Entre el amor y el matrimonio

Hoy difícilmente podemos considerar al matrimonio “la tierra del amor…”. ¿Será que en algún momento sí lo fue? Averiguarlo nos requeriría entrar en un recorrido histórico para comprender cómo surgieron los primeros acuerdos conyugales y su evolución en el tiempo, pero eso es “otro cantar”. Mejor nos quedamos con la afirmación de Nicolás-Sebastien Roch quien dice que “El amor es más placentero que el matrimonio, por la misma razón que las novelas son más interesantes que la historia”.

El amor en términos generales es poco previsible y difícil de domesticar; la incertidumbre forma parte de él, esto contradice la creencia milenaria de que “el amor todo lo puede y todo lo soporta”. Sin embargo, la incertidumbre, que tanto malestar genera en la vida de pareja, es el único antídoto que previene el desgaste del deseo y de la pasión con el correr de los años; demasiada cercanía, demasiada seguridad, demasiado conocimiento, agotan el deseo y la pasión.

La contradicción inherente en la convivencia de una pareja, entre seguridad y novedad, nos obliga a reconocer las diferencias entre el escenario que el amor requiere para vivir y el escenario que necesita para sostenerse el matrimonio; si bien de algunos siglos para acá hemos intentado ponerlos a convivir en el mismo escenario,  ambos espacios  requieren condiciones diferentes para subsistir.

¿Cómo es que al amor se le dificulta florecer en el seno de la vida matrimonial? El amor y el matrimonio pertenecen a lógicas distintas:

  • El amor es una relación, como tal se genera en el intercambio y la convivencia de los amantes. El amor lo construyen las personas que integran ese intercambio y no se somete a normas preestablecidas ni a reglas fijas. El amor pertenece a una lógica basada en la libertad, el cambio y la novedad; requiere de la igualdad para subsistir: implica posiciones de poder y de oportunidades parecidas que eviten la dependencia de uno y otro amante y que posibiliten la libertad y el intercambio creativo de identidades.
  • Por su parte, el matrimonio es una institución y pertenece a una lógica social. Como toda institución está sometida a derechos y deberes: requiere normas claras, horarios y usos y costumbres aceptadas. El matrimonio generalmente implica convivencia domiciliaria: compartir el mismo techo, la misma mesa… y con ello, hijos, familias, pericos, hipotecas y demás. Como institución el matrimonio requiere certezas “totales”, una estructura clara –a veces desigual- con diferencias de roles, de actividades, de responsabilidades y funciones.

Es desde esta diferencia que podemos entender que el amor y el matrimonio requieren condiciones diferentes para existir y por eso tienden a ser antagónicos. Insistimos en que al hacer esta distinción no afirmamos que uno sea mejor que el otro, simplemente hacemos notar que son diferentes y que a veces damos por sentado que se cultivan en el mismo espacio y de la misma forma.

De aquí que no sea poco común encontrar parejas que se casaron enamoradas y convencidas de la elección que hicieron, y al paso del tiempo se les “agotó el amor”. Desde el planteamiento hecho aquí, se puede observar que el resultado del desencanto, el aburrimiento y a veces incluso la aparición de la violencia, no sólo tiene que ver con el correr del tiempo, sino también con el caracter de cada uno de los miembros de la pareja o la mala resolución de los conflictos. En una ruptura amorosa también entra en juego la invisibilidad de esa dificultad de hacer crecer y permanecer el deseo, lo erótico y el amor en sí, en un territorio tan doméstico y rutinario, difícil de reconstruir y modificar.

Los cónyuges reconocen pocas veces el mecanismo institucional en que se encuentran y las consecuencias de dejarse atrapar por lo que marca y señala el “deber ser” del orden social. De este modo la pareja se convence fácilmente de que sus problemas maritales se deben a una disfunción “interna”, a una falta de amor o a la presencia de un tercero.

Llegados a ese punto, la pareja convertida en institución matrimonial trata de capotear su realidad con dos estrategias distintas, ambas destructivas: se deja influir en extremo por el ambiente que le rodea, introduciendo un exceso de amigos, familia, etcétera; o bien se encierra en sí misma por temor a perderse, exigiendo que el otro satisfaga todas sus necesidades.  En ambos casos lo que se sacrifica es el amor, ya que la verdadera satisfacción de los amantes se da a través de la riqueza de su relación, dentro del mundo, sí, pero en un sentido, al margen del mundo también.  Estar en el mundo, sin perderse en él, entrando y saliendo, adaptándose y desafiándolo, sería la manera de hacer sobrevivir el amor.

Cuando el amor se mantiene vivo, la relación de pareja tiene para los amantes más importancia que el entorno social; esto se deja ver a la hora de dedicar tiempo, energía y motivación a algo claramente doméstico, más convencional o básicamente productivo, lo cual siempre pesa más que el encuentro amoroso mismo. Por el contrario, las parejas ya empobrecidas en su interioridad, se llenan de ruido para evitar el vació que se impone a la hora del encuentro mutuo.

Siempre es importante que ambos miembros de la pareja sientan que su relación es fructífera, que abre puertas nuevas y les permite seguir creciendo, teniendo una buena vida. Es básico intentar cosas nuevas si lo que deseamos es mantener a flote esa barca, difícil de conducir pero que puede ser bella, que es el matrimonio.

El amor crece en la presencia pero el deseo requiere la ausencia… binomio difícil, pero posible de conjugar…

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