• Decir que la sociedad es más indulgente con la infidelidad masculina que con la femenina es una realidad pero no es una curiosidad porque todo mundo lo sabe.
  • Decir que el hombre es más promiscuo que la mujer y que sus infidelidades tienen menor fundamento emocional es una realidad pero no una curiosidad, puesto que todo el mundo lo acepta.
  • Y decir que como consecuencia de ambas cosas el hombre sea el perdonado también es una realidad pero no una curiosidad, porque todo el mundo lo reconoce.

Sin embrago, algunas realidades son menos evidentes, pero igualmente trascendentes que merecen ser destacadas, porque a simple vista pueden parecer un tanto insólitas. Mencionaré una:

  • Las mujeres más maduras (psicológicamente) son las más fieles… y las más infieles. 

Obviamente influye la edad pues para madurar se requieren vivencias y experiencias, las primeras llegan con los años y las segundas son consecuencia de la asimilación de las primeras. Por tanto no hay que confundir la cantidad de vida con la calidad de la experiencia.

Pero en virtud de este mismo razonamiento, cierto porcentaje de mujeres decide que en determinada situación recurrir a la infidelidad no va contra sus principios ni contra su coherencia.  Es el caso de quienes se sienten abandonadas emocionalmente o que practican la infidelidad reactiva, es decir, como protesta a una situación que no quieren más; en este caso permitirse la infidelidad es la manera de responder adaptativamente a su realidad y por tanto asumen lo que hacen como un ejercicio de expresión de su libertad de acción. Así, la madurez hace que, de acuerdo con su lógica, y a pesar de los riesgos que conocen como mujeres, (siempre es más riesgoso ser infiel siendo mujer que siendo hombre) la consideran una opción aceptable y deciden practicarla sin inhibirse por cuestiones de género.

En cambio, en los hombres la infidelidad juega a favor de la inercia social y en ese caso, lo que implica en ellos mérito es limitar voluntariamente el acceso a alguna de las múltiples vías de las que dispone para ser infiel sin recibir rechazo social.

El resultado de esa distinta permisividad hace que por regla general la renuncia a la infidelidad sea un indicativo de madurez en el hombre, mientras que en la mujer la interpretación puede ser más equívoca, porque puede tratarse de una restricción voluntaria y en ese supuesto, es un indicativo de madurez. O puede estar motivada por el temor a la reacción de la pareja, y en ese caso, debe interpretarse como subordinación afectiva impuesta por la inmadurez.

Las mujeres suelen ser más coherentes que los hombres tanto a la hora de restringir sus infidelidades como de permitírselas. Los hombres a medida que maduran tienden a ser más fieles.

¡Ojo! No estoy siendo más permisiva con la infidelidad femenina que con la masculina, pero en mi experiencia clínica observo que el perfil de la mujer infiel suele ser más coherente que el de los hombres, y menos inmaduro.

Los comportamientos sexuales y las decisiones tomadas en esta área de la vida son profundamente individuales, cada uno debe tomar su propio camino dependiendo de sus valores, personalidad, antecedentes, experiencias y principios personales los cuales dirigirán su camino. El primer reto en el área sexual es descubrir que es adecuado constructivo, deseado y oportuno para la persona.

Algunas personas pagan precios emocionales muy altos porque experimentaron con conductas que no eran compatibles con su forma de ser, sus principios y sus valores. La libertad sexual te permite hacer lo que quieres, no lo que debes descubriendo tu naturaleza sexual y manejándola constructivamente.

Sin embargo, hay que tomar en cuenta que en ocasiones tanto hombres como mujeres nos inhibimos

  •  porque no queremos salir lastimados por diversas razones
  • porque se nos considere o nos consideremos a nosotros mismos inmorales
  • por temor a mostrar ignorancia o incompetencia durante el acto sexual

Crecer sexualmente revisando estos puntos favorece el crecimiento personal y emocional.

Aplicar la regla de oro en la sexualidad y confiar que el adulto con el que nos relacionamos también lo hace, permitirá ejercer una sexualidad libre y satisfactoria

  1. Haz todo lo que quieras
  2. No hagas nada que no quieras
  3. Siempre desde el deseo previo
  4. Y de acuerdo con la propia escala de valores sexuales.

Cabe hacerse las siguientes preguntas ya que en ocasiones dudamos de la licitud del comportamiento sexual:

¿Tengo clara mi escala de valores sexuales?
¿Lo que hago lo hago porque me gusta a mi o a mi pareja?
¿Lo que no hago es porque no me gusta o porque de acuerdo a las convenciones sociales no debo permitírmelo?

Es importante distinguir los principios de los prejuicios (colisión entre el instinto y la moral), y mi gusto personal de la necesidad de agradar.

La regla de oro refuerza la autonomía y potencia el sentimiento de singularidad. Además, facilita el logro de la compatibilidad sexual.

El flechazo llega, la relación empieza, y cuando uno está “réquete” involucrado, las cosas que no se vieron o que se dejaron pasar por parecer poco importantes, empiezan a hacer ruido, a generar conflictos  y a crear distanciamiento y riesgo de separación.

Las parejas, con el correr del tiempo, pueden consolidar su amor o bien caminar a las grandes diferencias que llevan al rompimiento. Esto último puede darse por dos  razones principales:

  • Haber, al paso de los años, tomado caminos diferentes e irreconciliables, propios muchas veces de la velocidad del cambio en la actualidad y de las divergentes necesidades de crecimiento de cada miembro de la pareja.
  • Por no haber desarrollado una técnica de negociación adecuada para el manejo de las diferencias, abordando ineficazmente los conflictos y deteriorando el amor.

Pero otra cosa es iniciar un intercambio amoroso omitiendo o minimizando información necesaria para ver si los incipientes encuentros pueden consolidarse en una relación de pareja. Este es el caso de quienes, previo a enamorarse y comprometerse, no toman en cuenta las cuatro variables que facilitan el buen funcionamiento de una pareja.

1)   El buen acoplamiento sexual.

  • La pareja no puede vivir solo de sexo pero tampoco con una mala o nula vida sexual.

2)   La compatibilidad de caracteres. Ésta incluye:

  • La comodidad relacional que consiste en estar con el otro sin dejar de ser ellos mismos.
  • El orgullo social que significa sentirse satisfecho frente a la sociedad de estar con esa persona.
  • El nivel de madurez que implica un desarrollo emocional parecido que facilite la interacción mutua.

3)   La escala de valores similares para afrontar decisiones cruciales. Máximas coincidencias y mínimas divergencias en lo que consideran bueno, bello y verdadero.

4)   Proyectos de vida separados pero convergentes.

  • Ni se fusionan, ni se pierden en la distancia, porque son proyectos paralelos.

Con estos apuntalamientos la pareja podrá estabilizarse para:

  • Saber construir.
  • Saber aceptar.
  • Saber corregir.

Cargada de un sabor a traición, humillación y abandono, vivimos temiendo que nuestro amor, nuestro amado, nuestro amante, se líe sexualmente con alguien. Pero paradójicamente, si tuviéramos garantías de no ser descubiertos, si no tuviéramos que dar nunca una explicación, ¿no desearíamos para nosotros una vida sexual más variada, diversa, hasta cierto punto inquieta y rebelde? La respuesta sincera suele ser con frecuencia “sí”.

Las estadísticas en los países occidentales nos indican que aproximadamente entre el 60 a 80 % de los hombres y entre el 40 al 45% de las mujeres han sido infieles. Si bien el 95% de las parejas siguen casándose o comprometiéndose con el acuerdo –explícito o no- de mutua fidelidad, la realidad es algo diferente: queremos ser fieles, pero no siempre lo logramos, esperamos fidelidad de nuestra pareja, pero no siempre la respetamos, y como el extremo de la incongruencia, tendemos a ser permisivos con nuestros propios affaires mientras respondemos intransigentemente con los de nuestra pareja.

Partamos de la base, entonces, de que las infidelidades las cometemos personas comunes y corrientes: no todos los infieles son malas personas, o están enfermos o errados o son unos inmorales. Aún más, no todas las infidelidades se realizan por falta de amor.

La conducta infiel se gesta desde diferentes lugares, malestares, deseos, y necesidades. Por eso, hablar de infidelidad es hablar de complejidad: no podemos reducir un evento con tantos matices a un asunto donde alguien es el malo “el villano” y el otro el bueno “la víctima”.

¿Por qué somos infieles cuando somos infieles? ​ Descúbrelo en mi Taller de Infidelidad que consta de 3 sesiones, 19 de octubre, 21 de octubre y 26 de octubre en punto de las 7:00 pm con duración de una hora, si deseas obtener mayor información la podrás encontrar en mi página oficial.

Acoplarse sexualmente toma algo de tiempo – armonizar la sexualidad es complejo por los diversos niveles y matices que ésta implica -, pero conocer ciertos factores que determinan el acoplamiento te será de gran utilidad.  

            Antoni Bolinches, terapeuta y sexólogo catalán, menciona 5 variables para lograr el acoplamiento sexual.  

  1. La iniciativa. ¿Quién propone al otro iniciar? Al principio de las relaciones es deseo es alto pero tiene a decantar en que siempre sea la misma persona quien propone iniciar una relación sexual. Es muy satisfactorio sentirse deseado por otro, y si bien en un principio puede funcionar que la iniciativa sea unilateral, al paso del tiempo el “iniciador” deseará que su pareja tome la iniciativa también. Una iniciativa bilateral permite que ambos se sientas deseado, que un no de vez en cuando significa que el sí, aunque sea más ocasional, es desde el verdadero deseo. La iniciativa bilateral no ha de ser rígida – “una vez tu y otra yo”- pero sí se sugiere que sea armónicamente alternada. 

            2. La frecuencia. Lo ideal es que la frecuencia la marque el propio deseo, pero el deseo es caprichoso varia con el tiempo debido a diversas razones: el nivel de enamoramiento, el tipo de relación que lleva la pareja fuera de la cama, lo abrumador de la rutina, y sin duda a la propia energía sexual de cada uno. Esto último tiene un peso particular por la dificultad de cambiarlo a lo largo de la vida: si la pareja tiene libidos muy dispares se generará un problema serio de acoplamiento, literal, hay personas más “calientes” que otras, y tan injusto es  reprimir el deseo si se le tiene, como forzarlo si no se le tiene. Algunas parejas que valoran su vida en común llegan a acuerdos bien planeados que les permiten tratar de acoplar sus distintas energías sexuales. 

            3.Los rituales. Estos se refieren a las prácticas que forman el repertorio sexual: la diversidad de conducta sexuales que se lleven a cabo harán de la práctica sexual algo diverso, plástico, elástico, atrevido, o por el contrario ciertas posturas más o menos mecánicas, invariables, conservadoras y aburridas. Los rituales sexuales van desde las prácticas más tradicionales como los besos, caricias y la posición del misionero, hasta la integración de propuestas transgresoras que incluyen tríos e intercambios de parejas, pasando por la diversidad de posturas, de uso de materiales eróticos, de juguetes sexuales y de fantasías estremecedoras. gusto de la pareja, construidas desde del respeto mutuo y el consenso previo. No podríamos decir que un código de rituales es mejor que otro, pero sin duda a mayor rigidez y limitación en la variedad de repertorios es más fácil caer en la monotonía y el desinterés: el sexo se alimenta de la novedad y el cambio. Así, hay personas que gustan del sexo oral y hay a quienes les parece aberrante, ni que decir de la práctica de la penetración anal por ejemplo que es deseada por algunos y repelida por otros. Sin duda las prácticas más transgresoras podrían considerarse “perversas” para una moral conservadora, de ahí la importancia de construir el código de rituales de los cuales se va a disfrutar requiere diálogo, sinceridad, seguridad personal y capacidad de experimentación y disfrute.

              4. La resolución orgásmica. Quizás la iniciativa se puede negociar, la frecuencia armonizar y los rituales dentro de cierto margen ajustar, pero cuando la relación difícilmente culmina en el orgasmo produce tal frustración que puede ser una fuente importante de resentimiento: no es lo mismo cuando la relación culmina con un clímax satisfactorio para ambos que cuando alguno queda insatisfecho. Por eso la frustración orgásmica será fuente de malestares en la relación. ¿No logra alguno de los dos el orgasmo? Es tema central de conversación o de consulta. Y no me refiero a esas panaceas “de llegar juntos, siempre, y con la misma intensidad”, sino de lograr esa descarga placentera como resolución frecuente en los encuentros sexuales. 

            Pero la resolución, además del logro del orgasmo en sí, incluye la expresividad orgásmica: las manifestaciones verbales y corporales que acompañan al reflejo orgásmico. Hay parejas que expresan el placer de forma muy contrastada teniendo como efecto molestia y malestar. Por ejemplo, si alguien es muy contenido –casi ni se mueve ni hace ruido- y otro muy expresivo –grita, se agita, se contorsiona-, la tan dispareja culminación resta calidad y satisfacción a la experiencia.  

            5. La afectividad post orgásmica. Sobra decir que el acoplamiento sexual no depende solo del antes y del durante, también del después: las muestras de afecto posteriores incrementan o reducen la receptividad sexual. La necesidad de mostrar ciertas muestras de afecto sintónicas después de alcanzar el orgasmo facilitará o dificultará la satisfacción total y la disposición para los próximos encuentros. 

El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo. Pero además de la respuesta genital, en los humanos, el instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

 

¿Por qué muchas personas se sienten culpables al experimentarlo?

Definamos la culpa como la experiencia de sentirnos malos, inmerecedores, agobiados, ansiosos, avergonzados, egoístas, perversos, entre otras cosas, por que nuestra conducta no corresponde a un código moral interno que incluye normas conscientes y normas inconscientes, generalmente introyectadas  en nuestra infancia, provenientes no solo de nuestros padres y maestros, sino de una cultura que permea todas nuestras creencias.

Pero existe una culpa funcional y una disfuncional. La primera nos señala que hemos transgredido algo valioso e importante. Este sentimiento nos  ayuda a resolver un problema, a cuidar de uno mismo y de los demás, y reparar los daños causados. La culpa disfuncional sólo añade sufrimiento a nuestra vida y produce no solo malestar sino parálisis también. ¿Cómo hacer distinciones? Si la norma transgredida es actual y viable de cumplir, si la hemos elegido libremente y si está basada en principios éticos, es probablemente sano y oportuno que experimentemos cierta culpa. Pero si la norma nos fue impuesta por otra persona, por la sociedad, por la iglesia, y no la hemos elegido por cuenta propia, no nos hace sentido, ni tiene ningún valor en nuestras circunstancias particulares, y ni nos daña a nosotros ni viola los derechos de los demás, los sentimientos de culpa serán poco productivos y viviremos en una agónica tortura.

 

Origen de nuestras culpas sexuales

La base del pensamiento occidental que construye nuestro mundo de creencias se basa en la filosofía griega, la tradición judeocristiana y el patriarcado. La prime consideraba una dualidad entre espíritu y cuerpo y  después entre mente y cuerpo, considerando siempre superior a la primera que a la segunda. El cristianismo ensalza el dolor con la idea de que fortalece el espíritu, penaliza el placer al cual considera sucio, riesgoso e indomable. Y por último, el patriarcado, sistema jerárquico donde los hombres y todo lo masculino enarbola el poder y los privilegios, condona a los hombres lo que condena en la mujeres. Todo junto suma a mayores culpas en las mujeres puesto que la división entre ser “virgen” y respetada, a “puta” y despreciada, sigue vigente en muchos contextos.

Todo esto termina influyendo nuestros contextos familiares, escolares, laborales y sociales y aterriza en cada historia personal. ¿Aprendimos o no a experimentar el placer? ¿Se nos enseñó a sentirnos a gusto con nuestro cuerpo? ¿Se respeto nuestro sexo y la expresión de nuestra sexualidad?

¿Cómo liberarse de la culpa ante el placer sexual?

  • Reconocerla cuando se manifiesta con malestares físicos, con rechazos corporales, con adicciones.  O bien cuando aparece como una ansiedad difusa o una represión costosa. También se asoma con autoreproches y autocastigos.
  • Ponerle nombre, saber que es culpa y no otra cosa.
  • Rastrear de dónde viene. Reconocer su particular origen en nuestra historia, que incluye desde mandatos constantes, rechazos inconscientes, hasta amenazas y castigos puntuales.
  • Crear la propia escala de valores sexuales. Actuando con base en principios y no en creencias erróneas y Reconocer que solo lo que no es oportuno y constructivo para uno y para los demás es lo que pone en riesgo nuestra integridad.
  • Cambiar la narrativa del sexo individual y cultural. Informarnos a través de libros, cursos, cine, arte, terapias, sobre lo bueno, lo bello y lo correcto de la sexualidad.
  • Tomar acciones que contrapongan nuestros temores. Aventurarnos, en contextos seguros y con personas confiables, a vivir una sexualidad libre de temores, novedosa, acorde a lo que deseamos y a quienes somos.
  • Consertir el deseo, buscar el placer, activar la excitación. Y volver a disfrutar.

 

Hagamos de nuestros deseos bien gestionados pequeños paraísos terrenales, porque no somos ángeles, somos seres humanos.

El “fast love”, fácil y rápido, así como la “fast food”, está de moda. Es por eso que las parejas difícilmente duran más de lo que el enamoramiento les pueda dar. El enamoramiento se puede dar en un “flechazo” pero el amor se cuece “a fuego lento”.

Por eso considero que el “propedéutico” individual que nos prepara para elegir una pareja mejor y fluir bien en el intercambio amoroso ha de ser considerado.

Aquí te comparto algunas preguntas que señalan los prerrequisitos imprescindibles para construir una buena vida de pareja.

 

1. ¿Me conozco? El autoconocimiento te permite elegir mejor y también respetar tus necesidades, intereses y valores dentro de la relación. Ver a qué puedes renunciar y que estás dispuesto a negociar y qué no.

 

2. ¿Tengo una forma de ganarme la vida? Es importante entrar a una relación con la competencia de abastecerte de lo suficiente para vivir y ser menos vulnerable al control del otro. La independencia económica también favorece la igualdad en las negociaciones.

 

3. ¿Me siento con suficiente autonomía emocional? “No solo de pan vive el hombre”. La autonomía emocional es la capacidad de legitimar tus deseos, necesidades, intereses, valores y los límites que necesitas poner al otro para poder satisfacer tus requerimientos básicos. La autonomía emocional te facilita respetarte sin tener que romper, distanciarte o cerrarte del todo a tu pareja.

 

4. ¿Mi vida tiene sentido? Conocer mis pasiones y sueños, capacidades y aptitudes más allá de mi relación de pareja hace del amor parte de mi proyecto de vida pero no mi único propósito en la vida. Una existencia con sentido propio es la que facilita que el amor florezca en libertad y aumente el tamaño de tus alas para expenderte y disfrutar.

 

  • Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta
  • Twitter: @tedisen
  • Instagram: terediazsendra

 

Hoy más que nunca los prejuicios y tabúes sexuales van “pasando a la historia”, aún así las parejas modernas batallan por la falta de deseo sexual. Pareciera que en la era de las comunicaciones y la tecnología, –entre diversos factores– uno de los culpables de la falta de deseo es el internet en todas su presentaciones. La atención frenética a las redes sociales, la búsqueda de nuevas aplicaciones, la información no atendida en periódicos, mails, whatsapps, entre una y mil posibilidades más, no solo nos hacen perdernos de algunos orgasmos sino de posponer indefinidamente ricas conversaciones que antaño acompañaban a las parejas antes de dormir.
En un era de “superindividualidad” reforzada por la atención constante a los diversos gadgets con todas sus variedades, la falta de diágolo nocturno entre las parejas impide actualizar su relación día a día. Dejar de compartir de manera ligera y natural las actividades realizadas durante el día, de intercambiar las impresiones sobre las experiencias vividas, de develar los sueños conquistados o de permitir asomarse a los temores enfrentados, nos está privando de cierta complicidad nocturna que antaño era casi inevitable intercambiar.

Quienes aún practicamos estos intercambios conversacionales en la cama experimentamos que funcionan como pegamento emocional pues son un “ir y venir” de escucha, de contención, de interés y de acompañamiento que fortalece la sensación de pertenciencia, de valía, de interés y de contención amorosa.

Sin duda uno puede tener charlas íntimas con su pareja en un restaurante silencioso, o bien durante el desayuno si es que los niños ya se han ido a la escuela, pero aún así la recámara conjunta y, de manera particular, la cama compartida, contienen un significado especial en la vida conyugal. Si este espacio se apropia por los dos y se adecúa con elementos relajantes como una luz tenue y quizás un incienso de suave aroma, habrán grandes posibilidades de generar un ambiente de conexión y una conversación íntima.

El objetivo de un encuentro así es fomentar la complicidad y atenuar el distanciamiento, por esta razón, el dormitorio es adecuado para cualquier tema. Sin duda la vida se compone de momentos buenos y de situaciones complicadas, pero ¿no podremos elegir lugares menos íntimos (la cocina, la sala, etcétera) para temas rasposos que implican otra energía y en ocasiones técnicas de negociación?

Sobra decir que las charlas de almohada no han de ser siempre “miel sobre hojuelas”, también pueden ser de utilidad para aclarar algunos malentedidos y una que otra diferencia. Agrego además que hablar de “nosotros” –en el comedor, en la cama o en la cocina– siempre implica asumir responsabilidad sobre lo que uno “pone sobre la mesa” y sobre la forma en que uno maneja los propios sentimientos, pero aún así pienso que un terreno tan íntimo como la cama puede ser más un vehículo para conectar que para resolver, y ¿por qué no?, para calentar el ambiente en el sentido literal de la palabra.

El sexo, así como las conversaciones, son formas de vincularnos. Y si crees –como yo– que hay formas distintas de desnudarnos, como conversar, entonces sabrás que para hacer el amor no siempre necesitarás quitarte la ropa.

Enredarse con un casado…

 

 

Si no lo hemos vivido en carne propia, todos conocemos a alguna que, por alguna u otra razón, ha caído en esta “tentación” de lo prohibido, visto desde el pensamiento religioso tradicional, claro está. Por la razón que sea:

 

  • Porque no lo sabía…
  • Porque eran compañeros de trabajo…
  • Porque no conocía a la otra…
  • Porque pasaban mucho tiempo juntos…

 

Siempre están rondando la cabeza cuestionamientos que aún sabiendo que probablemente no llevará a ningún lado lo que está ocurriendo, hacen que la tercera en la ecuación se mantenga ahí. Cuestionamientos en donde se cuela la ilusión y que se agarran de expectativas futuras (siempre futuras, ya que el presente no da para más…):

 

  • ¿Dejaré de ser “la otra”?
  • ¿Me quiere o sólo me utiliza?
  • ¿Por qué no me dijo que estaba comprometido?
  • ¿Y sí la va a dejar para estar conmigo?

 

 

Y no es que lo diga yo nada más… Según los expertos, las esperanzas para las amantes no son alentadoras ya que, en un triángulo amoroso, siempre llevan las de perder. La etapa de encantamiento en una relación dura entre dos meses y dos años. Tras eso, los hombres tienden a volver a sus hogares con sus esposas.

 

¡Pero sí pasa! (Poco pero pasa…)

Enredarse con un hombre comprometido ya le resta posibilidades de éxito a la

relación, cuando no se trata de algo destinado directamente al fracaso. Pero algunas

veces funciona; según estadísticas realizadas, sólo el 5% de las relaciones

extramaritales terminan en un compromiso formal con todas las de la ley.

 

Si ya lo conoce…

Cuando la amante lleva tiempo de ser “la otra”, sabe todos los trucos que él ideó para

poder estar con ella sin que la esposa se enterara. Sabe cómo es, cómo se comporta,

conoce todas las estrategias y mentiras que dijo. Así que sabe perfectamente cómo

miente y cómo se ideó la vida para poder estar con las dos.

 

Y es que una vez que ya se hizo, la mecánica es fácil de repetir, el problema es

que ahora la persona que está del otro lado ya sabe cómo es el juego porque ya lo

conoce, ya lo jugó y ya lo vivió, así que la cosa se presta a temores y complicaciones.

 

 

  

 

Infieles “por naturaleza”

Hay quienes no son monógamos; de hecho, la monogamia es más un contrato por razones diversas que algo característico y sustancial de nuestra especie humana. El tema no es luchar contra la no exclusividad sexual, sino ser claro en que “no se es hombre –o mujer- de una sola pareja”. La razón puede ser desde la experiencia misma de un nuevo encuentro, el placer del goce sexual, hasta el complemento emocional que da otra persona. Eso sin mencionar a los hombres abusivos que desde su poder patriarcal se permiten lo que no le permitirían ni a su pareja ni a su(s) amante(s). Así, una relación de un hombre casado con una amante puede o no llegar a una relación de mayor compromiso, pero no asegura tampoco la fidelidad en ella.

 

¿Sospechas de estar con alguien que te es infiel?

Hay algunas señales que pueden darte una idea más concreta de si es un problema de pareja que se está proyectando en una sospecha, o si en efecto, existe la posibilidad de que tu pareja te esté siendo infiel.

 

Las “señales”:

 Una obsesión repentina por el celular o las redes sociales.

 

 

 

 

 

 

 Hay un “espacio” de su vida en el que no te deja participar.

 Cada día tiene nuevas reuniones u obligaciones.

 Cuida su aspecto de forma repentina.

 De repente está más seguro de sí mismo.

 Encontrar cosas “raras”.

 

Para cerrar…

Cualquier relación amorosa en la más “óptima” circunstancia tiene el riesgo de

terminar; cuestionar si ésta relación ha llegado a su fin en tanto que resta más de lo

que da, es algo que el amante –cuando se siente más lastimado que enriquecido- tiene que valorar.

 

En el caso de las esposas corresponde valorar si una infidelidad es razón suficiente para terminar; hay de infidelidades a infidelidades, y es importante distinguir entre un encuentro de una noche ocasional que le cacharon a un constante engaño y manipulación. En fin… ese es otro tema.

 

Si bien las relaciones triangulares rara vez surgen propositivamente, la terminación

de las mismas, con todas las dificultades que representen, sí puede ser una decisión;

pocas cosas duelen tanto como perder un buen amor, pero cabe entonces hacerse la

pregunta ¿esto que estoy viviendo puedo considerarlo un buen amor? Posicionarse

como víctima desvalida, lejos de conmover a la pareja a decidirse por el tercero –en

caso de que sí contemple la opción– será un detonador de más problemas y de un

mayor deterioro de la relación.

#Amantes y #Esposas parte 3 ¡Termina de conocer todo sobre est…

#Amantes y #Esposas parte 3 ¡Termina de conocer todo sobre este tema con las #NetasDivinas! ??

Posted by Netas Divinas on Thursday, July 27, 2017

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.