Informarnos a través de libros, cursos, cine, arte, terapias, sobre lo bueno, lo bello y lo correcto de la sexualidad.
  • Tomar acciones que contrapongan nuestros temores. Aventurarnos, en contextos seguros y con personas confiables, a vivir una sexualidad libre de temores, novedosa, acorde a lo que deseamos y a quienes somos.
  • Consertir el deseo, buscar el placer, activar la excitación. Y volver a disfrutar.

 

Hagamos de nuestros deseos bien gestionados pequeños paraísos terrenales, porque no somos ángeles, somos seres humanos.

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