Empecemos por Don Juan, ese personaje desenfrenado y libertino –nacido en las entrañas del Romanticismo– que iba por la vida vociferándole al mundo el gran número de conquistas que había logrado. Esta hombre, de 1630, dejó para la posteridad un tipo de comportamiento masculino que sugiere que los hombres son más “hombres” de acuerdo la cantidad de mujeres con las que han estado.

De esta última idea se desprende el concepto del mujeriego. Una conducta que nace en las entrañas de una sociedad falocéntrica que celebra al hombre por seducir y condena a las mujeres por lo mismo. Y aunque esta regla parece ser más injusta para el género femenino, en realidad también lo es para ellos. En algunos entornos ser hombre implica recibir una educación en la que se aplaude el egoísmo. Una educación que convierte a la sexualidad masculina es una forma de probarse ante el mundo a través del falo y todas las creencias que hay en torno a él y su funcionamiento.

Por su parte, ser mujeriego es todo un desafío en el siglo XXI, no sólo por los avances de género, también porque las parejas han evolucionado y la felicidad ya no se asocia, de una forma tan directa, con la monogamia.  No obstante, salir con muchas mujeres al mismo tiempo, puede indicar que el individuo padece un trastorno de las relaciones; una enfermedad que si bien puede ser controlada debe tratarse para que no genere consecuencias negativas en la vida de los individuos.

Pero empecemos por el principio…

¿Quiénes son los mujeriegos? 

Este concepto se puede aplicar a aquellos hombres que necesitan conquistar compulsivamente , sin importar si su conducta genera problemas personales o con el otro . Este patrón de conducta suele venir desde la infancia, de hijos que aunque paradójicamente han sido consentidos, no han recibido toda la atención que requieren en los primeros años de formación. Estos niños necesitan aprobación constante –en particular de las mujeres–, tienen poca inteligencia emocional y varios problemas asociados a la intimidad.

Hay que destacar que en su desarrollo, los mujeriegos se suelen sentir vacíos, ya que aunque son fóbicos a la soledad, también lo son del compromiso; esto genera una sensación de insatisfacción constate. En otras palabras, no quieren pasar la vida sin compañía… pero.

En un plano social, los seductores obsesivos son menos selectivos que el resto, y aunque establecer una relación se les dificulta, tienen fijado en su comportamiento el perfil del proveedor, del hombre cuya misión en la vida es ser protector y viril. A los mujeriegos les gusta sentirse necesitados, conquistar y usar con plenitud el papel que les ha otorgado  la familia, la escuela y demás instituciones; esa función de ser los que no lloran, los que salvan al otro (niños y mujeres) antes de salvarse.

Dicho lo anterior y con toda la intención de hacer más sanos nuestros vínculos, vale la pena encontrar la manera de enfrentar este problema. Aquí te dejamos algunos consejos a considerar para vivir una existencia más plena.

Herramientas para ellos 

*Ser sinceros con uno mismo y con el otro; cuando se crea un vínculo es importante no mentir respecto a la condición no monógama y aceptar en la pareja lo mismo que se pide.

*Buscar otras maneras creativas para tratar la ansiedad. Hacer ejercicio, ir a terapia, etcétera; todas las alternativas son buenas.

*Muy simple…¡Jalársela más seguido!

*Aprender a disfrutar y entender los beneficios de la intimidad. Quizá cambiar la variedad por la intensidad.

* Sanarse internamente y madurar. En este sentido la regla de oro es posponer la gratificación y tolerar la frustración.

Herramientas para quienes viven con ellos. 

*La pareja debe tener acuerdos claros, concretos y mutuos. De no ser así hay que terminar.

*Analizar a la pareja. Vale la pena preguntarse  por qué se está con ese hombre en particular, ¿tiene cosas buenas, más allá de la monogamia, por las que vale la pena quedarse?

*Desarrollar la confianza: no perseguir, preguntar o espiar. Esto no sólo daña la relación, también a uno mismo.

Y ojo, una cosa es no ser exclusivo sexual, y otra cosa es ser un ¡patán!, con esos ¡ni en pintura!

 

Tras un par de años de soltería – y entendiendo mejor a tantas mujeres que quieren tener pareja y la buscan con cierta decepción –  miro con una chispa especial a diestra y siniestra, consintiendo con secreto regocijo el deseo que recorre mi mente, mi cuerpo y mi corazón de tener más cerquita a un “santo varón”. 

No hay modo de no mencionar el típico de “los hombres no se comprometen”; y es que en esta transición no hay duda de que hay algo de eso. ¿Por? Las mujeres en general nos mostramos más disponibles emocional y sexualmente que los hombres, más propensas a desear el compromiso y la exclusividad; esto –como cualquier oferta de mercado – facilita que ellos controlen mejor las condiciones de los encuentros. 

Solo el amor y el deseo conducen al compromiso que involucra la voluntad. Esa estructura cognitiva, moral y afectiva que nos permite vincularnos con un futuro y renunciar a la posibilidad de maximizar nuestras opciones. La posibilidad mayor de opciones, entonces, no facilita sino que inhibe la capacidad de comprometerse con un único objeto en una sola relación. Hay más mujeres disponibles, dispuestas, y deseantes, de cualquier edad, raza, clase y religión, que hombres en la misma condición.  

 Así con “los puntos puestos sobre las “íes” – y en medio de tormentas y vociferaciones – regreso a mi gusto por los hombres y a tantas mujeres que están en parecida situación. Sin desacreditar a todas aquellas que se encuentran entre lastimadas y filosamente resentidas, no puedo dejar de pensar que muchas de ellas, en su recóndito fuero interno anhelan – entre la resignación y el recelo – el acompañamiento de un buen amor. Nadie dice que encontrarlo y cultivarlo sea fácil, pero ¿por eso hemos de desacreditar, descalificar, menospreciar la búsqueda, el deseo del encuentro, y con ello lo que un hombre nos puede aportar?   

Va entonces una larga lista de aquello que no me puede dar ni mi bendito padre, ni mi querida madre,  ni mi amorosa hermana, ni mis adoradas amigas, ni mis hermosos hijos, ni nadie más. Y miren que de todos ellos recibo cosas hermosas, pero no, hay cosas que solo un hombre me puede aportar.  

  1. Observarlos.
    Experimento algo entre estético y poético al verlos moverse, conversar, reflexionar y sentir. Advertir su aroma o escuchar su caminar son mi objeto de deseo.
  2. Su mirada me confirma como mujer. Esa mirada discretamente curiosa y a la vez explícitamente deseante. Sentirme escudriñada por ellos me arraiga gozosamente a mi sexo.  
  3. Su compañía masculina me conecta a mi ser mujer y a dejar de lado los papeles de madre, hija, esposa, hermana. Experimento un florecimiento primitivo, intuyo una complementariedad categórica: me basta ser quien soy, me basta ser mujer.  
  4. El contacto piel a piel me alimenta. El abrazo de pareja contiene una intimidad y un derrumbamiento de barreras psíquicas que me nutre.
  5. El intercambio del juego erótico: esa danza de palabras, miradas, sonrisas, gestos, palabras o roces me resulta un baile delicioso. La seducción y sensualidad estimula mi espíritu mediante la actualización de mi dimensión erótica, me genera una vitalidad y un particular arraigo a la tierra. 
  6. Me gusta el cuerpo masculino, y me gustan los penes, simplemente me gustan. En la cama, sin duda el preludio sexual es embelesante, pero un pene erecto, listo para una penetración sin protocolo es también una excitante provocación.  
  7. Ser el deseo del otro es un gran generador de deseo. Me gusta ser el deseo de un hombre no solo porque cabalgando sobre su deseo se agudiza el mío, sino también por el simple disfrute que me produce su gozo; me deleito en su deleite. 
  8. Siendo una mujer fuerte, amo la sensación de su fortaleza física y de mi “debilidad”. Las mujeres que luchan contra la supuesta idea del “sexo débil”, sepan que estoy con ellas, pero esa lucha por la igualdad no me quita la profunda riqueza de recibir la contención de unos sólidos y apretados brazos masculinos.

9.- Su pensamiento práctico, concreto y resolutivo, al tiempo que ayuda a parar mi mente en momentos de excesivo “futureo” y obsesivo escudriñamiento, me estimula a pensar, mirar y entender la vida desde perspectivas diferentes.

10.- Su presencia me reta a desbancar roles pasivos de género, abre la posibilidad de ser proactiva, provocativa, actuar y vivir mis propios valores. Tomar la iniciativa –en la cama y en la vida- me invita a ver sus reacciones, conocer, conocerlos y reconocerme. 

El tema da para abordarlo por muchos lados, yo prefiero resaltar que estamos en una transición en donde no existen – ni existirán más – esquemas amorosos claramente trazados, y por tanto toca entender las nuevas geografías del corazón con más curiosidad y menos desazón.

Pero hoy sufrimos diferente…

El miedo al amor,

 la sobrevaloración del mismo

 y la dificultad de conseguirlo,

son la constante de nuestro penar emocional.

Eva Illouz

 

El tema del amor -por exceso o por defecto– se ha convertido en un tópico de preocupación fundamental en nuestra época. No hace tanto tiempo la religión, el Estado, la familia y el deber organizaban la vida de las personas dándoles un sentido de valía y de propósito.  Hoy la identidad se construye en gran medida por la capacidad de amar y ser amado, de escoger y ser escogido, de desear y ser deseado.

Pero –producto de los avances tecno científicos, de la revolución sexual, del feminismo, de la globalización, de la celeridad de las comunicaciones, entre otros factores- la formas de amar han cambiado rápidamente, y hombres y mujeres estamos al mismo tiempo entusiasmados y confundidos en cuanto a qué le toca a quién, cómo, cuándo, por cuánto tiempo, en qué forma y para llegar a qué. Y así vamos entre intentos y remiendos buscando construir un buen amor ¿o un buen amante? ¿o un  free especial?

Eso sí, todos sabemos que hoy podemos (y debemos) elegir libremente a un compañero “de viaje” (¿o a más de uno? ¿o para más de un viaje?) y que merecemos en ese encuentro un intercambio igualitario que nos genere bienestar emocional y sexual. ¡Faltaba menos! Claro, la persona elegida ha de aceptar nuestra individualidad, pues el ideal de autorrealización no se pondrá en juego por una relación, y como el trabajo, las amistades, las localidades cambian a “la velocidad del rayo”, hemos de lograr mediante negociaciones constantes que el equilibrio y la reciprocidad se sostengan en la relación. Voy sintiendo que ya es demasiado, pero ¿no es esto lo que queremos? ¡Ya no estamos para abnegaciones y sacrificios!.

Gracias a las luchas por la libertad y la igualdad se va consolidando esta transformación. ¿Por qué entonces no encontramos la dicha amorosa “a la vuelta de la esquina”? Es evidente que lo que divulgan los medios, atienden los terapeutas y hablan las amistades en las charlas de café gira en torno al malestar amoroso que se vive hoy.

Explicaciones se dan muchas: “que nuestra sociedad es más egoísta”, “que se han perdido los valores”, “que nuestros traumas infantiles nos llevan a elegir mal”. Pero lo que no entendemos es que justo los cambios sociales que han posibilitado la transformación del amor, generan sus propios y nuevos sufrimientos. ¿A qué me refiero con esto? A que la elección de la pareja se ha vuelto un proceso meticuloso y complejo, los gustos personales son cada vez más exigentes y refinados. Además, tenemos infinidad de posibilidades y éstas siempre se pueden mejorar ¿Cómo cerrarnos a la posibilidad de estar con alguien mejor?. Así, la indefinición y la duda se vuelven la constante.

Por su parte, la imaginación exacerbada y las expectativas irreales –favorecidas  por las nuevas tecnologías- se colapsan en los encuentros concretos: nos aferramos a nuestros sueños y no nos adaptamos a las realidades de quien está sentado junto a mí.

El miedo al compromiso -no solo por la renuncia a candidatos mejores  sino porque desconfiamos de la durabilidad del amor- se hace constante.  Además, comprometerse ya no es un prerequisito para la relación sino un objetivo a alcanzar a través de la interacción. ¡Y conseguirlo no es sencillo! El respeto a la autonomía del otro nos impide pedirlo (y darlo) y el efecto de no saber “dónde estamos parados” genera una ansiedad nunca vista antes en el territorio del amor.

En el pasado, el inconfundible “flechazo” activaba el deseo y disponía a la voluntad. La excesiva racionalización en las actuales elecciones atenúa la intensidad de la emoción amorosa: el deseo sin intensidad pierde fuerza, la atención no se puede fijar en una única persona, y la voluntad es insuficiente para adherirse a dicha decisión.

Y luego ¿para qué unirnos a una sola persona si la libertad sexual nos abre tantas posibilidades de experimentación y disfrute? Una vez desarticulado el “combo” sexo, hijos y amor en un paquete matrimonial, las personas nos instalamos más tiempo en el mercado sexual. Y en nuestra sociedad consumista la competencia erótica es feroz, hombres y mujeres rivalizan entre sí y con sus congéneres por conseguir a las parejas sexuales más deseables, por ver quién acumula más “ligues” y para exhibir sus proezas erótico amorosas. Y si nadie te escoge y te coge ¿Quién eres? ¿Cuánto vales? El amor se ha vuelto el territorio del reconocimiento, de la identidad y de la validación personal.

Y entre una y otra cosa la ambivalencia y la incertidumbre permean la intimidad: “¿Me desea o no?” “¿Se quedará o se irá?” “¿Acaso le soy suficiente?” “¿Será esto lo que funcione o lo que nos llevará a la disolución?”. El amor en la actualidad no solo genera decepción ¡sino que la anticipa!: a temprana edad ya se vislumbran recorridos amorosos inciertos e inquietantes, lo que decanta en estrategias “macabras” para afrontar su fragilidad y temporalidad. Así, no es de extrañarnos que el desapego, el engaño y el abandono sean los “sablazos” que encabezan los quiebres amorosos: para no sufrir, hacemos sufrir…

Hoy más que nunca los prejuicios y tabúes sexuales van “pasando a la historia”, aun así las parejas modernas batallan por la falta de deseo sexual. Pareciera que en la era de las comunicaciones y la tecnología, –entre diversos factores– uno de los culpables de la falta de deseo es el internet en todas sus presentaciones. La atención frenética a las redes sociales, la búsqueda de nuevas aplicaciones, la información no atendida en periódicos, mails, whatsapps, entre una y mil posibilidades más, no solo nos hacen perdernos de algunos orgasmos sino de posponer indefinidamente ricas conversaciones que antaño acompañaban a las parejas antes de dormir.

En una era de “súper individualidad” reforzada por la atención constante a los diversos gadgets con todas sus variedades, la falta de diálogo nocturno entre las parejas impide actualizar su relación día a día. Dejar de compartir de manera ligera y natural las actividades realizadas durante el día, de intercambiar las impresiones sobre las experiencias vividas, de develar los sueños conquistados o de permitir asomarse a los temores enfrentados, nos está privando de cierta complicidad nocturna que antaño era casi inevitable intercambiar

Quienes aún practicamos estos intercambios conversacionales en la cama experimentamos que funcionan como pegamento emocional pues son un “ir y venir” de escucha, de contención, de interés y de acompañamiento que fortalece la sensación de pertenencia de valía, de interés y de contención amorosa.

Sin duda uno puede tener charlas íntimas con su pareja en un restaurante silencioso, o bien durante el desayuno si es que los niños ya se han ido a la escuela, pero aun así la recámara conjunta y, de manera particular, la cama compartida, contienen un significado especial en la vida conyugal. Si este espacio se apropia por los dos y se adecúa con elementos relajantes como una luz tenue y quizás un incienso de suave aroma, habrá grandes posibilidades de generar un ambiente de conexión y una conversación íntima.

El objetivo de un encuentro así es fomentar la complicidad y atenuar el distanciamiento, por esta razón, el dormitorio es adecuado para cualquier tema. Sin duda la vida se compone de momentos buenos y de situaciones complicadas, pero ¿no podremos elegir lugares menos íntimos (la cocina, la sala, etcétera) para temas rasposos que implican otra energía y en ocasiones técnicas de negociación?

Sobra decir que las charlas de almohada no han de ser siempre “miel sobre hojuelas”, también pueden ser de utilidad para aclarar algunos malentendidos y una que otra diferencia. Agrego además que hablar de “nosotros” –en el comedor, en la cama o en la cocina– siempre implica asumir responsabilidad sobre lo que uno “pone sobre la mesa” y sobre la forma en que uno maneja los propios sentimientos, pero aun así pienso que un terreno tan íntimo como la cama puede ser más un vehículo para conectar que para resolver, y ¿por qué no?, para calentar el ambiente en el sentido literal de la palabra.

El sexo, así como las conversaciones, son formas de vincularnos. Y si crees –como yo– que hay formas distintas de desnudarnos, como conversar, entonces sabrás que para hacer el amor no siempre necesitarás una relación formal.

  • Decir que la sociedad es más indulgente con la infidelidad masculina que con la femenina es una realidad pero no es una curiosidad porque todo mundo lo sabe.
  • Decir que el hombre es más promiscuo que la mujer y que sus infidelidades tienen menor fundamento emocional es una realidad pero no una curiosidad, puesto que todo el mundo lo acepta.
  • Y decir que como consecuencia de ambas cosas el hombre sea el perdonado también es una realidad pero no una curiosidad, porque todo el mundo lo reconoce.

Sin embrago, algunas realidades son menos evidentes, pero igualmente trascendentes que merecen ser destacadas, porque a simple vista pueden parecer un tanto insólitas. Mencionaré una:

  • Las mujeres más maduras (psicológicamente) son las más fieles… y las más infieles. 

Obviamente influye la edad pues para madurar se requieren vivencias y experiencias, las primeras llegan con los años y las segundas son consecuencia de la asimilación de las primeras. Por tanto no hay que confundir la cantidad de vida con la calidad de la experiencia.

Pero en virtud de este mismo razonamiento, cierto porcentaje de mujeres decide que en determinada situación recurrir a la infidelidad no va contra sus principios ni contra su coherencia.  Es el caso de quienes se sienten abandonadas emocionalmente o que practican la infidelidad reactiva, es decir, como protesta a una situación que no quieren más; en este caso permitirse la infidelidad es la manera de responder adaptativamente a su realidad y por tanto asumen lo que hacen como un ejercicio de expresión de su libertad de acción. Así, la madurez hace que, de acuerdo con su lógica, y a pesar de los riesgos que conocen como mujeres, (siempre es más riesgoso ser infiel siendo mujer que siendo hombre) la consideran una opción aceptable y deciden practicarla sin inhibirse por cuestiones de género.

En cambio, en los hombres la infidelidad juega a favor de la inercia social y en ese caso, lo que implica en ellos mérito es limitar voluntariamente el acceso a alguna de las múltiples vías de las que dispone para ser infiel sin recibir rechazo social.

El resultado de esa distinta permisividad hace que por regla general la renuncia a la infidelidad sea un indicativo de madurez en el hombre, mientras que en la mujer la interpretación puede ser más equívoca, porque puede tratarse de una restricción voluntaria y en ese supuesto, es un indicativo de madurez. O puede estar motivada por el temor a la reacción de la pareja, y en ese caso, debe interpretarse como subordinación afectiva impuesta por la inmadurez.

Las mujeres suelen ser más coherentes que los hombres tanto a la hora de restringir sus infidelidades como de permitírselas. Los hombres a medida que maduran tienden a ser más fieles.

¡Ojo! No estoy siendo más permisiva con la infidelidad femenina que con la masculina, pero en mi experiencia clínica observo que el perfil de la mujer infiel suele ser más coherente que el de los hombres, y menos inmaduro.

Los comportamientos sexuales y las decisiones tomadas en esta área de la vida son profundamente individuales, cada uno debe tomar su propio camino dependiendo de sus valores, personalidad, antecedentes, experiencias y principios personales los cuales dirigirán su camino. El primer reto en el área sexual es descubrir que es adecuado constructivo, deseado y oportuno para la persona.

Algunas personas pagan precios emocionales muy altos porque experimentaron con conductas que no eran compatibles con su forma de ser, sus principios y sus valores. La libertad sexual te permite hacer lo que quieres, no lo que debes descubriendo tu naturaleza sexual y manejándola constructivamente.

Sin embargo, hay que tomar en cuenta que en ocasiones tanto hombres como mujeres nos inhibimos

  •  porque no queremos salir lastimados por diversas razones
  • porque se nos considere o nos consideremos a nosotros mismos inmorales
  • por temor a mostrar ignorancia o incompetencia durante el acto sexual

Crecer sexualmente revisando estos puntos favorece el crecimiento personal y emocional.

Aplicar la regla de oro en la sexualidad y confiar que el adulto con el que nos relacionamos también lo hace, permitirá ejercer una sexualidad libre y satisfactoria

  1. Haz todo lo que quieras
  2. No hagas nada que no quieras
  3. Siempre desde el deseo previo
  4. Y de acuerdo con la propia escala de valores sexuales.

Cabe hacerse las siguientes preguntas ya que en ocasiones dudamos de la licitud del comportamiento sexual:

¿Tengo clara mi escala de valores sexuales?
¿Lo que hago lo hago porque me gusta a mi o a mi pareja?
¿Lo que no hago es porque no me gusta o porque de acuerdo a las convenciones sociales no debo permitírmelo?

Es importante distinguir los principios de los prejuicios (colisión entre el instinto y la moral), y mi gusto personal de la necesidad de agradar.

La regla de oro refuerza la autonomía y potencia el sentimiento de singularidad. Además, facilita el logro de la compatibilidad sexual.

El flechazo llega, la relación empieza, y cuando uno está “réquete” involucrado, las cosas que no se vieron o que se dejaron pasar por parecer poco importantes, empiezan a hacer ruido, a generar conflictos  y a crear distanciamiento y riesgo de separación.

Las parejas, con el correr del tiempo, pueden consolidar su amor o bien caminar a las grandes diferencias que llevan al rompimiento. Esto último puede darse por dos  razones principales:

  • Haber, al paso de los años, tomado caminos diferentes e irreconciliables, propios muchas veces de la velocidad del cambio en la actualidad y de las divergentes necesidades de crecimiento de cada miembro de la pareja.
  • Por no haber desarrollado una técnica de negociación adecuada para el manejo de las diferencias, abordando ineficazmente los conflictos y deteriorando el amor.

Pero otra cosa es iniciar un intercambio amoroso omitiendo o minimizando información necesaria para ver si los incipientes encuentros pueden consolidarse en una relación de pareja. Este es el caso de quienes, previo a enamorarse y comprometerse, no toman en cuenta las cuatro variables que facilitan el buen funcionamiento de una pareja.

1)   El buen acoplamiento sexual.

  • La pareja no puede vivir solo de sexo pero tampoco con una mala o nula vida sexual.

2)   La compatibilidad de caracteres. Ésta incluye:

  • La comodidad relacional que consiste en estar con el otro sin dejar de ser ellos mismos.
  • El orgullo social que significa sentirse satisfecho frente a la sociedad de estar con esa persona.
  • El nivel de madurez que implica un desarrollo emocional parecido que facilite la interacción mutua.

3)   La escala de valores similares para afrontar decisiones cruciales. Máximas coincidencias y mínimas divergencias en lo que consideran bueno, bello y verdadero.

4)   Proyectos de vida separados pero convergentes.

  • Ni se fusionan, ni se pierden en la distancia, porque son proyectos paralelos.

Con estos apuntalamientos la pareja podrá estabilizarse para:

  • Saber construir.
  • Saber aceptar.
  • Saber corregir.

Cargada de un sabor a traición, humillación y abandono, vivimos temiendo que nuestro amor, nuestro amado, nuestro amante, se líe sexualmente con alguien. Pero paradójicamente, si tuviéramos garantías de no ser descubiertos, si no tuviéramos que dar nunca una explicación, ¿no desearíamos para nosotros una vida sexual más variada, diversa, hasta cierto punto inquieta y rebelde? La respuesta sincera suele ser con frecuencia “sí”.

Las estadísticas en los países occidentales nos indican que aproximadamente entre el 60 a 80 % de los hombres y entre el 40 al 45% de las mujeres han sido infieles. Si bien el 95% de las parejas siguen casándose o comprometiéndose con el acuerdo –explícito o no- de mutua fidelidad, la realidad es algo diferente: queremos ser fieles, pero no siempre lo logramos, esperamos fidelidad de nuestra pareja, pero no siempre la respetamos, y como el extremo de la incongruencia, tendemos a ser permisivos con nuestros propios affaires mientras respondemos intransigentemente con los de nuestra pareja.

Partamos de la base, entonces, de que las infidelidades las cometemos personas comunes y corrientes: no todos los infieles son malas personas, o están enfermos o errados o son unos inmorales. Aún más, no todas las infidelidades se realizan por falta de amor.

La conducta infiel se gesta desde diferentes lugares, malestares, deseos, y necesidades. Por eso, hablar de infidelidad es hablar de complejidad: no podemos reducir un evento con tantos matices a un asunto donde alguien es el malo “el villano” y el otro el bueno “la víctima”.

¿Por qué somos infieles cuando somos infieles? ​ Descúbrelo en mi Taller de Infidelidad que consta de 3 sesiones, 19 de octubre, 21 de octubre y 26 de octubre en punto de las 7:00 pm con duración de una hora, si deseas obtener mayor información la podrás encontrar en mi página oficial.

Acoplarse sexualmente toma algo de tiempo – armonizar la sexualidad es complejo por los diversos niveles y matices que ésta implica -, pero conocer ciertos factores que determinan el acoplamiento te será de gran utilidad.  

            Antoni Bolinches, terapeuta y sexólogo catalán, menciona 5 variables para lograr el acoplamiento sexual.  

  1. La iniciativa. ¿Quién propone al otro iniciar? Al principio de las relaciones es deseo es alto pero tiene a decantar en que siempre sea la misma persona quien propone iniciar una relación sexual. Es muy satisfactorio sentirse deseado por otro, y si bien en un principio puede funcionar que la iniciativa sea unilateral, al paso del tiempo el “iniciador” deseará que su pareja tome la iniciativa también. Una iniciativa bilateral permite que ambos se sientas deseado, que un no de vez en cuando significa que el sí, aunque sea más ocasional, es desde el verdadero deseo. La iniciativa bilateral no ha de ser rígida – “una vez tu y otra yo”- pero sí se sugiere que sea armónicamente alternada. 

            2. La frecuencia. Lo ideal es que la frecuencia la marque el propio deseo, pero el deseo es caprichoso varia con el tiempo debido a diversas razones: el nivel de enamoramiento, el tipo de relación que lleva la pareja fuera de la cama, lo abrumador de la rutina, y sin duda a la propia energía sexual de cada uno. Esto último tiene un peso particular por la dificultad de cambiarlo a lo largo de la vida: si la pareja tiene libidos muy dispares se generará un problema serio de acoplamiento, literal, hay personas más “calientes” que otras, y tan injusto es  reprimir el deseo si se le tiene, como forzarlo si no se le tiene. Algunas parejas que valoran su vida en común llegan a acuerdos bien planeados que les permiten tratar de acoplar sus distintas energías sexuales. 

            3.Los rituales. Estos se refieren a las prácticas que forman el repertorio sexual: la diversidad de conducta sexuales que se lleven a cabo harán de la práctica sexual algo diverso, plástico, elástico, atrevido, o por el contrario ciertas posturas más o menos mecánicas, invariables, conservadoras y aburridas. Los rituales sexuales van desde las prácticas más tradicionales como los besos, caricias y la posición del misionero, hasta la integración de propuestas transgresoras que incluyen tríos e intercambios de parejas, pasando por la diversidad de posturas, de uso de materiales eróticos, de juguetes sexuales y de fantasías estremecedoras. gusto de la pareja, construidas desde del respeto mutuo y el consenso previo. No podríamos decir que un código de rituales es mejor que otro, pero sin duda a mayor rigidez y limitación en la variedad de repertorios es más fácil caer en la monotonía y el desinterés: el sexo se alimenta de la novedad y el cambio. Así, hay personas que gustan del sexo oral y hay a quienes les parece aberrante, ni que decir de la práctica de la penetración anal por ejemplo que es deseada por algunos y repelida por otros. Sin duda las prácticas más transgresoras podrían considerarse “perversas” para una moral conservadora, de ahí la importancia de construir el código de rituales de los cuales se va a disfrutar requiere diálogo, sinceridad, seguridad personal y capacidad de experimentación y disfrute.

              4. La resolución orgásmica. Quizás la iniciativa se puede negociar, la frecuencia armonizar y los rituales dentro de cierto margen ajustar, pero cuando la relación difícilmente culmina en el orgasmo produce tal frustración que puede ser una fuente importante de resentimiento: no es lo mismo cuando la relación culmina con un clímax satisfactorio para ambos que cuando alguno queda insatisfecho. Por eso la frustración orgásmica será fuente de malestares en la relación. ¿No logra alguno de los dos el orgasmo? Es tema central de conversación o de consulta. Y no me refiero a esas panaceas “de llegar juntos, siempre, y con la misma intensidad”, sino de lograr esa descarga placentera como resolución frecuente en los encuentros sexuales. 

            Pero la resolución, además del logro del orgasmo en sí, incluye la expresividad orgásmica: las manifestaciones verbales y corporales que acompañan al reflejo orgásmico. Hay parejas que expresan el placer de forma muy contrastada teniendo como efecto molestia y malestar. Por ejemplo, si alguien es muy contenido –casi ni se mueve ni hace ruido- y otro muy expresivo –grita, se agita, se contorsiona-, la tan dispareja culminación resta calidad y satisfacción a la experiencia.  

            5. La afectividad post orgásmica. Sobra decir que el acoplamiento sexual no depende solo del antes y del durante, también del después: las muestras de afecto posteriores incrementan o reducen la receptividad sexual. La necesidad de mostrar ciertas muestras de afecto sintónicas después de alcanzar el orgasmo facilitará o dificultará la satisfacción total y la disposición para los próximos encuentros. 

El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo. Pero además de la respuesta genital, en los humanos, el instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

 

¿Por qué muchas personas se sienten culpables al experimentarlo?

Definamos la culpa como la experiencia de sentirnos malos, inmerecedores, agobiados, ansiosos, avergonzados, egoístas, perversos, entre otras cosas, por que nuestra conducta no corresponde a un código moral interno que incluye normas conscientes y normas inconscientes, generalmente introyectadas  en nuestra infancia, provenientes no solo de nuestros padres y maestros, sino de una cultura que permea todas nuestras creencias.

Pero existe una culpa funcional y una disfuncional. La primera nos señala que hemos transgredido algo valioso e importante. Este sentimiento nos  ayuda a resolver un problema, a cuidar de uno mismo y de los demás, y reparar los daños causados. La culpa disfuncional sólo añade sufrimiento a nuestra vida y produce no solo malestar sino parálisis también. ¿Cómo hacer distinciones? Si la norma transgredida es actual y viable de cumplir, si la hemos elegido libremente y si está basada en principios éticos, es probablemente sano y oportuno que experimentemos cierta culpa. Pero si la norma nos fue impuesta por otra persona, por la sociedad, por la iglesia, y no la hemos elegido por cuenta propia, no nos hace sentido, ni tiene ningún valor en nuestras circunstancias particulares, y ni nos daña a nosotros ni viola los derechos de los demás, los sentimientos de culpa serán poco productivos y viviremos en una agónica tortura.

 

Origen de nuestras culpas sexuales

La base del pensamiento occidental que construye nuestro mundo de creencias se basa en la filosofía griega, la tradición judeocristiana y el patriarcado. La prime consideraba una dualidad entre espíritu y cuerpo y  después entre mente y cuerpo, considerando siempre superior a la primera que a la segunda. El cristianismo ensalza el dolor con la idea de que fortalece el espíritu, penaliza el placer al cual considera sucio, riesgoso e indomable. Y por último, el patriarcado, sistema jerárquico donde los hombres y todo lo masculino enarbola el poder y los privilegios, condona a los hombres lo que condena en la mujeres. Todo junto suma a mayores culpas en las mujeres puesto que la división entre ser “virgen” y respetada, a “puta” y despreciada, sigue vigente en muchos contextos.

Todo esto termina influyendo nuestros contextos familiares, escolares, laborales y sociales y aterriza en cada historia personal. ¿Aprendimos o no a experimentar el placer? ¿Se nos enseñó a sentirnos a gusto con nuestro cuerpo? ¿Se respeto nuestro sexo y la expresión de nuestra sexualidad?

¿Cómo liberarse de la culpa ante el placer sexual?

  • Reconocerla cuando se manifiesta con malestares físicos, con rechazos corporales, con adicciones.  O bien cuando aparece como una ansiedad difusa o una represión costosa. También se asoma con autoreproches y autocastigos.
  • Ponerle nombre, saber que es culpa y no otra cosa.
  • Rastrear de dónde viene. Reconocer su particular origen en nuestra historia, que incluye desde mandatos constantes, rechazos inconscientes, hasta amenazas y castigos puntuales.
  • Crear la propia escala de valores sexuales. Actuando con base en principios y no en creencias erróneas y Reconocer que solo lo que no es oportuno y constructivo para uno y para los demás es lo que pone en riesgo nuestra integridad.
  • Cambiar la narrativa del sexo individual y cultural. Informarnos a través de libros, cursos, cine, arte, terapias, sobre lo bueno, lo bello y lo correcto de la sexualidad.
  • Tomar acciones que contrapongan nuestros temores. Aventurarnos, en contextos seguros y con personas confiables, a vivir una sexualidad libre de temores, novedosa, acorde a lo que deseamos y a quienes somos.
  • Consertir el deseo, buscar el placer, activar la excitación. Y volver a disfrutar.

 

Hagamos de nuestros deseos bien gestionados pequeños paraísos terrenales, porque no somos ángeles, somos seres humanos.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.