Son muchas las razones por lo que las personas viven amores de tres, desde infidelidades hasta algún triángulo amoroso entre los que están los nuevos modelos erótico sexuales, incluidos la poliamoría, las experiencias swingers o los matrimonios abiertos. 

 

La existencia de las relaciones triangulares nos confirma que los seres humanos no escapamos a ellas aún con la tradición judeocristiana intentándonos educar en la creencia del amor exclusivo y total (y expulsándonos del territorio del “amor verdadero” si no  logramos este). Ni qué decir del señalamiento de ser “malas” o defectuosas personas: insensibles, egoístas e internamente divididas en caso de incurrir en esta contradicción. 

 

Tipos de triángulos

Además de los triángulos erótico-amorosos con o sin implicación sexual, existen diferentes tipos de triángulos: los que involucran a padres e hijos, amistades, mascotas, relaciones laborales,  espacios culturales, incluso ritos religiosos. Y es que lo triangular es una característica sustancial de las relaciones humanas: los psicoanalistas afirmarían que es una organización mental implícita en la triada edípica de la que aprendimos el “abc” del amor; y yo sumo lo que ya he mencionado en otras ocasiones: que somos seres deseantes y que el deseo no se agota con nada ni con nadie. Nuestra posibilidad de ser seres multifacéticos y complejos nos impide colmarnos en un proyecto de trabajo único, un único hobbie, en un solo corazón y con un solo cuerpo.

La complejidad del amor “entre tres”

Entender esta triangulación en territorios no amorosos puede ser más o menos sencillo, pero en la comarca del amor se complican las cosas en tanto que el “mito de la exclusividad sexual”, ante la infinidad de variaciones que ha sufrido la vida de pareja en el último siglo, parece ser lo “único” que conserva como propio y como signo de genuino compromiso y amor de pareja. Algunas personas renuncian a vivir esta triangularidad con menores implicaciones de frustración y represión en su vida personal, prefiriendo  la seguridad y cierta simpleza de una relación exclusiva, sin embargo no es la norma en términos de experiencia de vida. 

 

Así, las triangulaciones amorosas existen: algunas se detienen tras unos intercambios por chat, otras son intensas y breves (más vale arder que durar) dejando huella en la vida de los actores, otras duran toda la vida y capotean los “malabares” y desgastes necesarios para sostenerse a lo largo del tiempo. Algunas terminan transformándose en familias reconstituidas al dejar de lado la relación primaria (habiendo o no sido descubiertas).  

De una u otra forma, en distintos esquemas y con diversos efectos en la vida de los involucrados, muchos miembros de parejas estables han transitado este camino de la triangulación que por diversos factores está “a la vuelta de la esquina”. Y más allá de lo que pensemos, queramos o neguemos, en muchos casos, y dada nuestra capacidad amorosa multidimensional, su presencia da mucha estimulación y una cierta estabilidad  a las relaciones de pareja. ¿Tú qué piensas? 

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Hablar de los triángulos amorosos se ha convertido en un tema central cuando exploramos el territorio del amor y sus dilemas. Las relaciones triangulares son descritas desde antaño en textos antiguos como la Biblia y la Ilíada, recorren toda la literatura universal a lo largo de los siglos, y toman en el presente un lugar predominante por todos lados: novelas, series, películas, poemas… ¡Qué decir de las consultas terapéuticas (y los “deschongues” de pasillo), efecto del descubrimiento de una relación extraconyugal! 

Ruptura de acuerdos

Un triángulo amoroso es una relación entre dos personas con exclusión del cónyuge de uno de ellos, que incluye compromiso emocional y/o sexual, y que tiene repercusiones en la vida de todos los involucrados, a nivel psicológico y social principalmente, muchas veces económico también. En el triángulo amoroso tres integrantes, hombres o mujeres, originan y sostienen (de manera consciente o inconsciente) un vínculo de fuertes efectos emocionales y/o sexuales.  

Otra característica importante del triángulo amoroso, a diferencia de los nuevos acuerdos de pareja, es el rompimiento unilateral del acuerdo de exclusividad, así como la afectación por el mismo del nivel de intimidad,  de la cercanía emocional y/o del compromiso con la relación primaria. 

 

Más allá de las “canas al aire”

Para adentrarnos en la complejidad de los triángulos amorosos, dejo fuera del concepto “triángulo” todas las “canas al aire” que implican aventuras de una “noche de copas” y que generalmente carecen de un contenido emocional, si bien involucran actividad erótica y sexual. Excluyo también todas las “infidelidades” cibernéticas que nunca se actúan “en vivo y a todo color” pues pueden catalogarse ya sea como nuevas prácticas eróticas nunca imaginadas (herramientas de exploración y autoconocimiento) o bien como muestra social de miedo a la intimidad y a la cercanía emocional propias de la era post moderna que vivimos. Y por supuesto no considero tampoco las patanerías sostenidas, que más que constituir un triángulo de amor, significan un sin fin de abusos y maltratos que correlacionan con la violencia (en ocasiones la enfermedad mental, la adicción), y no con la complejidad de la experiencia erótico amorosa.

 

Finalmente, un triángulo amoroso, no se define ni por su duración ni por su intensidad, sino por el equilibrio personal, de pareja y grupal que aporta, de manera consciente o inconsciente, deseada o rechazada, a quienes los conforman. En general, inicia desde la atracción mutua, con o sin interés de implicaciones sexuales, pasando por el enamoramiento, hasta consolidarse en algún tipo de vinculación. La terminación del mismo se da por razones diversas: o deja de cumplir su cometido, o es descubierto y pierde la posibilidad de existir ante la crisis de pareja que detona, o bien la culpa o malestar de alguno de los involucrados lo disuelve, o simplemente la renuncia elegida o las circunstancias vividas precipitan su desintegración. Esto no significa que el espacio interior o intrapsíquico que le da cabida, incluso los sentimientos amorosos internos, desaparezcan necesariamente. 

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La forma en la que nos relacionamos ha cambiado en estos últimos años. Las nuevas generaciones tienen una libertad más amplia de elegir; en ellas, las personas deciden con quién relacionarse, el momento en el que quieren irse y cómo quieren tenerlas. Aunque en apariencia este es un cambio positivo que está relacionado con  la libertad de decidir, también nos ha llevado a un nuevo problema que ha sido señalado en distintos estudios; las nuevas generaciones crean vínculos afectivos fugaces y muy pocos sólidos.

En últimos tiempos se han normalizado, cada vez más, las relaciones amorosas sin etiquetas, esas cuya unión se establece sin compromisos ni ataduras. Estos nuevos acuerdos amorosos implican, entre otras cosas, una falta de responsabilidad afectiva, que tiene por consecuencia principal, quitarnos la necesidad de aprender a edificar situaciones duraderas y sólidas.

¿Por qué nuestras relaciones son breves?

Se ha detectado que, en las relaciones de pareja actuales hay una escasa comunicación. Damos por hecho diversas situaciones que nos impiden crear vínculos duraderos y estables. Según los especialistas, uno de los principales culpables de esta situación es el miedo a enamorarse y no ser correspondidas(os). Si hemos experimentado el desamor, hemos pasado por un proceso de duelo, cuyas etapas no han sido nada placenteras y, por ello deseamos evitar que una experiencia de este tipo se repita.

Cuando evitamos enamorarnos trazamos un límite claro en el que nuestro único interés es satisfacer algunas necesidades sexuales, de compañía, de atención, etcétera. Y, esto no está mal, pero el problema se puede presentar cuando la otra persona busca algo diferente, es decir, cuando quiere crear una relación a largo plazo. En este caso se da un choque de deseos y expectativas, por lo tanto, es muy difícil continuar en una relación con metas diferentes.

La fragilidad de los vínculos afectivos

Al crear vínculos breves y sin compromiso, las relaciones se puede terminar sin mayor explicación. Entonces, ocurre un fenómeno llamado “relaciones de bolsillo” se trata de experiencias agradables porque son breves y no implican una responsabilidad y brindan satisfacciones instantáneas.

Esto es perfecto si se hace de mutuo acuerdo. Pero si uno de los involucrados no está enterado y le gusta el vínculo  sufrirá y se quedará sin respuestas. En este sentido quizá el mejor consejo es aprender a comunicarnos y a ser lo más cercanos y respetuosos con el otro. De esa manera podremos darle la vuelta a esta época.

¿Cómo aprender a crear relaciones afectivas responsables?

Sí han tomado la decisión de mantener relaciones breves y sin etiquetas, es necesario hacérselo saber a la otra persona, para evitar confusiones. Pero si lo que quieren es crear relaciones estables y duraderas, es importante aprender a:

  • No crear expectativas: no idealicemos ni las relaciónes ni a las personas.
  • Hacer acuerdos: Establecer límites es importante, porque ambas partes conocerán las intenciones de la otra persona.
  • Preguntar: no demos por hecho que todo está dicho o que es evidente, porque cada persona tiene una manera particular de interpretar y experimentar cada vivencia. La comunicación clara es necesaria.
  • Comprometerse. aunque se haya comunicado y acordado una relación efímera o abierta, es importante mantener un compromiso con la otra persona, porque la relación afectiva ya se inició.
  • Definir lo que se desea: es necesario conocer y ser conscientes de lo que queremos, pero también es importante saber lo que no queremos, para evitar aceptar cualquier situación que se nos presente.

 

Vive sin miedo a enamorarte

No ser amados es una simple desventurala verdadera desgracia es no amar – Albert Camus

***

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Pero hoy sufrimos diferente…

El miedo al amor,

 la sobrevaloración del mismo

 y la dificultad de conseguirlo,

son la constante de nuestro penar emocional.

Eva Illouz

 

El tema del amor -por exceso o por defecto– se ha convertido en un tópico de preocupación fundamental en nuestra época. No hace tanto tiempo la religión, el Estado, la familia y el deber organizaban la vida de las personas dándoles un sentido de valía y de propósito.  Hoy la identidad se construye en gran medida por la capacidad de amar y ser amado, de escoger y ser escogido, de desear y ser deseado.

Pero –producto de los avances tecno científicos, de la revolución sexual, del feminismo, de la globalización, de la celeridad de las comunicaciones, entre otros factores- la formas de amar han cambiado rápidamente, y hombres y mujeres estamos al mismo tiempo entusiasmados y confundidos en cuanto a qué le toca a quién, cómo, cuándo, por cuánto tiempo, en qué forma y para llegar a qué. Y así vamos entre intentos y remiendos buscando construir un buen amor ¿o un buen amante? ¿o un  free especial?

Eso sí, todos sabemos que hoy podemos (y debemos) elegir libremente a un compañero “de viaje” (¿o a más de uno? ¿o para más de un viaje?) y que merecemos en ese encuentro un intercambio igualitario que nos genere bienestar emocional y sexual. ¡Faltaba menos! Claro, la persona elegida ha de aceptar nuestra individualidad, pues el ideal de autorrealización no se pondrá en juego por una relación, y como el trabajo, las amistades, las localidades cambian a “la velocidad del rayo”, hemos de lograr mediante negociaciones constantes que el equilibrio y la reciprocidad se sostengan en la relación. Voy sintiendo que ya es demasiado, pero ¿no es esto lo que queremos? ¡Ya no estamos para abnegaciones y sacrificios!.

Gracias a las luchas por la libertad y la igualdad se va consolidando esta transformación. ¿Por qué entonces no encontramos la dicha amorosa “a la vuelta de la esquina”? Es evidente que lo que divulgan los medios, atienden los terapeutas y hablan las amistades en las charlas de café gira en torno al malestar amoroso que se vive hoy.

Explicaciones se dan muchas: “que nuestra sociedad es más egoísta”, “que se han perdido los valores”, “que nuestros traumas infantiles nos llevan a elegir mal”. Pero lo que no entendemos es que justo los cambios sociales que han posibilitado la transformación del amor, generan sus propios y nuevos sufrimientos. ¿A qué me refiero con esto? A que la elección de la pareja se ha vuelto un proceso meticuloso y complejo, los gustos personales son cada vez más exigentes y refinados. Además, tenemos infinidad de posibilidades y éstas siempre se pueden mejorar ¿Cómo cerrarnos a la posibilidad de estar con alguien mejor?. Así, la indefinición y la duda se vuelven la constante.

Por su parte, la imaginación exacerbada y las expectativas irreales –favorecidas  por las nuevas tecnologías- se colapsan en los encuentros concretos: nos aferramos a nuestros sueños y no nos adaptamos a las realidades de quien está sentado junto a mí.

El miedo al compromiso -no solo por la renuncia a candidatos mejores  sino porque desconfiamos de la durabilidad del amor- se hace constante.  Además, comprometerse ya no es un prerequisito para la relación sino un objetivo a alcanzar a través de la interacción. ¡Y conseguirlo no es sencillo! El respeto a la autonomía del otro nos impide pedirlo (y darlo) y el efecto de no saber “dónde estamos parados” genera una ansiedad nunca vista antes en el territorio del amor.

En el pasado, el inconfundible “flechazo” activaba el deseo y disponía a la voluntad. La excesiva racionalización en las actuales elecciones atenúa la intensidad de la emoción amorosa: el deseo sin intensidad pierde fuerza, la atención no se puede fijar en una única persona, y la voluntad es insuficiente para adherirse a dicha decisión.

Y luego ¿para qué unirnos a una sola persona si la libertad sexual nos abre tantas posibilidades de experimentación y disfrute? Una vez desarticulado el “combo” sexo, hijos y amor en un paquete matrimonial, las personas nos instalamos más tiempo en el mercado sexual. Y en nuestra sociedad consumista la competencia erótica es feroz, hombres y mujeres rivalizan entre sí y con sus congéneres por conseguir a las parejas sexuales más deseables, por ver quién acumula más “ligues” y para exhibir sus proezas erótico amorosas. Y si nadie te escoge y te coge ¿Quién eres? ¿Cuánto vales? El amor se ha vuelto el territorio del reconocimiento, de la identidad y de la validación personal.

Y entre una y otra cosa la ambivalencia y la incertidumbre permean la intimidad: “¿Me desea o no?” “¿Se quedará o se irá?” “¿Acaso le soy suficiente?” “¿Será esto lo que funcione o lo que nos llevará a la disolución?”. El amor en la actualidad no solo genera decepción ¡sino que la anticipa!: a temprana edad ya se vislumbran recorridos amorosos inciertos e inquietantes, lo que decanta en estrategias “macabras” para afrontar su fragilidad y temporalidad. Así, no es de extrañarnos que el desapego, el engaño y el abandono sean los “sablazos” que encabezan los quiebres amorosos: para no sufrir, hacemos sufrir…

  • Decir que la sociedad es más indulgente con la infidelidad masculina que con la femenina es una realidad pero no es una curiosidad porque todo mundo lo sabe.
  • Decir que el hombre es más promiscuo que la mujer y que sus infidelidades tienen menor fundamento emocional es una realidad pero no una curiosidad, puesto que todo el mundo lo acepta.
  • Y decir que como consecuencia de ambas cosas el hombre sea el perdonado también es una realidad pero no una curiosidad, porque todo el mundo lo reconoce.

Sin embrago, algunas realidades son menos evidentes, pero igualmente trascendentes que merecen ser destacadas, porque a simple vista pueden parecer un tanto insólitas. Mencionaré una:

  • Las mujeres más maduras (psicológicamente) son las más fieles… y las más infieles. 

Obviamente influye la edad pues para madurar se requieren vivencias y experiencias, las primeras llegan con los años y las segundas son consecuencia de la asimilación de las primeras. Por tanto no hay que confundir la cantidad de vida con la calidad de la experiencia.

Pero en virtud de este mismo razonamiento, cierto porcentaje de mujeres decide que en determinada situación recurrir a la infidelidad no va contra sus principios ni contra su coherencia.  Es el caso de quienes se sienten abandonadas emocionalmente o que practican la infidelidad reactiva, es decir, como protesta a una situación que no quieren más; en este caso permitirse la infidelidad es la manera de responder adaptativamente a su realidad y por tanto asumen lo que hacen como un ejercicio de expresión de su libertad de acción. Así, la madurez hace que, de acuerdo con su lógica, y a pesar de los riesgos que conocen como mujeres, (siempre es más riesgoso ser infiel siendo mujer que siendo hombre) la consideran una opción aceptable y deciden practicarla sin inhibirse por cuestiones de género.

En cambio, en los hombres la infidelidad juega a favor de la inercia social y en ese caso, lo que implica en ellos mérito es limitar voluntariamente el acceso a alguna de las múltiples vías de las que dispone para ser infiel sin recibir rechazo social.

El resultado de esa distinta permisividad hace que por regla general la renuncia a la infidelidad sea un indicativo de madurez en el hombre, mientras que en la mujer la interpretación puede ser más equívoca, porque puede tratarse de una restricción voluntaria y en ese supuesto, es un indicativo de madurez. O puede estar motivada por el temor a la reacción de la pareja, y en ese caso, debe interpretarse como subordinación afectiva impuesta por la inmadurez.

Las mujeres suelen ser más coherentes que los hombres tanto a la hora de restringir sus infidelidades como de permitírselas. Los hombres a medida que maduran tienden a ser más fieles.

¡Ojo! No estoy siendo más permisiva con la infidelidad femenina que con la masculina, pero en mi experiencia clínica observo que el perfil de la mujer infiel suele ser más coherente que el de los hombres, y menos inmaduro.

El flechazo llega, la relación empieza, y cuando uno está “réquete” involucrado, las cosas que no se vieron o que se dejaron pasar por parecer poco importantes, empiezan a hacer ruido, a generar conflictos  y a crear distanciamiento y riesgo de separación.

Las parejas, con el correr del tiempo, pueden consolidar su amor o bien caminar a las grandes diferencias que llevan al rompimiento. Esto último puede darse por dos  razones principales:

  • Haber, al paso de los años, tomado caminos diferentes e irreconciliables, propios muchas veces de la velocidad del cambio en la actualidad y de las divergentes necesidades de crecimiento de cada miembro de la pareja.
  • Por no haber desarrollado una técnica de negociación adecuada para el manejo de las diferencias, abordando ineficazmente los conflictos y deteriorando el amor.

Pero otra cosa es iniciar un intercambio amoroso omitiendo o minimizando información necesaria para ver si los incipientes encuentros pueden consolidarse en una relación de pareja. Este es el caso de quienes, previo a enamorarse y comprometerse, no toman en cuenta las cuatro variables que facilitan el buen funcionamiento de una pareja.

1)   El buen acoplamiento sexual.

  • La pareja no puede vivir solo de sexo pero tampoco con una mala o nula vida sexual.

2)   La compatibilidad de caracteres. Ésta incluye:

  • La comodidad relacional que consiste en estar con el otro sin dejar de ser ellos mismos.
  • El orgullo social que significa sentirse satisfecho frente a la sociedad de estar con esa persona.
  • El nivel de madurez que implica un desarrollo emocional parecido que facilite la interacción mutua.

3)   La escala de valores similares para afrontar decisiones cruciales. Máximas coincidencias y mínimas divergencias en lo que consideran bueno, bello y verdadero.

4)   Proyectos de vida separados pero convergentes.

  • Ni se fusionan, ni se pierden en la distancia, porque son proyectos paralelos.

Con estos apuntalamientos la pareja podrá estabilizarse para:

  • Saber construir.
  • Saber aceptar.
  • Saber corregir.

¿Qué sigue después de una ruptura amorosa, de una separación, de un divorcio?

 

Las separaciones amorosas generan una experiencia de ruptura caótica por lo que antes de continuar con la vida se necesita “recoger las piezas que se resquebrajaron en el camino”. Ser conscientes de la necesidad de atravesar un proceso de duelo y reacomodo de nuestra persona es requisito indispensable para salir airosos de esta vivencia.  Saber que no podemos saltarnos ciertos pasos, ciertas etapas, nos dispone a vivir el recorrido con mayor disposición, confianza y aceptación.

 

La vida, después de una separación amorosa, abre puertas que invitan no sólo a salir del caos, sino a crear una vida más rica, más interesante: una vida mejor. Caminar por este trayecto implica primero ubicar en dónde nos encontramos, cómo es que hemos llegado hasta este lugar y descubrir hacia dónde queremos dirigirnos.

 

Hay opciones relativamente “cómodas”, como evadir o negar lo que está ocurriendo. Estas estrategias, al alcance de la mano de todos, generan un “bienestar” temporal anestesiando el dolor, pero finalmente son opciones que llevan, sino a la frustración constante, sí a posponer la recuperación y, por tanto, la posibilidad de una vida más plena.

 

Existe un proceso de recuperación diseñado por especialistas para recorrer este camino. Éste se asemeja a la escalada de una montaña en distintas etapas. Es necesario ir avanzado por pasos, al ritmo requerido por cada quien, pero ni tan despacio que la vida de pronto se nos escurra de las manos, ni tan de prisa que cuando nos demos cuenta hayamos llegado a lugares extraños y peligrosos sin el equipo necesario para adaptarnos a ellos.

 

Podemos distinguir cinco etapas que facilitan para vivir cabalmente un duelo amoroso. La conquista de cada una te preparará para avanzar a la siguiente y aproximarte a la cima mencionada de una manera fortalecida.

 

  1. Salir del caos y retomar el equilibrio atravesando el duelo: aceptar el caos y retomar de a poco el equilibrio permitiéndote sentir el proceso de duelo.    

  2. Aprender a estar solo cómodamente: tu base eres tú. 

  3. Construir amistades sólidas.

  4. Iniciar relaciones amorosas de corta duración, experiencias que nos permitirán reaprender a amar y recuperar la confianza…                                                   

  1. Generar una relación estable de larga duración, o bien elegir la soltería como opción de vida, temporal o permanente.

 

 

Todos queremos ser felices, todos tenemos derecho a un grado suficiente de satisfacción y bienestar, pero tras un divorcio o una separación hemos de partir de la base que disfrutar la vida nos tomará algún tiempo. Después de haber recorrido el camino necesario para recuperarnos habremos aprendido del pasado, nos conoceremos mejor y desarrollaremos partes de nosotros mismos previamente desconocidas, paralizadas, reprimidas o simplemente ignoradas. Pero como todas las “intervenciones quirúrgicas”, el camino de la recuperación requiere de una convalecencia para sustituir el sentimiento de fracaso del pasado, por un anhelo y entusiasmo de vivir el presente y una confianza de lo bueno que falta por venir.

 

 

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.