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El término Gaslighting no tiene una traducción como tal porque derivó de la película clásica titulada Gaslight. Una cinta que nos cuenta la historia de un hombre que manipula a su pareja para hacerle creer una serie de sucesos que él mismo provoca con el objetivo de que ella comience a tener ataques de ansiedad, no quiera salir de casa, y poco a poco pierda la razón.

¿Qué es el Gaslighting?

Es una forma de abusar emocionalmente de una persona por medio de la manipulación, hasta lograr que dude de su propio juicio, memoria y percepción de la realidad. Se trata de un tipo de violencia muy sutil y peligroso porque nos convence de que algo está mal en nosotros; que tenemos la culpa de lo malo que sucede en nuestra relación de pareja.

Puede ocasionarnos inseguridad en cualquier ámbito de nuestra vida, y hacer que dependamos de la opinión de otros para poder sentir algún tipo de inseguridad. El Gaslighting nos aleja de las personas que se preocupan por nosotros, y opinan sobre nuestra relación por creer que no tienen la mejor intención para con nosotros, cuando en realidad solo quieren ayudarnos a salir de una relación tóxica, que no nos hace nada bien.  

¿Somos víctimas del Gaslighting?

Para todas las personas que son víctimas de este tipo de relaciones el consejo principal es salir de ahí lo antes posible y buscar ayuda profesional que permita, entre otras cosas, abandonar el autoengaño y recuperar poco a poco la confianza y el amor que perdimos.

Dicho eso, a continuación, les dejamos cinco señales para detectar si estamos involucrados en este tipo de relación:

Límites

*Por lo general en una discusión la pareja dice: “estás loca” “deberías de medicarte”, “estás mal”.

*En la relación se minimiza lo que la víctima siente o lo que piensa con frases como: “estás exagerando”,  “yo nunca dije eso”, “no fue así, estás mintiendo”, “qué sensible eres, era broma”.

*El maltratador hace todo lo posible por quedar como la víctima y convence al agraviado de que no tiene la culpa, cuando en verdad sí la tiene.

*Son personas que mienten compulsivamente, y todo lo que vaya en contra de ellos sostendrán que no es verdad.

*Critican los gustos de la víctima y llevan la contraria en cualquier tema, incluso, en temas banales.

Los efectos del Gaslighting

Los efectos a mediano y a lago plazo del Gaslighting son severos. Este tipo de vínculo nos hace dudar de nuestra capacidad de memoria. El abusador manipula tanto la comunicación, que convence a la víctima de que los hechos no ocurrieron tal como sucedieron.

Por su parte, la persona agraviada también duda de su propio raciocinio. Cree que no puede tomar decisiones porque no es capaz, y por ello, necesita la aprobación de otros para elegir cualquier aspecto de su vida.

Es tanta la manipulación, que la víctima termina por asumir que tiene un trastorno psicológico que explica sus “repetidas” fallas dentro de la relación. Se culpabiliza a sí misma e incluso puede llegar a sentir que no es suficiente, a perder su autoestima y auto sabotearse.

violencia

Si somos víctimas del Gaslighting, ¿qué podemos hacer?

Tenemos que confiar en nuestra intuición interna, y si sentimos que algo no está bien en nuestra relación hay que hablarlo con la otra persona, y expresarle sin temor lo que pensamos y lo que no nos hace bien.

La comunicación es uno de los pilares más importantes en una relación. Si no existe es una señal de que las cosas no están funcionando.

En caso de saber que estamos en una situación de Gaslight, no debemos buscar la aprobación de nuestra pareja, simplemente lo que podemos hacer es expresar cuando estemos en desacuerdo con alguna situación

Aclarar que aunque entendemos otros puntos de vista, pensamos distinto, sin ningún temor  de buscar una solución y llegar a un acuerdo.

 

Trabajemos con nuestra asertividad para hacer valer nuestros propios intereses con dignidad

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En la década de 1950, el psicoanalista francés Paul-Claude Racamier creó el concepto de «perverso narcisista». Según su definición, existen personas que tienen la necesidad –y la capacidad– de protegerse de sus problemas internos a través de hacer sentir mal a los otros.

Se trata de gente que sabe manejar el doble sentido de las situaciones. Gente que manipula para evitar un conflictos y ponen todo a su favor. Logran que los demás se sientan culpables cuando probablemente no causaron del problema. En ese sentido,  el narcisista  siempre se convierte en la víctima para sentirse superior.

Ante la sociedad, son aparentemente amables y tranquilos, pueden fingir compasión por los demás y ser serviciales para poder lograr algo a cambio. Se muestran seguros de sí mismos y tienen sentido del humor.

¿Cómo reconocer a un perfecto narcisista?

Al tener tantas habilidades sociales, es complicado detectar cuando estamos ante la presencia de este tipo de personalidades. Sin embargo, hay una serie de banderas rojas que nos permitirán saber cuando estamos ante la presencia de alguno. 

1.Son personas poco empáticas con los problemas de los demás, aunque quieran demostrar lo contrario. 

2.Cuando no opinamos igual que ellos, tienden a enojarse porque se sienten atacados y quieren demostrar que tienen la razón.

3.No se hacen cargo de sus problemas y señalan a los demás como culpables de lo malo que les pasa.

4.Utilizan la violencia verbal. Por medio de la palabra someten a su víctima y la hacen sentiese mal con lo que es y con lo que hace. 

5. Usan la comunicación paradójica como un arma para que la confusión e incertidumbre prevalezcan  y los demás no se alejen de ellos. Por lo general, utiliza frases como: “No puedo dejarte porque no puedo vivir sin ti” “Te quiero, pero tú tienes la culpa de todo”, etc.

6.No toman en cuenta los sentimientos de la otra persona, a no ser que sea para manipularla y la pueden orillar a serios problemas mentales como la depresión, la violencia, la locura, y a casos más graves como el suicidio.

¿Qué hacer si estoy con una persona narcisista?

Si ya descubrimos que tenemos un vínculo con uno de ellos lo más recomendable es alejarnos. Probablemente el narcisista se opondrá y hará todo lo posible para retenernos, por eso tenemos que pedir ayuda profesional, para de ese modo tener las herramientas necesarias, ser fuertes y tomar esa decisión por el bien de nosotros mismos.

La violencia vivida con un perfecto narcisista puede crear un estado de confusión en donde no seamos capaces de ver la realidad.

Mereces el amor que das, no te conformes con menos.

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Estar en contacto con la naturaleza nos puede aportar muchos beneficios, y ser la solución para mejorar varios de nuestros malestares físicos. Sin embargo, en medio de una ciudad, en la que no abundan los espacios verdes con pasto, estar en contacto con las plantas se ha convertido en una travesía difícil del lograr, pero no imposible.

A lo largo del tiempo se han creado nuevas maneras de abordar el problema del exceso de pavimento, y aliviar la necesidad de estar cerca de la naturaleza. Una alternativa genial para reducir el estrés, y hasta evitar enfermedades crónicas, es el Grounding, una disciplina que nos invita literalmente a poner los pies en la tierra para encontrar la paz y olvidar por un segundo los contratiempos de la cotidianidad.

Beneficios para nuestro organismo

En la antigüedad estar descalzos era una práctica común, pero con el crecimiento de las ciudades los hombres se acostumbraron a utilizar la suela de los zapatos.

Algunos estudios hechos por la Universidad de California revelan que tener una conexión directa con la tierra trae grandes ventajas a la salud. Una de las más importantes es que instantáneamente mejora el estado de ánimo. Esto se explica gracias a que el cuerpo es conductor de electricidad y su carga positiva se enfrenta con la carga negativa del suelo; lo que genera un desahogo necesario para las funciones vitales.

Pero además de ayudar en procesos energéticos, hacer esta práctica ayuda en las siguientes áreas

  • Disminuye la inflamación del cuerpo
  • Mejora el sueño
  • Reduce dolores menstruales
  • Ayuda a la circulación
  • Aumenta nuestro bienestar y nos conecta al momento presente.

Algunas recomendaciones para caminar descalzos 

**Si no se cuenta con un jardín, pueden colocar sus pies sobre una maceta con tierra.

**Para los papás: si su bebé está inquieto y sufre de cólicos, o llora mucho, intenten cargarlo en brazos y caminen descalzos, o simplemente recuéstense en el pasto, lo más seguro es que ambos puedan lograr tranquilizarse.

**En familia organicen picnics, siéntense en el pasto, recárguense en un árbol, abrácenlo y llénense de energía.

**Aprendamos a admirar los paisajes que la naturaleza ofrece. Solo hay que observar las nubes, las estrellas, los amaneceres y los atardeceres.

Disfruten de su estancia en el césped.

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Sí, existen hermanos que se pelean más de cinco veces al día, los siete días de la semana. Durante periodos largos, la casa se convierte en una zona de guerra habitada por gritos, puertas que se azotan, acusaciones, fundadas e infundadas, e incluso uno que otro golpe. Y aunque a todos nos gustaría vivir en calma, en un ambiente amoroso en el que el desayuno ocurra entre silencio y sonrisas, lo cierto es que las luchas en los grupos familiares son más comunes de lo que parecen y pueden solucionarse con paciencia y con entendimiento, pero ¿cómo se logra esto?

Como madre de cuatro hombres, pienso que el primer consejo útil es eliminar de nuestro sistema esa imagen ideal de cómo deben ser las relaciones. Las familias perfectas no existen, y los hermanos totalmente pacíficos tampoco. Dicho eso, la responsabilidad de sanar los vínculos entre los hijos es de nosotros, las mamás y los papás.

El error más común

Pienso que la hermandad (o la fratría) es un pequeño laboratorio que le permite a los hijos ensayar para lo que viene. Los hermanos construyen una especie de sociedad íntima en la que no sólo se enseñan a convivir, sino a acompañarse, a divertirse y por qué no a pelear de una manera sana.

A pesar de eso, los padres cometemos el error de intentar que se lleven bien a toda costa, y en ocasiones no permitimos que la relación fluya, me ha pasado. Esto sucede porque les otorgamos roles fijos que tienen que ver con su edad – tú eres el mayor y tienes que proteger a tu hermano– o con su género – eres el hombre de la casa–. Caer en esta equivocación hace que los niños tengan que asumir un compromiso muy grande, que tal vez los incomode.

 Aceptar las diferencias y limitaciones

Para que el vínculo entre hermanos mejore tenemos que aceptar también nuestra propia naturaleza. No podemos negar que aunque los amamos a todos por igual, sentimos con frecuencia mayor comodidad o gusto por alguno de nuestros hijos. Esto no significa que los queramos más o menos, sino que como adultos somos más afines a un estilo de carácter o a cierto tipo de desempeño social.  En ese sentido otro buen consejo que les puedo dar es: acepten que está bien tener un vínculo especial con cada hijo.

Por otro lado, para que el trato mejore es muy importante entender cuáles nuestras funciones, y límites parentales. Si bien podemos lograr, a través de una educación sólida, que los hijos desarrollen una relación de cariño, cuidado y respeto mutuo, esto no significa que los hermanos deban ser mejores amigos, compañeros de aventuras y confidentes íntimos.

Hay que tener súper claro lo que nos interesa fomentar en la familia. Queremos que los hijos aprendan a convivir, a empatizar, a pedir lo que necesitan de manera asertiva, a negociar situaciones difíciles, a generar conexiones sanas y a disfrutar de sus relaciones. No queremos generar expectativas sobrehumanas de “entendimiento perfecto”, “intimidad total” y “ayuda incondicional” entre los hermanos.

¿Cómo hacemos que se lleven mejor?

Para lograr una mejor relación entre los hijos, aquí les dejo algunos consejos prácticos, y sí muy realistas, que todos los padres pueden realizar para que las peleas acaben.

  1. Erijamos una disciplina eficaz en la que haya reglas de comportamiento claras, concretas y adecuadas. En dichas normas tienen que estar, sobre todo, bien dibujados los límites ante las conductas inadmisibles. No olvidemos que es responsabilidad de los padres detener, de manera particular, el comportamiento abusivo, golpes, humillaciones, maltratos, burlas, etc.
  2. Enséñales a usar las palabras para que puedan expresar lo que piensan; para que sepan pedir lo que necesitan y decir lo que sienten.
  3. Respetemos las diferencias individuales, y evitemos, a toda costa, las comparaciones. Es importante valorar la actitud y habilidades que tiene cada uno, en el momento oportuno.
  4. Simple, hay que mostrar a cada hijo el aprecio que tenemos a su corazón y a su inteligencia.
  5. Evitemos los favoritismos, y por favor aprendamos a no tomar de partido, sin razón o fundamento, por alguno de ellos.
  6. Hay que favorecer el trabajo en equipo, tanto en situaciones domésticas como en  aventuras extra curriculares, como salidas de paseo. Las actividades colectivas generan orden y sentido de pertenencia.
  7. Fomentemos espacios de diversión y entretenimiento que les permitan relajarse y disfrutarse. Hay que recordar que el juego ofrece un momento de conexión emocional súper importante para la formación.
  8. No hay que evadir ni negar los conflictos, por el contrario, tenemos que enséñales a buscar soluciones justas para que traten sus diferencias de una manera sana.
  9. Respetemos sus espacios individuales. Necesitamos darles la oportunidad de que cada uno pueda realizar hobbies, actividades o intereses personales, sin insistir en tener que compartan todo, siempre.
  10. La buena relación empieza, por mucho, con el ejemplo. Los hijos pueden aprender a través a través de ver cómo nos relacionamos con nuestros propios hermanos, con sus abuelos, con la pareja, o ex pareja si la tienes.

 

Hombres y mujeres del Siglo XXI

El pasado 11 de noviembre se festejó el día del soltero, y yo que llevo algunos años en soltería, que vivo casi sola, y que mi casa, así con “ma-me-mi-conmigo” la siento un absoluto hogar. Me pregunto si los que me observan sienten susto, gusto o repele por mi forma de vivir.

Hoy en México existen once tipos de familia. La transformación sociodemográfica ha reconfigurado los hogares haciendo que los esquemas tradicionales salten por los aires. Existen hogares uniparentales, hogares homosexuales, hogares con familias extendidas cohabitando, obvio familias nucleares, y cada vez más, hogares unipersonales.

En la Ciudad de México, aproximadamente la mitad de la población está constituida por personas separadas, divorciadas, viudas o solteras y se prevé que para el 2050 uno de cada tres hogares estará habitado por una sola persona. Entonces, me pregunto, si esta es la tendencia por qué la discriminación a la soltería –sutil pero sostenida– está a la vuelta de la esquina?

Muchas solteras y solteros cargamos estereotipos que nos hacen sentir no solo prejuzgados, sino en muchas ocasiones señalados y marginalizados. De manera implícita o explícita circulan en nuestra sociedad prejuicios del tipo: “la gente soltera sufre más”, “ padece la soledad”, “envidia a los que tienen pareja” y “su único objetivo en la vida es ¡conseguir una!”. A esto se suman todas las adjudicaciones que van de “boca en boca” como generadoras de esta “temible condición”: “tiene fobia al compromiso”, “seguro es muy quisquilloso”, “tal vez trae una historia de traumas previos que le impiden relacionarse con alguien”. Y no falta quien piensa que él o la “susodicha” soltera pueda ser homosexual (lo cual para mucha gente sigue suponiendo un problema). Y entre uno y otro cuchicheo se confirma que los solteros con un estilo de vida unipersonal somos personas incompletas e inmaduras, eso si bien nos va, ya que no falta quien nos cuelga atributos de promiscuos, poco comprometidos, y egoístas también.

Qué bonito es tener pareja, sí, ¡si quieres! Y solo si vale la pena y te suma, ¿pero esa manía de exaltar “el Arca de Noe” y sobre todo la vida matrimonial de los que están “bien casados”. No estoy en contra del matrimonio, ni desprecio para nada la vida de a dos ¿pero de ahí a afirmar que estar casado es mejor que vivir en singular? Y peor aún, ¿considerar que las personas casadas saben lo que necesitamos (lo que sufrimos, lo que disfrutamos) los solteros?

Bella DePaulo, psicóloga, investigadora social, y escritora norteamericana, autora de Singled Out, introduce el término de “solterismo”, que al igual que otros “ismos” (racismo, clasismo, sexismo) hace visible el señalamiento que recibimos las personas solteras por nuestro estilo de vida. Agrega que la palabra solterismo destaca solo la mitad del problema que enfrentamos, ya que la otra mitad consiste en “glorificar” al matrimonio y a la vida en pareja, especialmente en las diversas versiones de “Tú eres mi todo” o bien “Tú y yo somos uno mismo”. A esta exaltación matrimonial ella la nombra “matrimania”.

¿Cómo explicar que quienes vivimos en soltería sí tenemos una vida propia? ¿Cómo hacer honrar muchos de los propósitos de nuestras vidas y de los valores que practicamos? ¿Cómo explicar que la vida en singular no es una vida sin valores, sin familia, sin sueños más allá de encontrar una pareja para poder “vivir felices para siempre”? Y sobre todo ¿cómo hacer frente a esos tratos desiguales que van, desde las supuestas responsabilidades que se nos adjudican por estar “solos” –como cuidar a mamá, llevar más carga de trabajo a casa, o dormir por default en un sillón durante algunas vacaciones porque no merecemos la recámara nupcial–, hasta ser objeto de francas desventajas económicas, legales y sociales en términos de ofertas de consumo, adquisición de seguros, y posibilidad de heredar ciertos bienes y servicios a gente cercana que no es un hijo o un familiar? El peso de estos estigmas, prejuicios y desigualdades es incluso introyectado por muchas personas solteras, de modo que ellas se convierten en sus propios verdugos como si algo fallara en ellas.

Paternidad, sexo y economía solo podían vivirse en el paquete del matrimonio, las diferencias entre la vida en soltería y la vida en matrimonio eran abismales. Hoy se han desmembrado los componentes y la existencia se hace más diversa y compleja. Y como a mí me gusta la cosa de la complejidad y la diversidad, en mi soltería gozo no solo de un hermoso hogar unipersonal, sino de una infinidad de posibilidades, de una vida rica en significado, con multiplicidad de intereses, y dentro de entrañables conexiones sociales. Lo cual también nos permite, a los solteros, “vivir felices para siempre”.

 

 

 

Se valora tanto el amor y la vida de pareja, de forma personal y social, que muchas veces sostenemos relaciones lastimosas, pobres, aburridas, conflictivas, por no decir violentas, con tal de vivir “de a dos”.

Un buen amor debe aportar a la vida personal, no restar, por eso una relación que quita la paz y genera permanente intranquilidad, que limita nuestro mundo de posibilidades en vez de aumentar las alternativas de vida, que genera malestar, aburrimiento y dolor, que bloquea la ternura y las manifestaciones de afecto, que impide el disfrute personal, de pareja y de la vida en general, y que nos lleva a retroceder en todas las áreas de la vida –individual, social, económica, cultural– es una relación que de amorosa tiene muy poco. Pero ¿por qué permanecemos ahí?

 

Razones para sostener una relación infeliz

 

1. Rectificar una mala elección

En ocasiones hacemos una apuesta amorosa, quizás incluso yendo en contra de las opiniones de nuestro entorno, y el hecho de “demostrar” al mundo (o a nosotros mismos) que no nos equivocamos nos lleva a perseverar, con intentos infructuosos y costos altos.

 

2. Creencias erróneas sobre el amor

Rodeados aún por ideas románticas sobre la vida de pareja –el amor, si es verdadero, todo lo puede, todo lo soporta, es sacrificado, y ha de ser eterno– nos aferramos a comprobar que lo nuestro es y ha sido amor, y que esa “fuerza amorosa” transformará los conflictos en encuentros gratificantes. El verdadero amor, si bien conserva algo de enamoramiento, se construye sobre la realidad, no sobre ideales inalcanzables.

 

3. La “matrimania”

La sociedad glorifica y privilegia la vida de pareja. Es de mayor estatus estar emparejado que estar “solo”, y si lo estás en una relación matrimonial, heterosexual y con descendencia, te posicionas en el “top” del “top”. Bella DePaulo, investigadora norteamericana sobre la soltería, acuñó el termino “solterismo”. En su libro Singlism explica que al igual que otros “ismos” como el clasismo, sexismo, racismo, el solterísimo sitúa a las personas sin pareja en un estatus menor de quienes sí la tienen. Y bueno, ¿a quién no le gustan los privilegios?, aunque con frecuencia los costos de sostenerlos sean la frustración permanente, la pérdida de energía, si no es que el desequilibrio emocional y físico.

 

4. Dependencia económica

Quienes simplemente no tienen forma de sostener una independencia económica tampoco tienen la alternativa de elegir permanecer o dejar una relación. Generalmente son más las mujeres quienes se encuentran en esta situación: por hacer del amor y la familia su principal o único proyecto de vida renuncian a una profesión y a un trabajo quedando rezagadas del mundo laboral y dependientes de sus parejas. Esto sin nombrar las reales desigualdades de género que ofrecen mayores y mejores posibilidades de trabajo a los hombres y sobrecargan a las mujeres con tareas domésticas y de crianza.

 

5. Falta de autonomía emocional

Requerir permanentemente la afirmación de la pareja, su acompañamiento permanente, su anuencia para tomar cualquier decisión, impide tener la claridad necesaria para poder reconocer los propios valores, intereses, y deseos, y la fortaleza interna para legitimizarlos y hacerlos valer. Las personas inmaduras psíquicamente se comportan como niños que requieren de la validación y apoyo del otro para hacer elecciones en la vida, desde las más insignificantes hasta las de relevancia mayor.

 

6. Miedo a la soledad

La soledad tiene mala fama, quizás porque se le confunde con el aislamiento. Estar aislado es no contar con vínculo alguno que, como seres sociales, nos aporte afecto y apoyo. En cambio la soledad, que se necesita aun viviendo en pareja, es un estado de mayor individualidad que, bien entendido y aprovechado, permite el silencio interior, el conocimiento personal y la reflexión profunda, todos indispensables para construir la vida que se quiere. Agrego, que nuestra sociedad posmoderna, como bien dice Marie France Hirigoyen en su libro Las Nuevas Soledades, nos impele a alternar a lo largo, valga la redundancia, de nuestra larga vida, periodos de emparejamiento y periodos de soledad.

 

7. Simple confort

Somos generaciones comodinas y con poca voluntad, preferimos el “más vale malo por conocido que el bueno por conocer”. El confort no solo adormece la consciencia sino que imposibilita la conducta creativa. Nos quejamos por lo que tenemos o no tenemos pero no realizamos las acciones necesarias para vivir como queremos.

 

8. Temor al fracaso

Las relaciones tienen vida propia, y como entidad vital recorren un ciclo. El amor, ya sea por una situación de muerte o de rompimiento, nunca durará toda la vida. Terminar una relación desde la decisión no es fracasar, es simplemente aceptar que el amor terminó su ciclo y dio lo que podía dar. Lo que sí ha de considerarse un fracaso es sostener algo que no tiene puntos de acoplamiento, o bien terminarlo de forma innecesariamente irresponsable y  El dolor es inevitable,  en cambio la violencia y la venganza no.

 

9. Desconocimiento de los procesos de cambio

Lo que se puede cambiar en una relación de pareja rara vez se da a base de explicaciones interminables, convencimientos insistentes, sacrificios permanentes, quejas fastidiosas, e incluso, violencias. Pensamos muchas veces que cuando nuestra pareja “se de cuenta” o “nos entienda”, cambiará y estaremos bien. El cambio inicia por la propia transformación y esto implica desafiarnos a nosotros mismos, a nuestras creencias, hábitos, temores, y comodidades. Cuando estemos realmente preparados para perder una relación, estaremos en mejores condiciones de poner y ponernos los límites necesarios que permitan transformarla. Y más allá de la posibilidad de actualizar la pareja, aseguraremos el recuperarnos a nosotros mismos.

 

Así, y confiando que a partir de estos 9 puntos sacarán sus propias conclusiones, afirmo junto con mi buen amigo Antoni Bolinches en su libro Amor al Segundo Intento: “Las buenas relaciones son para disfrutarlas (yo agrego: para cuidarlas, alimentarlas y acrecentarlas), y las malas son para terminarlas”. Y es que no podemos terminar una relación por cualquier cosa, pero ¿vale la pena sostenerla a pesar de todo?

 

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Todos sabemos lo que es ser un “control freak” y tener que estar en todo para poder controlarlo todo. Sin duda, cierto grado de control da estructura a la vida y nos ayuda  a sobrevivir; sentir que entre nuestras manos está el timón de nuestra vida nos permite tener el poder necesario para cuidar de nosotros y enfrentar los desafíos básicos que todo existir conlleva.

Pero ¿qué pasa cuando ese control va más allá de nuestros asuntos y posibilidades y busca inmiscuirse en la vida de los demás? La mayoría de quienes se dan el permiso de controlar la vida, los cuerpos, las decisiones y las relaciones de las personas que los rodean, acostumbran justificarse afirmando que lo “hacen por el bien del otro”: para cuidarlo, para ahorrarle problemas, para allanarle el camino, en fin, razones van y vienen para adjudicarse el derecho de arrebatar a los demás sus decisiones vitales..

 

Entiendo que en ciertas circunstancias hemos de ejercer un grado de poder sobre otros, pero siempre adecuado a las circunstancias, a su etapa evolutiva y sobre todo al rol de responsabilidad que tengamos nosotros en ese contexto y con esa persona.

 

El control bien ejercido, tanto si estamos en una dirección empresarial como si ejercemos de padres de un adolescente, dará contención a los demás, producirá resultados positivos y permitirá el desarrollo de los involucrados. Pero cuando de lo que estamos hablando es de limitar la vida de nuestros hijos adultos, de nuestra  pareja, familiares, incluso amigos y empleados de manera inoportuna para ellos, estamos saltándonos límites y desacreditando las competencias y recursos que las personas tienen para manejar su vida y con ello el derecho a aprender de sus errores, el afrontar las consecuencias de sus actos y por supuesto, el discrepar de nuestros gustos, valores y deseos.

 

¿Será que esta necesidad de control involucra más nuestras limitaciones y temores que el genuino deseo de ayudar? Cuando la conducta de los demás nos produce ansiedad, nos genera malestar y nos resulta amenazante –ya sea porque desafía nuestras creencias, pone en tela de juicio nuestros valores, perturba nuestra estabilidad, y nos enfrenta a nuestros miedos– aplicamos el control como estrategia para preservar nuestro equilibrio sino es que nuestro confort y comodidad.

 

¿No es “más fácil” controlar a los demás que poner sobre la mesa un problema galopante y abordarlo? ¿No es verdad que en ocasiones el hecho de controlar al otro nos evita decir lo que queremos, nombrar lo que nos molesta y pedir lo que necesitamos? Impedir que la vida de cada quien tome su propio curso  y por supuesto de confrontar directa y frontalmente cuando la situación amerite una reflexión oportuna, da cuenta de la capacidad de manejar nuestros propios temores y de cuidar al otro desde el amor y el respeto.

El “control freak” teme perder el control propio. Empecemos a soltar el control dejando ir algo pequeño, examinando qué nos pasa antes y después del evento, y finalmente reflexionando qué ganancia secundaria nos daba controlar esa situación. Este ejercicio nos permitirá aprender mucho más de nosotros mismos y establecer relaciones enriquecedoras al dejar que los otros elijan cómo vivir su vida. Y es que al final de cuentas la única vida que tenemos por vivir, es la nuestra.

 

 

 

 

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Tenemos encima las fiestas decembrinas y junto con ellas el “gusto y el susto” de sentir que también se nos “viene encima” todo el ejército familiar. Acercándose los eventos navideños se hace inevitable el deseo de muchos de poner al día las relaciones “archivadas”a lo largo del año y con tal objetivo promovemos cenas, intercambios, visitas, inculos viajes de corta, mediana o larga duración. Y entre los múltiples festejos esperados parece que uno de los más gratificantes, y también más desafiantes, es la reunión con nuestra propia familia.

            La familia acostumbra ser una fuente de apoyo, cariño y diversión, pero al mismo tiempo puede mostrar la otra “cara de la moneda” y desatar en nosotros un ramillete de abogios, enojos, conjuros y ansiedad. En nuestro diario vivir  seguramente alternamos con aquellos familiares con quienes nos sentimos más identificados y cómodos, pero a la hora de los eventos “multitudinarios” caemos en cuenta que tenemos que convivir con “todo el gremio” sin poder escoger con quién sí y con quién no.

Si bien algunas familias promueven más que otras el crecimiento y el bienestar de sus integrantes, todas encarnan una serie de patrones de conducta y de dinámicas relacionales que se reactivan cuando sus miembros se vuelven a juntar.  Sin duda algunas familias que son francamente tóxicas y lastimosas (de ellas escribiré más adelante), pero considero que abusamos del tan trillado término “familias disfuncionales” cuando lo que queremos señalar son algunas actitudes, “locurillas” y acciones de nuestros familiares que nos incomodan y hasta nos llegan a hacer enojar. Y es que si le “rascamos” un poco, todos vamos a encontrar conductas “raritas” en nuestra parentela, que no por ser “comunes y corrientes” (a veces más corrientes que comunes)  son fáciles de entender y manejar.  Por eso pensemos con cierta aceptación que de “poetas y locos, todos tenemos un poco” y veamos cómo capotear tales situaciones en esta Navidad.

 

Aunque te resistas a aceptarlo…

 

Lo quieras o no, lo creas o lo nieges, te guste o no te guste, tú, de una u otra forma participas en lo que pasa en la vida de tu familia. Ya sea porque le echas muchas ganas para que todo sea “miel sobre hojuelas”, porque te echas “en reversa” para evitar estar los domingos con ellos, o porque le echas “leña al fuego” para ver si de verdad te quiere tu papá, tu presencia o tu distancia, tu opinión o tu silencio, tu gracia o tu antipatía, tienen un impacto en toda la dinámica familiar. Y sí, las reuniones familiares activan los viejos rencores, las férreas competencias, los inatendidos reclamos, y a veces hasta las lágrimas de mamá. ¡Es que nunca falta el hermano que llega tarde y todos tienen que esperarlo para iniciar la cena!, o la cuñada incómoda con gestos de disgusto que no puede disimular,  el abuelo al que se le pasaron las copas, la prima que se hizo “güey” con el regalo, hasta tu hijo que se aburrió antes de tiempo y se puso a molestar…

Las dinámicas familiares tienen su propia inercia más allá de los buenos deseos de sus integrantes, pero aún así, un pequeño cambio en tu conducta –como parte del sistema familiar- puede hacer que algo mínimamente varíe, o al menos que tu puedas  -entre pavo, regalos, y villancicos- sentirte más cómodo y poder “alguito” disfrutar.

 

Tips para no tirar tu terapia a la basura en quince días.

Las fiestas navideñas, con sus viajes, posadas y cenas, se tienen que preparar; esto permitirá que las celebraciones fluyan más civilizadamente y de algún modo tú te puedas acomodar mejor. Así que dividamos el asunto en “tres tiempos” -antes, durante y después-  y reflexionemos sobre algunas estrategias que pueden serte de utilidad en cada etapa de la celebración.

 

Antes…

Podemos sobrevivir, incluso disfrutar las fiestas navideñas, si nos tomamos el tiempo de anticipar ciertas situaciones y nos preparamos mentalmente para saberlas afrontar.

  • Escribe tu carta a Santa Claus y suéltalaaaaaaa. Tómate algunos momentos para reflexionar tranquilamente qué quisieras que ocurriera en esos días y qué temes que llegue a pasar. La mayoría de nosotros, cuando nos reunimos con nuestros familiares, tenemos la expectativa –clara o sutil- de que “en esta ocasión” sí nos escucharán, sí repararán el daño que nos hicieron, y sí reconocerán los logros que hemos alcanzado. ¡Renuencia a tus sueños! Y suelta el frenético deseo de que todos se comuniquen con honestidad, de que la mayoría esté de acuerdo contigo en lo que consideras medular, o al menos de que dejen de repetir la misma cantaleta de reclamo que les gusta poner sobre la mesa año con año.
  • Prepárate a dar “tres pasitos para atrás”. Cuando convivimos con nuestra familia tendemos a regresar “inconscientemente” a nuestra infancia. Quizá tus padres o tus hermanos querrán colocarte en el papel que jugabas a tus13 años de edad, pero que los demás no te vean como la persona que eres hoy no significa que tú tengas que comportarte como lo hacías a los 13. No es necesario que trates de convencer a nadie de quién eres en el presente pero tampoco te has de desvivir para cumplir con las expectativas de los demás. Y recuerda, si “patinas” con alguna reacción que no sea la que te hubiera gustado mostrar, no te juzgues de forma muy severa: unos cuantos intercambios en una cena o en una vacación no significa que no hayas roto creencias y patrones familiares que ya no te son de utilidad.
  • Recuerda que ¡es temporal!. Es probable que en estas fiestas cada miembro de la familia asuma el papel incómodo que siempre ha representado en el guión familiar: la tía que interrumpe, interrumpirá; el hermano resentido, se quejará; la madre abnegada, se desmoronará; la cuñada protagonista, protagonizará. No te des a la tarea de transformar a tu familia en unos días que pasarán tarde o temprando porque el pavo se te va a enfriar y las vacaciones a terminar.
  • Organiza lo que te sea posible. No pretender “cambiar al mundo en 7 días” no significa dejar “en manos del destino” todo lo que va a ocurrir; cero planeación  puede ser el principio de la ecatombe. Propón un plan concreto para poder lleva a cabo una organización suficientemente sólida; dejar muchos cabos sueltos puede generar contigencias complejas de sortear. Si los festejos incluyen un viaje valdrá la pena asegurarse de los itinerarios, costos y acomodos del grupo. Una reunión previa de organización puede alinear expectativas, dividir responsabilidades entre todos y dejar espacios libres para las diversas necesidades de los viajantes. Que cada uno tenga alguna función aligera el trabajo y promueve una actitud de colaboración que hace que todos si impliquen en el plan y se sientan parte del desarrollo del evento. Sin duda la elección de espacios neutrales facilitará no invadir el territorio de nadie y favorecerá que todos tengan que limitar sus conductas para mostrarse, al menos temporalmente, de forma más civilizada. Obvio que los espacios amplios y abiertos tienen ventajas sobre los pequeños y apiñados: los niños pueden correr sin disturbar a otros, los jóvenes escuchar su música en algún rincón del lugar, los adultos formar grupos de charla y juego, y las personas mayores -si lo requieren- retirarse a descansar. Incluso, la prima intensa puede “perderse en el horizonte” al lado del sobrino aburrido y tú echarte una charla con quien te plazca sin que llegue a interrumpirte tu mamá.
  • Anticipa establecer límites. Asumiendo que los eventos navideños podrán tener sus momentos rasposos, es importante que pienses en algunas estrategias que te preserven durante la convivencia. Puedes planear desde alejarte de algunos familiares que realmente te irritan, hasta porgramar tiempos fuera cuando te sientas desbordado. Distinguir con quién sí puedes convivir pero solo en espacios grupales, reconocer qué personas son las que te dan paz, definir cuáles lugares puedes ocupar en caso de cansancio, definir qué tipo de intimidad quieres compartir y con quién, así como escoger qué palabras –educadas pero contundentes- puedes decir cuando alguien se exceda contigo, son limites planeados que te darán seguridad. Es muy importante pensar en estas alternativas antes del encuentro familiar para que no te tomen por sorpresa los “descolones” de tus parientes. Poder preparar opciones que te protejan y aseguren los límites que necesitas te permitirá explayarte con comodidad durante la convivencia. Incluso, cosas tan conretas como llevar tu propio coche o avisar que tienes que retirarte a determinada hora, son precauciones anticipatorios que previenen una explosión. Y recuerda, siempre es mejor “abandonar el escenario” que arriesgarse a una confrontación sin “ton ni son”.

 

Durante…

  • La Navidad no es el inicio de “la vida eterna”. El evento que está iniciando tiene principio y fin, así que recuerda que estarás “cautivo” por unas horas, en algunos eventos, y por ciertos días, nada más. Este “paréntesis” no será eterno, de hecho es una “pequeña rebanada de pastel” de tu vasta vida. ¡El festejo antes que después se acabará!.
  • Suelta el control. Ya planeaste, ya anticipaste, ya preparaste, ahora es momento de “dejarte ir”. Navegar a “favor de la corriente” será algo que facilite los intercambios familiares. Eso no significa que no tengas a mano tu “chaleco salvavidas”, pero sí que entiendas que no todo saldrá como lo deseas tú. Recuerda que cualquier intento por controlar lo que los otros hagan o digan te pone bajo su control. Solo puedes controlar lo que tu piensas y sientes, y por supuesto tus reacciones.
  • Abróchate el cinturón de seguridad. Que los demás no reaccionen como tu quieras no significa que tú tengas que bailar a su “son”. Ningún imprevisto tiene por qué llevarte a abdicar a tu propio código de valores, a renunciar a tus medidas de seguridad y a echar en saco roto tus estrategias de escape. Ante lo inesperado no necesitas esforzarte demasiado en agradar a todos, menos aún en convencerlos de quién eres y de lo que quieres lograr. Acepta también las posturas de los demás sin argumentar tu desaprobación cuando nadie te lo esté solicitando; más aún, si alguien pide tu punto de vista en algo que te parece inadmisible, se sincero pero sensato, y si sabes que “abrir la boca” te meterá en aprietos, recuerda que siempre puedes aprender el valioso efecto del silencio.
  • Mantente presente en el presente. Poder regresar tu mente al instante que estás viviendo es central para no retroceder a tu infancia ni pronosticar catástrofes futuras. Limítate a responder a lo que está ocurriendo en ese puntual momento: escucha con frescura lo que te dicen y observa con curiosidad lo que ocurre. Las “jiribillas” que quiera hacer tu mente déjalas para tu terapia en enero. Es común querer actuar conforme a la película que pasa por tu cabeza y dejar de habitar el presente que acontece frente a ti. ¡Estate en el aquí y el ahora!
  • Pon en marcha tu plan de acción. Convive con quien quieres, siéntate donde te sientas a gusto, sal a respirar si lo necesitas, di no cuando tengas que poner un límite y retírate cuando requieras descansar. Si algo empieza a descomponerse más de la cuenta aplica la técnica “de cuerpo presente” y literalmente desconecta tu mente; que no puedas abandonar físicamente el lugar no significa que no puedas “apagar el “switch” (incluso conectarte a tu celular) y trasportarte a otro lugar. Siempre es mejor que te digan que no “pelas” a que les “pegas”. Si  te sientes demasiado perturbado por algo de lo ocurrido, no se trata de reprimirlo y olvidarlo,  escribe alguna nota con el tema que te aflige, ya habrá tiempo de retomarlo en otro momento, con la persona adecuada y en un mejor lugar.
  • Mira con nuevos lentes. Deja abierta la posibilidad de sorprenderte al ver en alguien alguna actitud diferente, por pequeña que esta sea puede ser un paso para que tú también te motives a mostrarte de manera distinta y modificar así –aunque sea en algo muy sencillo- la trama de la interacción familiar. Pequeñas diferencias sostenidas construyen con el tiempo historias nuevas. Prepárate por tanto a observar con curiosidad. Además, si nada de lo que pasa te resulta muy conveniente, mira como si fueras el espectador de una tragicomedia en el teatro; ya tendrás la posibilidad de compartir los “diálogos” en alguna cena de amigos o de desahogar tus pesares en otra convivencia familiar. Sin duda toda actividad grupal resulta interesante cuando planeas describirla de manera cómica con alguien: ya narrarás la historia de quién fue el más desgraciado de todos los comensales, o de alguno que se dedicó a quejarse de todo lo que ocurrió, o más aún del que no dejó de protagonizar y a todos quitó la palabra –y el pan- de la boca.
  • Disfruta lo disfrutable. Seguramente habrá dos o tres cosas que no podrás volver a gozar hasta el año que viene. ¿Los romeritros que prepara tu abuela? ¿La visita de tu prima que vive en Madagascar? ¿La música de temporada que te recuerda momentos entrañables? Un par de buenas cosas pueden cautivar suficientemente tus sentidos para detenerte en ellas y disfrutar.
  • Anímate a imporvisar. Hasta en el teatro surgen imprevistos por lo que no es extraño que en los encuentros familiares salgan temas inesperados que te puedan provocar. Es importante que te prepares para sacar algún “as de la manga” que pueda aydarte desde a contestar “que tu no escuchaste lo que dijeron”, a cambiar el tema poniéndo sobre la mesa el último partido del América, hasta fingir un fuerte malestar estomacal y decir con “mucha pena” que te vas a tener que retirar. Lo importante es que NO te dejes llevar a una discusión que acabará en desastre.
  • Mira el reloj de tanto en tanto. Si llegas un poquito más temprano podrás acomodarte en el lugar que mejor te siente y con la persona que hayas planeado ya. Recuerdas que vas como “La Cenicienta” con hora límite para tu partida; así que ¡escápate cuando escuches las campanadas de tu reloj!

 

Despúes…

  • Tómate tu tiempo. No te culpes si necesitas uno o dos días de encerrón para recuperarte de la situación. ¿Qué tiene de malo un día de piyama conectado a tu mejor serie y con la ilusión de un bote de helado de turrón en tu refrigerador?. Sin duda los eventos navideños, aún en el mejor de los casos, nos roban energía, ¡cuánto más cuando sabes que las cosas implican un particular esfuerzo emocional sino es que una posible depresión!. Descansa, descansa y descansa….
  • Rebota con alguien. Poder compartir la experiencia con alguien que quieres y en quien confías, familiar o no, haya estado o no en la celebración, te ayudará a acomodar la experiencia. El poder comentar sensaciones, pensamientos, puntos de vista, te ayudará a dejar pasar asuntos de poca importancia, a no “sobre valorar” algunos comentarios molestos, a reconocer con aceptación lo que aún te lastima de tu familia y a reconocer lo que sí hay. El sentido del humor, si puedes echar mano de él,  no sobra en estos casos: poder reirte de ciertas situaciones trágicas es una forma resiliente de sobrevivir las decepciones familiares que difícilmente van a cambiar.
  • Regresa a tus rutinas. La vida diaria, bien armada, da contención. Saber que tenemos relaciones valiosas, intereses profundos y un proyecto de vida en proceso, nos da la experiencia de agencia personal. Retomar el ejercicio, continuar un proyecto laboral, reconectar con nuestra gente querida, nos regresará al estilo de vida que hemos construido y que nos da bienestar.

 

Por si todo sale mal

Podrá ocurrir también que las fiestas se tornen en “la pesadilla del año!. Quizá los temores que tenías se hagan realidad, tal vez la convivencia intensa te lleve a hacer y a decir lo que querías evitar, probablemente simplemente regreses a un estado de desesperación que pensabas haber superado. Si la pasas pésimo, no puedes aplicar nada de lo que preparaste, te peleas con alguien (o con varios) y no paras de llorar, considera solicitar ayuda profesional. No hay duda que un impacto tan desmedido tras las celebracines decembrinas da cuenta de que requieres seguir trabajando en tu situación familiar. Puede ser que aún no logres diferenciarte de tu familia de origen, y por eso se te dificulta poner la distancia necesaria –física y emocionale- para poder relacionarte civilizadamente con ella; a lo mejor aún tienes expectativas infantiles sobre lo que debieras recibir de tus seres queridos y no has asumido la responasbilidad de hacerte cargo de tu propio bienestar; podría estar ocurriendo también que –aun siendo económicamente independiente- en lo emocional no hayas conquistado la autonomía y dependas de que te confirmen demasiado y te quieran de una forma especial. Todas estas situaciones son oportunidades para seguir madurando y convirtiéndote en la persona adulta y autónoma que quieres ser. ¡Pide ayuda profesional!

 

¿Listo para dar un salto cuántico?

Si el simple hecho de leer este artículo te genera mucho pesar recuerda que estás a tiempo de “darle la vuelta al asunto” y que aún puedes festejar de forma distinta para librarte de la cena familiar. Quizá genuinamente este año quieras hacer otros planes, o tal vez la reflexión que has hecho a lo largo de esta lectura te deja saber que no estás listo para dicha convivencia familiar. En tal caso tienes tres opciones:

  • Opción leve: Invita al festejo a algún amigo que neutralice completamente la convivencia e impida la actuación de la dinámica familiar. Es mejor que “te vean feo” por eso y no porque se arme “la de San Quintín”.
  • Opción medium: Organiza, días antes o después, tu propio festejo con quien tengas compromiso de hacer algo o con quien quieras de corazón compartir (quizás solamente son tus padres, o un par de hermanos con quien la llevas bien) e informales que tienes otros planes para los días festivos pero que no quieres dejar de celebrar con ellos.
  • Opción top: Envía uno o dos o tres lindos regalos (¡o ninguno!) y discúlpate de manera cortés. Eres un adulto y no tienes por qué agradar a otros si eso tiene un costo alto para ti. Da prioridad a tus genuinas necesidades, no pidas permiso, no des explicaciones de más y decídete a no asistir. Honra tus necesidades y tus deseos y disfruta –a tu modo- la Navidad. Ni las fiestas decembrinas, ni tu vida toda, ha des estar definida por tu familia.

 

Cuándo lo indicado es (sin duda alguna) NO IR

Como decía en líneas anteriores, “de poetas y locos, todas las familias tienen un poco”. Pero no hay duda que existen familias francamente tóxicas, enfermas, destructivas, violentas y abusivas.  Las interacciones con este tipo de familias en general, o de algunos miembros en particular, debe ser muy restringido o limitado (no solo en Navidad sino ¡en la vida diaria!). Cualquier persona o interacción cuyo propósito sea someterte, acotar tu vida, lastimarnos, poseerte, controlarte, ya sea de manera verbal, no verbal, física, emocional, económica y mental, infringiendo daño a cualquier dimensión de tu persona, requiere de un límite contundente. Si bien no tienes obligación de cambiar a los demás y hacerles ver sus errores, sí tienes la responsabilidad de cuidar de ti y de no exponerte al maltrato, a la invisibilización, a la explotación, a la humillación y al desprecio.  Los contactos con las familias violentas deben limitarse a lo estrictamente indispensable (que pude ser muy poco o nulo). ¿Qué sentido tendría “festejar” con alguien que te lastima de manera descarada y aparentemente intencional?. No tienes ninguna obligación de responder con atenciones al maltrato, por el contrario, tienes la obligación de preservar tu integridad y tu dignidad.

 

Rediseñar tu vida tras sortear la Navidad

Ni la Navidad, y menos aún tu vida, han de estar definidas por tu familia. Desafiar los rituales familiares es uno de los retos más difíciles para cualquier ser humano: nuestra familia fue la primera forma de relación que experimentamos y el primer lente a través del cual conocimos el mundo. A través de ella aprendimos de qué se trata la vida y las relaciones. Pasados los festejos decembrinos adquirirás una nueva visión de quién eres tú y dónde están ellos; tendrás más claridad para definir a qué personas querrás tener cerca de ti, cómo distribuirás tu tiempo,  y de qué forma te concederás espacios de esparcimiento y descanso para tener la vida que deseas.

La Navidad, al igual que otros eventos importantes –bautizos, festejos de cumpleaños, incluso funerales- van a desencadenar recuerdos felices de tu pasado, nostalgía de experiencias compartidas y al mismo tiempo, pondrán de manifiesto situaciones que te generaron perturbación. Como niño tenías pocas opiciones de elección en tanto que dependías de las decisiones de tus progenitores, hoy cuentas con más cartas a tu favor para hacer las jugadas que desees en pro de tu bienestar y satisfacción. El camino que ya has andado por tu cuenta te permitirá rediseñar el mapa que te heredaron tus ansestros para transitar la vida con tus propias directrices.

Se puede amar a la familia que tenemos con las limitaciones que muestra. El tiempo, tu empeño y tus certeras elecciones te facilitarán aprovechar lo valioso que sí hay y limitar lo lastimoso que no quieres experimentar. Y lo más importante, se amable y paciente contigo mismo, pocas misiones vitales son tan largas y minuciosas como actualizar la relaciones en tu vida familiar.

 

 

Los diez mandamientos para esta navidad.

1.     No esperarás que todos la pasen “bomba”.
2.     Respirarás sostenidamente cuando alguien diga algo fuera de lugar.
3.     No intentarás contentar a los que están peleados desde hace tiempo.
4.     Recalentarás el bacalo cuando alguien quiera pedirte algo que te parece injusto.
5.     Renunciarás la noche del 24 a reclamar el reconocimiento que nunca te ha dado tu mamá.
6.     Pedirás disculpas si metes la pata.
7.     Evitarás las “rondas de sinceridad” con los parientes borrachos.
8.     Te retirarás a un cuarto cuando necesites recuperarte.
9.     Buscarás a quien más confianza le tengas si se te dan ganas de llorar.
10.  Emprenderás “una graciosa huida” cuando empiece a armarse un “pancho” aunque el protagonista sea tu papá.

 

Hoy que cumplo 58 vuelo para encontrarme con alguien que está poniendo “sal y pimenta“ a mi vida. Intuyo que mi presencia adereza también la suya, de lo contrario no me incluiría en su mesa, en su cama, en su casa, en su vida. Y mientras sobrevuelo distancias –físicas y emocionales– cierro los ojos y disfruto, me disfruto. Me experimento más cómoda que nunca habitando “a pierna suelta“ mi cuerpo, mi cabeza, mi corazón y mi alma. ¡Qué bienestar me reporta ser la persona que soy! ¡Qué largo trayecto recorrido para ocupar cada rincón de mi persona, y con todas mis limitaciones y retos, regocijarme de tenerme a mí misma!

Pareciera que en el diario correr de mis largos días el tiempo galopante se puede detener en este bienestar, y mientras subo y bajo, escribo y leo, trabajo y descanso, platico y escucho, la solidez de lo que me ancla a la vida me genera una satisfacción –sólida, integrada, elegida– que difícilmente recuerdo haber experimentado tiempo atrás.

 

No es que mi vida anterior haya sido un desasosiego sostenido –he vivido de todo y mucho: tantos logros maravillosos como pérdidas insustituibles– pero la satisfacción de haber podido romper prejuicios y creencias limitantes, la fortaleza adquirida al desafiar contextos asfixiantes y la energía ganada al haber potenciado capacidades, me regala una experiencia de plenitud, de satisfacción, de competencia, que se equipara con pocos  de los bienestares que la vida otorga.

 

Y me pregunto, ¿cómo es que he llegado a esta calma activa que me invita a trabajar más, a crecer más, a amar más, a disfrutar más y más? Es tanto junto pero nada en particular: mis sólidos y amorosos vínculos cercanos que me contienen y acompañan, mis quehaceres cotidianos que me mantienen interesadamente ocupada, son los proyectos futuros que me sacuden con intensa motivación, son los pequeños gustos intermitentes que detonan chispazos de placer entre una y otra cosa, son las guerras ganadas y las heridas sanadas, las nuevas posibilidades que descubro en el camino y que me hacen emprender una aventura más.

Reviso estos 58 años recorridos y no dejo de confirmar que la vida no es fácil pero también me convenzo de que sabiéndola entender y afrontar siempre puede mostrarse generosa. Siempre, sí siempre… Siempre ofrece algo más, un camino nuevo, una paz más honda, un encuentro más entrañable, una carcajada más profunda. Opciones, muchas opciones, unas externas y otras que brotan del interior de mí misma y que me permiten una elección más, nueva, diferente y rica.

 

Es la vida bien vivida la que me sigue sobrecogiendo y escogiendo. Y es por eso que yo te escojo también a ti, cada día, vida mía…

 

 

  • Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta
  • Twitter: @tedisen
  • Instagram: terediazsendra

 

La violencia doméstica ––a diferencia de los actos que escuchamos a diario en las noticias sobre abusos callejeros, robos en transportes públicos, asesinatos a diestra y siniestra que se refiere a una violencia social– es aquella que se da dentro de los hogares donde se supondría que los miembros de la familia se mantienen en resguardo del maltrato.

Esta violencia se da en cualquier hogar sin distinguir razas, países, educación y estrato socioeconómico. La violencia doméstica generalmente se invisibiliza y minimiza porque al hablar de violencia, los integrantes de la familia piensan en agresiones físicas. Por eso es común que esta violencia se dé en forma silenciosa y dejando estragos en quienes reciben el maltrato.

 

¿Qué es la violencia doméstica?

Cualquier palabra, acto u omisión de un miembro de la familia hacia otro con el fin de controlarlo, someterlo y acotarlo causándole –como efecto– algún daño. En general, quien abusa tiene mayor poder, edad, dinero, fuerza o rango en la jerarquía familiar, y si bien la mayoría de los casos incluye la violencia de género, de hombres a mujeres, también se da de los mayores a los menores, o de los adultos jóvenes a los adultos mayores.

El agresor usa la violencia para imponer sus deseos, generar temor y conseguir lo que desea desde un lugar de poder que dificulta a la víctima oponerse y deslindarse. La violencia familiar se tiende a silenciar, tanto porque se normaliza, así como por vergüenza, temor al juicio externo y o a las miradas con desprecio o incredulidad –al darse entre personas del mismo grupo familiar–.

Sobra decir que las familias ­–aún de forma extraña y contraproducente– buscan cuidarse a sí mismas; por eso es común que busquen proteger al agresor. ¿Qué haría una madre con hijos pequeños sin el abastecimiento de su pareja maltratadora? ¿Cómo saldría un niño adelante sin la presencia de su madre, aunque ella sea quien lo golpea?

 

Tipos de violencia doméstica

La violencia se manifiesta de diferentes formas, unas más difíciles que detectar que otras, pero todas generadoras de potentes daños en la integridad física, mental y en ocasiones económica de las personas.

– Violencia física

 

Ataque físico directo. Desde pellizcos y empujones, hasta golpes contundentes que pueden terminar con la vida de quien los recibe.

Violencia emocional

 

Es más sutil que la física, pero no por eso menos peligrosa, ni lastimosa. Implica gritos, insultos, indiferencias, intimidaciones, chantajes, burlas, manipulaciones y prohibiciones con el fin de disminuir y debilitar a la víctima y dominarla.

– Violencia psíquica

La violencia psíquica o maltrato psicológico está íntimamente ligada a la violencia emocional. Lo que la distingue de aquella es que quien la ejerce actúa de manera ambigua, convenciendo a la víctima de que su forma de razonar y sentir es equivocada y que todo lo que hace, lo hace “por su bien”. Esto lleva a quién la padece a un estado de confusión y desequilibro mental.

– Violencia económica

Evitar que obtenga y mantenga un trabajo; hacer pedir dinero; tomar su dinero; no dejar que conozca o tenga acceso a la información del ingreso familiar.

– Violencia sexual

Incluye tocamientos y caricias no deseadas; contacto sexual forzado; violación; acusar de infidelidad; humillar y objetivar su cuerpo; restringir acceso a atención de su salud reproductiva; forzar a tomar parte en sexo no deseado; amenazar con tener sexo con algún otro(a); coaccionar a tener sexo.

 

Efectos

Los casos de violencia dejan múltiples heridas psicológicas, materiales y a veces físicas en los afectados. Entre ellas son comunes los estados de estrés y angustia que pueden derivar en francos cuadros de depresión.

La experiencia de confusión y debilitamiento que pudieran parecer “menores”, hacen que las personas sometidas a estas situaciones tengan dificultad para reconocer y verbalizar lo que están viviendo, y superar el temor a pedir ayuda.

 

Para salir del hoyo…

En estos casos el apoyo externo es necesario para detener la violencia y al mismo tiempo recuperarse de la misma. Quienes son víctimas de estos tratos no son responsables de las conductas del agresor, pero sí de poner a salvo su integridad física y mental.

Los acompañamientos psicológicos, legales y psicosociales no solo facilitan salir de la situación de riesgo sino sanar los efectos psíquicos y emocionales resultantes de este tipo de experiencias.

 

 

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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.