¿Cómo definir el ghosteo y qué implica específicamente?

El ghosteo, que viene del inglés ghost – que significa fantasma – consiste en dar por terminada una relación que ya iniciaba o sostenía intercambios afectivos y/o eróticos cortando contacto con el otro y desapareciendo en forma radical de su vida.

En el ghosteo no hay aviso previo ni explicación alguna ante la desaparición, como si el hecho de perderse para siempre aportara suficiente claridad respecto al cierre de los intercambios sostenidos y de la relación.


¿Qué razones tiene alguien para desaparece así?

Las razones pueden ser muchas y variadas, desde el efecto genera la vida en esta sociedad individualista –que invisibiliza las necesidades y deseos de los demás o las minimiza frente a las propias-, incluyendo el creciente condicionamiento del  consumo –que no solo consume objetos y los desecha sino que ve al otro como objeto de uso y abuso y no como sujeto de respeto y cuidado- hasta patrones individuales de conducta evitativos aprendidos en la propia crianza con el objeto de no afrontar situaciones complejas que pueden generar conflicto y malestar, pero sobre todo que desean al tiempo que temen, de manera muy inconsciente, la intimidad.

Existen muchas más razones posibles que se pueden sumar y mezclar a las anteriormente mencionadas. Citaré varias más:

  • La falta de madurez personal que limita la posibilidad de posponer la gratificación inmediata y de tolerar ciertas frustraciones y decepciones propias de toda relación: “no me gusta esto, lo dejo sin mayor molestia y explicación”.
  • La experiencia posmoderna de una sociedad líquida en donde se quiere todo, rápido y al mismo tiempo: “quiero experimentar esto y también aquello, y además no perderme de tal experiencia pero sin soltar aquella otra también”. Y en ese “barajar” todo y más de lo que se puede manejar, se termina soltando lo que deja de producir interés e intensidad.
  • El analfabetismo emocional con su consecuente incapacidad para expresar lo que se desea y poner límites a lo no gusta de forma oportuna y constructiva. Esto incluye la dificultad de incluir puntos de vista diversos a los propios de y de regular el malestar emocional.
  • De la mano de lo anterior va la carencia de habilidades sociales. Al no saber cómo comunicar y cómo manejar algún conflicto, decido cancelar toda interacción.
  • No sobra poner sobre la tema el tema de género, y es que este comportamiento se da más en hombres que en mujeres, sin generalizar con esta afirmación que el ghosting es una conducta exclusivamente masculina. Pero cabe resaltar que en nuestra sociedad patriarcal, los privilegios de género otorgados a los varones fomentan no solo la visión utilitaria hacia la mujer como territorio de conquista y propiedad, sino de minimización e invisibilización de sus legítimos necesidades y derechos.

A todo esto quiero agregar la ausencia básica de educación y respeto al otro. Cualquier persona con un mínimo de sentido de compasión y decencia, no huye de una manera tal vil.

 

¿Llega a ser justificable ghostear? Si sí, ¿cuándo es justificable hacerlo?

No. Siempre hay formas de decir “no quiero”, “no puedo”, “esto no marcha para mi”. Pero no dejo de cuestionar si alguien “enamorado del amor”, urgido por tener pareja, cuyo “modus operandi” es el whisful thinking (tanto lo deseo que pienso que por eso lo tendré) y además dependiente emocional, pueda haber omitido información importante dada por el “ghost” en cuestión durante los intercambios previos, información que daba cuenta de que él otro no estaba en la  misma línea de disponibilidad que él,  o bien que haya incluso invisibilizado advertencias o peticiones de la otra parte al punto de que el “ghost” –al no sentirse escuchado- prefiera desaparecer. Aún así, siempre se puede decir adiós, con un mail o con un chat.


Señales básicas de que la persona puede ser un “ghoster”

Para mi los 10 mandamientos de la ley del “ghost” serían…

  1. Si muestra un exagerado amor antes de tiempo…
  2. Si cambia acuerdos y cancela encuentros con frecuenta…
  3. Si repite en varias ocasiones que no sabe bien qué quiere…
  4. Si te comparte sus previas historias de “víctima” donde nadie le entiende y nada le sale…
  5. Si no aparece en ninguna red social…
  6. Si le cachas inconsistencias y mentiras…
  7. Si quiere ir demasiado rápido y presiona para obtener lo que quiere…
  8. Si no otorga datos personales después de un tiempo…
  9. Si no te esconde de su gente cercana -familia, amigos o compañeros de trabajo-…
  10. Si dice que NUNCA había tenido una relación comprometida como la tuya…

¡Pon mucha atención!

Todos tenemos dudas al iniciar una relación, todos tenemos carencias al buscar un amor y todos cargamos con contradicciones y ambivalencias en la vida, pero si sumas más de tres de las anteriores afirmaciones tienes que ser muy cuidadoso antes de involucrarte de más. No te precipites, toma distancia para observar y genera paciencia para reflexionar.

 

¿Tiene que ver esta actitud con alguna herida de la niñez?

A reserva de casos con francos transtornos de personalidad (como sociopatías y narcisimos), me parece que el ghosting es más una conducta de abuso y desconsideración que un trauma infantil.

Antaño las sociedades se organizaban en pequeñas comunidades humanas, no existían las comunicaciones digitales de hoy, y el anonimato era casi imposible. Las personas se conocían entre sí, a sus familias y sus ocupaciones. Además,  el tema del honor y la moral, -como lo muestran las novelas de Jane Austen, entre ellas Sentido y Sensibilidad y Orgullo Prejuicio, clásicos de la época Georgiana – estaba por encima de muchos valores y sobre todo de las necesidades individuales. Si el individuo en cuestión quería desaparecer, la coerción familiar y la deshonrra social le obligaban cumplir sus compromisos. Hoy, en la era de la postmodernidad, una mal entendida relatividad y subjetividad, puede hacer que le ética salte por los aires.

 

¿Qué consecuencias puede traerte a ti como ghoster?

Si tu estrategia de sobrevivencia es el desaparecer, más que consecuencias posteriores para tu vida habrías de cuestionarte si ya eres un fantasma “viviente” que esta desconectado de sí mismo y de su presente. Una actitud así da cuenta de que no solo no sabes lo que quieres, sino de que esa actitud “escurridiza” y evitativa que utilizas en las relaciones puede dar cuenta de tu imposibilidad de generar vínculos íntimos, de tu duda con respecto al tipo de relación que quieres construir, de tu temor a no ser querible y suficiente para retener a alguien a tu lado o bien de tu franco descuido y abuso hacia los demás. ¿Consideras que no tienes las competencias para proporcionar a otros y a ti mismo placer, confirmación o seguridad?. Todos tenemos derecho a vivir diferentes experiencias eróticas, afectivas y/o amorosas, a aprender de ellas y a crecer en el amor, pero nadie está autorizado para lastimar a otros a expensas del propio bienestar.

 

¿Qué consecuencias puede traer  a la persona a la que se la aplicas?

Las consecuencias para el “dejado” son perturbadoras y negativas. En primera instancia, y más en un país como el nuestro donde la inseguridad es una constante, surge el temor profundo de que le haya pasado algo al desaparecido. En un momento posterior viene la duda de que algún contratiempo en la vida del otro haya impuesto un silencio, y en medio de ansiedad y desasosiego, se deja abierta la posibilidad de una  reaparición y explicación. Cuando la ausencia es inminente aparecen los cuestionamientos obsesivos respecto a “¿fui yo?”, “¿qué hice mal?”, con una sensación de vergüenza ante el abandono y de pérdida de seguridad personal ante el no entendimiento de la decisión.  De esta etapa se puede pasar a la experiencia del enojo ante el descuido y el abuso y generarse una espiral de sentimientos lastimosos:  para culpa, temor,  tristeza, humillación y volver a saltar a la rabia ante la falta de consideración y la decepción.

Todo esto hace notar que el duelo se puede dificultar al no tener claro lo que pasó y ante el sentirse maltratado y abusado debido a la forma cobarde y canalla de desaparecer.  No sobra decir que poco hay que reflexionar sobre la conducta del desaparecido, el gran reto es analizar el grado de involucramiento emocional alcanzado durante el tiempo de convivencia, atravesar un duelo ambiguo por la falta de claridad, recuperar la paz interna y continuar la vida.

 

¿Cuál es la mejor forma de actuar si tú eres la víctima?

  • Detener los cuestionamientos en cuánto a la razones de la desaparición para frenar el círculo obsesivo mental que no tiene ninguna sin salida.
  • Experimentar el malestar emocional ante la pérdida –tristeza, enojo, decepción, miedo, culpa- y, al sentirlo, permitir que se vaya disipando.
  • Generar una explicación muy concreta pero convincente que aporte datos –aunque sean mínimos- de la incongruencia o falta de integridad de la persona desaparecida.
  • Atravesar el duelo vivido para sanar la herida. ¿Qué perdí además de perder a esa persona? ¿Ilusiones futuras? ¿Confianza en mi mismo?
  • Asimilar la experiencia integrando aprendizajes para el futuro.
  • Fortalecer la autoestima comprobando que estoy saliendo airoso de esta situación y crecido al avanzar con más certezas en la siguiente relación.

Si la situación no puede ser superada y queda un estrés postraumático muy pervasivo, puede ser que el “ghosteo” haya abierto heridas de abandono anteriores que requieran de una intervención profesional para poder entender y manejar mejor la historia personal.

Y ojo, siempre cabe la posibilidad de que el fantasma aparezca con “explicaciones fantásticas”, en tal caso, salvo en excepcionales y justificadas ocasiones, ¡no se da un a segunda oportunidad!

 

 

 

 

¿Mitos o realidades?

Para hablar de “madrastrasgo” hay que hablar de lo que es una Familia (o una Relación) Reconstituida.

La Familia Reconstituida es la relación formada por una pareja adulta en la que al menos alguno de los dos tiene un hijo de una relación anterior. Esta estructura familiar conlleva retos particulares pues al haber varios adultos a cargo de los hijos es necesario clarificar las obligaciones conyugales y parentales de cada uno de ellos.

Pero antes de llegar a ese punto y obvio antes de conocer a los hijos de tu pareja ¡Conózcanse ustedes como pareja! Y prepárate y entérate de algunas cosas que te comparto:

  • ¿Se están trabajando los duelos previos? Las familias reconstituidas tienen muchas pérdidas, ya sea por muerte de algún progenitor o por un divorcio. Se pierde, sino a una persona en forma literal, sí sueños, casa, un padre y una madre presente, en ocasiones al perro y la flexibilidad económica.
  • ¿Los padres biológicos tienen acuerdos concretos y explícitos sobre los hijos? (económicos, emocionales, sociales). Sin claridad en cuanto a qué toca a quién respecto a la crianza de los hijos biológicos los acuerdos de la nueva pareja se tornarán confusos y complicados.
  • ¿Se tiene claro lo que se espera de ti con respecto a tus hijastros? En ocasiones la nueva pareja tiene diferentes expectativas en relación al rol que se jugará con los hijos previos a su nuevo compromiso.
  • ¿Estás lista para no participar de todas las actividades que haga tu pareja con sus hijos? Es importante, si bien requiere de creatividad, flexibilidad y obvio, tiempo, contar de espacios diferenciados para el cultivo de la pareja, para convivir con los hijos biológicos y para la nueva familia.
  • ¿Se puede hablar con claridad sobre finanzas por aquello de “los tuyos, los míos y los nuestros? Es importante poner sobre la mesa el aspecto económico de la nueva relación, sobre todo cuando se abre la posibilidad de tener hijos en la nueva unión.

Una vez tomada la decisión de “entrarle” a una familia reconstituida hay que moverse con prisa pero con pausas. El acomodo de estas familias toma más tiempo que una familia intacta pues hay más variables en juego. A veces el nuevo amor, con un exceso de entusiasmo por “compensar” el pasado o en construir una familia “ideal”, puede ejercer presión sobre los hijos/hijastros a tener actitudes y realizar actividades que requieren de tiempo para ser procesadas y poderse instaurar. ¡No olvides ir paso a paso!

Tips para ser una madrastra correcta (no perfecta)

  1. Lo primero es asumir que ¡los hijos estaban primero!, lo cual no significa que no seas importante.
  2. Busca el mejor momento para conocerlos por primera vez. Cuándo te sientas preparada y tu pareja también. Ni antes ni después.
  3. No te posiciones de inmediato como una figuras materna. Esto se desarrolla paso a paso y con base a los acuerdos previos y a lo que se puede y se necesita en cada caso.
  4. Ubica tu rol. ¡No eres ni la mamá ni el papá! Hay que encontrar el lugar adecuado en el sistema familiar. Esto no significa que no tengas un lugar o que claudiques a tus necesidades.
  5. No asumas papeles que le corresponden a tu pareja o a su ex. Si te sobrecargas te resentirás rápidamente además de que estarás ocupando un lugar que no te corresponde.
  6. Ten claro tus límites. Reconoce no lo que “debería ser” sino lo que realmente puedes y lo que no puedes. Y se asertiva al compartirlos con tu pareja.
  7. No compitas. Ni por los hijos ni por la ex. Si bien se ha de tener claro el lugar que ocupa tu vida de pareja, recuerda que elegiste a alguien que llega a la relación con hijos/as y ex.
  8. Asegúrate que sea tu pareja quien te de tu lugar. Reclamar a los hijastros y a los ex que te traten de “X o Z” forma es un fracaso seguro y un pleito anticipado. Si tu pareja no se posiciona como “tu pareja” frente a sus hijos y ex es inútil y lastimoso quererte dar ese lugar.
  9. Deja a tu pareja lugares privados con sus hijos. No tienes que estar en todo y con todos. Cada subsistema familiar requiere sus tiempos.
  10. Ve ajustando tus expectativas a la realidad. Por más preparada que estés siempre habrá sorpresas. La adaptación es indispensable para poder avanzar.
  11. Relaciónate lo más cordialmente con la ex. Eso sí existe la posibilidad de lograrlo. Y sino ¡diplomacia siempre!
  12. Desahóga “tus penas” con tus amistades. No sirven los verdadazos con tu pareja, a ella aprende a plantearle lo esencial y con cautela.
  13. Sortea y negocia las barreras de otros círculos sociales. Amigos, colegas, familiares, no siempre reciben con el júbilo que podrías esperar.

Otros temas. No sirve tomarse como personal las reacciones de los hijastros. Recuerda que ellos viven:

  • Duelos en relación a los padres.
  • Conflictos de lealtades.
  • Adaptación a dos estilos y normas pues su familia es binuclear.

¡Pero esto no significa que has de tolerar groserías!

Una buena relación con tus hijastros no implica  amarse profundamente. A veces las expectativas “románticas” del vínculo que se “debe” a generar producen mucho dolor. El amor o el afecto con los hijastros se genera (o no) a través del tiempo, pero lo central no es “quererse y disfrutarse” profundamente, sino respetarse y cuidarse buscando lo que es oportuno y constructivo para cada uno de los integrantes de la nueva familia. Con suerte el afecto también llega.

 

Y recuerda ¡No todas las madrasteas son como las pintan! Puedes “pintar” un nuevo modelo siempre y cuando la situación, tu elección y la relación ofrezca  los colores y pinceles necesarios.

El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo. Pero además de la respuesta genital, en los humanos, el instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

 

¿Por qué muchas personas se sienten culpables al experimentarlo?

Definamos la culpa como la experiencia de sentirnos malos, inmerecedores, agobiados, ansiosos, avergonzados, egoístas, perversos, entre otras cosas, por que nuestra conducta no corresponde a un código moral interno que incluye normas conscientes y normas inconscientes, generalmente introyectadas  en nuestra infancia, provenientes no solo de nuestros padres y maestros, sino de una cultura que permea todas nuestras creencias.

Pero existe una culpa funcional y una disfuncional. La primera nos señala que hemos transgredido algo valioso e importante. Este sentimiento nos  ayuda a resolver un problema, a cuidar de uno mismo y de los demás, y reparar los daños causados. La culpa disfuncional sólo añade sufrimiento a nuestra vida y produce no solo malestar sino parálisis también. ¿Cómo hacer distinciones? Si la norma transgredida es actual y viable de cumplir, si la hemos elegido libremente y si está basada en principios éticos, es probablemente sano y oportuno que experimentemos cierta culpa. Pero si la norma nos fue impuesta por otra persona, por la sociedad, por la iglesia, y no la hemos elegido por cuenta propia, no nos hace sentido, ni tiene ningún valor en nuestras circunstancias particulares, y ni nos daña a nosotros ni viola los derechos de los demás, los sentimientos de culpa serán poco productivos y viviremos en una agónica tortura.

 

Origen de nuestras culpas sexuales

La base del pensamiento occidental que construye nuestro mundo de creencias se basa en la filosofía griega, la tradición judeocristiana y el patriarcado. La prime consideraba una dualidad entre espíritu y cuerpo y  después entre mente y cuerpo, considerando siempre superior a la primera que a la segunda. El cristianismo ensalza el dolor con la idea de que fortalece el espíritu, penaliza el placer al cual considera sucio, riesgoso e indomable. Y por último, el patriarcado, sistema jerárquico donde los hombres y todo lo masculino enarbola el poder y los privilegios, condona a los hombres lo que condena en la mujeres. Todo junto suma a mayores culpas en las mujeres puesto que la división entre ser “virgen” y respetada, a “puta” y despreciada, sigue vigente en muchos contextos.

Todo esto termina influyendo nuestros contextos familiares, escolares, laborales y sociales y aterriza en cada historia personal. ¿Aprendimos o no a experimentar el placer? ¿Se nos enseñó a sentirnos a gusto con nuestro cuerpo? ¿Se respeto nuestro sexo y la expresión de nuestra sexualidad?

¿Cómo liberarse de la culpa ante el placer sexual?

  • Reconocerla cuando se manifiesta con malestares físicos, con rechazos corporales, con adicciones.  O bien cuando aparece como una ansiedad difusa o una represión costosa. También se asoma con autoreproches y autocastigos.
  • Ponerle nombre, saber que es culpa y no otra cosa.
  • Rastrear de dónde viene. Reconocer su particular origen en nuestra historia, que incluye desde mandatos constantes, rechazos inconscientes, hasta amenazas y castigos puntuales.
  • Crear la propia escala de valores sexuales. Actuando con base en principios y no en creencias erróneas y Reconocer que solo lo que no es oportuno y constructivo para uno y para los demás es lo que pone en riesgo nuestra integridad.
  • Cambiar la narrativa del sexo individual y cultural. Informarnos a través de libros, cursos, cine, arte, terapias, sobre lo bueno, lo bello y lo correcto de la sexualidad.
  • Tomar acciones que contrapongan nuestros temores. Aventurarnos, en contextos seguros y con personas confiables, a vivir una sexualidad libre de temores, novedosa, acorde a lo que deseamos y a quienes somos.
  • Consertir el deseo, buscar el placer, activar la excitación. Y volver a disfrutar.

 

Hagamos de nuestros deseos bien gestionados pequeños paraísos terrenales, porque no somos ángeles, somos seres humanos.

El aislamiento forzado que estamos viviendo puede incrementar el riesgo de la violencia doméstica. Una de las tácticas de quienes perpetúan la violencia es controlar lo que la otra persona hace, a quién ve, con quién habla, lo que lee, a dónde va. Esto incluye utilizar los celos para justificar sus acciones y retenerle documentos o gadgets importantes. Hoy la estrategia de limitar su participación con el exterior la tienen en “bandeja de plata”.

La mayor parte de las víctimas de la violencia en la pareja son mujeres, y la mayor parte de los perpetradores son hombres. Las mujeres tienen un riesgo significativamente más alto de ser víctimas de violencia doméstica que los hombres.

Los perpetradores de violencia utilizan una combinación de las siguientes tácticas para lograr y mantener dominación, poder, y control sobre su víctima.

  • Abuso emocional. Insultar; hacerla pensar que se está loca/o; manipular mentalmente; humillar; hacer sentir mal acerca de una/o misma/o; hacer sentir culpable.

 

  • Coerción y amenazas. Haciendo o cumpliendo con amenazas de hacerle daño, de abandono, de cometer suicido, etc.

 

  • Intimidación. Hacer sentir miedo por medio del uso de miradas, acciones, gestos; destrucción de su propiedad; abuso de las mascotas; mostrarle armas.

 

  • Menospreciar, negar, culpar. Dar poca importancia al abuso y no tomar en serio sus preocupaciones al respecto; decir que el abuso nunca sucedió; cambiar la responsabilidad del comportamiento abusivo; decir que ella fue la que causó el abuso; reclamar que él es la víctima “verdadera”.

 

  • Privilegio masculino/autorización. Tratar como sirviente; tomar todas las decisiones grandes; hacer todas las reglas; ser la persona que defina los papeles de ser mujer y hombre.

 

  • Abuso económico. Evitar que obtenga y mantenga un trabajo; hacer pedir dinero; agarrar su dinero; no dejar que conozca o tenga acceso a la información del ingreso familiar.

 

  • Violencia sexual. Tocamientos y caricias no deseadas; contacto sexual forzado; violación; acusar que es o fue infiel; humillar y objetivar su cuerpo; restringir acceso a atención de su salud reproductiva; forzar a tomar parte en sexo no deseado; amenazar con tener sexo con algún otro; coaccionar a tener sexo.

 

  • Violencia física. Agarrar; empujar; dar patadas; escupir; morder; jalonear; pellizcar; golpear; pegar; cachetear; estrangular; cortar; apuñalar.

 

Si te identificas con esta situación, estás siendo víctima de violencia doméstica.

¡PIDE AYUDA!

 

No todos los conflictos en la pareja significan que la pareja sea conflictiva pero a veces construir un proyecto de vida puede ser complejo: permitir la cohesión para la estabilidad y mantener la ilusión para la motivación es necesario para que ésta crezca.

Lograr ese equilibrio requiere de un cuestionamiento sobre lo que le conviene preservar de la relación y lo que se requiere innovar. No confundamos la necesaria estructura que toda pareja requiere para su estabilidad con la rutina rígida y monótona que termina en el aburrimiento.  Por tanto para evitarlo se debe sortear la rutina y eso se logra primero con ciertas actitudes de cara a la relación y después con ciertas actividades a poner en acción.

 

Actitudes para evitar la rutina

No quiero hacer un listado “things to do”, que cualquiera podría mencionar, sin aclarar que sin la disposición personal hacia la novedad, no hay actividad que se pueda ni implementar ni disfrutar. Así que veamos los “prerrequisitos” para sortear la rutina:

  1. Aprende a mirar a tu pareja con curiosidad. Asume que no se le conoces del todo.
  2. Adiestra tu don de palabra. Tener algo que decir da cuenta de tu inteligencia, quererlo compartir muestra tu determinación y usarlo en la conversación es un ejercicio de voluntad. Infórmate e introduce contenidos estimulantes a tus diálogos.
  3. Desarrolla la habilidad de generar estados emotivos de relativa intensidad, emociones suficientemente fuertes que den relevancia a la interacción y resulten conmovedoras.
  4. Tolera cierta incertidumbre abriéndote a no tener todo excesivamente programado. ¡Aplica el factor sorpresa!
  5. Integra cierto matiz transgresor en tu vida. Siempre resulta interesante quien puede invitar al otro a vivir una cierta rebeldía, algo —si se quiere— un tanto “vergonzoso”.
  6. Sostén cierto enamoramiento, éste se basa en el respeto y la admiración y permite matizar la dura realidad y por tanto la capacidad de seguir asombrándose del otro.

 

Actividades para desafiar la rutina.

Romper la rutina de pareja implica intercambios dentro y fuera de casa, pero no siempre es necesario hacer grandes inversiones económicas para generar diversión y novedad. .¿No se te ocurre nada?, aquí van algunas propuestas:

  1. Toma clases de baile o bien implíquense juntos en algún reto deportivo.
  2. Aviéntate un maratón de cine en la cineteca un fin de semana.
  3. Prepara un picnic en un parque público o una reserva segura y sorpréndase con algo rico para compartir.
  4. Organiza un club del libro con amigos, o bien torneos de algún juego de mesa. Amigos que ves poco pero tienen vidas interesantes y aficiones que les sumen.
  5. Checa las exposiciones y eventos culturales –pintura, música, escultura, fotografía– que ofrece tu colonia o tu ciudad.
  6. Cocinen juntos cosas sencillas.
  7. Tomen algún curso online de interés común.
  8. Mueve los muebles y adornos de casa para crear espacios diferentes.
  9. Realiza hikings citadinos y conoce tu ciudad o población. Date paradas para tomar un café, visitar una galería, incluso rentar una bicicleta.

 

Y no te olvides que “tú y yo” no somos uno mismo”. Cada uno requiere enriquecerse en lo personal con espacios privados que cultiven los propios intereses, gustos, sueños y amistades para generar vitalidad individual y poder sumar a los encuentros de pareja. El problema del exceso de unión nos lleva también a otro problema: ¡la saturación!

 

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Un día me desperté, me miré al espejo y no me reconocí. A los 3 años de haber tenido a mi primer hijo y 4 años de estar casada, había en mí una tristeza muy profunda, un desencanto y una desilusión que en aquel entonces no tenía nombre. ¿Cómo había llegado hasta aquí en estos 8 años de relación?, ¿cómo me fui debilitando? Era una tristeza no compartida con las personas cercanas a mí, silenciada, y vivida en mucha soledad y vergüenza. Esto fue el parteaguas para darme cuenta que llevaba un vida paralela a la de mi esposo: él era “muy feliz” y yo todo lo contrario. Necesitaba ayuda.

Se valora tanto el amor y la vida de pareja, de forma personal y social, que muchas veces sostenemos relaciones lastimosas, pobres, aburridas, conflictivas, por no decir violentas, con tal de vivir “de a dos”.

Un buen amor debe aportar a la vida personal, no restar, por eso una relación que quita la paz y genera permanente intranquilidad, que limita nuestro mundo de posibilidades en vez de aumentar las alternativas de vida, que genera malestar, aburrimiento y dolor, que bloquea la ternura y las manifestaciones de afecto, que impide el disfrute personal, de pareja y de la vida en general, y que nos lleva a retroceder en todas las áreas de la vida –individual, social, económica, cultural– es una relación que de amorosa tiene muy poco. Pero ¿por qué permanecemos ahí?

 

Razones para sostener una relación infeliz

 

1. Rectificar una mala elección

En ocasiones hacemos una apuesta amorosa, quizás incluso yendo en contra de las opiniones de nuestro entorno, y el hecho de “demostrar” al mundo (o a nosotros mismos) que no nos equivocamos nos lleva a perseverar, con intentos infructuosos y costos altos.

 

2. Creencias erróneas sobre el amor

Rodeados aún por ideas románticas sobre la vida de pareja –el amor, si es verdadero, todo lo puede, todo lo soporta, es sacrificado, y ha de ser eterno– nos aferramos a comprobar que lo nuestro es y ha sido amor, y que esa “fuerza amorosa” transformará los conflictos en encuentros gratificantes. El verdadero amor, si bien conserva algo de enamoramiento, se construye sobre la realidad, no sobre ideales inalcanzables.

 

3. La “matrimania”

La sociedad glorifica y privilegia la vida de pareja. Es de mayor estatus estar emparejado que estar “solo”, y si lo estás en una relación matrimonial, heterosexual y con descendencia, te posicionas en el “top” del “top”. Bella DePaulo, investigadora norteamericana sobre la soltería, acuñó el termino “solterismo”. En su libro Singlism explica que al igual que otros “ismos” como el clasismo, sexismo, racismo, el solterísimo sitúa a las personas sin pareja en un estatus menor de quienes sí la tienen. Y bueno, ¿a quién no le gustan los privilegios?, aunque con frecuencia los costos de sostenerlos sean la frustración permanente, la pérdida de energía, si no es que el desequilibrio emocional y físico.

 

4. Dependencia económica

Quienes simplemente no tienen forma de sostener una independencia económica tampoco tienen la alternativa de elegir permanecer o dejar una relación. Generalmente son más las mujeres quienes se encuentran en esta situación: por hacer del amor y la familia su principal o único proyecto de vida renuncian a una profesión y a un trabajo quedando rezagadas del mundo laboral y dependientes de sus parejas. Esto sin nombrar las reales desigualdades de género que ofrecen mayores y mejores posibilidades de trabajo a los hombres y sobrecargan a las mujeres con tareas domésticas y de crianza.

 

5. Falta de autonomía emocional

Requerir permanentemente la afirmación de la pareja, su acompañamiento permanente, su anuencia para tomar cualquier decisión, impide tener la claridad necesaria para poder reconocer los propios valores, intereses, y deseos, y la fortaleza interna para legitimizarlos y hacerlos valer. Las personas inmaduras psíquicamente se comportan como niños que requieren de la validación y apoyo del otro para hacer elecciones en la vida, desde las más insignificantes hasta las de relevancia mayor.

 

6. Miedo a la soledad

La soledad tiene mala fama, quizás porque se le confunde con el aislamiento. Estar aislado es no contar con vínculo alguno que, como seres sociales, nos aporte afecto y apoyo. En cambio la soledad, que se necesita aun viviendo en pareja, es un estado de mayor individualidad que, bien entendido y aprovechado, permite el silencio interior, el conocimiento personal y la reflexión profunda, todos indispensables para construir la vida que se quiere. Agrego, que nuestra sociedad posmoderna, como bien dice Marie France Hirigoyen en su libro Las Nuevas Soledades, nos impele a alternar a lo largo, valga la redundancia, de nuestra larga vida, periodos de emparejamiento y periodos de soledad.

 

7. Simple confort

Somos generaciones comodinas y con poca voluntad, preferimos el “más vale malo por conocido que el bueno por conocer”. El confort no solo adormece la consciencia sino que imposibilita la conducta creativa. Nos quejamos por lo que tenemos o no tenemos pero no realizamos las acciones necesarias para vivir como queremos.

 

8. Temor al fracaso

Las relaciones tienen vida propia, y como entidad vital recorren un ciclo. El amor, ya sea por una situación de muerte o de rompimiento, nunca durará toda la vida. Terminar una relación desde la decisión no es fracasar, es simplemente aceptar que el amor terminó su ciclo y dio lo que podía dar. Lo que sí ha de considerarse un fracaso es sostener algo que no tiene puntos de acoplamiento, o bien terminarlo de forma innecesariamente irresponsable y  El dolor es inevitable,  en cambio la violencia y la venganza no.

 

9. Desconocimiento de los procesos de cambio

Lo que se puede cambiar en una relación de pareja rara vez se da a base de explicaciones interminables, convencimientos insistentes, sacrificios permanentes, quejas fastidiosas, e incluso, violencias. Pensamos muchas veces que cuando nuestra pareja “se de cuenta” o “nos entienda”, cambiará y estaremos bien. El cambio inicia por la propia transformación y esto implica desafiarnos a nosotros mismos, a nuestras creencias, hábitos, temores, y comodidades. Cuando estemos realmente preparados para perder una relación, estaremos en mejores condiciones de poner y ponernos los límites necesarios que permitan transformarla. Y más allá de la posibilidad de actualizar la pareja, aseguraremos el recuperarnos a nosotros mismos.

 

Así, y confiando que a partir de estos 9 puntos sacarán sus propias conclusiones, afirmo junto con mi buen amigo Antoni Bolinches en su libro Amor al Segundo Intento: “Las buenas relaciones son para disfrutarlas (yo agrego: para cuidarlas, alimentarlas y acrecentarlas), y las malas son para terminarlas”. Y es que no podemos terminar una relación por cualquier cosa, pero ¿vale la pena sostenerla a pesar de todo?

 

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Si en algo se siente compleja la vida amorosa en la actualidad es en la duda permanente respecto a haber elegido a la persona “correcta”. Personas correctas hay muchas pero lo importante es elegir a una con la que podamos construir un rico proyecto de vida de pareja sin tener que anular nuestro proyecto personal o incluso sin tener que anularnos a nosotros mismos.

¿Cómo podemos “verificar” que la relación que tenemos nos nutre, es sólida, amorosa y lo suficientemente buena? Te regalo algunos puntos que te permitirán valorar tu propia relación, y en vez de estar constantemente dudando de la elección realizada, te permitas disfrutar y crecer con quien está junto a ti, o bien, emprender un camino de retirada.

  1. Compatibilidad sexual. Sin necesidad de experimentar permanentemente “chispazos e incendios pasionales” su intercambio erótico y sexual tiende a ser disfrutado por ambos.
  2. Intimidad compartida. Consideras a tu pareja un buen amigo o amiga, no la única, pero sí alguien con quien compartes sentimientos profundos, ayuda mutua, escucha, respeto y confianza. Cuentan el uno con el otro.
  3. Crecimiento conjunto. La relación te facilita desafiar los propios temores y limitaciones y te invita a crecer. La convivencia saca lo mejor de cada uno de ustedes y te permite construir mejores opciones de vida. La pareja te abre puertas.
  4. Aceptación mutua. Si bien toda relación tiene sus roces, reconoces que tu pareja te conoce y te acepta como eres. Del mismo modo, tu no empeñas todos tus esfuerzos en hacer que ella o él cambie y se adapte a lo que tu quieres. La perfección no existe, por lo tanto conocer sus defectos y limitaciones facilita el manejo de su relación.
  5. Discusión productiva. Los inevitables conflictos pueden ser puestos sobre la mesa, cuestionados, resueltos o negociados sin insultos, manipulaciones y revanchas. 
  6. Diversión potenciada. Cuando están juntos disfrutan más la vida. Las idas al cine, las visitas a un museo, los viajes realizados, las comidas compartidas, son espacios de placer para los dos. 
  7. Celos bajo control. Si bien en ocasiones la incertidumbre normal ante la posibilidad de perder a la pareja genera cierto desasosiego, la relación no transcurre entre persecuciones enfermizas, cuestionamientos agotadores, dudas perennes, y estrategias de control. Existe una confianza básica en tu pareja y un respeto a sus espacios individuales.
  8. Decisiones entretejidas. Aunque cada uno toma decisiones individuales en ciertas áreas de su vida personal, muchas de las decisiones tomadas no solo consideran al otro, sino que son decisiones que atañen a ambos y que por tanto los dos tienen “voz y voto”. Cuando uno solo de los miembros de la pareja ostenta el poder y el otro se somete, se abre la puerta del resentimiento y se pone en riesgo la satisfacción y la estabilidad de la relación. 
  9. Visión a futuro. Nada asegura que el amor dure “eternamente”, pero cuando piensas a futuro visualizas una vida compartida con tu pareja actual. El nosotros es parte de tu proyecto de vida.
  10. Opinión positiva. Aunque en ocasiones haya diferencias y disgustos, consideras a tu pareja una persona que vale la pena, inteligente, con buenas actitudes, con una personalidad estable y positiva. Te gusta quién y cómo es.

 

No todo es “miel sobre hojuelas” en el amor, pero estar con la persona correcta te permite encontrarle, hasta en los momentos difíciles, mejor sabor a la vida.

 

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Una pareja tóxica genera pensamientos, sentimientos y conductas en la persona que convive con ella

¿Cuáles observas en ti para detectarlos a tiempo?

  1. Confusión de tener razón en enojarte o exagerar.
  2. Intranquilidad y estrés permanente.
  3. Miedo de pedir algo o decir lo que sientes.
  4. Echarle más ganas y hacer lo que te piden para agradar.
  5. Pasmarte y no responder ante sus quejas y maltratos.
  6. Dar muchas explicaciones y justificaciones de lo que quieres o te gusta para que no se enoje.
  7. Pedirle permiso para hacer lo que deseas o necesitas.
  8. Pedir perdón constante por “errores” que no llegan ni a serlo.
  9. Sentirte culpable y responsable de que lo perturbas.
  10. Dejar de realizar cosas que te gustaban para no crear conflictos.
  11. Aislarte para no darle motivos de queja.
  12. Empiezas a sentirte con mucho enojo, tristeza e incluso depresión.

 

Al final todo esto genera una sensación de desvalimiento e impotencia que te dificulta cambiar la situación. La sensación de minusvalía e incompetencia se ha apoderado de ti.

 

¿Cómo salir del hoyo?

  • Darte cuenta

Notar que estás en una situación de riesgo.

  • Reconocer las situaciones que te llevaron a confundirte

Pensar el amor como tu proyecto de vida, pensar que nadie más te va a querer, urgencia de tener pareja, ser satélite de las necesidades de los demás.

  • Fortalecer tus redes de apoyo

Recuperar los amigos y familiares que dejaste.

  • Asegurarte una independencia económica

Ésta además de resolver muchas cosas, te facilita una autonomía emocional que es la legitimización de tus necesidades, deseos, intereses y valores.

  • Resistirte al sometimiento

Realizar pequeñas acciones de resistencia para detener el maltrato a ver si la otra persona reacciona.

  • Pedir ayuda psicológica y si es necesario legal
  • Y si nada cambia, acudir a otros recursos para dejar esa relación.

 

 

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Retos y vericuetos de la vida en pareja hoy

En ocasiones no cuestionamos el porqué y el para qué de la vida en pareja, a veces incluso lo banalizamos, y pocas veces nos preguntamos de dónde viene este gusto, este deseo de hacer pareja, o acaso ¿esa necesidad?

Una primera reflexión sobre el tema deriva de entender cómo hemos evolucionado como especie a través de los años.

La extendida época de crianza tuvo consecuencias particulares en las relaciones de los hominidos ancestrales, una que nos interesa en relación al tema de la pareja es la necesidad de la hembra de cierta protección y seguridad durante la crianza.

Por otra parte, la postura erguida les permitía copular frente a frente favoreciendo el establecimiento de un reconocimiento y gusto en el intercambio sexual, esto unido a la desaparición de periodo de celo en las hembras y el desarrollo de orgasmos en las mismas, aumentó la frecuencia de las cópulas y el gusto por un compañero particular. El sexo y el erotismo no son solo fisiológicos, son relacionales también.

Si bien en la actualidad la pareja no se funda en la importancia de la reproducción, producción y sobrevivencia como antaño, aún parece una constante en la vida de las personas la búsqueda de una relación particular que de manera especial nos abra opciones en la vida, nos genere una seguridad básica, y nos nutra de compañía, gozo y afecto.

Hoy se privilegia el gusto por estar con el otro, la necesidad de un intercambio de ternura y afectos, y de ayuda cotidina. El eje de la vida amorosa ha cambiado, pero el deseo por vivir en pareja parece que no.

Por otro lado, y también como efecto de la larga época de crianza que requerimos para conquistar la autonomía, mencionamos que venimos de una historia primaria de apego con la madre: en los primeros años de vida, si tuvimos suerte, dispusimos al menos por un tiempo de algún cuidador que fue “solo para nosotros” y que estuvo atento a satisfacer todas nuestras necesidades.

Lo digamos o no, seamos concientes o no, muchos deseamos una vida de pareja que nos recuerde, nos perpetúe, o remplace, esa unicidad. Quizás por eso podemos decir que al amor adulto siempre nos deja insatisfechos, porque por buena que sea la relación amorosa que generemos, nadie puede ni tiene la obligación de colmarnos como lo hicieron, bien o mal, nuestros cuidadores primarios en esos primeros momentos de vida.

No podemos dejar de señalar, que la búsqueda –a veces frenética– de una relación amorosa, también se correlaciona con una sociedad que privilegia la vida de pareja sobre la vida individual.

Insistimos que si bien en el pasado, las necesidades de reproducción, producción, y sobrevivencia hacían imperiosa la unión conyugal y la convivencia familiar, en la actualidad los requerimentos de la vida moderna son diferentes, y los deseos, necesidades y valores de los sujetos del siglo XXI también lo son.

A veces no estamos dispuestos a pagar ciertos costos y asumir ciertas renuncias para vivir de a dos, pero aún así se deja todavía sentir el estigma en relación a la soltería y la vida “en solo”; el privilegiar la vida de pareja sigue ejerciendo su inercia y con ella se despliega una fuerte presión a quienes viven en soltería.

Para desarrollar el potencial personal, necesitamos contactarnos a nosotros mismos al tiempo que nos relacionamos con otros seres humanos; a veces esos “otros” son una pareja concreta, pero en ocasiones son un círculo de amigos, o un grupo de colegas, con frecuencia la propia familia y demás seres queridos que siempre han estado cerca de nosotros. Todos condimentan con “sal y pimienta” el día a día de nuestras vidas y dan calor y cobijo a nuestro corazón.

 

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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.