• Decir que la sociedad es más indulgente con la infidelidad masculina que con la femenina es una realidad pero no es una curiosidad porque todo mundo lo sabe.
  • Decir que el hombre es más promiscuo que la mujer y que sus infidelidades tienen menor fundamento emocional es una realidad pero no una curiosidad, puesto que todo el mundo lo acepta.
  • Y decir que como consecuencia de ambas cosas el hombre sea el perdonado también es una realidad pero no una curiosidad, porque todo el mundo lo reconoce.

Sin embrago, algunas realidades son menos evidentes, pero igualmente trascendentes que merecen ser destacadas, porque a simple vista pueden parecer un tanto insólitas. Mencionaré una:

  • Las mujeres más maduras (psicológicamente) son las más fieles… y las más infieles. 

Obviamente influye la edad pues para madurar se requieren vivencias y experiencias, las primeras llegan con los años y las segundas son consecuencia de la asimilación de las primeras. Por tanto no hay que confundir la cantidad de vida con la calidad de la experiencia.

Pero en virtud de este mismo razonamiento, cierto porcentaje de mujeres decide que en determinada situación recurrir a la infidelidad no va contra sus principios ni contra su coherencia.  Es el caso de quienes se sienten abandonadas emocionalmente o que practican la infidelidad reactiva, es decir, como protesta a una situación que no quieren más; en este caso permitirse la infidelidad es la manera de responder adaptativamente a su realidad y por tanto asumen lo que hacen como un ejercicio de expresión de su libertad de acción. Así, la madurez hace que, de acuerdo con su lógica, y a pesar de los riesgos que conocen como mujeres, (siempre es más riesgoso ser infiel siendo mujer que siendo hombre) la consideran una opción aceptable y deciden practicarla sin inhibirse por cuestiones de género.

En cambio, en los hombres la infidelidad juega a favor de la inercia social y en ese caso, lo que implica en ellos mérito es limitar voluntariamente el acceso a alguna de las múltiples vías de las que dispone para ser infiel sin recibir rechazo social.

El resultado de esa distinta permisividad hace que por regla general la renuncia a la infidelidad sea un indicativo de madurez en el hombre, mientras que en la mujer la interpretación puede ser más equívoca, porque puede tratarse de una restricción voluntaria y en ese supuesto, es un indicativo de madurez. O puede estar motivada por el temor a la reacción de la pareja, y en ese caso, debe interpretarse como subordinación afectiva impuesta por la inmadurez.

Las mujeres suelen ser más coherentes que los hombres tanto a la hora de restringir sus infidelidades como de permitírselas. Los hombres a medida que maduran tienden a ser más fieles.

¡Ojo! No estoy siendo más permisiva con la infidelidad femenina que con la masculina, pero en mi experiencia clínica observo que el perfil de la mujer infiel suele ser más coherente que el de los hombres, y menos inmaduro.

Pedir perdón, en términos generales, no es una acción sencilla. Y hacerlo “bien” resulta una faena particularmente desafiante. Reconocer con madurez tu falla y dejar a un lado el orgullo parece fácil pero a la hora de llevarlo a cabo es común terminar cometiendo ciertos errores que hacen que la disculpa no sea ni sentida, ni verosímil, y mucho menos útil para reparar la ofensa.

 

¿Cuáles son los errores más comunes al momento de disculparnos?

 

  1. “Perdón, pero…”.

Usar la palabra “pero” es una de las equivocaciones que se cometen con frecuencia al momento de disculparse. Además de parecer -y de ser- una justificación, el efecto que tiene es cancelar o negar toda la disculpa dada primero.

 

Al momento de añadir el “pero” tras pedir perdón, lo que experimenta la otra persona es que tiene más importancia el “pero” que la ofensa misma. Tus intenciones seguramente fueron buenas, pero aún así, generaron una herida. Reconoce sin justificación  el daño que hiciste a la otra persona.

 

Basta con decir: “No quería lastimarte y sé que lo hice. Tendré más cuidado la próxima vez. Te pido una disculpa.”

 

  1. Asume tu parte sin señalar.

Señalar a la otra persona al momento de disculparte es, nuevamente, no asumir responsabilidad de tus acciones. Decir “perdón por haberte hecho sentir así”, minimizando el daño realizado, no tiene el mismo valor que afirmar “perdón por la forma en la que me comporté.” Aceptar con humildad lo que hiciste es esencial para que tu disculpa tenga éxito.

 

  1. Esperar que te perdonen “a tu modo”.

La forma de responder a tus disculpas seguramente no corresponderá a la expectativa que tienes sobre cómo lo va a hacer.  No insistas en que se te perdone cuando tú quieras y como tú lo necesites. Cuando hayas pedido perdón no esperes inmediatamente que todo “vuelva a la normalidad” como si nada hubiera pasado. La reconciliación requiere de paciencia y de esfuerzo; lograrla puede fortalecer la relación y generar crecimiento a ambas personas.

 

  1. Poner pretextos antes de tomar conciencia.

No pidas perdón sin antes haber reflexionado sobre tus acciones. Una cosa es ofrecer una explicación en caso de que te la pidan, y otra muy diferente poner una excusa esperando que la otra persona te entienda y por eso te perdone. Para que alguien acepte tu disculpa examina qué papel jugaste en la herida que generaste y reconoce que tus acciones no fueron adecuadas.

 

  1. Repara lo que puedas reparar.

Ya habiendo reflexionado sobre tu parte, identifica aquellas cosas que sí puedes reparar. Si no tienes claro qué daño hiciste y cómo lo puedes resarcir pregunta de manera respetuosa “¿Hay algo que pueda hacer para repara el daño?”

 

El perdón es uno de los actos que requiere de mayor humanidad, tanto al pedirlo como al otorgarlo. Se requieren las más altas competencias humanas para reconocer el error, reflexionar sobre lo que motivó la conducta, dolerse por el daño hecho y reparar el agravio causado. También somos muy humanos al perdonar; al apostar por la persona que nos lastimó, superar los resentimientos, hacernos responsables de nuestra recuperación y recuperar la confianza.

 

Y no olvides que el perdón no es un evento aislado sino un proceso con “subes y bajas” que se tiene que -paso a paso- recorrer.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.