Si bien, siempre he cuestionado algunas demandas que hoy por hoy le hacemos a los hombres (y que me parecen absurdas) como la necesidad de ser más fuertes o más ricos, la obligación de no mostrar sus sentimientos, o la presión de ser heroicos a los ojos de todos también es cierto que en la actualidad, todavía existen varios espacios donde la mujer sigue recibiendo el trato de un ser inferior. Tanto en los “verdadazos” como terapia siempre me preguntan qué acciones concretas pueden hacer ellos para comenzar a cambiar y avanzar hacia el camino de la igualdad .Es por esta razón, y con el pretexto del Día del Hombre, que vale la pena reflexionar qué les falta a los hombres para avanzar en su relación con las mujeres (y con el mundo que estamos vivendo):

Algunos pasos de liberación

  • Basta de decir: ¡Yo te ayudo! Asume corresponsabilidad en la crianza de las hijas, hijos y el cuidado de las demás personas.
  • Dejar atrás el machismo y la violencia, además de no “explotar” y no golpear, implica reconocer otras de sus expresiones. Por ejemplo, hacer burlas ofensivas, interrumpir cuando ella habla, dar explicaciones no pedidas, controlar con el dinero, o buscar tener la razón para que las cosas se hagan como tú quieres.
  • ¿Y tú qué haces con tus emociones? La salud afectiva también es un tema de hombres.
    ¿Eso que llamas amor, se mezcla con la violencia? Cuídate de no controlar, someter y vigilar los tiempos, amistades y redes sociales de tu pareja.
  • No asumas lo que ella quiere y necesita, ¡pregúntale!

Para cerrar el año…

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En la actualidad, el creciente número de mujeres maduras y autorrealizadas se sienten insatisfechas de la calidad de sus relaciones amorosas y la dificultad que tienen de encontrar parejas adecuadas para ellas. Las razones son variadas y diversas, pues describe el psicoterapeuta español Antoni Bolinches, en su libro El Síndrome de las Supermujeres, pareciera que mientras los hombres que mejoran, aumentan sus posibilidades de elegir pareja, las mujeres que han pasado por un proceso semejante limitan sus posibilidades de elegir y ser elegidas como pareja. Por su parte, muchas veces los hombres que quieren acercarse a ellas o provocar un encuentro no saben cómo iniciar.

Aquí algunas ideas retomadas del  libro El arte de enamorar del propio Boliches, que si bien, aplican a cualquier persona, los hombres que quieran “enamorar” a una supermujer, deben considerar:

El arte de enamorar

No nos quieren por nuestra necesidad de ser queridos, sino por las aportaciones positivas que hacemos a la relación de pareja. Por tanto, está claro que, cuanto más mejora una persona, queda en mejores condiciones de convertirse en un sujeto amoroso y deseable. Por consiguiente, lo mejor que puede hacer quien desee enamorar, es dedicarse a mejorar.  Para facilitar ese camino, Bolinches propone que utilices una fórmula (basada en el diálogo interior) que, si la aplicas adecuadamente, te resultará de gran utilidad: 

  1. Pregúntate qué aspectos de tu personalidad son evaluados positivamente por los demás.
  2. Pregúntate qué parte de las virtudes que todavía no has desarrollado podrían ayudarte a resultar más atractivo.
  3. Haz un balance de los defectos que los demás han encontrado en ti.
  4. Dialoga contigo mismo para ver hasta qué punto esas informaciones coinciden con tu propio criterio y dedícate a mejorar esos rasgos.

Si haces estas cuatro cosas, conseguirás que tu capacidad de autoanálisis no sólo te sirva para conocerte mejor, sino también para que ese mayor conocimiento se convierta en una guía que te ayudará a optimizar tus valores y a corregir tus defectos, hasta un punto que conseguirás hacer realidad la relación que existe entre la capacidad de mejorar y el arte de enamorar.

Honestidad interior 

Ese ejercicio de introspección, dice el autor, no resulta fácil, sobre todo cuando lo que pretendemos concretar son rasgos intelectuales y caracteriales. Pero vencer esa dificultad permite que, al autoanalizarnos, no sólo tomemos consciencia de aquellos aspectos que pueden ayudarnos a enamorar sino que, al asumir esa tarea sin autoengañarnos, mejoraremos como personas. Así pues, para tener éxito en el amor es mejor que te dediques a mejorar, porque entonces te convertirás en una persona que gusta a las demás.

Quien mejora: enamora

Apliquemos esto a nuestra forma de comportarnos, pues así podremos desarrollar, con posibilidades de éxito, las estrategias que pueden conseguir que la mejor manera de seducir sea seducir a nuestra manera. Para hacer cierto esto, aprovecha todo el enriquecimiento personal que habrá operado en ti durante la fase que has dedicado a mejorarte, pues cuanto mejor estamos con nosotros mismos, más posibilidades tenemos de manejar con éxito los aspectos de nuestra forma de ser que nos ayudan a “seducir”, positivamente hablando, es decir, entendiendo la seducción como la adecuada utilización de nuestros valores y capacidades para despertar el interés amoroso en las personas que nos gustan.

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Un engaño puede ser una bala directo al corazón o un rasguño, pero en cualquiera de los casos, es una herida que duele y debe ser sanada, pues la lucha entre la pasión y la razón será épica.

 

Hablar de infidelidad es un tema complejo, pues no podemos reducir un evento con tantos matices a un asunto “causa-efecto” donde hay una víctima y un villano. No todas las infidelidades son iguales, no a todas se les concede la misma importancia, no todas se gestan desde el mismo lugar, malestar o deseo. Algunas parten de necesidades personales no satisfechas; en ocasiones son francos impulsos que permiten liberar ansiedad en etapas de transición o adaptación critica; en otras, son síntomas claros de una relación en crisis y, sin duda, son también manifestación de la tragedia que significa que no sean del todo sinónimos fidelidad y exclusividad sexual.

 

Me atrevo a afirmar que, en algunos casos, el impacto de un affair puede llegar a ser, si se maneja de manera oportuna, constructivo. Lograr esto no es tarea fácil, pero si la pareja está comprometida, la explosión de una crisis abrirá puertas para trabajar y actualizar la relación.

 

El objetivo de este texto no es destacar que una infidelidad te brinda posibilidades de crecer en el territorio amoroso o personal; dicha perspectiva me obligaría a diferenciar entre lo que es una “infidelidad necesaria para el crecimiento” y una “infidelidad tóxica” que sólo genera una experiencia de hostilidad, la búsqueda hedonista de placer y la incapacidad para tolerar y contender con las tensiones de una vida en común.

 

No importa cuál sea el origen de una infidelidad, el efecto que produce su descubrimiento es bastante traumático en general: primero se experimenta la sensación de traición y el quiebre de la confianza, después aparece el miedo al abandono, y termina con un profundo sentido de humillación. Los acuerdos de exclusividad sexual traicionados rompen lo límites de la pareja, pues los sentimientos, el cuerpo y la sexualidad compartida te dejan con la sensación de que la pareja nunca volverá a ser la misma.

 

Hay diversos elementos que influyen en la magnitud del efecto de una infidelidad:

– El género: El efecto de la infidelidad puede ser muy distinto según sea vivida por el hombre o la mujer. El tema del patriarcado nos lleva a afirmar que generalmente lo que en el hombre se condona, en la mujer se condena.

– Las circunstancias: El cómo, cuándo, dónde y cuántas veces, hace una diferencia. No es lo mismo una “cana al aire” que una relación de meses o años con involucramiento emocional.

– El perfil del amante: Su edad, atractivo, inteligencia, etc. A las mujeres en general nos afecta que “la otra” sea más joven y atractiva, y a los hombres que el “cabrón” tenga un mayor reconocimiento profesional o social. Pero lo que no toleran ni hombres ni mujeres es que el tercero tenga valores manifiestamente inferiores a los propios, porque, entonces, se suma el agravio de que te cambiaron por alguien que es “menos” que tú.

– El vínculo relacional previo: A más proximidad (un familiar o amigo), mayor es la gravedad y peor el pronóstico.

– La confianza básica desarrollada en la infancia: Este sentimiento es particularmente frágil en individuos cuya estructura de personalidad es o se acerca al narcisismo patológico; para ellos, la experiencia de la traición puede ser tan devastadora que los puede sumir en un estado de desolación y desesperación eventualmente suicida u homicida.

– El trabajo de madurez personal: Alguien comprometido en el propio crecimiento puede manejar mejor el impacto de una infidelidad, aunque no deja de ser doloroso.

Líbrate del dolor infiel

Sin importar ante qué tipo de infidelidad nos encontremos, por lo común está presente la sensación de traición. El engaño es una amenaza directa a nuestro sentimiento de pertenencia y confianza dentro de la pareja. Entonces, ¿cómo puedes manejar lo negativo de su impacto y salir bien librado de su consecuente dolor? Trata de seguir estos siete pasos y lograrás grandes avances.

 

1. Sal del shock inicial

El descubrimiento de una infidelidad produce un efecto traumático que es preciso trabajar.
• A pesar del trauma, de nada sirve actuar con violencia. Perder el control puede llevarte a cometer una tontería. La infidelidad no es motivo suficiente para convertirte en “criminal”.
• Lleva tiempo que regrese la calma; no tomes decisiones precipitadas.
• Controla tu deseo de interrogar a tu pareja como si fueras un inquisidor y espera a que hable.

2. Restaura, paso a paso, la confianza

Aunque la situación es incómoda, desconcertante y dolorosa, la relación puede rescatarse.
• La recuperación de la confianza toma tiempo; al principio hay dudas, suspicacia y reclamos.
• Llegado el momento, establece una comunicación abierta; no dejes que pase mucho tiempo.
• De preferencia, conversa en territorio neutral: analiza motivos, errores de ambos y el deseo de continuar.
• ¿Decir toda la verdad? Si te atreves a preguntar lo que no debes, te arriesgas a escuchar lo que no quieres. Esta curiosidad es peligrosa porque conocer los detalles de la infidelidad tiende a hacer incurable la herida. A veces la verdad es útil y necesaria, pero en otras ocasiones tiene consecuencias adversas y destructivas. Además, centrarse en exceso en el tema de la infidelidad, comúnmente deja fuera temas centrales de la relación.
• No sirve hablar del amante ni buscarlo, ni mencionarlo a cada rato, ni comparar, pues esto genera más humillación y hostilidad e impide la recuperación.
• No compartas lo ocurrido con cualquiera, sólo con amigos o familiares que pueden escuchar sin juzgar.

3. Experimenta el dolor

Confía en la recuperación y déjate sentir. Enojo, culpa, tristeza, miedo… todo. La infidelidad puede ser un parteaguas para mejorar la relación de pareja.

4. Revisa tu relación

Evita etiquetarte en el papel de víctima o de villano; reflexiona en la parte que te toca, pues casi siempre es asunto de dos.
• Debes saber escuchar y aprender maneras de conversar.
• Recorre la historia de la relación y asume tu responsabilidad de cuando empezaron a ir mal las cosas.
• Elige temas a tratar que vayan más allá de la infidelidad.
• Aprende a negociar y a manejar conflictos.
• Concéntrate en mejorar tu relación y no en hablar de la infidelidad.

5. Decídete por una buena relación o por una buena terminación

Si eliges continuar pero no puedes dejar de mencionar lo sucedido, es mejor poner distancia. Si optas por terminar la relación, el enojo y el rencor te facilitarán el alejamiento, pero no es la mejor manera de cerrar.

6. Trabaja en tu madurez personal

A mayor seguridad personal, menor impacto de la infidelidad.

7. Siempre es pertinente buscar ayuda profesional

Del olvido al no me acuerdo

El perdón, como proceso, es necesario para atravesar esta experiencia. Tratar de perdonar en lugar de traer a colación resentimientos del pasado facilita estar presente en la situación actual y dar al otro, y a uno mismo, la posibilidad de cambio.

Sin bien en cada caso perdonar se verbalizará de forma distinta, una buena afirmación de perdón podría ser: “Te perdono, aquello que pasó ya no me influye, pero como consecuencia ocupas un segundo nivel de confianza. No sé si alguna vez estarás en el primero, lo deseo, pero por ahora mantendré ciertas medidas de precaución que te serán evidentes. Aunque también te aseguro que responderé a lo que hagas ahora y no a lo que hiciste entonces. Si noto algún prejuicio respecto a ti te lo haré notar para poder platicarlo”.

La importancia de una infidelidad y el pronóstico de su posible asimilación no deben establecerse en función del placer que proporciona, sino de las otras variables: la pasión es diferente al amor; la primera, justamente, caracteriza las infidelidades.

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Además de la sensación de impotencia ante la poca maniobra que goza una amante para convivir con su “amor”, hay una serie de situaciones, sentimientos y circunstancias por las que atraviesa una mujer en una relación, siendo la amante en una relación. ¿Cuáles son las más comunes?

Hablemos de las amantes

Ojo: me referiré a “la amante” como aquella persona que asume ese rol “en solitario”, es decir,  sin tener otra pareja –o al menos una pareja significativa y formal- por lo que atribuye a la relación de amantes su apuesta principal. Sin duda, hay infidelidades en que ambos involucrados están casados o tienen alguna relación de pareja  comprometida; en dichos casos no se consolida un triángulo: de hecho se logra un cierto equilibrio en la relación de amantes en tanto que ambos forman parte de otros espacios de vinculación que les implican tiempo, cuidado y energía.

 

  • La sensación de estar en desventaja en tanto que no ocupa el lugar público de ser la pareja  formal, ni de contar con la presencia permanente de su amor.

 

  • Los sentimientos de minusvalía y de resentimiento pueden ser constantes: “¿cómo es que si tanto me amas no buscas terminar ‘aquello’ y quedarte aquí?”, “¿no soy suficiente como para que dejes todo por mí?”.

Torbellino de emocioanes

  •  El dilema emocional que se experimenta: navegar entre el enojo, tristeza, celos, desventura.

 

  • El afrontamiento de la soledad y la mentira: es común escuchar sobre la desazón que sobreviene al tercero, sobre todo en los días festivos que se queda “solo” (¿solo solo o solo de pareja?), mientras el amante comparte con su cónyuge.

 

  • La mentira: muchas amantes no comparten con sus familias y amigos que están en una relación –por temor al juicio y al estigma social-, así como por el cuidado que tienen en preservar el bienestar de su pareja y de la relación.

La complejidad de la relación y el desgaste

En general la mezcla de experiencias que vivencia “la tercera en discordia” pueden convertirse en un cúmulo de reclamos e insatisfacciones que empiezan a pesar más que el gozo mismo que aportan los encuentros. No es poco común que el malestar detone en la actuación de alguna conducta que favorezca el descubrimiento de la situación y la explosión de una crisis que impulse necesariamente a una resolución: todos conocemos también esas historias en las que el amante “manda un anónimo” o en que la esposa atiende un telefonazo y recibe amenazas e información.

 

Pero no solo la acción directa de la amante puede generar el descubrimiento, también sabemos del mensaje de amor descubierto en el teléfono, de la factura de un hotel encontrada en el buró, de la página de Facebook que se olvidó cerrar, y con ello inicia el peregrinar de sospechas que ponen en riesgo el sostenimiento de la situación.  Estas desafortunadas acciones decantan generalmente en el rompimiento del triángulo por la devastación que generan, impidiendo la posibilidad de que la relación progrese.

Resolver o retirarse

Es menester de quien se posiciona en este lugar reflexionar si se siente en una relación de abuso y descuido por parte del amante,  y de ser el caso, busque resolver o bien retirarse, pero no le corresponde actuar en perjuicio de otros terceros que forman parte de la ecuación (cónyuge, hijos u otros familiares o amigos) para saldar cuentas de lo que no le está dando su amante.

 

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Generalmente cuando se habla de la posición del amante en una relación, se le nombra con apodos denigrantes y se le embiste con señalamientos acusadores y juicios morales: “esa puta”, “el pendejo aquel”, “la vieja esa”, “claro, la embaucó a ver qué le saca”, “pinche idiota quién se cree”. 

La mirada al tercero

La mirada al tercero no como un sujeto, no como una persona activa en el triángulo amoroso, sino como objeto de uso y/o abuso del “villano” da cuenta de la simplificación que se hace de las experiencias triangulares, del desconocimiento que se tiene de la complejidad del fenómeno y de la primacía que se da a la vida de pareja – particularmente a la matrimonial – sobre cualquier tipo de acuerdo amoroso que se salga de la normatividad.  

 

La carga moral que se le atribuye al tercero como el causante de “la destrucción” de la pareja, deposita en él o en ella todos los prejuicios –sexuales, económicos, sociales- en relación a la infidelidad. El tercero es persona también. Sobra decir que, si bien puede ser un hombre o una mujer quien ocupe este lugar, la mayoría de las personas que se colocan en esta posición del triángulo son mujeres.

¿Hombres amantes?

Por supuesto que hay hombres que “sufren de amor” siendo los amantes de mujeres comprometidas en una relación matrimonial, pero es poco común que se limiten a ese vínculo, y que no se acompañen de otra persona en la vida cotidiana y en los eventos sociales. Es extraño también escuchar que una mujer que está comprometida con una pareja le pida “fidelidad” a su amante, situación que es extremadamente común cuando la amante es una mujer. 

Es poco frecuente también, pero llega a ocurrir, que un hombre o una mujer elija  la posición de tercero en un triángulo porque tiene a través de ella lo mejor de su pareja sin cargarse con la faena de lo doméstico. Sin embargo la mayoría de los amantes albergan la fantasía de que “tarde o temprano” serán la pareja formal, y sufren en silencio el tener que vivir en la soledad y en la ocultación. 

Personas con necesidades e intereses

Desde ese lugar, que es el más común, el tercero en discordia tiene que afrontar una sensación de impotencia ante la poca maniobra de que goza para convivir con su amor, así como del escaso influjo que tiene sobre las condiciones familiares del otro para hacerlo decidirse de una vez por todas en apostar en su relación. La sensación de impotencia se amplifica cuando la vida del tercero gira en torno a esa sola persona: estrategias para adaptarse a sus tiempos, imposibilidad de iniciar otra relación, incluso certezas de que la otra persona “jamás” dejará a su pareja.  

Quizás por eso, uno de los retos centrales de la postura del amante, cuando la situación deviene en algo más lastimoso que gozoso, es analizar –más allá del amor que experimenta por su pareja– si quiere permanecer en el triángulo como elección consciente o por necesidad. ¿De qué sirve que te quieran si no te quieren como quieres que te quieran? La terminación de una relación triangular también tiene derecho a consideraciones y cuidados para no dejar despojado o alienado al tercero tras años de intercambio; los acuerdos que cada pareja asuma dependerán de la forma como se consolidó el vínculo, pero ser el tercero no avala la postura de “nada puedo pedir yo”. Es necesario visualizar al tercero como un “ser de carne y hueso” que requiere de cuidado y consideración, como a la familia del amante, una entidad a la cual no le corresponde salir dañada innecesariamente. 

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Son muchas las razones por lo que las personas viven amores de tres, desde infidelidades hasta algún triángulo amoroso entre los que están los nuevos modelos erótico sexuales, incluidos la poliamoría, las experiencias swingers o los matrimonios abiertos. 

 

La existencia de las relaciones triangulares nos confirma que los seres humanos no escapamos a ellas aún con la tradición judeocristiana intentándonos educar en la creencia del amor exclusivo y total (y expulsándonos del territorio del “amor verdadero” si no  logramos este). Ni qué decir del señalamiento de ser “malas” o defectuosas personas: insensibles, egoístas e internamente divididas en caso de incurrir en esta contradicción. 

 

Tipos de triángulos

Además de los triángulos erótico-amorosos con o sin implicación sexual, existen diferentes tipos de triángulos: los que involucran a padres e hijos, amistades, mascotas, relaciones laborales,  espacios culturales, incluso ritos religiosos. Y es que lo triangular es una característica sustancial de las relaciones humanas: los psicoanalistas afirmarían que es una organización mental implícita en la triada edípica de la que aprendimos el “abc” del amor; y yo sumo lo que ya he mencionado en otras ocasiones: que somos seres deseantes y que el deseo no se agota con nada ni con nadie. Nuestra posibilidad de ser seres multifacéticos y complejos nos impide colmarnos en un proyecto de trabajo único, un único hobbie, en un solo corazón y con un solo cuerpo.

La complejidad del amor “entre tres”

Entender esta triangulación en territorios no amorosos puede ser más o menos sencillo, pero en la comarca del amor se complican las cosas en tanto que el “mito de la exclusividad sexual”, ante la infinidad de variaciones que ha sufrido la vida de pareja en el último siglo, parece ser lo “único” que conserva como propio y como signo de genuino compromiso y amor de pareja. Algunas personas renuncian a vivir esta triangularidad con menores implicaciones de frustración y represión en su vida personal, prefiriendo  la seguridad y cierta simpleza de una relación exclusiva, sin embargo no es la norma en términos de experiencia de vida. 

 

Así, las triangulaciones amorosas existen: algunas se detienen tras unos intercambios por chat, otras son intensas y breves (más vale arder que durar) dejando huella en la vida de los actores, otras duran toda la vida y capotean los “malabares” y desgastes necesarios para sostenerse a lo largo del tiempo. Algunas terminan transformándose en familias reconstituidas al dejar de lado la relación primaria (habiendo o no sido descubiertas).  

De una u otra forma, en distintos esquemas y con diversos efectos en la vida de los involucrados, muchos miembros de parejas estables han transitado este camino de la triangulación que por diversos factores está “a la vuelta de la esquina”. Y más allá de lo que pensemos, queramos o neguemos, en muchos casos, y dada nuestra capacidad amorosa multidimensional, su presencia da mucha estimulación y una cierta estabilidad  a las relaciones de pareja. ¿Tú qué piensas? 

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Tiempo de lectura 3 minutos

Hablar de los triángulos amorosos se ha convertido en un tema central cuando exploramos el territorio del amor y sus dilemas. Las relaciones triangulares son descritas desde antaño en textos antiguos como la Biblia y la Ilíada, recorren toda la literatura universal a lo largo de los siglos, y toman en el presente un lugar predominante por todos lados: novelas, series, películas, poemas… ¡Qué decir de las consultas terapéuticas (y los “deschongues” de pasillo), efecto del descubrimiento de una relación extraconyugal! 

Ruptura de acuerdos

Un triángulo amoroso es una relación entre dos personas con exclusión del cónyuge de uno de ellos, que incluye compromiso emocional y/o sexual, y que tiene repercusiones en la vida de todos los involucrados, a nivel psicológico y social principalmente, muchas veces económico también. En el triángulo amoroso tres integrantes, hombres o mujeres, originan y sostienen (de manera consciente o inconsciente) un vínculo de fuertes efectos emocionales y/o sexuales.  

Otra característica importante del triángulo amoroso, a diferencia de los nuevos acuerdos de pareja, es el rompimiento unilateral del acuerdo de exclusividad, así como la afectación por el mismo del nivel de intimidad,  de la cercanía emocional y/o del compromiso con la relación primaria. 

 

Más allá de las “canas al aire”

Para adentrarnos en la complejidad de los triángulos amorosos, dejo fuera del concepto “triángulo” todas las “canas al aire” que implican aventuras de una “noche de copas” y que generalmente carecen de un contenido emocional, si bien involucran actividad erótica y sexual. Excluyo también todas las “infidelidades” cibernéticas que nunca se actúan “en vivo y a todo color” pues pueden catalogarse ya sea como nuevas prácticas eróticas nunca imaginadas (herramientas de exploración y autoconocimiento) o bien como muestra social de miedo a la intimidad y a la cercanía emocional propias de la era post moderna que vivimos. Y por supuesto no considero tampoco las patanerías sostenidas, que más que constituir un triángulo de amor, significan un sin fin de abusos y maltratos que correlacionan con la violencia (en ocasiones la enfermedad mental, la adicción), y no con la complejidad de la experiencia erótico amorosa.

 

Finalmente, un triángulo amoroso, no se define ni por su duración ni por su intensidad, sino por el equilibrio personal, de pareja y grupal que aporta, de manera consciente o inconsciente, deseada o rechazada, a quienes los conforman. En general, inicia desde la atracción mutua, con o sin interés de implicaciones sexuales, pasando por el enamoramiento, hasta consolidarse en algún tipo de vinculación. La terminación del mismo se da por razones diversas: o deja de cumplir su cometido, o es descubierto y pierde la posibilidad de existir ante la crisis de pareja que detona, o bien la culpa o malestar de alguno de los involucrados lo disuelve, o simplemente la renuncia elegida o las circunstancias vividas precipitan su desintegración. Esto no significa que el espacio interior o intrapsíquico que le da cabida, incluso los sentimientos amorosos internos, desaparezcan necesariamente. 

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¿Te sigues sintiendo como un agente pasivo de tu destino o empiezas a tomar las riendas de tu vida?  A muchas personas se les va la vida esperando que algo pase, que alguien llegue o que su ángel guardián les de la pista de cómo cambiar. Existe la magia de la autoestima sólo si tú haces lo que te corresponde para cambiar. 

Capacidad de adaptación

Siempre está la tensión que se genera entre el deseo de cambiar y la comodidad de lo conocido. Los seres humanos nos sentimos cómodos cuando tenemos control sobre nuestras expectativas de competencia, confianza y comodidad, pero a veces las circunstancias varían y nuestra forma de afrontar la vida no funciona más por lo que nos hallamos ante el reto del cambio. Si nuestra capacidad de adaptarnos no es adecuada, sufrimos el impacto de tener que cambiar y nuestra conducta se hace inadecuada; es como si perdiéramos el equilibrio. Es probable que una frágil autoestima te haya llevado ya a tomar decisiones incómodas e ineficaces y que estés listo para cambiar.

Cuánto tardarás en adaptarte al cambio (y si tendrás éxito o no),  dependerá de la percepción del cambio como una oportunidad o como una amenaza. Ese marco de referencia está conformado en buena parte por tus creencias. Lo primero para iniciar el cambio personal es reconocer qué pensamientos recónditos te pueden detener al iniciar la conquista de la autoestima.

“Malos pensamientos”

Algunas de esas afirmaciones y pensamientos son:

  • Prefieres evitar el malestar y ansiedad de lo desconocido y de la incertidumbre.
  • El cambio te implica un desafío grande. 
  • El confort adormece tu consciencia y te impulsa al autoengaño. 
  • No te gusta correr riesgos. 
  • Piensas que te van a dejar de querer, y quizás perderás a gente querida.
  • Temes hacer el ridículo. 
  • Te falta voluntad, tiendes a posponer gratificaciones o a evitar la frustración, aunque ambas te lleven a un bien mayor. 
  • Intuyes una amenaza real como perder un trabajo.
  • No sabes cómo iniciar la transformación de manera realista.

Insisto, el primer paso para desafiar esas creencias y practicar acciones de autovalidación es que te plantees objetivos concretos y alcanzables, ya que estos te ayudarán a evitar intentos fuera de lugar y desequilibrios innecesarios. A mayor intento de cambio mayor es la ansiedad (¡aprende a clamarte!) pero también es más grande la satisfacción que experimentarás con el logro de tus metas. La ejecución de las propias conductas de autovalidación compensa sobradamente la ansiedad que te generará el cambio de actitud; rápidamente apreciarás lo que he venido repitiendo insistentemente: que pequeñas acciones sostenidas en el tiempo producen importantes resultados. Te invito a que, de ahora en adelante, aceleres desde tu voluntad el proceso de cambio.

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El amor, casi en cualquier presentación, es un intercambio. Y si bien no es “una por tí y otra por mi” en un “cuentagotas pichicato”, sí es esperar que el otro me considere, me ayude y me acompañe, y en un disponerme a considerar, ayudar y acompañar al otro también. 

Vivimos con la promesa de que al encontrar el verdadero amor, éste nos colmará; es decir, nos dará – por fin, y por el simple hecho de ser quienes somos – todo aquello que necesitamos y deseamos.  Y por tanto, navegando en la barca del “amor total” nuestras necesidades serán satisfechas y nuestros errores quedarán olvidados. Peor aún, cuando esto no ocurre persiste la ilusión de que al rato, mañana, o la próxima vez así será….

Estar enamorado es… 

Esta creencia es la fantasía del enamoramiento, esa experiencia de que todo será satisfecho y  cumplido con la pareja. Y es que estar enamorado es estar como de “luna de miel”. Y miren que ni las lunas de miel resultan, a veces, tan gratificantes. ¡Conozco a infinidad de parejas que inician el declive en las expectativas puestas en su viaje de bodas o en la boda misma.

El amor incondicional es una ilusión. Las renuncias y las entregas son la realidad.

Los sacrificios y las entregas evolucionan con el tiempo. Todas las personas cambiamos con el tiempo. Las parejas exitosas actualizan sus relaciones al preguntar y expresar sus necesidades, deseos, interes y valores. Pueden surgir nuevas necesidades a medida que las relaciones maduran y se profundizan.

Las crisis

En ellas se dan los grandes riesgos y las grandes oportunidades. En ellas se requerirá no solo renunciar sino a veces sacrificar algo. Las crisis también ofrecen la oportunidad de descubrir cosas de uno mismo y del otro que en un principio podrían parecer imposibles.

Conclusión 

La madurez – que implica autoconocimiento, capacidad de frustración, compromiso y autorresponsabilidad – da paso a condiciones elegidas y aceptadas que no solo son comprensibles para cada uno de los miembros de la pareja sino posibles de realizar. 

El conocimiento mutuo, la aceptación y el perdón son el kit de primero auxilios que previenen a la pareja del resentimiento y el martirio.

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El encanto del enamoramiento

En el inicio, ante el entusiasmo de conocernos y dar la mejor cara, la relación es pura generosidad incondicional, babeo y devoción. Esto se da también desde la distorsión que genera el enamoramiento que nos hace ver en el otro aquello que nosotros deseamos y necesitamos. Existe la sensación de que “nada” del otro me molesta y la confianza de que la otra persona “nunca” me va a decepcionar. Muchas personas afirman “he encontrado, por fin, el verdadero amor”  Y es que el enamoramiento, con todas sus reacciones químicas, genera la ilusión de que algo “tan fuerte y tan engolosinante” no puede acabar. 

Encuentros y desencuentros

En un segundo tiempo, cuando la idea de “tu y yo somos uno mismo” disminuye o termina, el tiempo avanza, aparecen las vicisitudes de la vida, y se intensifica la rutina la pareja a poner los pies en la tierra, y a veces, bruscamente.  Pero de una u otra forma, las heredas tempranas y las necesidades profundas, terminan por asomarse, abriendo la puerta a la decepción y la frustración.

Finalmente llega el momento de la negociación o de la fricción: 

  • Si se intenta cambiar al otro, exigiéndole, controlándolo, criticándolo o agrediéndolo, se cronificará el conflicto y se desgastará la relación. Los elementos corrosivos que entran aquí en juego son la crítica constante, el deprecio, el no asumir resposabilidad de lo propio y la indiferencia.
  • Si se entienden las necesidades, valores, sueños, y temperamentos  de cada uno que se esconden detrás del conflicto, se negocian las resoluciones
  • Pero ojo, no todas las diferencias tienen solución. Existen conflictos solubles e irresolubles. Aun así, todos pueden llegar a una buena negociación. 
  • Toda buena negociación deja a ambas partes un poco insatisfechas pues implica ganar algo y renunciar a algo. Renunciar, no es sacrificarse, es elegir qué puedo posponer o darme a mí misma con el fin de conservar lo bueno del vínculo. Se cede algo para ganar algo  y esto permite que la relación pueda sostenerse y disfrutarse.

Además, el amor adulto siempre nos deja un poco insatisfechos. Esperar que el amor nos de todo es una expectativa infantil, que incluso ninguna madre ni ningún padre nos puede satisfacer. Sobra decir que la mayoría de nosotros tenemos ejemplos en los que de siendo aún niños nos portábamos bien para obtener la aprobación de nuestros padres y asegurarnos su amor.

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    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.