Volver a mi

Te comparto unas reflexiones sobre mi vida.

Escrito por: Tere Díaz

Tiempo de lectura: 5 minutos

“El único viaje es el viaje interior”

 Rainer Maria Rilke

Escribo frente a una ventana estrechita que da a un hermoso jardín rectangular lleno de flores coloridas y diversas plantas aromáticas.

Alquilé este acogedor espacio dentro de una casa estilo inglés en una ciudad estadounidense, y todos los días me siento un buen rato en mi escritorio blanco, al interior del cuartito blanco que me asignaron  – blancas las paredes, blancas la cabecera, blancos los muebles, blanco el edredón que cubre la cama y blanca la página que está frente a mi – con la cabeza en blanco también, a escribir sin prisa alguna.

Estoy en una pequeña capital norteamericana:

tranquila, suficiente, rodeada de montañas con restos de nieve que dejó el invierno y llena de espacios verdes que enmarcan las calles en este verano caliente.

Y no es que haya llegado aquí tras largas deliberaciones sobre donde pasar mi periodo vacacional, sino porque el destino me arrojó aquí inesperadamente y ahora me doy a la tarea de retarlo construyendo con su jugarreta un destino personal.

La Fontaine dijo que “Una persona suele encontrar su destino en el camino que eligió para evitarlo”,

yo agrego que siempre que creo haber aprendido lo forma más oportuna para vivir, mi vida cambia, y tengo que descartar planes, reaprender estrategias, considerar opciones desconocidas y reconstruirme.

Difícilmente hubiera elegido este lugar para vacacionar pero ya que he sido yo elegida por el lugar mismo, me dispongo a descubrir el trayecto que estoy invitada a recorrer.

Abro la venta y respiro un aire tibio, lleno de olores de jardín, ajeno a mi y al mismo tiempo mío y solo mío. Me lleno de energía. Integro imágenes y sensanciones, luego las suelto.

Pienso poco, siento mucho.

Cierro los ojos y vuelvo a respirar, y a kilómetros de mi mundo empieza a darse ese asombroso fenómeno que permiten los espacios desconocidos, esa sensación que en el día a día es imposible experimentar: fuera de contexto me vivo diferente, soy yo y al tiempo soy muchas otras más, y ante mi se presenta una historia no escrita, algo por diseñar, por descubrir, por precisar.

Y aquí, en mi silla blanca, en mi blanca habitación, con la mente en blanco, no puedo mentirme mucho: amplío mis perspectivas, entiendo de lo que estoy escapando, y me dispongo a descubrir lo que quiero, lo que puedo, lo que sueño hoy.

Confirmo en la distancia que puedo ser más extranjera de mi misma en mi propia tierra, y que las tierras lejanas pueden ayudarme a adueñarme de versiones de mi que en el diario vivir se esconden, se minimizan, y mueren a punta de ser ignoradas.

Me reconozco, me cuestiono, me expando.

¿Será que los destinos de viaje importan menos como lugares en sí que como creadores de experiencias transformadoras?

No dejo de recordar – por ejemplo – viajes de compras al extranjero que hoy confundo unos de otros, que resuenan en mi con aturdimiento, y que nubladamente vienen a mi recuerdo sin mayor trascendencia vital.

Y no es que la vida toda se trate de “sumergirnos en las profundidades”, pero hay viajes bien planeados que no .tienen ningún efecto reparador. Sigo escribiendo, y mientras me pierdo en las letras me voy encontrando a mi misma.

En tanto desconozco lo que cada día me depara, comprendo el sentido del camino que recorro.

Al acercarme a gente desconocida, reconozco una humanidad compartida, compasiva, y doy cabida a aspectos de mi que vivo como vergonzosos, dolientes, y que he intentado –con poca fortuna- desterrar.

Experimentando la sublime sensación de salirme de cualquier trama y liberándome de todo referente puntual que me encadene, me desempolvo, me libero.  Como Julien Green confirmo que “ni siquiera el mejor explorador del mundo hace viajes tan largos como aquel hombre que desciende a las profundidades de su corazón”.

Penetro en mi alma y voy rescatando saberes enterrados, los honro.

Comienzo a descifrar mis contradicciones, asumo temblorosamente mis temores, integro con aplomo mis dolores, dejo ir mis empecinamientos, y descanso –por un rato- del tiempo cuando corre de prisa, de los otros que me atrapan en el día a día, y de esa parte de me aprisiona desde la prisa, la costumbre y la falta de flexibilidad.

La página en blanco sobre el escritorio blanco, dentro de mi blanca habitación, se va tiñendo de colores, se va llenando de vida.

Y complacientemente experimento que de a poco empiezo a extrañar las miradas de los míos y los quehaceres de mis rutinas. Por eso de vez en vez he de dejarme ir a donde el destino me lleve y hacer de un aparente viaje sin propósito un recorrido que me devuelva a mi.

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