Para todos los que reprimen sus sentimientos

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A muy pocas personas se les educa emocionalmente. Si bien los motivos de esto pueden depender de factores de distinta naturaleza, un aspecto que se repite constantemente es el poco  valor social que se le da a la dimensión afectiva. Esto se debe a que, por un lado, se le considera una característica femenina –en contraste con la bien valorada racionalidad que erróneamente ha sido establecida como propia de los varones– y, por otro lado, porque es una de las tareas vitales más difíciles de conquistar.

Lo que sí es un hecho es que desde la infancia nos enseñan a invisibilizar y minimizar lo que sentimos, de modo que nuestro horizonte afectivo se va empobreciendo a medida en que reprimimos y distorsionamos nuestras emociones.

En la sociedad occidental, de la que formamos parte, la noción más privilegiada de inteligencia se ha restringido a aspectos tales como la racionalidad, el conocimiento y la lógica, mientras que la dimensión afectiva de ésta ha sido excluida como parte fundamental de su definición. Esto significa que la inteligencia que se manifiesta en el reconocimiento, la comprensión, la empatía, la aceptación, así como en la expresión y el manejo adecuado de nuestros sentimientos y emociones, es considerada de “segunda categoría”.

Todos sentimos… aunque no queramos

Y no sobra decir, aun para las personas que se viven y consideran poco emocionales, que todas las personas sentimos en mayor o menor medida, pero todos sentimos. Más allá de nuestras diferentes sensibilidades, negar que sentimos sería vivir en medio de la confusión y la vaguedad; algo así como andar a oscuras por la vida sin entender qué nos pasa, por qué nos pasa y cómo hemos de responder a ello. Nunca somos neutros –por tenue que parezca la experiencia emocional que sintamos– ante nuestro mundo externo y ante nuestra vivencia interna, de ahí la importancia de conocer el mundo afectivo, pues las emociones y los sentimientos nos aportan información de nosotros, de lo que deseamos y valoramos, de lo que tememos, y de lo que hemos vivido. 

Nuestra dimensión emocional también nos permite conocer nuestro entorno y los estímulos que de él vienen. Conocer tanto nuestro interior como el mundo que nos rodea son cualidades propias de nuestra afectividad, cuyo propósito es dar respuestas oportunas a la vida, responder a los retos que se nos presentan y vivir en un estado de bienestar.

Sentimientos positivos y negativos

Nos han dicho que hay emociones buenas y malas, pero es muy importante señalar que el mundo emocional carece de connotación moral: simplemente es. Sin embargo, los sentimientos impulsan la acción, y las acciones sí poseen un peso ético y moral. De modo que, si no manejamos bien las emociones, difícilmente actuaremos de forma adecuada, pues de ello depende en buena parte el reaccionar oportunamente a lo que nos ocurre, alejar o alcanzar aquello que queremos, así como entender si estamos relacionando nuestro presente con experiencias traumáticas o creencias erróneas del pasado o con lo que está ocurriendo en el aquí y ahora. Es en función de este aprendizaje que podremos concientizar lo que nos pasa, resignificar nuestro sentir y responder adecuadamente a lo que nos ocurre interna y externamente.

Ahora sí, y más allá de una interpretación moral, podemos decir que existen básicamente dos tipos de sentimientos: los positivos y los negativos. Los positivos aumentan el propio sentido de fuerza y bienestar, de plenitud, vitalidad, de totalidad, confianza y de esperanza. Por su parte, los sentimientos negativos interfieren con el placer, agotan la energía y nos dejan extenuados con un sentido de bloqueo, vacío y soledad. Con los primeros nos regocijamos, como sería el caso de sentir la satisfacción y alegría de lograr una meta deseada, reencontrarnos con un amigo querido o entregarnos amorosamente a nuestra pareja. Con los segundos nos abruma el impacto del fracaso, la pérdida, la percepción de pequeñas “muertes” y amenazas por doquier.

Preguntas de reflexión

Dicho lo anterior hemos pensado en algunas preguntas que les ayudarán a entender sus emociones. Es importante que para conseguir un buen resultado encausen los sentimientos con un profesional.

  1. ¿Has reprimido alguna emoción o sentimiento? (es decir, qué tanto no te permites sentir esa emoción o sentimiento cuando aparecen) ¿Por qué?
  2. ¿Te has sentido mal por experimentar sentimientos negativos pensando que eso te hace una mala persona?
  3. ¿Reconoces que tu actuar, arrastrado por emociones negativas, lejos de llevarte a resolver problemas, te ha generado más?

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