Un engaño puede ser una bala directo al corazón o un rasguño, pero en cualquiera de los casos, es una herida que duele y debe ser sanada, pues la lucha entre la pasión y la razón será épica.

 

Hablar de infidelidad es un tema complejo, pues no podemos reducir un evento con tantos matices a un asunto “causa-efecto” donde hay una víctima y un villano. No todas las infidelidades son iguales, no a todas se les concede la misma importancia, no todas se gestan desde el mismo lugar, malestar o deseo. Algunas parten de necesidades personales no satisfechas; en ocasiones son francos impulsos que permiten liberar ansiedad en etapas de transición o adaptación critica; en otras, son síntomas claros de una relación en crisis y, sin duda, son también manifestación de la tragedia que significa que no sean del todo sinónimos fidelidad y exclusividad sexual.

 

Me atrevo a afirmar que, en algunos casos, el impacto de un affair puede llegar a ser, si se maneja de manera oportuna, constructivo. Lograr esto no es tarea fácil, pero si la pareja está comprometida, la explosión de una crisis abrirá puertas para trabajar y actualizar la relación.

 

El objetivo de este texto no es destacar que una infidelidad te brinda posibilidades de crecer en el territorio amoroso o personal; dicha perspectiva me obligaría a diferenciar entre lo que es una “infidelidad necesaria para el crecimiento” y una “infidelidad tóxica” que sólo genera una experiencia de hostilidad, la búsqueda hedonista de placer y la incapacidad para tolerar y contender con las tensiones de una vida en común.

 

No importa cuál sea el origen de una infidelidad, el efecto que produce su descubrimiento es bastante traumático en general: primero se experimenta la sensación de traición y el quiebre de la confianza, después aparece el miedo al abandono, y termina con un profundo sentido de humillación. Los acuerdos de exclusividad sexual traicionados rompen lo límites de la pareja, pues los sentimientos, el cuerpo y la sexualidad compartida te dejan con la sensación de que la pareja nunca volverá a ser la misma.

 

Hay diversos elementos que influyen en la magnitud del efecto de una infidelidad:

– El género: El efecto de la infidelidad puede ser muy distinto según sea vivida por el hombre o la mujer. El tema del patriarcado nos lleva a afirmar que generalmente lo que en el hombre se condona, en la mujer se condena.

– Las circunstancias: El cómo, cuándo, dónde y cuántas veces, hace una diferencia. No es lo mismo una “cana al aire” que una relación de meses o años con involucramiento emocional.

– El perfil del amante: Su edad, atractivo, inteligencia, etc. A las mujeres en general nos afecta que “la otra” sea más joven y atractiva, y a los hombres que el “cabrón” tenga un mayor reconocimiento profesional o social. Pero lo que no toleran ni hombres ni mujeres es que el tercero tenga valores manifiestamente inferiores a los propios, porque, entonces, se suma el agravio de que te cambiaron por alguien que es “menos” que tú.

– El vínculo relacional previo: A más proximidad (un familiar o amigo), mayor es la gravedad y peor el pronóstico.

– La confianza básica desarrollada en la infancia: Este sentimiento es particularmente frágil en individuos cuya estructura de personalidad es o se acerca al narcisismo patológico; para ellos, la experiencia de la traición puede ser tan devastadora que los puede sumir en un estado de desolación y desesperación eventualmente suicida u homicida.

– El trabajo de madurez personal: Alguien comprometido en el propio crecimiento puede manejar mejor el impacto de una infidelidad, aunque no deja de ser doloroso.

Líbrate del dolor infiel

Sin importar ante qué tipo de infidelidad nos encontremos, por lo común está presente la sensación de traición. El engaño es una amenaza directa a nuestro sentimiento de pertenencia y confianza dentro de la pareja. Entonces, ¿cómo puedes manejar lo negativo de su impacto y salir bien librado de su consecuente dolor? Trata de seguir estos siete pasos y lograrás grandes avances.

 

1. Sal del shock inicial

El descubrimiento de una infidelidad produce un efecto traumático que es preciso trabajar.
• A pesar del trauma, de nada sirve actuar con violencia. Perder el control puede llevarte a cometer una tontería. La infidelidad no es motivo suficiente para convertirte en “criminal”.
• Lleva tiempo que regrese la calma; no tomes decisiones precipitadas.
• Controla tu deseo de interrogar a tu pareja como si fueras un inquisidor y espera a que hable.

2. Restaura, paso a paso, la confianza

Aunque la situación es incómoda, desconcertante y dolorosa, la relación puede rescatarse.
• La recuperación de la confianza toma tiempo; al principio hay dudas, suspicacia y reclamos.
• Llegado el momento, establece una comunicación abierta; no dejes que pase mucho tiempo.
• De preferencia, conversa en territorio neutral: analiza motivos, errores de ambos y el deseo de continuar.
• ¿Decir toda la verdad? Si te atreves a preguntar lo que no debes, te arriesgas a escuchar lo que no quieres. Esta curiosidad es peligrosa porque conocer los detalles de la infidelidad tiende a hacer incurable la herida. A veces la verdad es útil y necesaria, pero en otras ocasiones tiene consecuencias adversas y destructivas. Además, centrarse en exceso en el tema de la infidelidad, comúnmente deja fuera temas centrales de la relación.
• No sirve hablar del amante ni buscarlo, ni mencionarlo a cada rato, ni comparar, pues esto genera más humillación y hostilidad e impide la recuperación.
• No compartas lo ocurrido con cualquiera, sólo con amigos o familiares que pueden escuchar sin juzgar.

3. Experimenta el dolor

Confía en la recuperación y déjate sentir. Enojo, culpa, tristeza, miedo… todo. La infidelidad puede ser un parteaguas para mejorar la relación de pareja.

4. Revisa tu relación

Evita etiquetarte en el papel de víctima o de villano; reflexiona en la parte que te toca, pues casi siempre es asunto de dos.
• Debes saber escuchar y aprender maneras de conversar.
• Recorre la historia de la relación y asume tu responsabilidad de cuando empezaron a ir mal las cosas.
• Elige temas a tratar que vayan más allá de la infidelidad.
• Aprende a negociar y a manejar conflictos.
• Concéntrate en mejorar tu relación y no en hablar de la infidelidad.

5. Decídete por una buena relación o por una buena terminación

Si eliges continuar pero no puedes dejar de mencionar lo sucedido, es mejor poner distancia. Si optas por terminar la relación, el enojo y el rencor te facilitarán el alejamiento, pero no es la mejor manera de cerrar.

6. Trabaja en tu madurez personal

A mayor seguridad personal, menor impacto de la infidelidad.

7. Siempre es pertinente buscar ayuda profesional

Del olvido al no me acuerdo

El perdón, como proceso, es necesario para atravesar esta experiencia. Tratar de perdonar en lugar de traer a colación resentimientos del pasado facilita estar presente en la situación actual y dar al otro, y a uno mismo, la posibilidad de cambio.

Sin bien en cada caso perdonar se verbalizará de forma distinta, una buena afirmación de perdón podría ser: “Te perdono, aquello que pasó ya no me influye, pero como consecuencia ocupas un segundo nivel de confianza. No sé si alguna vez estarás en el primero, lo deseo, pero por ahora mantendré ciertas medidas de precaución que te serán evidentes. Aunque también te aseguro que responderé a lo que hagas ahora y no a lo que hiciste entonces. Si noto algún prejuicio respecto a ti te lo haré notar para poder platicarlo”.

La importancia de una infidelidad y el pronóstico de su posible asimilación no deben establecerse en función del placer que proporciona, sino de las otras variables: la pasión es diferente al amor; la primera, justamente, caracteriza las infidelidades.

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Además de la sensación de impotencia ante la poca maniobra que goza una amante para convivir con su “amor”, hay una serie de situaciones, sentimientos y circunstancias por las que atraviesa una mujer en una relación, siendo la amante en una relación. ¿Cuáles son las más comunes?

Hablemos de las amantes

Ojo: me referiré a “la amante” como aquella persona que asume ese rol “en solitario”, es decir,  sin tener otra pareja –o al menos una pareja significativa y formal- por lo que atribuye a la relación de amantes su apuesta principal. Sin duda, hay infidelidades en que ambos involucrados están casados o tienen alguna relación de pareja  comprometida; en dichos casos no se consolida un triángulo: de hecho se logra un cierto equilibrio en la relación de amantes en tanto que ambos forman parte de otros espacios de vinculación que les implican tiempo, cuidado y energía.

 

  • La sensación de estar en desventaja en tanto que no ocupa el lugar público de ser la pareja  formal, ni de contar con la presencia permanente de su amor.

 

  • Los sentimientos de minusvalía y de resentimiento pueden ser constantes: “¿cómo es que si tanto me amas no buscas terminar ‘aquello’ y quedarte aquí?”, “¿no soy suficiente como para que dejes todo por mí?”.

Torbellino de emocioanes

  •  El dilema emocional que se experimenta: navegar entre el enojo, tristeza, celos, desventura.

 

  • El afrontamiento de la soledad y la mentira: es común escuchar sobre la desazón que sobreviene al tercero, sobre todo en los días festivos que se queda “solo” (¿solo solo o solo de pareja?), mientras el amante comparte con su cónyuge.

 

  • La mentira: muchas amantes no comparten con sus familias y amigos que están en una relación –por temor al juicio y al estigma social-, así como por el cuidado que tienen en preservar el bienestar de su pareja y de la relación.

La complejidad de la relación y el desgaste

En general la mezcla de experiencias que vivencia “la tercera en discordia” pueden convertirse en un cúmulo de reclamos e insatisfacciones que empiezan a pesar más que el gozo mismo que aportan los encuentros. No es poco común que el malestar detone en la actuación de alguna conducta que favorezca el descubrimiento de la situación y la explosión de una crisis que impulse necesariamente a una resolución: todos conocemos también esas historias en las que el amante “manda un anónimo” o en que la esposa atiende un telefonazo y recibe amenazas e información.

 

Pero no solo la acción directa de la amante puede generar el descubrimiento, también sabemos del mensaje de amor descubierto en el teléfono, de la factura de un hotel encontrada en el buró, de la página de Facebook que se olvidó cerrar, y con ello inicia el peregrinar de sospechas que ponen en riesgo el sostenimiento de la situación.  Estas desafortunadas acciones decantan generalmente en el rompimiento del triángulo por la devastación que generan, impidiendo la posibilidad de que la relación progrese.

Resolver o retirarse

Es menester de quien se posiciona en este lugar reflexionar si se siente en una relación de abuso y descuido por parte del amante,  y de ser el caso, busque resolver o bien retirarse, pero no le corresponde actuar en perjuicio de otros terceros que forman parte de la ecuación (cónyuge, hijos u otros familiares o amigos) para saldar cuentas de lo que no le está dando su amante.

 

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Generalmente cuando se habla de la posición del amante en una relación, se le nombra con apodos denigrantes y se le embiste con señalamientos acusadores y juicios morales: “esa puta”, “el pendejo aquel”, “la vieja esa”, “claro, la embaucó a ver qué le saca”, “pinche idiota quién se cree”. 

La mirada al tercero

La mirada al tercero no como un sujeto, no como una persona activa en el triángulo amoroso, sino como objeto de uso y/o abuso del “villano” da cuenta de la simplificación que se hace de las experiencias triangulares, del desconocimiento que se tiene de la complejidad del fenómeno y de la primacía que se da a la vida de pareja – particularmente a la matrimonial – sobre cualquier tipo de acuerdo amoroso que se salga de la normatividad.  

 

La carga moral que se le atribuye al tercero como el causante de “la destrucción” de la pareja, deposita en él o en ella todos los prejuicios –sexuales, económicos, sociales- en relación a la infidelidad. El tercero es persona también. Sobra decir que, si bien puede ser un hombre o una mujer quien ocupe este lugar, la mayoría de las personas que se colocan en esta posición del triángulo son mujeres.

¿Hombres amantes?

Por supuesto que hay hombres que “sufren de amor” siendo los amantes de mujeres comprometidas en una relación matrimonial, pero es poco común que se limiten a ese vínculo, y que no se acompañen de otra persona en la vida cotidiana y en los eventos sociales. Es extraño también escuchar que una mujer que está comprometida con una pareja le pida “fidelidad” a su amante, situación que es extremadamente común cuando la amante es una mujer. 

Es poco frecuente también, pero llega a ocurrir, que un hombre o una mujer elija  la posición de tercero en un triángulo porque tiene a través de ella lo mejor de su pareja sin cargarse con la faena de lo doméstico. Sin embargo la mayoría de los amantes albergan la fantasía de que “tarde o temprano” serán la pareja formal, y sufren en silencio el tener que vivir en la soledad y en la ocultación. 

Personas con necesidades e intereses

Desde ese lugar, que es el más común, el tercero en discordia tiene que afrontar una sensación de impotencia ante la poca maniobra de que goza para convivir con su amor, así como del escaso influjo que tiene sobre las condiciones familiares del otro para hacerlo decidirse de una vez por todas en apostar en su relación. La sensación de impotencia se amplifica cuando la vida del tercero gira en torno a esa sola persona: estrategias para adaptarse a sus tiempos, imposibilidad de iniciar otra relación, incluso certezas de que la otra persona “jamás” dejará a su pareja.  

Quizás por eso, uno de los retos centrales de la postura del amante, cuando la situación deviene en algo más lastimoso que gozoso, es analizar –más allá del amor que experimenta por su pareja– si quiere permanecer en el triángulo como elección consciente o por necesidad. ¿De qué sirve que te quieran si no te quieren como quieres que te quieran? La terminación de una relación triangular también tiene derecho a consideraciones y cuidados para no dejar despojado o alienado al tercero tras años de intercambio; los acuerdos que cada pareja asuma dependerán de la forma como se consolidó el vínculo, pero ser el tercero no avala la postura de “nada puedo pedir yo”. Es necesario visualizar al tercero como un “ser de carne y hueso” que requiere de cuidado y consideración, como a la familia del amante, una entidad a la cual no le corresponde salir dañada innecesariamente. 

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Son muchas las razones por lo que las personas viven amores de tres, desde infidelidades hasta algún triángulo amoroso entre los que están los nuevos modelos erótico sexuales, incluidos la poliamoría, las experiencias swingers o los matrimonios abiertos. 

 

La existencia de las relaciones triangulares nos confirma que los seres humanos no escapamos a ellas aún con la tradición judeocristiana intentándonos educar en la creencia del amor exclusivo y total (y expulsándonos del territorio del “amor verdadero” si no  logramos este). Ni qué decir del señalamiento de ser “malas” o defectuosas personas: insensibles, egoístas e internamente divididas en caso de incurrir en esta contradicción. 

 

Tipos de triángulos

Además de los triángulos erótico-amorosos con o sin implicación sexual, existen diferentes tipos de triángulos: los que involucran a padres e hijos, amistades, mascotas, relaciones laborales,  espacios culturales, incluso ritos religiosos. Y es que lo triangular es una característica sustancial de las relaciones humanas: los psicoanalistas afirmarían que es una organización mental implícita en la triada edípica de la que aprendimos el “abc” del amor; y yo sumo lo que ya he mencionado en otras ocasiones: que somos seres deseantes y que el deseo no se agota con nada ni con nadie. Nuestra posibilidad de ser seres multifacéticos y complejos nos impide colmarnos en un proyecto de trabajo único, un único hobbie, en un solo corazón y con un solo cuerpo.

La complejidad del amor “entre tres”

Entender esta triangulación en territorios no amorosos puede ser más o menos sencillo, pero en la comarca del amor se complican las cosas en tanto que el “mito de la exclusividad sexual”, ante la infinidad de variaciones que ha sufrido la vida de pareja en el último siglo, parece ser lo “único” que conserva como propio y como signo de genuino compromiso y amor de pareja. Algunas personas renuncian a vivir esta triangularidad con menores implicaciones de frustración y represión en su vida personal, prefiriendo  la seguridad y cierta simpleza de una relación exclusiva, sin embargo no es la norma en términos de experiencia de vida. 

 

Así, las triangulaciones amorosas existen: algunas se detienen tras unos intercambios por chat, otras son intensas y breves (más vale arder que durar) dejando huella en la vida de los actores, otras duran toda la vida y capotean los “malabares” y desgastes necesarios para sostenerse a lo largo del tiempo. Algunas terminan transformándose en familias reconstituidas al dejar de lado la relación primaria (habiendo o no sido descubiertas).  

De una u otra forma, en distintos esquemas y con diversos efectos en la vida de los involucrados, muchos miembros de parejas estables han transitado este camino de la triangulación que por diversos factores está “a la vuelta de la esquina”. Y más allá de lo que pensemos, queramos o neguemos, en muchos casos, y dada nuestra capacidad amorosa multidimensional, su presencia da mucha estimulación y una cierta estabilidad  a las relaciones de pareja. ¿Tú qué piensas? 

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Tiempo de lectura 3 minutos

Hablar de los triángulos amorosos se ha convertido en un tema central cuando exploramos el territorio del amor y sus dilemas. Las relaciones triangulares son descritas desde antaño en textos antiguos como la Biblia y la Ilíada, recorren toda la literatura universal a lo largo de los siglos, y toman en el presente un lugar predominante por todos lados: novelas, series, películas, poemas… ¡Qué decir de las consultas terapéuticas (y los “deschongues” de pasillo), efecto del descubrimiento de una relación extraconyugal! 

Ruptura de acuerdos

Un triángulo amoroso es una relación entre dos personas con exclusión del cónyuge de uno de ellos, que incluye compromiso emocional y/o sexual, y que tiene repercusiones en la vida de todos los involucrados, a nivel psicológico y social principalmente, muchas veces económico también. En el triángulo amoroso tres integrantes, hombres o mujeres, originan y sostienen (de manera consciente o inconsciente) un vínculo de fuertes efectos emocionales y/o sexuales.  

Otra característica importante del triángulo amoroso, a diferencia de los nuevos acuerdos de pareja, es el rompimiento unilateral del acuerdo de exclusividad, así como la afectación por el mismo del nivel de intimidad,  de la cercanía emocional y/o del compromiso con la relación primaria. 

 

Más allá de las “canas al aire”

Para adentrarnos en la complejidad de los triángulos amorosos, dejo fuera del concepto “triángulo” todas las “canas al aire” que implican aventuras de una “noche de copas” y que generalmente carecen de un contenido emocional, si bien involucran actividad erótica y sexual. Excluyo también todas las “infidelidades” cibernéticas que nunca se actúan “en vivo y a todo color” pues pueden catalogarse ya sea como nuevas prácticas eróticas nunca imaginadas (herramientas de exploración y autoconocimiento) o bien como muestra social de miedo a la intimidad y a la cercanía emocional propias de la era post moderna que vivimos. Y por supuesto no considero tampoco las patanerías sostenidas, que más que constituir un triángulo de amor, significan un sin fin de abusos y maltratos que correlacionan con la violencia (en ocasiones la enfermedad mental, la adicción), y no con la complejidad de la experiencia erótico amorosa.

 

Finalmente, un triángulo amoroso, no se define ni por su duración ni por su intensidad, sino por el equilibrio personal, de pareja y grupal que aporta, de manera consciente o inconsciente, deseada o rechazada, a quienes los conforman. En general, inicia desde la atracción mutua, con o sin interés de implicaciones sexuales, pasando por el enamoramiento, hasta consolidarse en algún tipo de vinculación. La terminación del mismo se da por razones diversas: o deja de cumplir su cometido, o es descubierto y pierde la posibilidad de existir ante la crisis de pareja que detona, o bien la culpa o malestar de alguno de los involucrados lo disuelve, o simplemente la renuncia elegida o las circunstancias vividas precipitan su desintegración. Esto no significa que el espacio interior o intrapsíquico que le da cabida, incluso los sentimientos amorosos internos, desaparezcan necesariamente. 

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Empecemos por Don Juan, ese personaje desenfrenado y libertino –nacido en las entrañas del Romanticismo– que iba por la vida vociferándole al mundo el gran número de conquistas que había logrado. Esta hombre, de 1630, dejó para la posteridad un tipo de comportamiento masculino que sugiere que los hombres son más “hombres” de acuerdo la cantidad de mujeres con las que han estado.

De esta última idea se desprende el concepto del mujeriego. Una conducta que nace en las entrañas de una sociedad falocéntrica que celebra al hombre por seducir y condena a las mujeres por lo mismo. Y aunque esta regla parece ser más injusta para el género femenino, en realidad también lo es para ellos. En algunos entornos ser hombre implica recibir una educación en la que se aplaude el egoísmo. Una educación que convierte a la sexualidad masculina es una forma de probarse ante el mundo a través del falo y todas las creencias que hay en torno a él y su funcionamiento.

Por su parte, ser mujeriego es todo un desafío en el siglo XXI, no sólo por los avances de género, también porque las parejas han evolucionado y la felicidad ya no se asocia, de una forma tan directa, con la monogamia.  No obstante, salir con muchas mujeres al mismo tiempo, puede indicar que el individuo padece un trastorno de las relaciones; una enfermedad que si bien puede ser controlada debe tratarse para que no genere consecuencias negativas en la vida de los individuos.

Pero empecemos por el principio…

¿Quiénes son los mujeriegos? 

Este concepto se puede aplicar a aquellos hombres que necesitan conquistar compulsivamente , sin importar si su conducta genera problemas personales o con el otro . Este patrón de conducta suele venir desde la infancia, de hijos que aunque paradójicamente han sido consentidos, no han recibido toda la atención que requieren en los primeros años de formación. Estos niños necesitan aprobación constante –en particular de las mujeres–, tienen poca inteligencia emocional y varios problemas asociados a la intimidad.

Hay que destacar que en su desarrollo, los mujeriegos se suelen sentir vacíos, ya que aunque son fóbicos a la soledad, también lo son del compromiso; esto genera una sensación de insatisfacción constate. En otras palabras, no quieren pasar la vida sin compañía… pero.

En un plano social, los seductores obsesivos son menos selectivos que el resto, y aunque establecer una relación se les dificulta, tienen fijado en su comportamiento el perfil del proveedor, del hombre cuya misión en la vida es ser protector y viril. A los mujeriegos les gusta sentirse necesitados, conquistar y usar con plenitud el papel que les ha otorgado  la familia, la escuela y demás instituciones; esa función de ser los que no lloran, los que salvan al otro (niños y mujeres) antes de salvarse.

Dicho lo anterior y con toda la intención de hacer más sanos nuestros vínculos, vale la pena encontrar la manera de enfrentar este problema. Aquí te dejamos algunos consejos a considerar para vivir una existencia más plena.

Herramientas para ellos 

*Ser sinceros con uno mismo y con el otro; cuando se crea un vínculo es importante no mentir respecto a la condición no monógama y aceptar en la pareja lo mismo que se pide.

*Buscar otras maneras creativas para tratar la ansiedad. Hacer ejercicio, ir a terapia, etcétera; todas las alternativas son buenas.

*Muy simple…¡Jalársela más seguido!

*Aprender a disfrutar y entender los beneficios de la intimidad. Quizá cambiar la variedad por la intensidad.

* Sanarse internamente y madurar. En este sentido la regla de oro es posponer la gratificación y tolerar la frustración.

Herramientas para quienes viven con ellos. 

*La pareja debe tener acuerdos claros, concretos y mutuos. De no ser así hay que terminar.

*Analizar a la pareja. Vale la pena preguntarse  por qué se está con ese hombre en particular, ¿tiene cosas buenas, más allá de la monogamia, por las que vale la pena quedarse?

*Desarrollar la confianza: no perseguir, preguntar o espiar. Esto no sólo daña la relación, también a uno mismo.

Y ojo, una cosa es no ser exclusivo sexual, y otra cosa es ser un ¡patán!, con esos ¡ni en pintura!

 

Tras un par de años de soltería – y entendiendo mejor a tantas mujeres que quieren tener pareja y la buscan con cierta decepción –  miro con una chispa especial a diestra y siniestra, consintiendo con secreto regocijo el deseo que recorre mi mente, mi cuerpo y mi corazón de tener más cerquita a un “santo varón”. 

No hay modo de no mencionar el típico de “los hombres no se comprometen”; y es que en esta transición no hay duda de que hay algo de eso. ¿Por? Las mujeres en general nos mostramos más disponibles emocional y sexualmente que los hombres, más propensas a desear el compromiso y la exclusividad; esto –como cualquier oferta de mercado – facilita que ellos controlen mejor las condiciones de los encuentros. 

Solo el amor y el deseo conducen al compromiso que involucra la voluntad. Esa estructura cognitiva, moral y afectiva que nos permite vincularnos con un futuro y renunciar a la posibilidad de maximizar nuestras opciones. La posibilidad mayor de opciones, entonces, no facilita sino que inhibe la capacidad de comprometerse con un único objeto en una sola relación. Hay más mujeres disponibles, dispuestas, y deseantes, de cualquier edad, raza, clase y religión, que hombres en la misma condición.  

 Así con “los puntos puestos sobre las “íes” – y en medio de tormentas y vociferaciones – regreso a mi gusto por los hombres y a tantas mujeres que están en parecida situación. Sin desacreditar a todas aquellas que se encuentran entre lastimadas y filosamente resentidas, no puedo dejar de pensar que muchas de ellas, en su recóndito fuero interno anhelan – entre la resignación y el recelo – el acompañamiento de un buen amor. Nadie dice que encontrarlo y cultivarlo sea fácil, pero ¿por eso hemos de desacreditar, descalificar, menospreciar la búsqueda, el deseo del encuentro, y con ello lo que un hombre nos puede aportar?   

Va entonces una larga lista de aquello que no me puede dar ni mi bendito padre, ni mi querida madre,  ni mi amorosa hermana, ni mis adoradas amigas, ni mis hermosos hijos, ni nadie más. Y miren que de todos ellos recibo cosas hermosas, pero no, hay cosas que solo un hombre me puede aportar.  

  1. Observarlos.
    Experimento algo entre estético y poético al verlos moverse, conversar, reflexionar y sentir. Advertir su aroma o escuchar su caminar son mi objeto de deseo.
  2. Su mirada me confirma como mujer. Esa mirada discretamente curiosa y a la vez explícitamente deseante. Sentirme escudriñada por ellos me arraiga gozosamente a mi sexo.  
  3. Su compañía masculina me conecta a mi ser mujer y a dejar de lado los papeles de madre, hija, esposa, hermana. Experimento un florecimiento primitivo, intuyo una complementariedad categórica: me basta ser quien soy, me basta ser mujer.  
  4. El contacto piel a piel me alimenta. El abrazo de pareja contiene una intimidad y un derrumbamiento de barreras psíquicas que me nutre.
  5. El intercambio del juego erótico: esa danza de palabras, miradas, sonrisas, gestos, palabras o roces me resulta un baile delicioso. La seducción y sensualidad estimula mi espíritu mediante la actualización de mi dimensión erótica, me genera una vitalidad y un particular arraigo a la tierra. 
  6. Me gusta el cuerpo masculino, y me gustan los penes, simplemente me gustan. En la cama, sin duda el preludio sexual es embelesante, pero un pene erecto, listo para una penetración sin protocolo es también una excitante provocación.  
  7. Ser el deseo del otro es un gran generador de deseo. Me gusta ser el deseo de un hombre no solo porque cabalgando sobre su deseo se agudiza el mío, sino también por el simple disfrute que me produce su gozo; me deleito en su deleite. 
  8. Siendo una mujer fuerte, amo la sensación de su fortaleza física y de mi “debilidad”. Las mujeres que luchan contra la supuesta idea del “sexo débil”, sepan que estoy con ellas, pero esa lucha por la igualdad no me quita la profunda riqueza de recibir la contención de unos sólidos y apretados brazos masculinos.

9.- Su pensamiento práctico, concreto y resolutivo, al tiempo que ayuda a parar mi mente en momentos de excesivo “futureo” y obsesivo escudriñamiento, me estimula a pensar, mirar y entender la vida desde perspectivas diferentes.

10.- Su presencia me reta a desbancar roles pasivos de género, abre la posibilidad de ser proactiva, provocativa, actuar y vivir mis propios valores. Tomar la iniciativa –en la cama y en la vida- me invita a ver sus reacciones, conocer, conocerlos y reconocerme. 

El tema da para abordarlo por muchos lados, yo prefiero resaltar que estamos en una transición en donde no existen – ni existirán más – esquemas amorosos claramente trazados, y por tanto toca entender las nuevas geografías del corazón con más curiosidad y menos desazón.

Pero hoy sufrimos diferente…

El miedo al amor,

 la sobrevaloración del mismo

 y la dificultad de conseguirlo,

son la constante de nuestro penar emocional.

Eva Illouz

 

El tema del amor -por exceso o por defecto– se ha convertido en un tópico de preocupación fundamental en nuestra época. No hace tanto tiempo la religión, el Estado, la familia y el deber organizaban la vida de las personas dándoles un sentido de valía y de propósito.  Hoy la identidad se construye en gran medida por la capacidad de amar y ser amado, de escoger y ser escogido, de desear y ser deseado.

Pero –producto de los avances tecno científicos, de la revolución sexual, del feminismo, de la globalización, de la celeridad de las comunicaciones, entre otros factores- la formas de amar han cambiado rápidamente, y hombres y mujeres estamos al mismo tiempo entusiasmados y confundidos en cuanto a qué le toca a quién, cómo, cuándo, por cuánto tiempo, en qué forma y para llegar a qué. Y así vamos entre intentos y remiendos buscando construir un buen amor ¿o un buen amante? ¿o un  free especial?

Eso sí, todos sabemos que hoy podemos (y debemos) elegir libremente a un compañero “de viaje” (¿o a más de uno? ¿o para más de un viaje?) y que merecemos en ese encuentro un intercambio igualitario que nos genere bienestar emocional y sexual. ¡Faltaba menos! Claro, la persona elegida ha de aceptar nuestra individualidad, pues el ideal de autorrealización no se pondrá en juego por una relación, y como el trabajo, las amistades, las localidades cambian a “la velocidad del rayo”, hemos de lograr mediante negociaciones constantes que el equilibrio y la reciprocidad se sostengan en la relación. Voy sintiendo que ya es demasiado, pero ¿no es esto lo que queremos? ¡Ya no estamos para abnegaciones y sacrificios!.

Gracias a las luchas por la libertad y la igualdad se va consolidando esta transformación. ¿Por qué entonces no encontramos la dicha amorosa “a la vuelta de la esquina”? Es evidente que lo que divulgan los medios, atienden los terapeutas y hablan las amistades en las charlas de café gira en torno al malestar amoroso que se vive hoy.

Explicaciones se dan muchas: “que nuestra sociedad es más egoísta”, “que se han perdido los valores”, “que nuestros traumas infantiles nos llevan a elegir mal”. Pero lo que no entendemos es que justo los cambios sociales que han posibilitado la transformación del amor, generan sus propios y nuevos sufrimientos. ¿A qué me refiero con esto? A que la elección de la pareja se ha vuelto un proceso meticuloso y complejo, los gustos personales son cada vez más exigentes y refinados. Además, tenemos infinidad de posibilidades y éstas siempre se pueden mejorar ¿Cómo cerrarnos a la posibilidad de estar con alguien mejor?. Así, la indefinición y la duda se vuelven la constante.

Por su parte, la imaginación exacerbada y las expectativas irreales –favorecidas  por las nuevas tecnologías- se colapsan en los encuentros concretos: nos aferramos a nuestros sueños y no nos adaptamos a las realidades de quien está sentado junto a mí.

El miedo al compromiso -no solo por la renuncia a candidatos mejores  sino porque desconfiamos de la durabilidad del amor- se hace constante.  Además, comprometerse ya no es un prerequisito para la relación sino un objetivo a alcanzar a través de la interacción. ¡Y conseguirlo no es sencillo! El respeto a la autonomía del otro nos impide pedirlo (y darlo) y el efecto de no saber “dónde estamos parados” genera una ansiedad nunca vista antes en el territorio del amor.

En el pasado, el inconfundible “flechazo” activaba el deseo y disponía a la voluntad. La excesiva racionalización en las actuales elecciones atenúa la intensidad de la emoción amorosa: el deseo sin intensidad pierde fuerza, la atención no se puede fijar en una única persona, y la voluntad es insuficiente para adherirse a dicha decisión.

Y luego ¿para qué unirnos a una sola persona si la libertad sexual nos abre tantas posibilidades de experimentación y disfrute? Una vez desarticulado el “combo” sexo, hijos y amor en un paquete matrimonial, las personas nos instalamos más tiempo en el mercado sexual. Y en nuestra sociedad consumista la competencia erótica es feroz, hombres y mujeres rivalizan entre sí y con sus congéneres por conseguir a las parejas sexuales más deseables, por ver quién acumula más “ligues” y para exhibir sus proezas erótico amorosas. Y si nadie te escoge y te coge ¿Quién eres? ¿Cuánto vales? El amor se ha vuelto el territorio del reconocimiento, de la identidad y de la validación personal.

Y entre una y otra cosa la ambivalencia y la incertidumbre permean la intimidad: “¿Me desea o no?” “¿Se quedará o se irá?” “¿Acaso le soy suficiente?” “¿Será esto lo que funcione o lo que nos llevará a la disolución?”. El amor en la actualidad no solo genera decepción ¡sino que la anticipa!: a temprana edad ya se vislumbran recorridos amorosos inciertos e inquietantes, lo que decanta en estrategias “macabras” para afrontar su fragilidad y temporalidad. Así, no es de extrañarnos que el desapego, el engaño y el abandono sean los “sablazos” que encabezan los quiebres amorosos: para no sufrir, hacemos sufrir…

Hoy más que nunca los prejuicios y tabúes sexuales van “pasando a la historia”, aun así las parejas modernas batallan por la falta de deseo sexual. Pareciera que en la era de las comunicaciones y la tecnología, –entre diversos factores– uno de los culpables de la falta de deseo es el internet en todas sus presentaciones. La atención frenética a las redes sociales, la búsqueda de nuevas aplicaciones, la información no atendida en periódicos, mails, whatsapps, entre una y mil posibilidades más, no solo nos hacen perdernos de algunos orgasmos sino de posponer indefinidamente ricas conversaciones que antaño acompañaban a las parejas antes de dormir.

En una era de “súper individualidad” reforzada por la atención constante a los diversos gadgets con todas sus variedades, la falta de diálogo nocturno entre las parejas impide actualizar su relación día a día. Dejar de compartir de manera ligera y natural las actividades realizadas durante el día, de intercambiar las impresiones sobre las experiencias vividas, de develar los sueños conquistados o de permitir asomarse a los temores enfrentados, nos está privando de cierta complicidad nocturna que antaño era casi inevitable intercambiar

Quienes aún practicamos estos intercambios conversacionales en la cama experimentamos que funcionan como pegamento emocional pues son un “ir y venir” de escucha, de contención, de interés y de acompañamiento que fortalece la sensación de pertenencia de valía, de interés y de contención amorosa.

Sin duda uno puede tener charlas íntimas con su pareja en un restaurante silencioso, o bien durante el desayuno si es que los niños ya se han ido a la escuela, pero aun así la recámara conjunta y, de manera particular, la cama compartida, contienen un significado especial en la vida conyugal. Si este espacio se apropia por los dos y se adecúa con elementos relajantes como una luz tenue y quizás un incienso de suave aroma, habrá grandes posibilidades de generar un ambiente de conexión y una conversación íntima.

El objetivo de un encuentro así es fomentar la complicidad y atenuar el distanciamiento, por esta razón, el dormitorio es adecuado para cualquier tema. Sin duda la vida se compone de momentos buenos y de situaciones complicadas, pero ¿no podremos elegir lugares menos íntimos (la cocina, la sala, etcétera) para temas rasposos que implican otra energía y en ocasiones técnicas de negociación?

Sobra decir que las charlas de almohada no han de ser siempre “miel sobre hojuelas”, también pueden ser de utilidad para aclarar algunos malentendidos y una que otra diferencia. Agrego además que hablar de “nosotros” –en el comedor, en la cama o en la cocina– siempre implica asumir responsabilidad sobre lo que uno “pone sobre la mesa” y sobre la forma en que uno maneja los propios sentimientos, pero aun así pienso que un terreno tan íntimo como la cama puede ser más un vehículo para conectar que para resolver, y ¿por qué no?, para calentar el ambiente en el sentido literal de la palabra.

El sexo, así como las conversaciones, son formas de vincularnos. Y si crees –como yo– que hay formas distintas de desnudarnos, como conversar, entonces sabrás que para hacer el amor no siempre necesitarás una relación formal.

  • Decir que la sociedad es más indulgente con la infidelidad masculina que con la femenina es una realidad pero no es una curiosidad porque todo mundo lo sabe.
  • Decir que el hombre es más promiscuo que la mujer y que sus infidelidades tienen menor fundamento emocional es una realidad pero no una curiosidad, puesto que todo el mundo lo acepta.
  • Y decir que como consecuencia de ambas cosas el hombre sea el perdonado también es una realidad pero no una curiosidad, porque todo el mundo lo reconoce.

Sin embrago, algunas realidades son menos evidentes, pero igualmente trascendentes que merecen ser destacadas, porque a simple vista pueden parecer un tanto insólitas. Mencionaré una:

  • Las mujeres más maduras (psicológicamente) son las más fieles… y las más infieles. 

Obviamente influye la edad pues para madurar se requieren vivencias y experiencias, las primeras llegan con los años y las segundas son consecuencia de la asimilación de las primeras. Por tanto no hay que confundir la cantidad de vida con la calidad de la experiencia.

Pero en virtud de este mismo razonamiento, cierto porcentaje de mujeres decide que en determinada situación recurrir a la infidelidad no va contra sus principios ni contra su coherencia.  Es el caso de quienes se sienten abandonadas emocionalmente o que practican la infidelidad reactiva, es decir, como protesta a una situación que no quieren más; en este caso permitirse la infidelidad es la manera de responder adaptativamente a su realidad y por tanto asumen lo que hacen como un ejercicio de expresión de su libertad de acción. Así, la madurez hace que, de acuerdo con su lógica, y a pesar de los riesgos que conocen como mujeres, (siempre es más riesgoso ser infiel siendo mujer que siendo hombre) la consideran una opción aceptable y deciden practicarla sin inhibirse por cuestiones de género.

En cambio, en los hombres la infidelidad juega a favor de la inercia social y en ese caso, lo que implica en ellos mérito es limitar voluntariamente el acceso a alguna de las múltiples vías de las que dispone para ser infiel sin recibir rechazo social.

El resultado de esa distinta permisividad hace que por regla general la renuncia a la infidelidad sea un indicativo de madurez en el hombre, mientras que en la mujer la interpretación puede ser más equívoca, porque puede tratarse de una restricción voluntaria y en ese supuesto, es un indicativo de madurez. O puede estar motivada por el temor a la reacción de la pareja, y en ese caso, debe interpretarse como subordinación afectiva impuesta por la inmadurez.

Las mujeres suelen ser más coherentes que los hombres tanto a la hora de restringir sus infidelidades como de permitírselas. Los hombres a medida que maduran tienden a ser más fieles.

¡Ojo! No estoy siendo más permisiva con la infidelidad femenina que con la masculina, pero en mi experiencia clínica observo que el perfil de la mujer infiel suele ser más coherente que el de los hombres, y menos inmaduro.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.