Pero hoy sufrimos diferente…

El miedo al amor,

 la sobrevaloración del mismo

 y la dificultad de conseguirlo,

son la constante de nuestro penar emocional.

Eva Illouz

 

El tema del amor -por exceso o por defecto– se ha convertido en un tópico de preocupación fundamental en nuestra época. No hace tanto tiempo la religión, el Estado, la familia y el deber organizaban la vida de las personas dándoles un sentido de valía y de propósito.  Hoy la identidad se construye en gran medida por la capacidad de amar y ser amado, de escoger y ser escogido, de desear y ser deseado.

Pero –producto de los avances tecno científicos, de la revolución sexual, del feminismo, de la globalización, de la celeridad de las comunicaciones, entre otros factores- la formas de amar han cambiado rápidamente, y hombres y mujeres estamos al mismo tiempo entusiasmados y confundidos en cuanto a qué le toca a quién, cómo, cuándo, por cuánto tiempo, en qué forma y para llegar a qué. Y así vamos entre intentos y remiendos buscando construir un buen amor ¿o un buen amante? ¿o un  free especial?

Eso sí, todos sabemos que hoy podemos (y debemos) elegir libremente a un compañero “de viaje” (¿o a más de uno? ¿o para más de un viaje?) y que merecemos en ese encuentro un intercambio igualitario que nos genere bienestar emocional y sexual. ¡Faltaba menos! Claro, la persona elegida ha de aceptar nuestra individualidad, pues el ideal de autorrealización no se pondrá en juego por una relación, y como el trabajo, las amistades, las localidades cambian a “la velocidad del rayo”, hemos de lograr mediante negociaciones constantes que el equilibrio y la reciprocidad se sostengan en la relación. Voy sintiendo que ya es demasiado, pero ¿no es esto lo que queremos? ¡Ya no estamos para abnegaciones y sacrificios!.

Gracias a las luchas por la libertad y la igualdad se va consolidando esta transformación. ¿Por qué entonces no encontramos la dicha amorosa “a la vuelta de la esquina”? Es evidente que lo que divulgan los medios, atienden los terapeutas y hablan las amistades en las charlas de café gira en torno al malestar amoroso que se vive hoy.

Explicaciones se dan muchas: “que nuestra sociedad es más egoísta”, “que se han perdido los valores”, “que nuestros traumas infantiles nos llevan a elegir mal”. Pero lo que no entendemos es que justo los cambios sociales que han posibilitado la transformación del amor, generan sus propios y nuevos sufrimientos. ¿A qué me refiero con esto? A que la elección de la pareja se ha vuelto un proceso meticuloso y complejo, los gustos personales son cada vez más exigentes y refinados. Además, tenemos infinidad de posibilidades y éstas siempre se pueden mejorar ¿Cómo cerrarnos a la posibilidad de estar con alguien mejor?. Así, la indefinición y la duda se vuelven la constante.

Por su parte, la imaginación exacerbada y las expectativas irreales –favorecidas  por las nuevas tecnologías- se colapsan en los encuentros concretos: nos aferramos a nuestros sueños y no nos adaptamos a las realidades de quien está sentado junto a mí.

El miedo al compromiso -no solo por la renuncia a candidatos mejores  sino porque desconfiamos de la durabilidad del amor- se hace constante.  Además, comprometerse ya no es un prerequisito para la relación sino un objetivo a alcanzar a través de la interacción. ¡Y conseguirlo no es sencillo! El respeto a la autonomía del otro nos impide pedirlo (y darlo) y el efecto de no saber “dónde estamos parados” genera una ansiedad nunca vista antes en el territorio del amor.

En el pasado, el inconfundible “flechazo” activaba el deseo y disponía a la voluntad. La excesiva racionalización en las actuales elecciones atenúa la intensidad de la emoción amorosa: el deseo sin intensidad pierde fuerza, la atención no se puede fijar en una única persona, y la voluntad es insuficiente para adherirse a dicha decisión.

Y luego ¿para qué unirnos a una sola persona si la libertad sexual nos abre tantas posibilidades de experimentación y disfrute? Una vez desarticulado el “combo” sexo, hijos y amor en un paquete matrimonial, las personas nos instalamos más tiempo en el mercado sexual. Y en nuestra sociedad consumista la competencia erótica es feroz, hombres y mujeres rivalizan entre sí y con sus congéneres por conseguir a las parejas sexuales más deseables, por ver quién acumula más “ligues” y para exhibir sus proezas erótico amorosas. Y si nadie te escoge y te coge ¿Quién eres? ¿Cuánto vales? El amor se ha vuelto el territorio del reconocimiento, de la identidad y de la validación personal.

Y entre una y otra cosa la ambivalencia y la incertidumbre permean la intimidad: “¿Me desea o no?” “¿Se quedará o se irá?” “¿Acaso le soy suficiente?” “¿Será esto lo que funcione o lo que nos llevará a la disolución?”. El amor en la actualidad no solo genera decepción ¡sino que la anticipa!: a temprana edad ya se vislumbran recorridos amorosos inciertos e inquietantes, lo que decanta en estrategias “macabras” para afrontar su fragilidad y temporalidad. Así, no es de extrañarnos que el desapego, el engaño y el abandono sean los “sablazos” que encabezan los quiebres amorosos: para no sufrir, hacemos sufrir…

  • Decir que la sociedad es más indulgente con la infidelidad masculina que con la femenina es una realidad pero no es una curiosidad porque todo mundo lo sabe.
  • Decir que el hombre es más promiscuo que la mujer y que sus infidelidades tienen menor fundamento emocional es una realidad pero no una curiosidad, puesto que todo el mundo lo acepta.
  • Y decir que como consecuencia de ambas cosas el hombre sea el perdonado también es una realidad pero no una curiosidad, porque todo el mundo lo reconoce.

Sin embrago, algunas realidades son menos evidentes, pero igualmente trascendentes que merecen ser destacadas, porque a simple vista pueden parecer un tanto insólitas. Mencionaré una:

  • Las mujeres más maduras (psicológicamente) son las más fieles… y las más infieles. 

Obviamente influye la edad pues para madurar se requieren vivencias y experiencias, las primeras llegan con los años y las segundas son consecuencia de la asimilación de las primeras. Por tanto no hay que confundir la cantidad de vida con la calidad de la experiencia.

Pero en virtud de este mismo razonamiento, cierto porcentaje de mujeres decide que en determinada situación recurrir a la infidelidad no va contra sus principios ni contra su coherencia.  Es el caso de quienes se sienten abandonadas emocionalmente o que practican la infidelidad reactiva, es decir, como protesta a una situación que no quieren más; en este caso permitirse la infidelidad es la manera de responder adaptativamente a su realidad y por tanto asumen lo que hacen como un ejercicio de expresión de su libertad de acción. Así, la madurez hace que, de acuerdo con su lógica, y a pesar de los riesgos que conocen como mujeres, (siempre es más riesgoso ser infiel siendo mujer que siendo hombre) la consideran una opción aceptable y deciden practicarla sin inhibirse por cuestiones de género.

En cambio, en los hombres la infidelidad juega a favor de la inercia social y en ese caso, lo que implica en ellos mérito es limitar voluntariamente el acceso a alguna de las múltiples vías de las que dispone para ser infiel sin recibir rechazo social.

El resultado de esa distinta permisividad hace que por regla general la renuncia a la infidelidad sea un indicativo de madurez en el hombre, mientras que en la mujer la interpretación puede ser más equívoca, porque puede tratarse de una restricción voluntaria y en ese supuesto, es un indicativo de madurez. O puede estar motivada por el temor a la reacción de la pareja, y en ese caso, debe interpretarse como subordinación afectiva impuesta por la inmadurez.

Las mujeres suelen ser más coherentes que los hombres tanto a la hora de restringir sus infidelidades como de permitírselas. Los hombres a medida que maduran tienden a ser más fieles.

¡Ojo! No estoy siendo más permisiva con la infidelidad femenina que con la masculina, pero en mi experiencia clínica observo que el perfil de la mujer infiel suele ser más coherente que el de los hombres, y menos inmaduro.

A veces disfrazado de seducción, a veces de dolor, toma tiempo detectar el peligro que implica caer en las garras del chantaje emocional.

 

Objetivo del chantajista

Una persona chantajista busca tener el control de la presa que elige para obtener de ella los beneficios que desee: dinero, sexo, cuidados, comodidades, y demás.

 

¿Qué conductas usa para ejercer su chante?

Promesas. “No quiero perderte nunca”. “Te querré siempre si te casas conmigo”

Palabras bonitas. “Me encanta como cocinas porque nadie tiene tu sazón”. “Nunca había amado a alguien como te amo a ti”

“Mejores” propuestas. “Deja de viajar con tus amigas porque en esas fechas ya tengo planeado que juntos crucemos el Atlántico”

Regalos. “No te puede ver este fin de semana porque me dediqué a buscarte este hermoso reloj”

Auto castigos. “Si me dejas me suicidaré”

Enojos.  “Eres muy tacaña, sabes cuánto te quiere mi mamá y no le llevaste el regalo que te dije” (Esto acompañado de malas palabras, muecas, amenzas)

Desprecio. “Desde que estudias no te interesas en mis conversaciones pues te sientes muy chingona. Prefiero hablar con mis amigos que contigo. Ellos sí me entienden.”

Castigo del silencio. “……………………..” Te deja de hablar cuando algo de lo que hiciste no le parece.

¿Cuál es este modus operandis del chantajista?

El chantajista despliega todas estas estrategias de maltrato psicológico complejas logrando tocar, al inicio de los intercambios o de la relación, el inconsciente de sus presas, prometiendo, a ese nivel profundo, que ellos van a satisfacer sus más intimas necesidades, deseos y anhelos, o bien haciéndolas sentir mal –culpables, temerosas, inseguras- si no acceden a sus demandas.

Esto no siempre se deja ver desde el inicio sino que una vez logrado el vínculo o el enamoramiento el chantajista empieza el maltrato psicológico y los sueños y promesas dadas se comienzan a evaporar.

 

Señales de alarma para identificarlo

Justamente hacer caso a lo que sientes y no caer en la confusión a pesar de que lo que diga parezca promisorio.

  • Sentir culpa por lo que le pasa con frecuencia.
  • Hacer cosas contrarias a la propia voluntad para que no se enoje o decepcione.
  • Temer permanentemente su reacción y su enojo.
  • Cansancio de tener que explicarle y justificar tus necesidades, deseos y decisiones.
  • Duda constante de que estás en lo correcto o estás equivocada.
  • Demolición emocional por la experiencia de falta de libertad y permanente estado de inquietud.

Pasos iniciales para la liberación

El primer paso a dar es evaluar si las promesas que hace son irreales de entrada: “te amaré siempre”, o imposibles dadas sus condiciones: “voy a comprar esa casa para tenerte como una reina” y no tiene ni trabajo.

El segundo paso es detectar el zigzag entre la adulación – “qué bien que compraste un coche ” – al desprecio  – “desde que no usas trasporte público te sientes de una clase superior” -.

Tras observar esto es importante rebotarlo con alguien que te conozca, te haya visto en este “ir y venir”, y te afirme constatando esta dinámica chantajista.

Finalmente habrás de descubrirlo y aprender a poner límites para ver si se ajusta a lo que necesitas, quieres y deseas o bien no tiene mayor futuro la relación.

  • “Acepto tu regalo pero no trabajaré contigo”
  • “Entiendo que tu querías que no fuera y eso te intimida pero no dejaré de ir!
  • Es muy útil la técnica de disco rayado es útil: “No gracias. No quiero”.
  • Usa frases cortas y difusas, mejor con tono humorístico e irónico.

 

Personalidades que hacen chantaje siempre

Existen tres tipos de personalidades que recurren al chantaje emocional:

  • Los narcisistas. Personas con delirios de grandeza, poder y bella que actúan con prepotencia y falta de empatía.
  • Los sociópatas o antisociales. Carecen de remordimiento y mienten con frecuencia.
  • Las personalidades border o límite. En ellas impera la inmadurez emocional, la dependencia, el miedo y la sensación de vacío. Pasan de una idealización a una devaluación del otro. Son muy victimistas y a veces amenazan con el suicidio.

 

¡Ojo! La única arma del chantajista es la misma persona chantajeada, si te desactivas la estrategia queda totalmente fuera de alcance.

 

Todos experimentamos emociones, éstas tienen como finalidad que nuestro organismo se oriente a su supervivencia y bienestar. Lo que hacemos y aprendemos en relación a las emociones y los sentimientos que de ellas derivan, está moldeado por la cultura: si hemos aprendido de nuestros padres o de nuestros maestros, que los sentimientos y emociones no deben manifestarse ni expresarse, nos sentimos vulnerables ante ellos y no sabemos manejarlos cuando surgen en nuestro interior.
Los sentimientos no son ni buenos ni malos, lo que sí hacen es producir energía positiva o negativa por lo cual hay que saberlos canalizar. Los sentimientos y emociones no reconocidos, expresados y aceptados hacen que su efecto doloroso se prolongue, produciendo agresión, represión y depresión, las cuales nos drenan energía para disfrutar la vida y conectarnos amorosamente con los demás.

Las emociones tienen todo un lenguaje propio que hay que escuchar ya que resumen lo que hemos vivido, tanto grato como doloroso. Reflejan nuestra historia, nuestras preocupaciones y nuestros anhelos y temores futuros. Confiar únicamente en el intelecto es una estrategia limitada y a veces inhumana de aprender y vivir.
La Inteligencia Emocional es la capacidad de reconocer los propios sentimientos y emociones, entenderlos y manejarlos adecuadamente para interactuar con uno mismo y con el entorno. A su vez, la Inteligencia Emocional incluye la competencia de poder percibir en los demás la existencia de su propio mundo emocional, es decir, de reconocerlo sin que eso signifique asumirlo e interpretarlo, sino estar abiertos a escucharlo, entenderlo y posicionarnos respecto a él.

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No todos los conflictos en la pareja significan que la pareja sea conflictiva pero a veces construir un proyecto de vida puede ser complejo: permitir la cohesión para la estabilidad y mantener la ilusión para la motivación es necesario para que ésta crezca.

Lograr ese equilibrio requiere de un cuestionamiento sobre lo que le conviene preservar de la relación y lo que se requiere innovar. No confundamos la necesaria estructura que toda pareja requiere para su estabilidad con la rutina rígida y monótona que termina en el aburrimiento.  Por tanto para evitarlo se debe sortear la rutina y eso se logra primero con ciertas actitudes de cara a la relación y después con ciertas actividades a poner en acción.

 

Actitudes para evitar la rutina

No quiero hacer un listado “things to do”, que cualquiera podría mencionar, sin aclarar que sin la disposición personal hacia la novedad, no hay actividad que se pueda ni implementar ni disfrutar. Así que veamos los “prerrequisitos” para sortear la rutina:

  1. Aprende a mirar a tu pareja con curiosidad. Asume que no se le conoces del todo.
  2. Adiestra tu don de palabra. Tener algo que decir da cuenta de tu inteligencia, quererlo compartir muestra tu determinación y usarlo en la conversación es un ejercicio de voluntad. Infórmate e introduce contenidos estimulantes a tus diálogos.
  3. Desarrolla la habilidad de generar estados emotivos de relativa intensidad, emociones suficientemente fuertes que den relevancia a la interacción y resulten conmovedoras.
  4. Tolera cierta incertidumbre abriéndote a no tener todo excesivamente programado. ¡Aplica el factor sorpresa!
  5. Integra cierto matiz transgresor en tu vida. Siempre resulta interesante quien puede invitar al otro a vivir una cierta rebeldía, algo —si se quiere— un tanto “vergonzoso”.
  6. Sostén cierto enamoramiento, éste se basa en el respeto y la admiración y permite matizar la dura realidad y por tanto la capacidad de seguir asombrándose del otro.

 

Actividades para desafiar la rutina.

Romper la rutina de pareja implica intercambios dentro y fuera de casa, pero no siempre es necesario hacer grandes inversiones económicas para generar diversión y novedad. .¿No se te ocurre nada?, aquí van algunas propuestas:

  1. Toma clases de baile o bien implíquense juntos en algún reto deportivo.
  2. Aviéntate un maratón de cine en la cineteca un fin de semana.
  3. Prepara un picnic en un parque público o una reserva segura y sorpréndase con algo rico para compartir.
  4. Organiza un club del libro con amigos, o bien torneos de algún juego de mesa. Amigos que ves poco pero tienen vidas interesantes y aficiones que les sumen.
  5. Checa las exposiciones y eventos culturales –pintura, música, escultura, fotografía– que ofrece tu colonia o tu ciudad.
  6. Cocinen juntos cosas sencillas.
  7. Tomen algún curso online de interés común.
  8. Mueve los muebles y adornos de casa para crear espacios diferentes.
  9. Realiza hikings citadinos y conoce tu ciudad o población. Date paradas para tomar un café, visitar una galería, incluso rentar una bicicleta.

 

Y no te olvides que “tú y yo” no somos uno mismo”. Cada uno requiere enriquecerse en lo personal con espacios privados que cultiven los propios intereses, gustos, sueños y amistades para generar vitalidad individual y poder sumar a los encuentros de pareja. El problema del exceso de unión nos lleva también a otro problema: ¡la saturación!

 

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El “fast love”, fácil y rápido, así como la “fast food”, está de moda. Es por eso que las parejas difícilmente duran más de lo que el enamoramiento les pueda dar. El enamoramiento se puede dar en un “flechazo” pero el amor se cuece “a fuego lento”.

Por eso considero que el “propedéutico” individual que nos prepara para elegir una pareja mejor y fluir bien en el intercambio amoroso ha de ser considerado.

Aquí te comparto algunas preguntas que señalan los prerrequisitos imprescindibles para construir una buena vida de pareja.

 

1. ¿Me conozco? El autoconocimiento te permite elegir mejor y también respetar tus necesidades, intereses y valores dentro de la relación. Ver a qué puedes renunciar y que estás dispuesto a negociar y qué no.

 

2. ¿Tengo una forma de ganarme la vida? Es importante entrar a una relación con la competencia de abastecerte de lo suficiente para vivir y ser menos vulnerable al control del otro. La independencia económica también favorece la igualdad en las negociaciones.

 

3. ¿Me siento con suficiente autonomía emocional? “No solo de pan vive el hombre”. La autonomía emocional es la capacidad de legitimar tus deseos, necesidades, intereses, valores y los límites que necesitas poner al otro para poder satisfacer tus requerimientos básicos. La autonomía emocional te facilita respetarte sin tener que romper, distanciarte o cerrarte del todo a tu pareja.

 

4. ¿Mi vida tiene sentido? Conocer mis pasiones y sueños, capacidades y aptitudes más allá de mi relación de pareja hace del amor parte de mi proyecto de vida pero no mi único propósito en la vida. Una existencia con sentido propio es la que facilita que el amor florezca en libertad y aumente el tamaño de tus alas para expenderte y disfrutar.

 

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Sí, a ellos también…

 

Me gustan los hombres, mucho, y disfruto su compañía. Además, soy madre de cuatro varones, hoy adultos todos, y ha sido un privilegio acompañarlos a crecer y ser testigo de la construcción de su masculinidad.

Por esto y por más, hoy hablo a los hombres. No a los propositivamente evasores, ni a los negligentemente indiferentes. Menos aún a los agresores y a los abusivos. De ellos se encargarán las redes sociales, el fracaso repentino, la soledad apremiante, y con suerte –y pronto– las leyes.

Hoy hablo a la mayoría de los hombres, a todos aquellos que escuchan perplejos y desconcertados lo que infinidad de mujeres resisten, acusan y reclaman.

Sobra decirles que ni las mujeres somos siempre víctimas ni que ellos son siempre victimarios, y que defiendo a “capa y espada” que en el territorio del deseo y de la sexualidad, no todo se puede –ni se quiere– expresar siempre con palabras: la incertidumbre de la danza seductora –con un tipo de mirada y el roce de una mano– son parte del encanto del erotismo.

Pero nada de esto deja fuera la premisa de que la mayoría de ustedes ha invisibilizado, y que a muchos ha dado la idea de que nosotras podemos ser territorio de dominio, de uso, de conquista. En un mundo patriarcal y en México, país particularmente machista, se ha educado a los hombres bajo la idea de que las mujeres son “cosas” de las que pueden servirse, poniendo en el centro de la interacción su propio deseo y no el consentimiento y el deseo de nosotras.

Entiendo que la mayoría de ustedes estén confundidos, hoy necesitamos cuestionarnos muchas cosas. Existe una intensa lucha por la equidad por lo que es necesario que quede fuera la necesidad de usar la sexualidad para obtener un trabajo, un permiso o una vacación, o peor aún, para evitar un maltrato físico o verbal. Es un tema sensible culpar a las mujeres de estas prácticas cuando hombres y mujeres hemos estado atrapados en el sistema patriarcal que las promueve.

Sabemos también que hay conductas masculinas torpes o groseras que no son mal intencionadas, menos aún delitos, aún así nos hacen sentir mal. Nada justifica el avance sobre nuestro cuerpo sin estar seguros del consentimiento, y además del “no es no”, verbal, hay también señales no verbales que dan cuenta de nuestro acuerdo o desacuerdo. Es importante que las reconozcan y las respeten. Sin duda en la danza de los sexos puede haber contextos que crean confusión y malos entendidos, pero dado el abuso histórico sobre nosotras y el privilegio de poder que ustedes han gozado, insisto, no se puede dar nada por sentado.

Es muy concreto el meollo de nuestras demandas: el consentimiento mutuo, pero éste es difícil de ejercer mientras ustedes ejerzan el poder de manera unilateral y se sientan con el derecho de meterse con el cuerpo de la otra. La inequidad imperante nos deja en desventaja para “retirarnos del escenario”, poner límites y consensuar. Muchas de las ocasiones en las que lo hemos hecho las consecuencias han sido diversas en grado y forma: desde un silencio atroz por más de una semana, hasta un despido laboral, un golpe, mil amenazas, o una violación.

Hoy hablo a los hombres porque es urgente que testifiquen y señalen cuando otro hombre se apropie del cuerpo de una mujer a través de acoso pero también de una mirada lasciva o de un piropo no pedido: esos que se lanzan solo porque se puede, porque la otra es una mujer que se me atraviesa, o porque es mi compañera de trabajo o subordinada o amiga sin que haya un contexto que lo permita.

Hoy hablo a los hombres porque necesitamos su consciencia y su trabajo activo para no minimizar ni normalizar desde del hostigamiento “sutil” hasta los francos malos tratos.

Por todo esto nos apremia manifestar que no somos territorios de conquista. Todos somos tierra para sembrar y cosechar semillas.

El mundo ha cambiado rápidamente, y entre los cambios más llamativos, controvertidos y dramáticos se encuentra la transformación de las mujeres. Hay un mar de mujeres en universidades y en especializaciones. El 47% de la fuerza de trabajo es femenina. Aún así, el porcentaje de empresas sin mujeres en la alta dirección ha caído de 36% a 27% en los últimos años.

¿Por qué las mujeres no tienen las mismas oportunidades laborales, las mismas compensaciones, la misma proyección de crecimiento y las mismas posiciones de liderazgo que los hombres? ¿Por qué seguimos hablando de empoderarlas si nunca antes el mundo les había abierto tantas puertas?

Seguimos viviendo en un mundo patriarcal que prioriza la visión masculina sobre la visión femenina. Las mujeres seguimos siendo educadas dentro de una sociedad androcéntrica que legitima la violencia y la diferencia laboral. En los espacios de trabajo, particularmente en los altos mandos, se continúan privilegiando las formas de pensar, comunicar y actuar “masculinas” por encima de aquellas intervenciones “femeninas” que incluyen la empatía, la colaboración, la intuición y la emoción. Éstas son consideradas de menor valor, de menor utilidad e incluso se perciben como obstáculos para el logro de objetivos y el crecimiento de la productividad.

En este pequeño artículo no desarrollaré un tratado sobre feminismo (aunque buena falta nos hace a todos entenderlo), pero sí haré un llamado generalizado a considerar que hombres y mujeres requerimos sumar competencias y perspectivas para generar mejores resultados laborales y mayor satisfacción personal.

No es lo mismo la inclusión de género que la inteligencia de género. La inteligencia de género no solo se forja con políticas de cumplimiento de cuotas, trabajos de tiempo flexible y empoderamiento a grupos de mujeres. La inteligencia de género consiste en la comprensión, aprecio y uso de los talentos y habilidades diferentes que hombres y mujeres aportan en el área laboral.

La inteligencia de género estudia las diferencias en los cerebros femenino y masculino así como de la química de hombres y mujeres efecto de los diferentes niveles hormonales, y sin privilegiar una cosa sobre las otra, considera que sumar estas diferencias es mejor que eliminarlas con un discurso de “igualdad a rajatabla”. Ante tanto abuso de poder masculino en el mundo patriarcal en el que vivimos, no es fácil  afirmar que ser iguales no significa ser idénticos. Sin duda faltan muchas políticas que faciliten el tema de la equidad, pero ¿por qué negar aquellas distinciones que suman y potencian el bienestar y la efectividad?

Las empresas que reconocen las distinciones biológicas sin construir sobre ellas estereotipados roles de género e integran estrategias laborales que faciliten que las mujeres ocupen cargos de poder, favorecen el trabajo colaborativo entre hombres y mujeres y aprovechan el efecto de dichos intercambios para el bienestar personal de sus equipos de trabajo y para el crecimiento  de la organización.

Me pregunto yo y le pregunto a usted- ¿Por qué nos sigue siendo tan difícil dar este paso?

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.