El cambio, la pérdida de algo querido como un empleo, una casa o incluso un rompimiento amoroso incluyen dos grandes penas: el dolor que sentimos por todo lo que había y no hay; es decir, por todo lo que terminó, y el que sentimos por todo lo que no termina, esto es, por no poder desprendernos de algunas cosas, de algunos recuerdos, de algunas historias y aventuras compartidas, de varias responsabilidades generadas. Dolor que nos obliga a darnos cuenta de que no todo termina tan rápido ni tan fácilmente, que detrás de un final hay todavía demasiadas cosas por las cuales responsabilizarse, demasiadas vivencias por acomodar en su sitio, demasiados vínculos por redefinir, demasiadas experiencias por capitalizar, demasiados estímulos por procesar, demasiadas ausencias por superar…

En muchas ocasiones y circunstancias experimentamos no sólo la ausencia o la incertidumbre del cambio y lo que está por venir, sino mucho más: la experiencia de la presencia de lo ausente; esto es el dolor de lo que está y no sólo de lo que falta. Los vínculos no finalizan, se transforman; podemos terminar alguna relación amorosa, laboral o familiar, pero no se puede extirpar el vínculo.

Si alguna vez estuvimos unidos a alguien (o a algo), parte del otro, de una forma u otra, ha quedado en nosotros, por eso el vínculo sigue en nuestra alma, más allá de la lejanía del otro. Es necesario entonces que el lugar que ocupa sea lo más amoroso posible, un lugar de paz. Esto no significa rehacer la relación o recrear una situación, sino acomodar pacíficamente la experiencia en el corazón.

Mira en retrospectiva

 

Echa un vistazo hacia atrás y reconoce el proceso: ¿qué es lo que más disfrutaste? ¿Qué fue lo que más te interesó? ¿Qué etapa te pareció más difícil? ¿Cuál la más dolorosa? ¿Puedes identificar cuántos cambios han ocurrido en ti en las últimas semanas o meses? ¿Sientes que lograste un avance emocional? ¿Cómo te sientes respecto de la transformación que has vivido? ¡Has trabajado duro! Dejar atrás una relación, decir adios a un empleo, lugar de residencia o simplemente iniciar una nueva etapa de vida es quizá más difícil de lo que pensabas; por eso mucha gente se da por vencida antes de terminar el proceso de recuperación. Lo que implica este recorrido sólo lo perciben los pocos que logran transitar todo el camino para cerrar el ciclo y dar paso a uno nuevo. 

 

Transitar el camino 

 

Acercándote al final del trayecto podrás ver que nada garantiza la felicidad total; sin embargo, recorrer el camino de la recuperación  te brindará la posibilidad de sentirte mejor contigo mismo, de encontrar mayor paz estando solo, de descubrir opciones de vida estimulantes y de reconocer recursos propios para llevarlas a cabo. También pensamos que vivir este proceso te dispone a abrir la posibilidad de generar encuentros significativos con otras personas: amistosos, eróticos y amorosos. El camino completo para cerrar eso que llamamos “ciclos” para Volver a empezar en la ruta que decidas caminar lo realiza poca gente, no todos llegan al final.

 

Recuerda que de los costos de crecer es hacerse selectivo y gustar de menos cosas, de menos relaciones, aunque de mejor calidad. Esta selectividad te permitirá disfrutar más de la profundidad y significado de tus decisiones, de tus encuentros y por supuesto de los ciclos de vida que decidas comenzar.

Miedo a la incertidumbre 

 

Puedes también desanimarte un poco cuando sientas que los viejos patrones que creías haber vencido regresan y que no cambiaste tanto como lo imaginabas. Quizá retorne el temor al futuro, a lo que está por venir. Todo esto es normal. Recuerda el miedo que sentías cuando iniciaste el camino, tal vez te paraliza, tal vez te hacía reaccionar de modo poco constructivo para ti y para los demás. Ninguno de estos “tropezones” ha de impedirte reconocer los pasos que has dado, porque en pocas situaciones de la vida es tan clara la experiencia de proceso como en el momento de vivir un duelo por el vínculo con eso o aquello que queríamos pero que por la razón que sea, debemos dejar atrás. Esto no significa que hayas olvidado los costos de la decisión tomada ni despreciado lo que ya no está, sino que tengas conciencia de lo que dejó en ti ese pasado y agradezcas a la vida haberlo vivido el tiempo que duró.

 

Cerrando ciclos 

 

Sin duda el paso del tiempo puede llevarte a sentir nostalgia, esto es señal de tu avance pues significa que ya estás capacitado para reconocer los costos de iniciar un nuevo ciclo… Si vuelve a acosarte la culpa o la sensación de rechazo, visualiza cómo estabas antes de decidir dejar ir esa relación o situación y constata que no quieres volver a ese lugar; no volverás a atravesar el arduo camino transitado. Es momento de echar a andar lo que quieres realmente: dejar de vivir en el pasado para disfrutar el presente y planear el futuro. Hoy es momento de ir cerrando círculos para abrir nuevas puertas y, ahora sí, dar la bienvenida a lo que está por venir….

 

 

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De todas las frases trilladas que he escuchado o leído respecto al cambio la que más me gusta es “lo único que no cambia es el cambio”; y es que si bien el cambio siempre ha estado presente en nuestros ciclos de vida, hoy más que nunca es una constante que abre el cuestionamiento de qué postura queremos asumir ante él: ¿somos agentes pasivos o tomamos las riendas de nuestra vida?

Muchas personas quieren empezar el año próximo sin haber ciclos pasados. Desean el cambio esperando que algo pase, que alguien llegue, que se ganen la lotería, que su ángel les de la pista… Existe la magia de la transformación sólo si tú haces lo que te corresponde para cambiar. Ya lo dijo San Agustin: “Ora como si todo dependiera de Dios, pero actúa como si todo dependiera de ti.”

El cambio es un proceso, no un evento y una pequeña diferencia introducida en una actuar con inercia puede llevarnos a un lugar diferente.

 

Entonces… ¿cómo le hago para cambiar?

1. ¡Para! Deja de hacer lo mismo que no te ha funcionado: Hacer más de lo mismo puede ser fácil, conocido incluso habitual, pero no llevará a resultados diferentes.

2. Cierra círculos: Reconoce lo que es un obstáculo. No puedes meter cosas nuevas en un cajón si no sacas las viejas. No puedes iniciar una nueva relación si no has cerrado una anterior. No puedes iniciar un nuevo proyecto si estás intranquilo con un trabajo anterior.

3. Ponle nombre a tu problema: Detecta tu malestar. Antes de lanzarte a actuar sin ton ni son, permítete sentir de qué va tu desasosiego, frustración o sensación de fracaso. ¿Qué es lo que realmente te perturba? ¿Tiene que ver con alguien o contigo?

4. ¡Encuentra tu motor! Descubre lo que daría propósito a tu vida. El significado y sentido de vida es el motivador superior para de ahí construir un proyecto personal. ¿Qué quiero? ¿Qué anhelo? ¿Con qué sueño?

5. Ten una línea de metas en el tiempo: Establece objetivos específicos; a corto, mediano y largo plazo. Pocos pero consistentes, alcanzables y claras. Pero si tus metas no corresponden a tus habilidades, te puedes frustrar innecesariamente, adecua tus aspiraciones a tus posibilidades reales

6. Reconoce tus recursos: Haz una lista de tus competencias en uso y de las que hay que explotar: Las que ya utilizas y las que puedas desarrollar. El autoconocimiento y aceptación personal son la base del uso oportuno y constructivo de tus recursos. No todos poseemos los mismos rasgos pero todos tenemos diversidad de recursos.

7. Diseña un plan de acción: En tiempo y forma. Inicia con lo que es de más flojera para dejar el premio para después!

8. Evalúa y rectifica en el camino: Pueden cambiar tus deseos, tus posibilidades, y se vale. Además no hay uno solo camino ni una mejor decisión, son diversas las opciones para poder lograr el cambio y la satisfacción. ¡Toda experiencia es útil si la asimiladas y afina tu sentido de propósito y tu camino a seguir!

9. ¡Celebra tus avances! Cada paso es valioso, no sólo el resultado final.

 

¿Cómo iniciar el cambio?

Es común estar cansado de vivir de determinada manera o estar harto de alguna situación, pero la gente con frecuencia se queja y se queja sin tomar la decisión de hacer algo para ponerse en otro lugar. A veces el grado máximo de malestar o la sensación de un atrapamiento sin salida es lo que te lleva a la convicción de que así no puedes seguir.

Sería muy útil anticiparte a ciertas “catástrofes” de la vida e iniciar movimientos en relación a ti mismo y al tipo de vida que tienes antes del derrumbamiento. Esta óptima alternativa de anticipar el cambio no es usual y generalmente son los acontecimientos los que se imponen aun sin planearlo o quererlo.


Pero ojo,  si bien en este caso el “querer es poder” no aplica, la decisión de cambiar es previa a cualquier acción, sin ella es imposible movilizar ningún recurso. Y recuerda que la transformación es el único camino hacia la auténtica autoestima y autorrealización.

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No hay una regla que señale el tiempo exacto para superar un rompimiento: cada persona lo experimenta diferente debido a su personalidad, al tipo de relación que sostuvo, a su experiencia previa y a la etapa que atraviesa. No es lo mismo romper con un novio tras un año de relación, que poner fin a un matrimonio de años, con hijos, dinero y familias involucradas.

El involucramiento afectivo

Otro factor para la recuperación es el grado de involucramiento afectivo. A veces el “terminador” está más listo para soltar la relación que el “terminado”, a quien la noticia le cae por sorpresa. El primero se fue saliendo de a poco, quizá vivía ya un “divorcio emocional”, a diferencia del que resulta sorprendido. Pocas cosas son tan difíciles de sobrepasar como recuperarse de un amor “sentimentalmente vigente”. Un amor vivo como éste puede implicar un duelo mucho mayor al de un matrimonio de larga duración que sólo arrastraba por la casa el “cadáver” de lo que fue.

El proceso de recuperación

A todo esto podemos decir que la duración promedio de recuperación oscila entre seis meses y tres años. Así de versátil. Siempre y cuando haya disposición para facilitar el duelo y favorecer el avance del proceso. Hay quienes se estacionan en el enojo o en la depresión, por ejemplo, y no superan en años (o incluso nunca) el fin de un amor.

Antes de seis meses es difícil procesar una pérdida amorosa. Quizás el “alivio” inmediato es más una evasión, o bien una sensación de liberación ante algo insostenible. Por otro lado, llevar de uno a tres años en duelo (dependiendo del tipo de vínculo que se vivió) muestra que el proceso está atorado. Te sugiero paciencia, auto-cuidado, conciencia y, si es necesario, una consulta, que a nadie le hace mal. 

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¿Cuántas personas no utilizan como excusa para atascarse o incluso auto sabotearse un rompimiento amoroso? En mis tiempos (ya lejanos) me parecía reconfortante mantenerme activa y haciendo algo, fuera súper relevante o no, pero con el fin de mantenerme en movimiento y no darle vueltas innecesarias a mi dolor.

Hoy está de moda utilizar situaciones de la vida (¡y qué mejor que un rompimiento amoroso!) para no salir de tu cuarto y ver películas que te recuerden a “la susodicha” persona, que tan mal te dejó. ¡Por favor! ¡Basta ya de victimizarse!

Una cosa es sentir tu dolor y otra muy diferente es regocijarte en él. Por supuesto que es parte del duelo el estar triste, pero el no salir de ese desasosiego y ver lo que la vida ofrece es una decisión. Como dice la –ya trillada- frase: “el dolor es inevitable; el sufrimiento es opcional”.

Pasos para salir adelante

Pero entonces, ¿qué debemos considerar después de un rompimiento amoroso?

Valida tu dolor. Podrá parecer contradictorio con la frase del párrafo anterior que el primer paso sea validar tu dolor. Es necesario no negarlo ni invisivilizarlo, sino vivir y validar el dolor que produce una separación. Así como el extremo de no salir de tu cuarto ni para tomar un baño no ayuda a sanar, el negar el dolor que la separación causa, tampoco es positivo.

 

Canaliza tus emociones. Enfoca tu recuperación en ti y toma acciones para canalizar toda esa energía dolorosa causada por lo que estás viviendo. Plantéate adoptar un pasatiempo sin tener mucha expectativa al respecto, lleva a cabo ese proyecto que tanto llevas postergando,  sal con amistades que hace tiempo no ves, haz ejercicio o escribe lo que te venga a la mente. Éstas son algunas actividades que pueden llevarte a ir encontrando (o construyendo, más que nada) un nuevo sentido de vida.

Planea. Crea estrategias anticipándote a aquellas situaciones en las que más vulnerable puedas estar. Cuídate a ti mismo de aquellas situaciones creando planes de acción para contenerte. Por ejemplo: en comidas familiares donde solías ir con tu ex o cuando salgas a fiestas.

Planear no significa evadir o evitar cualquier situación que pueda llegar a doler. El tiempo que toma el duelo es importante para superar una separación, pero si no asumes el proceso de manera activa y con la intención de seguir adelante, te será más difícil recuperarte.

 

¿Estoy listo para volver a empezar?

Cuestiónate. Si ya no te quiebran y desmoronan los recuerdos y puedes ir a lugares que solían frecuentar juntos quizás es tiempo de que vuelvas a “ponerte en circulación”; mandar un par de mensajes a esas personas que sabes que están interesadas en ti, o incluso reabrir tu perfil en esa aplicación de citas en la que estabas. Pero ojo… Es importante que al volver al ruedo no “eches toda la carne al asador” ni quieras pescar el “primer pez” que se te atraviese.

Obsérvate constantemente y ve poco a poco; el hecho de que ya estés en momento de volver a empezar no quiere decir “borrón y cuenta nueva”. Si bien tu proceso de duelo puede ir muy avanzado, sigue estando presente en lo que experimentas.  Prueba y confía en tu intuición, pero no confundas esa intuición con impulsos o reacciones que podrían lastimarte.

El proceso de duelo, en donde vas sanando las heridas para volver a tener esa confianza y autoestima que te permita abrirte a una nueva experiencia amorosa, es diferente en cada quien y los factores mencionados se pueden presentar de diversas maneras; aquí lo importante es no perder de vista en dónde te encuentras tú. Recuerda que estás en un proceso en el que debes de ir trabajando día a día y de adentro hacia afuera.

 

Pareja seduciendose

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¿Terminaste una relación de pareja? El “mal de amores” es, además de doloroso, difícil de atravesar, especialmente si pensabas que tenían “un futuro juntos”. A veces, el final puede ser sorpresivo, pero generalmente en la convivencia aparecen señales a las que no prestamos atención a tiempo… Hasta hoy.

Corta la comunicación con él o ella. No acudas a los lugares que tu ex frecuenta

Ello no significa que nunca más podrás pasear por ahí, pero no lo ha-gas mientras estás recuperándote. Y esto quiere decir también que no contactes a tu ex en Facebook, Twitter, LinkedIn, e-mail, teléfono o incluso “señales de humo”. ¡Me-nos aun lo busques en los eventos o páginas de encuentros de solteros! Recuerda que hoy no te sirve tener ninguna información relacionada con esa persona: mientras me-nos sepas de ella, menos te obsesionarás por encontrarla. ¡Desconéctate!

Consigue un “buen aliado”

Haz un trato con alguien que sepa de tu situación y que sea de tu confianza (un amigo, un familiar, un tera-peuta, un vecino) y pregúntale si puedes llamarlo, chatear con él o acudir pidiendo su ayuda en caso de tener la tentación de buscar a tu ex. Comunicarte con alguien para tener un pequeño desahogo y distraerte un poco permitirá que no actúes impulsivamente en un momento de desasosiego y desesperación.

Habla lo menos que puedas de él o ella.

Sin duda, al principio de la ruptura hay una necesidad de hablar y hablar del susodicho. Ésta se traduce en una verborrea (especie de “diarrea verbal” que acaba hartando hasta a tu amigo más paciente): “¿Cómo no la vi venir?”; “Si cambio lo que le molestaba, ¿volverá?”; “¡Recuerdo aquellas tardes en su compañía!”. Desde luego, uno requiere darse alguna explicación de lo sucedido, pues eso facilita el desahogo y el procesamiento de la separación, pero recuerda que las palabras son “química en acción” y tienen efecto en tu estado de ánimo cotidiano. Busca la manera de hacer más cortas las conversaciones sobre él o ella, usa palabras que no te “hundan” más y eso te permitirá ir pensando menos obsesivamente en esa persona y resignificar la separación.

Realiza algún ritual de cierre y desintoxicación

Los rituales son una serie de acciones concretas que, por su simbolismo, facilitan hacer transiciones en la vida y pueden ayudarte para tomar conciencia de que tú eres actor de tu vida y no víctima de lo que vives. Idea algo que te ayude a reconocer lo que aprendiste en tu pasada relación, así como el rol que jugaste en ella: compra una libreta “de cierre” y escribe algo hasta que sientas que es suficiente; luego quémalo o archívalo. Otra opción es poner en una mesa sus fotos y recuerdos: dedicarle cada día un rato para llorar, enojarte, agradecer y… despedirlo. Luego recoge todo y guárdalo. Al siguiente día haz lo mismo, pero menos tiempo hasta llegar a cero. Lo que elijas y planees será bueno para ti.

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En el caso de las relaciones de pareja, los cambios que vemos en cuanto a sus dinámicas tradicionales no tienen que ver sólo con las propias historias de familia e infancia, la psique personal, o la buena o mala elección de la pareja. Sin duda estos factores tienen su influencia, pero existe un alto componente social que impacta esta transformación amorosa y la duración de las relaciones de pareja.

Retos que viven las parejas en la actualidad

  1.   Antaño los matrimonios eran concertados, y se daban para sostener a las clases sociales, a las castas. Era un deber moral el acatar las decisiones familiares; así, las personas honorables cumplían tanto la función que se les asignaba como el rol que les correspondía en su comunidad. El amor y el erotismo no eran elementos que entraban en juego para tomar la decisión de contraer matrimonio.
  2.   Las personas se casaban para sobrevivir, literalmente: reproducirse y producir. El tema de tener pareja no era cuestión de amor, enamoramiento y atracción física, sino de sobrevivencia. Hoy los avances tecnológicos y sistemas industriales han facilitado la producción, por tanto se puede vivir solo, sin un “clan”.
  3.   Ha surgido una individualización de los estilos de vida, en la cual se privilegian las necesidades personales a las comunitarias, por tanto existe una mayor conciencia de qué quiero yo. Las personas, poco a poco, están dejando atrás las seguridades tradicionales.
  4.   Poseemos un mayor sentido de identidad. A partir de estas experiencias, se crea una nueva ética basada en el principio de los “deberes con uno mismo”,incluida la felicidad como deber. Surge un mayor reconocimiento o sentido de valor propio, una alta valoración de la libertad y la autonomía, así como una búsqueda constante de la equidad.
  5.   La sociedad se ha sexualizado, entendiendo esto como que la sexualidad ha dejado de ser tabú para ser un componente importante de la vida cotidiana. El cuerpo puede y busca evocar la sexualidad y el erotismo, expresarlos y despertar el deseo en otras personas. Sentir atracción sexual por otra persona es un “must” para sostener una relación y, aunado a esto, buscamos experimentar más, conocer más.
  6.   Psicologización de las elecciones amorosas. También con la aparición de la psicología surge la psicologización de la vida y la preponderancia del mundo afectivo: se intensifican los proyectos que tienen altos matices emocionales. “¿Qué sientes?” “¿Qué dicta tu corazón?”, son preguntas obligadas; antes los sentimientos tenían una menor importancia.
  7. Con la pérdida de las identidades sociales tradicionales, surgen en el centro de la privacidad las contradicciones de los roles de género entre hombres y mujeres. La lenta pero sostenida relajación de las estructuras de género sociales ha abierto nuevos retos y posibilidades para los varones. Algunos han aceptado los cambios y se van adaptando de a poco; otros tantos se niegan a abrirse a esta nueva perspectiva.
  8. Mercado Laboral: quien habla de la familia, tiene que hablar también de formación, profesión y movilidad. No todo lo decide la pareja al interior, hay un contexto que no ayuda porque existen dos agendas individuales que luchan por sobrevivir. La cuestión laboral representa en muchas ocasiones una dificultad para el sostenimiento de la pareja.

Aún así, es momento de repensar el amor, dejando atrás aquellos relatos de caballeros, dragones y princesas, llevándolo a nuevos horizontes, en los cuales la experiencia de amar sea una forma -entre tantas- para construirnos como humanos, en toda la extensión de la palabra.

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Es un hecho, muchos seres humanos buscan la felicidad. Sea cual sea la ideología que decidan practicar el fin es el mismo; un equilibrio que nos permita disfrutar con plenitud la existencia. Quizá por eso, a lo largo de la historia han nacido diversas doctrinas que han buscado como punto clave el bienestar y la espiritualidad para alcanzar este estado de manera permanente.

Sin embargo, se ha descubierto que la felicidad no es un sentimiento lineal y duradero. Más bien se trata de momentos, experiencias, personas, logros y, ¿por qué no? hasta de situaciones que nos proporcionan de manera inmediata un espacio agradable, pero que a largo plazo nos proveen de fuerza y resiliencia interna.

 

felicidad

¿Qué significa ser feliz?

Este estado no es lo mismo para todos. Es más, si nos diéramos a la tarea de preguntarle a un grupo de personas ¿qué es la felicidad? encontraríamos que cada una mantiene un concepto con base en su historia de vida,  según sus metas, sueños o anhelos.

Entonces podríamos decir que la felicidad habita de manera excepcional y única en cada uno de nosotros. Vista desde esta perspectiva es más bien una construcción personal y una elección vital que requiere de autoconocimiento y de responsabilidad.

Pese a esto, los ciudadanos del siglo XXI nos hemos dado a la tarea de buscar la felicidad a cualquier costo. En otras palabras, corremos frenéticamente para conseguir “un ideal”,  y hacerlo  implica un alto nivel de desgaste y genera una  tensión innecesaria que provoca autoexigencia y por tanto frustración.

Si agregamos a esto lo abrumador que resulta cumplir los criterios impuestos por la sociedad – tener prestigio, tener dinero, tener pareja -, la carrera de la felicidad lejos de llegar a su meta termina en el desencanto personal.

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En ese sentido, tenemos que aprender a pensar en la felicidad como una condición interna (no externa) que genera cierto bienestar, suficiente satisfacción y en ocasiones sentimientos de alegría. Así como el amor total no existe, la felicidad total y perfecta, como meta final de la vida, tampoco existe. Esa concepción de felicidad es un “ideal” no solo inalcanzable, sino infantil.

Factores determinantes para la felicidad

En su libro La Ciencia de la Felicidad Sonja Lyubomirsky hizo una investigación mundial sobre el tema. En ella afirma que los factores que determinan la felicidad, entendida como esa experiencia de bienestar y satisfacción, se representan de la siguiente manera:

* El 50% de nuestra predisposición a ser felices está en nuestra  información genética. Algunas personas tienen mayor disposición para experimentar más bienestar que otras.

*Sólo el 10% de la felicidad tiene que ver con las circunstancias de la vida; ser ricos o pobres, sanos o enfermos, hermosos o poco agraciados, casados o solteros. Esto quiere decir que la mayoría de las personas hemos puesto todo nuestro empeño en cambiar nuestras circunstancias, sin enfocarnos en lo que ya tenemos y lo que podemos hacer con ello.

3) Por último, el 40% tiene que ver con nuestra actividad deliberada, con nuestra forma de pensar, y nuestras decisiones y acciones en la vida. Este porcentaje demuestra que nuestro conocimiento personal y nuestra responsabilidad posibilitan tener una vida más plena.

¿Cómo se construye la felicidad?

Sonja agrega que cada persona es distinta, y por eso cada una experimenta un tipo de bienestar subjetivo relacionado con la realización de actividades concretas basadas en sus necesidades, deseos, intereses y valores particulares.

Para llegar a este estado algunos practican la gratitud y cultivan el optimismo. Otros invierten en sus relaciones sociales y otros más a través de realizar actividades con el manejo del cuerpo como la meditación y la actividad física.

El común denominador de todas estas personas es la sensación de que su vida es buena, tiene sentido y vale la pena.

Pongamos la piedra fundamental de una tarea ineludible, la de hacernos cargo de nuestra propia vida, y en ese camino, no corramos a alcanzar la felicidad como meta, sino la felicidad real, de un mundo real…

“Conocerse a sí mismo no es garantía de felicidad, pero está del lado de la felicidad y puede darnos el coraje para luchar por ella”

Simon de Beauvoir

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Si tú o algún conocido necesita ayuda, hagan un cita en Psicoterapia La Montaña

Autora: Julieta Castro

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.