Si hay una pregunta que siempre me hacen en terapias, cursos y talleres es “¿por qué no se decir “No”. Es increíble que en pleno sigo XXI le tengamos tanto miedo a una palabra de solo dos letras, que se usa en todos los idiomas. Y es que sí,  hay quienes van por la vida envueltos en situaciones en los que no quieren estar porque les da miedo usar este vocablo.

Quizá la esencia de este miedo va más allá de lo que nos imaginamos; radica en que no hemos aprendido a poner límites, y por eso dejamos que, a veces un amigo invada nuestra privacidad o terminamos yendo a trabajar los domingos.

En ese sentido puedo asegurarles que decir “no” es más que un buen hábito, es la oportunidad de ser libres y tener una buena estima personal.

¿Por qué no sabemos decir que no ?

 Poner límites no es fácil para nadie. Es más, ni siquiera es sencillo enumerar los temores que viven detrás del “No”.  Cada persona tiene una historia, un conflicto y una educación que de alguna manera influye en la forma en la que se comunica con el otro.

Sin embargo, en mis años de experiencia, he notado algunas inquietudes parecidas entre quienes padecen este problema. Muchas personas, por ejemplo, no ponen límites porque tienen miedo a perder el afecto de un ser querido, o a que se les saque de un grupo. También hay gente cuyo conflicto principal es la inseguridad; un rasgo que los condiciona a quedarse callados porque creen que sus opiniones y deseos no cuentan.

Al respecto, siempre aliento a mis pacientes a que se hagan las preguntas indicadas. Un amigo que no acepta un “no” como respuesta ¿es realmente un amigo?, decir que lo que sientes ¿no es tu derecho y te haría sentir mejor?

Los no límites

Para aprender a poner límites primero tenemos que entender aquellas conductas que lejos de ayudarnos a marcar una línea, nos generan más conflicto.

En ese sentido, no estamos poniendo un límite cuando: defendemos una opinión o cuando mostramos nuestras debilidades para que los interlocutores se “apiaden” de nosotros y hagan lo que queremos. Tampoco cuando amenazamos, intimidamos, gritamos  o agredimos.

Poner límites es más bien una forma clara de hacer respetar nuestros deseos y necesidades. Implica decir “No” lo cual genera una tensión, pero ojo también respeto.

¿Cómo poner límites?

Saber decir “No” nos permite establecer vínculos sanos, oportunos y armoniosos en los cuales se puede cultivar y preservar el amor. Los límites consolidan el sentido de coherencia e integridad porque nos permiten honrar nuestras necesidades, intereses, deseos, y valores.

En honor a lo anterior he pensado en una serie de tips que pueden servir para decir “No” sin que el otro se sienta herido.

Ten claro qué… el límite debe ser adecuado, razonable y viable. De preferencia ha de ser una consecuencia de los actos que otra persona ha realizado. Un ejemplo, si prestas  tu ropa y te la regresan maltratada y sucia, el límite será no prestársela más .

Reconoce tu estado. ¿Estás motivado y convencido?, ¿estás sereno para controlar tus reacciones? Recuerda que antes del “No”, la intención debe estar dirigida a no hacer sentir mal al otro y a mejorar la situación.

Reconoce el estado de la otra persona. Ser empático a lo que el otro vive y conocer su lenguaje corporal te ayudará a poner el límite de la manera adecuada, sin que genere un “shock” en el otro.

 Elige el lugar y el momento apropiados.  Es de mucha utilidad escoger un espacio neutro y tener el tiempo suficiente para poder comunicarse bien.

 Habla desde ti, sin juzgar al otro. Muestra cómo te sientes respecto al comportamiento ajeno, sin criticar,  juzgar o etiquetar. En otras palabras aprende a ser asertivo y a negociar.

Recuerda, decir “No” a alguien o a algo, es decir “Sí” a lo que necesitas y valoras ¿o “No”?

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El mundo actual nos hace pensar que podemos tener, lograr, y disfrutar más de lo que es humanamente posible. No, no somos súper héroes, ni todopoderosas. Aún así tenemos un gran margen de acción para tener una vida plena y satisfactoria, claro está, siempre que adecuemos nuestras aspiraciones a nuestras posibilidades, y nuestras acciones a nuestros objetivos.

No hablo de adoptar una postura de resignación, esto implicaría tolerar pasivamente lo que “nos tocó”. Menos aún supongo que hemos de “tragarnos” creencias erróneas y adaptarnos a roles asignados que nos limitan y nos acotan. Para mí el camino a la libertad implica aceptar y actuar con base en realidades.

Aceptar es vivir en el presente, asumir su movimiento y promover el curso del mismo validando nuestros deseos, necesidades, intereses y valores. Y actuar significa realizar acciones concretas que nos permitan asumir el protagonismo de la propia vida. El nudo que genera la dependencia es justo ir como veletas moviéndonos por donde “el viento nos lleve” y someternos a los deseos (y a veces neurosis) de quienes nos rodean con casi ningún margen de elección de nuestro porvenir.

 

¿Por qué anhelamos tanto la conquista de la libertad?

El hilo conductor del psiquismo humano es reconocernos y legitimarnos como “sujetos deseantes”. Así como el esqueleto sostiene y estructura al cuerpo, la capacidad de desear es el eje que configura nuestra identidad y da sentido y significado a nuestro proyecto de vida. ¿Qué quiero? ¿Qué necesito? ¿Qué sueño?

Es fácil sucumbir a los deseos ajenos con el fin de agradar, de sentir que pertenecemos y de experimentar así cierta seguridad. De manera particular, la sociedad patriarcal nos ha entrenado a las mujeres para descifrar los deseos ajenos (de padres, maridos e hijos) a tal punto de dificultarnos –sino hasta imposibilitarnos en ocasiones– descifrar los propios. A los hombres se les impulsa más a escuchar sus deseos y necesidades, siempre enmarcados en el paradigma del “éxito” masculino que implica fuerza, productividad y pobreza emocional.

Conquistar la libertad requiere que dirijamos la mirada a nosotros mismos, que busquemos nuestros deseos postergados y nuestros entusiasmos no indagados. Cuando carecemos de práctica para ser el eje de nuestras decisiones, vivimos como barcos sin timón que solo navegamos rutas a favor de los otros.

 

Obstáculos para la conquista de la libertad

Siempre es un buen momento para soltar mandatos impuestos para dar cabida a deseos personales e ilusiones relegadas, pero también para cuestionar nuestras relaciones que muchas veces nos atrapan y nos limitan. Muchos hemos cultivado –por las razones, temores, ilusiones que sean– vínculos basados o en la dependencia económica o en la dependencia afectiva.

      ¿Cómo se muestra?

  • Disfrazada de amor incondicional.
  • Como búsqueda de permiso y aprobación.
  • Necesitando la “mirada del otro” como punto de referencia para orientarnos sin permitirnos andar a “campo traviesa” por el camino que consideremos mejor para nosotros.
  • Con la intolerancia a las propias dificultades atribuidas a nuestra “incapacidad” y no a nuestra falta de práctica.
  • Buscando la perfección para ser queridos. De manera particular las mujeres pensamos que para ser amadas hemos de ser afectivamente dependientes, físicamente necesitadas y psíquicamente vulnerables. Esto nos lleva a reclamar a los hombres cosas que no nos pueden dar.

Todo esto nos dificulta comportarnos como personas autónomas aún cuando demos muestras de independencia y tengamos recursos propios ya sean afectivos, económicos o profesionales.

 

Diferencia entre independencia económica y autonomía emocional.

La primera es la disponibilidad de recursos económicos propios que nos permitan tener un margen de acción real. La segunda es la posibilidad de utilizar dichos recursos económicos para legitimizar y gestionar –con base en decisiones de criterio propio que impliquen una evaluación de las alternativas posibles– los propios deseos, necesidades, sueños, intereses y valores. Y esto nos regresa a lo dicho al inicio, no se puede ni todo, ni siempre, pero sí lo suficiente para construir una vida plena.

Así, si bien la independencia económica no es garantía de autonomía, sí es condición necesaria –insuficiente– para la autonomía emocional.

 

¿Cómo conquistar la libertad?

  1. Trabajando. Generar un ingreso económico a través del desarrollo y uso de nuestras competencias y capacidades.
  2. Realizando un arduo trabajo psíquico para saber qué es adecuado o no para nosotros.
  3. Siendo creativos y arrojados para generar un programa propio que aún no existe.

 

¿Soy libre?

La verdadera libertad es la conciencia progresiva de tener cierto control sobre la propia vida, con un aumento de la confianza personal y un sentimiento de satisfacción y competencia.

Esto se manifiesta a través de:

  • Intensificar relaciones de genuina intimidad con otras personas.
  • Llevar a cabo actividades que impulsan nuestro desarrollo personal y mejoran nuestra imagen corporal para aumentar nuestra seguridad.
  • Tomar en serio nuestros intereses privados.
  • Desarrollar una vocación/profesión significativa.
  • Experimentar sentimientos de eficacia y autoridad.

En síntesis, ser libres en tomarnos en serio el proceso de hacernos protagonistas de la propia vida.

 

 

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    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

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