Lo válido y lo sospechoso en una relación 40 y 20

Hay cosas que dentro de una relación pueden resultar válidas y otras un tanto sospechosas, te cuento lo válido y lo sospechoso en una relación 40 y 20.

En el amor, la edad no debería ser un obstáculo, pero en la convivencia diaria, pueden surgir desafíos que deben ser abordados en las parejas con diferencias significativas de edad. Aunque el amor no entiende de números, existen aspectos particulares que deben ser considerados para mantener una relación equilibrada y satisfactoria.

Lo que sí se vale…

– Dar y pedir protección.

Nuestras historias de infancia, con sus carencias y sus abundancias, tienen muchos vericuetos, y sí, podríamos buscar a alguien mayor por querer en parte  un padre que nos cuide o una madre que nos nutra. 

No es pecado buscar en la relación protección, paz, experiencia y sabiduría, alguien que nos de seguridad para hacer frente a la vida. Pero ojo, la función de los padres y las madres es dar, de la pareja dar y recibir. Sin un intercambio equitativo la pareja se colapsará.

– Las historias de pareja nos invitan a curar nuestros primeros amores:

los de nuestros cuidadores primarios. ¿Está mal? Si esta decisión viene desde la conciencia y no desde la dependencia y la desesperación, se puede hacer una elección que además de arropar un pasado vivido, dé nacimiento a un buen amor. No todo se elige a causa de un “trauma psicológico”, aunque las experiencias tempranas dan tinte a nuestra elección, la vida en su caminar mezcla razones diversas también, y todas se integran en la elección de pareja. 

– Estabilidad económica.

¿Y qué hay de grave en buscar a alguien con suficiente estabilidad económica –no para depender (¡ojo!)- si no para sumar? Es válido no querer pasar de nuevo por penurias materiales, o bien cuidar un status adquirido. 

También es legítimo no querer ser proveedor y sobrecargarse de responsabilidad monetaria. Se vale recargarse temporalmente en la pareja en momentos de dificultad económica pero una dependencia económica total generará sumisiones, y por tanto restará autonomía, ligereza y a la larga, reinará la recriminación.

– Juventud y madurez compartida.

A veces la relación con alguien de menor edad, re-conecta con la vida y contagia de brío y estupor. Del mismo modo el vínculo con alguien mayor puede aportar madurez y experiencia, con espacios de solidez y paz. 

El reto en ambos casos será lograr en el diario vivir cierta compatibilidad en gustos, intereses, proyectos compartidos, metas de vida e ideologías en común.  Las negociaciones y acuerdos flexibles, donde uno se adapte al otro y viceversa, no serán la excepción. 

– No podemos a priori condenar una relación por causa de la edad, lo que sí es útil es prever el futuro.

Cambiamos naturalmente al correr de los años, pero atravesar diferentes ciclos de vida acentúan más la distancia de necesidades, intereses y valores. 

Éstas diferencias pueden atenuarse trabajando en la actitud psicológica de los enamorados: una persona joven pero mentalmente madura compagina mejor con una mayor que posee un espíritu joven y despierto.

¿Se vale?

Existen también razones “de dudosa procedencia” para convivir con alguien de lejana edad: el puro deseo de sentirse aún deseable, el temor a envejecer, la necesidad de confirmar el brío personal o de querer impresionar, así como la necesidad de crecer a saltos y brincarse procesos de aprendizaje, son razones que impulsan a elegir una relación dispar que augura poco éxito y poca satisfacción.

Y es que no podemos depositar en el otro la gestión de los retos de nuestra etapa de vida ni la conquista de la seguridad personal.

La brecha de los primeros años se ahonda con el tiempo y la diferencia que era llevadera al comienzo se puede hacer muy pesada cuando las motivaciones de la unión son frágiles y el tiempo empieza a correr.

Es importante reconocer que las diferencias de edad pueden influir en las necesidades, intereses y valores a lo largo del tiempo. Si bien es posible encontrar un equilibrio y adaptarse a medida que evolucionamos, debemos evitar elegir una relación únicamente por razones superficiales o inseguridades personales. No podemos depositar en nuestra pareja la responsabilidad de resolver nuestros propios desafíos o garantizar nuestra seguridad personal.

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