Cuando en una consulta o en un curso alguien, de entre 20 y 40 años, me expresa las siguientes inquietudes: “Siento que soy un fracaso. No tengo un proyecto de vida. Estoy perdida. Jamás me he enamorado” o bien me pregunta “¿qué hago mal? ¿qué tengo mal?, o ¿por qué no atraigo a la gente adecuada?”, no puedo evitar contestarles que yo, a mis casi sesenta, aprendo algo todos los días; un nuevo conocimiento, que antes me parecía complicado o una nueva lección de vida, que me permite superar límites que creía imposibles. Ojo, no es que minimice los dolores y sin sabores que tienen los pacientes, pero con el paso del tiempo uno aprende a entenderse, valorarse y a conquistar la vida.  ¿A los 25? era tenaz, pero era una ignorante con doctorado.

La vida es generosa

Pareciera que la existencia, sobre todo en este periodo de pandemia, se ha quedado congelada, sin embargo vale la pena entender este momento desde otro punto de vista. La vida cambia, se hace rara, nos sorprende, nos asusta, nos reta, nos deleita y no se detiene. Y aunque vivir bien o bien vivir no es fácil, la vida siempre puede ser generosa, en particular si la entendemos y la sabemos capotear. Si comprendemos nuestras frustraciones, equivocaciones y fracasos como estados de tránsito que necesitamos para llegar a mejores lugares. Es inevitable.

No pretendo convencer a nadie de que se haga de un optimismo idealizado en el que todo se puede y las cosas que siempre llegarán exactamente como las queremos y necesitamos. No creo en eso porque sé que la vida no se comporta así. Tampoco practico los famosos decretos y las afirmaciones compulsivas: “yo soy valiosa”, “yo soy poderosa”, “yo soy…”  En lo que sí creo es en la atención consciente, en las reflexiones profundas y en los procesos sostenidos, y por qué no, en el deleite de disfrutar el camino mientras atravesamos el trayecto.

Disfrutemos el camino

Para bien o para mal, la educación conservadora, religiosa y represiva que recibí, mi adaptación a las tradiciones familiares y la súper exigencia de mi entorno, me llevó a actuar, desde los primeros años, desde un riguroso “deber ser” que afortunadamente también me dio muchos momentos de diversión y placer. Aprendí, pues, a mezclar ciertas “torturas” con el goce. Y en tanto los hábitos firmes y la voluntad férrea me ayudaron a sostener mis objetivos y a sobreponerme ante los fracasos, mi curiosidad constante me impulsó a buscar, una y otra vez –en lugares familiares y en territorios desconocidos– nuevos senderos… ¡y vaya que los he encontrado! Por eso hoy, a mis casi 60, sé comenzar y emprender, y añoro cada día. Soy el resultado de todo, de lo que fui, lo que soy y lo que quiero ser.

Consejos para vivir bien

A ti que me lees, anhelo poder trasmitirte que lo que vale la pena llega muy ocasionalmente por un golpe de suerte, porque lo preciado (lo que verdaderamente importa) se cuece a fuego lento. Y es que la paciencia es un don en un mundo donde el “lo quiero todo y lo quiero ahora” es la constante: se buscan amores instantáneos, trabajos espontáneos e hijos que crecen espolvoreándoles “royal”. La inmediatez no es una buena consejera, de hecho lejos de enseñarnos a  “tomar la vida por los cuernos” distorsiona los procesos de crecimiento que eventualmente nos permiten conquistar del bienestar.

En honor a lo anterior, aquí les dejo tres ingredientes para vivir bien que me han acompañado a lo largo de mi existir:

  • Una capacidad que, aunque me ha costado, me ha permitido aprender a respirar, a transpirar y a esperar.
  • La clave aquí es no dejar de estudiar, ampliar constantemente nuestros conocimientos. Para lograrlo hay que tener información, terapia –si la situación lo amerita- y suficiente reflexión.
  • La disciplina es la posibilidad de sostener decisiones a través de acciones y omisiones concretas que están direccionadas hacia un propósito deseado. Conquistarla no es fácil para nadie, pero los resultados son maravillosos.

En conclusión, todo es una mezcla de emocionalidad, inteligencia y voluntad. Por eso siento a la vida tan viva, y la enfrento como una aventura interesante, que me desafía y me encanta. Y sí, quiero vivir mucho y más, porque morir simplemente me implicaría dejar de leer, de coger, de reír, de beber, de escribir y de aprender.

¡Buen cierre de año y mejor comienzo de tu vida!

Tenemos la fortuna de vivir en una época en la que cada vez hay más oportunidades para nosotras. En estos días, las mujeres podemos elegir la vida que queremos; escoger una pareja, una carrera y hasta diseñar el futuro. Yo, a mis casi 60, he sido testigo en primera fila de cómo se ha transformado la realidad desde que era niña, y a pesar de lo feliz que me hacen los derechos conquistados y las batallas libradas; estoy consciente que todavía falta mucho camino por andar.

Es hora de inspirarnos

Todos los días, mi ocupación me permite escuchar a muchas mujeres. En cada consulta, curso o domingo de “verdadazos” aparecen nuevas inquietudes, temores, retos y cansancios. Una multitud de cuestionamientos que necesitan respuestas.

Esto me ha hecho reflexionar, y entender, que más que un género, ser mujer es el arte de aprender a construir; es edificar, para nosotras mismas, posibilidades y sueños. Sé que las palabras suenan muy bonitas, pero ¿cómo se logra esto?.

La que entiende … camina

Lo primero es buscar ayuda. Todas necesitamos un empujón para encontrar nuestra identidad y por qué no nuestros deseos. Requerimos ayuda para sobrevivir, para caer paradas y para resistir los embates que se nos ponen enfrente. Una guía para, por ejemplo, terminar bien un año difícil y para empezar 2021 con una dirección clara y realista.

Lo segundo que me viene a la mente es que para avanzar hay que detenernos a analizar y revisar, no sólo a nosotras mismas, sino lo que nos rodea. Preguntarnos qué parte de nuestros problemas dependen del comportamiento individual, y qué parte del entorno en el que estamos inmersas.

Y es que aunque las mujeres hemos conseguido cambios fundamentales, todavía vivimos en un mundo patriarcal en el que se nos imponen roles y formas de comportamiento. En pleno siglo XXI aún somos satélites de las demandas de los demás, aún tenemos que postergar nuestros sueños, para que otros los cumplan.

La realidad –imperfecta y machista– nos lleva a dudar de lo que somos y de lo que queremos. Esto hace que muchas se sientan frustradas por no cumplir las expectativas ajenas, por no ser lo que otros esperan. Dicho eso, vale la pena replantear el camino y encontrar maneras de centrarnos en nosotras, para así querer bien a los demás.

Un taller para descubrir quién somos nosotras

Mucho de lo que me he planteado en la vida, lo he logrado. Algunas cosas las he tenido que descartar, pero otras las he recogido y aprovechado. Por eso me parece importante que entendamos; ¿qué es ser mujer hoy?; en este mundo, en este siglo, en este contexto, en este país.

En honor a lo anterior he creado un taller para todas. Un espacio en el que comprendamos juntas las creencias que nos limitan y las formas de encontrar la libertad. Las invito a que realicemos un viaje profundo por nuestro universo emocional, intelectual y corporal.

Ser mujer consciente hoy

¿Cuándo? 16 enero 2021

Duración: 3 horas

Costo: $990

Programa y Boletos: https://ser-mujer-consciente-hoy.boletia.com

 

Pero hoy sufrimos diferente…

El miedo al amor,

 la sobrevaloración del mismo

 y la dificultad de conseguirlo,

son la constante de nuestro penar emocional.

Eva Illouz

 

El tema del amor -por exceso o por defecto– se ha convertido en un tópico de preocupación fundamental en nuestra época. No hace tanto tiempo la religión, el Estado, la familia y el deber organizaban la vida de las personas dándoles un sentido de valía y de propósito.  Hoy la identidad se construye en gran medida por la capacidad de amar y ser amado, de escoger y ser escogido, de desear y ser deseado.

Pero –producto de los avances tecno científicos, de la revolución sexual, del feminismo, de la globalización, de la celeridad de las comunicaciones, entre otros factores- la formas de amar han cambiado rápidamente, y hombres y mujeres estamos al mismo tiempo entusiasmados y confundidos en cuanto a qué le toca a quién, cómo, cuándo, por cuánto tiempo, en qué forma y para llegar a qué. Y así vamos entre intentos y remiendos buscando construir un buen amor ¿o un buen amante? ¿o un  free especial?

Eso sí, todos sabemos que hoy podemos (y debemos) elegir libremente a un compañero “de viaje” (¿o a más de uno? ¿o para más de un viaje?) y que merecemos en ese encuentro un intercambio igualitario que nos genere bienestar emocional y sexual. ¡Faltaba menos! Claro, la persona elegida ha de aceptar nuestra individualidad, pues el ideal de autorrealización no se pondrá en juego por una relación, y como el trabajo, las amistades, las localidades cambian a “la velocidad del rayo”, hemos de lograr mediante negociaciones constantes que el equilibrio y la reciprocidad se sostengan en la relación. Voy sintiendo que ya es demasiado, pero ¿no es esto lo que queremos? ¡Ya no estamos para abnegaciones y sacrificios!.

Gracias a las luchas por la libertad y la igualdad se va consolidando esta transformación. ¿Por qué entonces no encontramos la dicha amorosa “a la vuelta de la esquina”? Es evidente que lo que divulgan los medios, atienden los terapeutas y hablan las amistades en las charlas de café gira en torno al malestar amoroso que se vive hoy.

Explicaciones se dan muchas: “que nuestra sociedad es más egoísta”, “que se han perdido los valores”, “que nuestros traumas infantiles nos llevan a elegir mal”. Pero lo que no entendemos es que justo los cambios sociales que han posibilitado la transformación del amor, generan sus propios y nuevos sufrimientos. ¿A qué me refiero con esto? A que la elección de la pareja se ha vuelto un proceso meticuloso y complejo, los gustos personales son cada vez más exigentes y refinados. Además, tenemos infinidad de posibilidades y éstas siempre se pueden mejorar ¿Cómo cerrarnos a la posibilidad de estar con alguien mejor?. Así, la indefinición y la duda se vuelven la constante.

Por su parte, la imaginación exacerbada y las expectativas irreales –favorecidas  por las nuevas tecnologías- se colapsan en los encuentros concretos: nos aferramos a nuestros sueños y no nos adaptamos a las realidades de quien está sentado junto a mí.

El miedo al compromiso -no solo por la renuncia a candidatos mejores  sino porque desconfiamos de la durabilidad del amor- se hace constante.  Además, comprometerse ya no es un prerequisito para la relación sino un objetivo a alcanzar a través de la interacción. ¡Y conseguirlo no es sencillo! El respeto a la autonomía del otro nos impide pedirlo (y darlo) y el efecto de no saber “dónde estamos parados” genera una ansiedad nunca vista antes en el territorio del amor.

En el pasado, el inconfundible “flechazo” activaba el deseo y disponía a la voluntad. La excesiva racionalización en las actuales elecciones atenúa la intensidad de la emoción amorosa: el deseo sin intensidad pierde fuerza, la atención no se puede fijar en una única persona, y la voluntad es insuficiente para adherirse a dicha decisión.

Y luego ¿para qué unirnos a una sola persona si la libertad sexual nos abre tantas posibilidades de experimentación y disfrute? Una vez desarticulado el “combo” sexo, hijos y amor en un paquete matrimonial, las personas nos instalamos más tiempo en el mercado sexual. Y en nuestra sociedad consumista la competencia erótica es feroz, hombres y mujeres rivalizan entre sí y con sus congéneres por conseguir a las parejas sexuales más deseables, por ver quién acumula más “ligues” y para exhibir sus proezas erótico amorosas. Y si nadie te escoge y te coge ¿Quién eres? ¿Cuánto vales? El amor se ha vuelto el territorio del reconocimiento, de la identidad y de la validación personal.

Y entre una y otra cosa la ambivalencia y la incertidumbre permean la intimidad: “¿Me desea o no?” “¿Se quedará o se irá?” “¿Acaso le soy suficiente?” “¿Será esto lo que funcione o lo que nos llevará a la disolución?”. El amor en la actualidad no solo genera decepción ¡sino que la anticipa!: a temprana edad ya se vislumbran recorridos amorosos inciertos e inquietantes, lo que decanta en estrategias “macabras” para afrontar su fragilidad y temporalidad. Así, no es de extrañarnos que el desapego, el engaño y el abandono sean los “sablazos” que encabezan los quiebres amorosos: para no sufrir, hacemos sufrir…

  • Decir que la sociedad es más indulgente con la infidelidad masculina que con la femenina es una realidad pero no es una curiosidad porque todo mundo lo sabe.
  • Decir que el hombre es más promiscuo que la mujer y que sus infidelidades tienen menor fundamento emocional es una realidad pero no una curiosidad, puesto que todo el mundo lo acepta.
  • Y decir que como consecuencia de ambas cosas el hombre sea el perdonado también es una realidad pero no una curiosidad, porque todo el mundo lo reconoce.

Sin embrago, algunas realidades son menos evidentes, pero igualmente trascendentes que merecen ser destacadas, porque a simple vista pueden parecer un tanto insólitas. Mencionaré una:

  • Las mujeres más maduras (psicológicamente) son las más fieles… y las más infieles. 

Obviamente influye la edad pues para madurar se requieren vivencias y experiencias, las primeras llegan con los años y las segundas son consecuencia de la asimilación de las primeras. Por tanto no hay que confundir la cantidad de vida con la calidad de la experiencia.

Pero en virtud de este mismo razonamiento, cierto porcentaje de mujeres decide que en determinada situación recurrir a la infidelidad no va contra sus principios ni contra su coherencia.  Es el caso de quienes se sienten abandonadas emocionalmente o que practican la infidelidad reactiva, es decir, como protesta a una situación que no quieren más; en este caso permitirse la infidelidad es la manera de responder adaptativamente a su realidad y por tanto asumen lo que hacen como un ejercicio de expresión de su libertad de acción. Así, la madurez hace que, de acuerdo con su lógica, y a pesar de los riesgos que conocen como mujeres, (siempre es más riesgoso ser infiel siendo mujer que siendo hombre) la consideran una opción aceptable y deciden practicarla sin inhibirse por cuestiones de género.

En cambio, en los hombres la infidelidad juega a favor de la inercia social y en ese caso, lo que implica en ellos mérito es limitar voluntariamente el acceso a alguna de las múltiples vías de las que dispone para ser infiel sin recibir rechazo social.

El resultado de esa distinta permisividad hace que por regla general la renuncia a la infidelidad sea un indicativo de madurez en el hombre, mientras que en la mujer la interpretación puede ser más equívoca, porque puede tratarse de una restricción voluntaria y en ese supuesto, es un indicativo de madurez. O puede estar motivada por el temor a la reacción de la pareja, y en ese caso, debe interpretarse como subordinación afectiva impuesta por la inmadurez.

Las mujeres suelen ser más coherentes que los hombres tanto a la hora de restringir sus infidelidades como de permitírselas. Los hombres a medida que maduran tienden a ser más fieles.

¡Ojo! No estoy siendo más permisiva con la infidelidad femenina que con la masculina, pero en mi experiencia clínica observo que el perfil de la mujer infiel suele ser más coherente que el de los hombres, y menos inmaduro.

El flechazo llega, la relación empieza, y cuando uno está “réquete” involucrado, las cosas que no se vieron o que se dejaron pasar por parecer poco importantes, empiezan a hacer ruido, a generar conflictos  y a crear distanciamiento y riesgo de separación.

Las parejas, con el correr del tiempo, pueden consolidar su amor o bien caminar a las grandes diferencias que llevan al rompimiento. Esto último puede darse por dos  razones principales:

  • Haber, al paso de los años, tomado caminos diferentes e irreconciliables, propios muchas veces de la velocidad del cambio en la actualidad y de las divergentes necesidades de crecimiento de cada miembro de la pareja.
  • Por no haber desarrollado una técnica de negociación adecuada para el manejo de las diferencias, abordando ineficazmente los conflictos y deteriorando el amor.

Pero otra cosa es iniciar un intercambio amoroso omitiendo o minimizando información necesaria para ver si los incipientes encuentros pueden consolidarse en una relación de pareja. Este es el caso de quienes, previo a enamorarse y comprometerse, no toman en cuenta las cuatro variables que facilitan el buen funcionamiento de una pareja.

1)   El buen acoplamiento sexual.

  • La pareja no puede vivir solo de sexo pero tampoco con una mala o nula vida sexual.

2)   La compatibilidad de caracteres. Ésta incluye:

  • La comodidad relacional que consiste en estar con el otro sin dejar de ser ellos mismos.
  • El orgullo social que significa sentirse satisfecho frente a la sociedad de estar con esa persona.
  • El nivel de madurez que implica un desarrollo emocional parecido que facilite la interacción mutua.

3)   La escala de valores similares para afrontar decisiones cruciales. Máximas coincidencias y mínimas divergencias en lo que consideran bueno, bello y verdadero.

4)   Proyectos de vida separados pero convergentes.

  • Ni se fusionan, ni se pierden en la distancia, porque son proyectos paralelos.

Con estos apuntalamientos la pareja podrá estabilizarse para:

  • Saber construir.
  • Saber aceptar.
  • Saber corregir.

Quizás hoy más que nunca, debido a muchos factores, pero muy en concreto producto del actual confinamiento, reconocemos que la libertad es “un divino tesoro”. Si bien es un espejismo pensar – incluso lo era aún antes de la pandemia – que podemos tener y lograr todo, sí tenemos un interesante margen de acción para construir la vida que deseamos.

Somos, los seres humanos, “sujetos deseantes”. Así como el esqueleto sostiene y estructura al cuerpo, la capacidad de desear es el eje que configura nuestra identidad y da sentido a nuestra vida. ¿Qué quiero? ¿Qué necesito? ¿Qué sueño?

Es fácil sucumbir a los deseos ajenos con el fin de agradar, de sentir que pertenecemos y de experimentar así cierta seguridad. De manera particular, la sociedad patriarcal nos ha entrenado a las mujeres para descifrar los deseos ajenos (de padres, maridos e hijos) a tal punto de dificultarnos –sino hasta imposibilitarnos en ocasiones– descifrar los propios. A los hombres se les impulsa más a escuchar sus deseos y necesidades, siempre enmarcados en el paradigma del “éxito” masculino que implica fuerza, productividad y pobreza emocional: esto también tiene sus altos costos.

Conquistar la libertad requiere que dirijamos la mirada a nosotros mismos, que busquemos nuestros deseos postergados y nuestros entusiasmos no indagados. Pero para ello se requiere tanto autonomía emocional como independencia económica. 

 

Diferencia entre independencia económica y autonomía emocional. 

La primera es la disponibilidad de recursos económicos propios que nos permitan tener un margen de acción real. La segunda es la posibilidad de utilizar dichos recursos económicos para legitimizar y gestionar –con base en decisiones de criterio propio que impliquen una evaluación de las alternativas posibles– los propios deseos, necesidades, sueños, intereses y valores. Y esto nos regresa a lo dicho al inicio, no se puede ni todo, ni siempre, pero sí lo suficiente para construir una vida plena.

Así, si bien la independencia económica no es garantía de autonomía emocional, sí es condición necesaria –insuficiente– para poseerla.

¿Cómo conquistar la libertad? 

  1. Realizando un arduo trabajo psíquico para saber qué es adecuado o no para nosotros.
  2. Siendo creativos y arrojados para generar un proyecto de vida propio que honre y valide nuestros valores, nuestras necesidades, nuestros sueños y nuestros intereses.
  3. Trabajando para generar un ingreso económico a través del desarrollo y uso de nuestras competencias y capacidades que nos dé un margen de acción real.

¿Soy libre? 

La verdadera libertad es la conciencia progresiva de tener cierto control sobre la propia vida, con un aumento de la confianza personal y un sentimiento de satisfacción y competencia.

 

Esto se manifiesta a través de:

  • Intensificar relaciones de genuina intimidad con otras personas.
  • Llevar a cabo actividades que impulsan nuestro desarrollo personal.
  • Cuidar nuestra imagen corporal para disfrutar nuestra dimensión física y sexual.
  • Tomar en serio nuestros intereses.
  • Desarrollar una vocación/profesión significativa.
  • Experimentar sentimientos de eficacia y competencia.
  • Gestionar nuestro mundo emocional para comprender su lenguaje.

El camino a la libertad implica consciencia, aceptación y acción con base en realidades.

Consciencia para reconocer quiénes somos, qué necesitamos, qué apreciamos. Aceptación para vivir en el presente, asumir el cambio constante y validar nuestros deseos, necesidades, intereses y valores. Y acción para a través de conductas concretas asumir el protagonismo de la propia vida.  

 

Cargada de un sabor a traición, humillación y abandono, vivimos temiendo que nuestro amor, nuestro amado, nuestro amante, se líe sexualmente con alguien. Pero paradójicamente, si tuviéramos garantías de no ser descubiertos, si no tuviéramos que dar nunca una explicación, ¿no desearíamos para nosotros una vida sexual más variada, diversa, hasta cierto punto inquieta y rebelde? La respuesta sincera suele ser con frecuencia “sí”.

Las estadísticas en los países occidentales nos indican que aproximadamente entre el 60 a 80 % de los hombres y entre el 40 al 45% de las mujeres han sido infieles. Si bien el 95% de las parejas siguen casándose o comprometiéndose con el acuerdo –explícito o no- de mutua fidelidad, la realidad es algo diferente: queremos ser fieles, pero no siempre lo logramos, esperamos fidelidad de nuestra pareja, pero no siempre la respetamos, y como el extremo de la incongruencia, tendemos a ser permisivos con nuestros propios affaires mientras respondemos intransigentemente con los de nuestra pareja.

Partamos de la base, entonces, de que las infidelidades las cometemos personas comunes y corrientes: no todos los infieles son malas personas, o están enfermos o errados o son unos inmorales. Aún más, no todas las infidelidades se realizan por falta de amor.

La conducta infiel se gesta desde diferentes lugares, malestares, deseos, y necesidades. Por eso, hablar de infidelidad es hablar de complejidad: no podemos reducir un evento con tantos matices a un asunto donde alguien es el malo “el villano” y el otro el bueno “la víctima”.

¿Por qué somos infieles cuando somos infieles? ​ Descúbrelo en mi Taller de Infidelidad que consta de 3 sesiones, 19 de octubre, 21 de octubre y 26 de octubre en punto de las 7:00 pm con duración de una hora, si deseas obtener mayor información la podrás encontrar en mi página oficial.

Acoplarse sexualmente toma algo de tiempo – armonizar la sexualidad es complejo por los diversos niveles y matices que ésta implica -, pero conocer ciertos factores que determinan el acoplamiento te será de gran utilidad.  

            Antoni Bolinches, terapeuta y sexólogo catalán, menciona 5 variables para lograr el acoplamiento sexual.  

  1. La iniciativa. ¿Quién propone al otro iniciar? Al principio de las relaciones es deseo es alto pero tiene a decantar en que siempre sea la misma persona quien propone iniciar una relación sexual. Es muy satisfactorio sentirse deseado por otro, y si bien en un principio puede funcionar que la iniciativa sea unilateral, al paso del tiempo el “iniciador” deseará que su pareja tome la iniciativa también. Una iniciativa bilateral permite que ambos se sientas deseado, que un no de vez en cuando significa que el sí, aunque sea más ocasional, es desde el verdadero deseo. La iniciativa bilateral no ha de ser rígida – “una vez tu y otra yo”- pero sí se sugiere que sea armónicamente alternada. 

            2. La frecuencia. Lo ideal es que la frecuencia la marque el propio deseo, pero el deseo es caprichoso varia con el tiempo debido a diversas razones: el nivel de enamoramiento, el tipo de relación que lleva la pareja fuera de la cama, lo abrumador de la rutina, y sin duda a la propia energía sexual de cada uno. Esto último tiene un peso particular por la dificultad de cambiarlo a lo largo de la vida: si la pareja tiene libidos muy dispares se generará un problema serio de acoplamiento, literal, hay personas más “calientes” que otras, y tan injusto es  reprimir el deseo si se le tiene, como forzarlo si no se le tiene. Algunas parejas que valoran su vida en común llegan a acuerdos bien planeados que les permiten tratar de acoplar sus distintas energías sexuales. 

            3.Los rituales. Estos se refieren a las prácticas que forman el repertorio sexual: la diversidad de conducta sexuales que se lleven a cabo harán de la práctica sexual algo diverso, plástico, elástico, atrevido, o por el contrario ciertas posturas más o menos mecánicas, invariables, conservadoras y aburridas. Los rituales sexuales van desde las prácticas más tradicionales como los besos, caricias y la posición del misionero, hasta la integración de propuestas transgresoras que incluyen tríos e intercambios de parejas, pasando por la diversidad de posturas, de uso de materiales eróticos, de juguetes sexuales y de fantasías estremecedoras. gusto de la pareja, construidas desde del respeto mutuo y el consenso previo. No podríamos decir que un código de rituales es mejor que otro, pero sin duda a mayor rigidez y limitación en la variedad de repertorios es más fácil caer en la monotonía y el desinterés: el sexo se alimenta de la novedad y el cambio. Así, hay personas que gustan del sexo oral y hay a quienes les parece aberrante, ni que decir de la práctica de la penetración anal por ejemplo que es deseada por algunos y repelida por otros. Sin duda las prácticas más transgresoras podrían considerarse “perversas” para una moral conservadora, de ahí la importancia de construir el código de rituales de los cuales se va a disfrutar requiere diálogo, sinceridad, seguridad personal y capacidad de experimentación y disfrute.

              4. La resolución orgásmica. Quizás la iniciativa se puede negociar, la frecuencia armonizar y los rituales dentro de cierto margen ajustar, pero cuando la relación difícilmente culmina en el orgasmo produce tal frustración que puede ser una fuente importante de resentimiento: no es lo mismo cuando la relación culmina con un clímax satisfactorio para ambos que cuando alguno queda insatisfecho. Por eso la frustración orgásmica será fuente de malestares en la relación. ¿No logra alguno de los dos el orgasmo? Es tema central de conversación o de consulta. Y no me refiero a esas panaceas “de llegar juntos, siempre, y con la misma intensidad”, sino de lograr esa descarga placentera como resolución frecuente en los encuentros sexuales. 

            Pero la resolución, además del logro del orgasmo en sí, incluye la expresividad orgásmica: las manifestaciones verbales y corporales que acompañan al reflejo orgásmico. Hay parejas que expresan el placer de forma muy contrastada teniendo como efecto molestia y malestar. Por ejemplo, si alguien es muy contenido –casi ni se mueve ni hace ruido- y otro muy expresivo –grita, se agita, se contorsiona-, la tan dispareja culminación resta calidad y satisfacción a la experiencia.  

            5. La afectividad post orgásmica. Sobra decir que el acoplamiento sexual no depende solo del antes y del durante, también del después: las muestras de afecto posteriores incrementan o reducen la receptividad sexual. La necesidad de mostrar ciertas muestras de afecto sintónicas después de alcanzar el orgasmo facilitará o dificultará la satisfacción total y la disposición para los próximos encuentros. 

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.