Tras un par de años de soltería – y entendiendo mejor a tantas mujeres que quieren tener pareja y la buscan con cierta decepción –  miro con una chispa especial a diestra y siniestra, consintiendo con secreto regocijo el deseo que recorre mi mente, mi cuerpo y mi corazón de tener más cerquita a un “santo varón”. 

No hay modo de no mencionar el típico de “los hombres no se comprometen”; y es que en esta transición no hay duda de que hay algo de eso. ¿Por? Las mujeres en general nos mostramos más disponibles emocional y sexualmente que los hombres, más propensas a desear el compromiso y la exclusividad; esto –como cualquier oferta de mercado – facilita que ellos controlen mejor las condiciones de los encuentros. 

Solo el amor y el deseo conducen al compromiso que involucra la voluntad. Esa estructura cognitiva, moral y afectiva que nos permite vincularnos con un futuro y renunciar a la posibilidad de maximizar nuestras opciones. La posibilidad mayor de opciones, entonces, no facilita sino que inhibe la capacidad de comprometerse con un único objeto en una sola relación. Hay más mujeres disponibles, dispuestas, y deseantes, de cualquier edad, raza, clase y religión, que hombres en la misma condición.  

 Así con “los puntos puestos sobre las “íes” – y en medio de tormentas y vociferaciones – regreso a mi gusto por los hombres y a tantas mujeres que están en parecida situación. Sin desacreditar a todas aquellas que se encuentran entre lastimadas y filosamente resentidas, no puedo dejar de pensar que muchas de ellas, en su recóndito fuero interno anhelan – entre la resignación y el recelo – el acompañamiento de un buen amor. Nadie dice que encontrarlo y cultivarlo sea fácil, pero ¿por eso hemos de desacreditar, descalificar, menospreciar la búsqueda, el deseo del encuentro, y con ello lo que un hombre nos puede aportar?   

Va entonces una larga lista de aquello que no me puede dar ni mi bendito padre, ni mi querida madre,  ni mi amorosa hermana, ni mis adoradas amigas, ni mis hermosos hijos, ni nadie más. Y miren que de todos ellos recibo cosas hermosas, pero no, hay cosas que solo un hombre me puede aportar.  

  1. Observarlos.
    Experimento algo entre estético y poético al verlos moverse, conversar, reflexionar y sentir. Advertir su aroma o escuchar su caminar son mi objeto de deseo.
  2. Su mirada me confirma como mujer. Esa mirada discretamente curiosa y a la vez explícitamente deseante. Sentirme escudriñada por ellos me arraiga gozosamente a mi sexo.  
  3. Su compañía masculina me conecta a mi ser mujer y a dejar de lado los papeles de madre, hija, esposa, hermana. Experimento un florecimiento primitivo, intuyo una complementariedad categórica: me basta ser quien soy, me basta ser mujer.  
  4. El contacto piel a piel me alimenta. El abrazo de pareja contiene una intimidad y un derrumbamiento de barreras psíquicas que me nutre.
  5. El intercambio del juego erótico: esa danza de palabras, miradas, sonrisas, gestos, palabras o roces me resulta un baile delicioso. La seducción y sensualidad estimula mi espíritu mediante la actualización de mi dimensión erótica, me genera una vitalidad y un particular arraigo a la tierra. 
  6. Me gusta el cuerpo masculino, y me gustan los penes, simplemente me gustan. En la cama, sin duda el preludio sexual es embelesante, pero un pene erecto, listo para una penetración sin protocolo es también una excitante provocación.  
  7. Ser el deseo del otro es un gran generador de deseo. Me gusta ser el deseo de un hombre no solo porque cabalgando sobre su deseo se agudiza el mío, sino también por el simple disfrute que me produce su gozo; me deleito en su deleite. 
  8. Siendo una mujer fuerte, amo la sensación de su fortaleza física y de mi “debilidad”. Las mujeres que luchan contra la supuesta idea del “sexo débil”, sepan que estoy con ellas, pero esa lucha por la igualdad no me quita la profunda riqueza de recibir la contención de unos sólidos y apretados brazos masculinos.

9.- Su pensamiento práctico, concreto y resolutivo, al tiempo que ayuda a parar mi mente en momentos de excesivo “futureo” y obsesivo escudriñamiento, me estimula a pensar, mirar y entender la vida desde perspectivas diferentes.

10.- Su presencia me reta a desbancar roles pasivos de género, abre la posibilidad de ser proactiva, provocativa, actuar y vivir mis propios valores. Tomar la iniciativa –en la cama y en la vida- me invita a ver sus reacciones, conocer, conocerlos y reconocerme. 

El tema da para abordarlo por muchos lados, yo prefiero resaltar que estamos en una transición en donde no existen – ni existirán más – esquemas amorosos claramente trazados, y por tanto toca entender las nuevas geografías del corazón con más curiosidad y menos desazón.

  • Decir que la sociedad es más indulgente con la infidelidad masculina que con la femenina es una realidad pero no es una curiosidad porque todo mundo lo sabe.
  • Decir que el hombre es más promiscuo que la mujer y que sus infidelidades tienen menor fundamento emocional es una realidad pero no una curiosidad, puesto que todo el mundo lo acepta.
  • Y decir que como consecuencia de ambas cosas el hombre sea el perdonado también es una realidad pero no una curiosidad, porque todo el mundo lo reconoce.

Sin embrago, algunas realidades son menos evidentes, pero igualmente trascendentes que merecen ser destacadas, porque a simple vista pueden parecer un tanto insólitas. Mencionaré una:

  • Las mujeres más maduras (psicológicamente) son las más fieles… y las más infieles. 

Obviamente influye la edad pues para madurar se requieren vivencias y experiencias, las primeras llegan con los años y las segundas son consecuencia de la asimilación de las primeras. Por tanto no hay que confundir la cantidad de vida con la calidad de la experiencia.

Pero en virtud de este mismo razonamiento, cierto porcentaje de mujeres decide que en determinada situación recurrir a la infidelidad no va contra sus principios ni contra su coherencia.  Es el caso de quienes se sienten abandonadas emocionalmente o que practican la infidelidad reactiva, es decir, como protesta a una situación que no quieren más; en este caso permitirse la infidelidad es la manera de responder adaptativamente a su realidad y por tanto asumen lo que hacen como un ejercicio de expresión de su libertad de acción. Así, la madurez hace que, de acuerdo con su lógica, y a pesar de los riesgos que conocen como mujeres, (siempre es más riesgoso ser infiel siendo mujer que siendo hombre) la consideran una opción aceptable y deciden practicarla sin inhibirse por cuestiones de género.

En cambio, en los hombres la infidelidad juega a favor de la inercia social y en ese caso, lo que implica en ellos mérito es limitar voluntariamente el acceso a alguna de las múltiples vías de las que dispone para ser infiel sin recibir rechazo social.

El resultado de esa distinta permisividad hace que por regla general la renuncia a la infidelidad sea un indicativo de madurez en el hombre, mientras que en la mujer la interpretación puede ser más equívoca, porque puede tratarse de una restricción voluntaria y en ese supuesto, es un indicativo de madurez. O puede estar motivada por el temor a la reacción de la pareja, y en ese caso, debe interpretarse como subordinación afectiva impuesta por la inmadurez.

Las mujeres suelen ser más coherentes que los hombres tanto a la hora de restringir sus infidelidades como de permitírselas. Los hombres a medida que maduran tienden a ser más fieles.

¡Ojo! No estoy siendo más permisiva con la infidelidad femenina que con la masculina, pero en mi experiencia clínica observo que el perfil de la mujer infiel suele ser más coherente que el de los hombres, y menos inmaduro.

El flechazo llega, la relación empieza, y cuando uno está “réquete” involucrado, las cosas que no se vieron o que se dejaron pasar por parecer poco importantes, empiezan a hacer ruido, a generar conflictos  y a crear distanciamiento y riesgo de separación.

Las parejas, con el correr del tiempo, pueden consolidar su amor o bien caminar a las grandes diferencias que llevan al rompimiento. Esto último puede darse por dos  razones principales:

  • Haber, al paso de los años, tomado caminos diferentes e irreconciliables, propios muchas veces de la velocidad del cambio en la actualidad y de las divergentes necesidades de crecimiento de cada miembro de la pareja.
  • Por no haber desarrollado una técnica de negociación adecuada para el manejo de las diferencias, abordando ineficazmente los conflictos y deteriorando el amor.

Pero otra cosa es iniciar un intercambio amoroso omitiendo o minimizando información necesaria para ver si los incipientes encuentros pueden consolidarse en una relación de pareja. Este es el caso de quienes, previo a enamorarse y comprometerse, no toman en cuenta las cuatro variables que facilitan el buen funcionamiento de una pareja.

1)   El buen acoplamiento sexual.

  • La pareja no puede vivir solo de sexo pero tampoco con una mala o nula vida sexual.

2)   La compatibilidad de caracteres. Ésta incluye:

  • La comodidad relacional que consiste en estar con el otro sin dejar de ser ellos mismos.
  • El orgullo social que significa sentirse satisfecho frente a la sociedad de estar con esa persona.
  • El nivel de madurez que implica un desarrollo emocional parecido que facilite la interacción mutua.

3)   La escala de valores similares para afrontar decisiones cruciales. Máximas coincidencias y mínimas divergencias en lo que consideran bueno, bello y verdadero.

4)   Proyectos de vida separados pero convergentes.

  • Ni se fusionan, ni se pierden en la distancia, porque son proyectos paralelos.

Con estos apuntalamientos la pareja podrá estabilizarse para:

  • Saber construir.
  • Saber aceptar.
  • Saber corregir.

Cargada de un sabor a traición, humillación y abandono, vivimos temiendo que nuestro amor, nuestro amado, nuestro amante, se líe sexualmente con alguien. Pero paradójicamente, si tuviéramos garantías de no ser descubiertos, si no tuviéramos que dar nunca una explicación, ¿no desearíamos para nosotros una vida sexual más variada, diversa, hasta cierto punto inquieta y rebelde? La respuesta sincera suele ser con frecuencia “sí”.

Las estadísticas en los países occidentales nos indican que aproximadamente entre el 60 a 80 % de los hombres y entre el 40 al 45% de las mujeres han sido infieles. Si bien el 95% de las parejas siguen casándose o comprometiéndose con el acuerdo –explícito o no- de mutua fidelidad, la realidad es algo diferente: queremos ser fieles, pero no siempre lo logramos, esperamos fidelidad de nuestra pareja, pero no siempre la respetamos, y como el extremo de la incongruencia, tendemos a ser permisivos con nuestros propios affaires mientras respondemos intransigentemente con los de nuestra pareja.

Partamos de la base, entonces, de que las infidelidades las cometemos personas comunes y corrientes: no todos los infieles son malas personas, o están enfermos o errados o son unos inmorales. Aún más, no todas las infidelidades se realizan por falta de amor.

La conducta infiel se gesta desde diferentes lugares, malestares, deseos, y necesidades. Por eso, hablar de infidelidad es hablar de complejidad: no podemos reducir un evento con tantos matices a un asunto donde alguien es el malo “el villano” y el otro el bueno “la víctima”.

¿Por qué somos infieles cuando somos infieles? ​ Descúbrelo en mi Taller de Infidelidad que consta de 3 sesiones, 19 de octubre, 21 de octubre y 26 de octubre en punto de las 7:00 pm con duración de una hora, si deseas obtener mayor información la podrás encontrar en mi página oficial.

Acoplarse sexualmente toma algo de tiempo – armonizar la sexualidad es complejo por los diversos niveles y matices que ésta implica -, pero conocer ciertos factores que determinan el acoplamiento te será de gran utilidad.  

            Antoni Bolinches, terapeuta y sexólogo catalán, menciona 5 variables para lograr el acoplamiento sexual.  

  1. La iniciativa. ¿Quién propone al otro iniciar? Al principio de las relaciones es deseo es alto pero tiene a decantar en que siempre sea la misma persona quien propone iniciar una relación sexual. Es muy satisfactorio sentirse deseado por otro, y si bien en un principio puede funcionar que la iniciativa sea unilateral, al paso del tiempo el “iniciador” deseará que su pareja tome la iniciativa también. Una iniciativa bilateral permite que ambos se sientas deseado, que un no de vez en cuando significa que el sí, aunque sea más ocasional, es desde el verdadero deseo. La iniciativa bilateral no ha de ser rígida – “una vez tu y otra yo”- pero sí se sugiere que sea armónicamente alternada. 

            2. La frecuencia. Lo ideal es que la frecuencia la marque el propio deseo, pero el deseo es caprichoso varia con el tiempo debido a diversas razones: el nivel de enamoramiento, el tipo de relación que lleva la pareja fuera de la cama, lo abrumador de la rutina, y sin duda a la propia energía sexual de cada uno. Esto último tiene un peso particular por la dificultad de cambiarlo a lo largo de la vida: si la pareja tiene libidos muy dispares se generará un problema serio de acoplamiento, literal, hay personas más “calientes” que otras, y tan injusto es  reprimir el deseo si se le tiene, como forzarlo si no se le tiene. Algunas parejas que valoran su vida en común llegan a acuerdos bien planeados que les permiten tratar de acoplar sus distintas energías sexuales. 

            3.Los rituales. Estos se refieren a las prácticas que forman el repertorio sexual: la diversidad de conducta sexuales que se lleven a cabo harán de la práctica sexual algo diverso, plástico, elástico, atrevido, o por el contrario ciertas posturas más o menos mecánicas, invariables, conservadoras y aburridas. Los rituales sexuales van desde las prácticas más tradicionales como los besos, caricias y la posición del misionero, hasta la integración de propuestas transgresoras que incluyen tríos e intercambios de parejas, pasando por la diversidad de posturas, de uso de materiales eróticos, de juguetes sexuales y de fantasías estremecedoras. gusto de la pareja, construidas desde del respeto mutuo y el consenso previo. No podríamos decir que un código de rituales es mejor que otro, pero sin duda a mayor rigidez y limitación en la variedad de repertorios es más fácil caer en la monotonía y el desinterés: el sexo se alimenta de la novedad y el cambio. Así, hay personas que gustan del sexo oral y hay a quienes les parece aberrante, ni que decir de la práctica de la penetración anal por ejemplo que es deseada por algunos y repelida por otros. Sin duda las prácticas más transgresoras podrían considerarse “perversas” para una moral conservadora, de ahí la importancia de construir el código de rituales de los cuales se va a disfrutar requiere diálogo, sinceridad, seguridad personal y capacidad de experimentación y disfrute.

              4. La resolución orgásmica. Quizás la iniciativa se puede negociar, la frecuencia armonizar y los rituales dentro de cierto margen ajustar, pero cuando la relación difícilmente culmina en el orgasmo produce tal frustración que puede ser una fuente importante de resentimiento: no es lo mismo cuando la relación culmina con un clímax satisfactorio para ambos que cuando alguno queda insatisfecho. Por eso la frustración orgásmica será fuente de malestares en la relación. ¿No logra alguno de los dos el orgasmo? Es tema central de conversación o de consulta. Y no me refiero a esas panaceas “de llegar juntos, siempre, y con la misma intensidad”, sino de lograr esa descarga placentera como resolución frecuente en los encuentros sexuales. 

            Pero la resolución, además del logro del orgasmo en sí, incluye la expresividad orgásmica: las manifestaciones verbales y corporales que acompañan al reflejo orgásmico. Hay parejas que expresan el placer de forma muy contrastada teniendo como efecto molestia y malestar. Por ejemplo, si alguien es muy contenido –casi ni se mueve ni hace ruido- y otro muy expresivo –grita, se agita, se contorsiona-, la tan dispareja culminación resta calidad y satisfacción a la experiencia.  

            5. La afectividad post orgásmica. Sobra decir que el acoplamiento sexual no depende solo del antes y del durante, también del después: las muestras de afecto posteriores incrementan o reducen la receptividad sexual. La necesidad de mostrar ciertas muestras de afecto sintónicas después de alcanzar el orgasmo facilitará o dificultará la satisfacción total y la disposición para los próximos encuentros. 

¿ERES LIBRE?

Quizás hoy más que nunca, debido a muchos factores, pero muy en concreto producto del actual confinamiento, reconocemos que la libertad es “un divino tesoro”. Si bien es un espejismo pensar – incluso lo era aún antes de la pandemia – que podemos tener y lograr todo, sí tenemos un interesante margen de acción para construir la vida que deseamos.

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Somos, los seres humanos, “sujetos deseantes”. Así como el esqueleto sostiene y estructura al cuerpo, la capacidad de desear es el eje que configura nuestra identidad y da sentido a nuestra vida. ¿Qué quiero? ¿Qué necesito? ¿Qué sueño?

Es fácil sucumbir a los deseos ajenos con el fin de agradar, de sentir que pertenecemos y de experimentar así cierta seguridad. De manera particular, la sociedad patriarcal nos ha entrenado a las mujeres para descifrar los deseos ajenos (de padres, maridos e hijos) a tal punto de dificultarnos –sino hasta imposibilitarnos en ocasiones– descifrar los propios. A los hombres se les impulsa más a escuchar sus deseos y necesidades, siempre enmarcados en el paradigma del “éxito” masculino que implica fuerza, productividad y pobreza emocional: esto también tiene sus altos costos.

Conquistar la libertad requiere que dirijamos la mirada a nosotros mismos, que busquemos nuestros deseos postergados y nuestros entusiasmos no indagados. Pero para ello se requiere tanto autonomía emocional como independencia económica.

Diferencia entre independencia económica y autonomía emocional. 

La primera es la disponibilidad de recursos económicos propios que nos permitan tener un margen de acción real. La segunda es la posibilidad de utilizar dichos recursos económicos para legitimizar y gestionar –con base en decisiones de criterio propio que impliquen una evaluación de las alternativas posibles– los propios deseos, necesidades, sueños, intereses y valores. Y esto nos regresa a lo dicho al inicio, no se puede ni todo, ni siempre, pero sí lo suficiente para construir una vida plena.

Así, si bien la independencia económica no es garantía de autonomía emocional, sí es condición necesaria –insuficiente– para poseerla.

¿Cómo conquistar la libertad? 

  1. Realizando un arduo trabajo psíquico para saber qué es adecuado o no para nosotros.
  2. Siendo creativos y arrojados para generar un proyecto de vida propio que honre y valide nuestros valores, nuestras necesidades, nuestros sueños y nuestros intereses.
  3. Trabajando para generar un ingreso económico a través del desarrollo y uso de nuestras competencias y capacidades que nos de un margen de acción real.
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¿Soy libre? 

La verdadera libertad es la conciencia progresiva de tener cierto control sobre la propia vida, con un aumento de la confianza personal y un sentimiento de satisfacción y competencia.

Esto se manifiesta a través de:

  • Intensificar relaciones de genuina intimidad con otras personas.
  • Llevar a cabo actividades que impulsan nuestro desarrollo personal.
  • Cuidar nuestra imagen corporal para disfrutar nuestra dimensión física y sexual.
  • Tomar en serio nuestros intereses.
  • Desarrollar una vocación/profesión significativa.
  • Experimentar sentimientos de eficacia y competencia.
  • Gestionar nuestro mundo emocional para comprender su lenguaje.

El camino a la libertad implica consciencia, aceptación y acción con base en realidades.

Consciencia para reconocer quiénes somos, qué necesitamos, qué apreciamos.Aceptación para vivir en el presente, asumir el cambio constante y validar nuestros deseos, necesidades, intereses y valores. Y acción para a través de conductas concretas asumir el protagonismo de la propia vida.  

Si no quieres precipitar una ruptura antes de ver si pudo ser algo más

 

No hay duda que hombres y mujeres hemos sido socializados (educados) diferente con respecto a muchos temas, pero uno diametralmente opuesto es el centralismo que las mujeres le damos al amor y a la vida de pareja.

 

Cuántas mujeres en los verdadazos me preguntan:

  • Me encanta, ¿le digo que lo amo?
  • Cuando salimos y me dice que me extraña, ¿le pregunto que si siente algo serio por mi?
  • Somos muy parecidos y disfrutamos mucho, ¿le digo que qué somos?

Todas son distintas variables de declararle el amor

 

De manera simple y general:

– Los hombres construyen su identidad por sus logros profesionales. No urgencia de comprometerse. (Hasta miedo, en muchos casos, de comprometerse).

– Las mujeres construyen su identidad por sus logros amorosos.Urgencia de comprometerse.

 

Cuáles son los momentos en los que NO ES ESTRATÉGICO decirle que lo amas:

            

    • 1. En la primera cita.Aunque exista el amor a primera vista y te sientas conquistada por él.

– Además da cuenta de impulsividad, urgencia, ansiedad e inmadurez.

    • 2.En las primeras (o la primera noche juntos).Aunque les haya salido de 10 el numerito.
    • – Los hombres disocian más fácilmente sexo de amor y aún una excelente relación sexual no les significa necesariamente una posibilidad de algo más.
    • – Durante la intimidad se liberan hormonas de felicidad y podemos incluso confundir “encul… “ con amor. Y ojo, el buen sexo sí vincula… 
  1. Cuando está recién salido de una ruptura. 

– Su energía está más en el proceso de duelo que en el inicio de una relación.

  1. Si tú estás pasando por una situación muy necesitada y de crisis.

– Quizás estás confundiendo el amor con la tristeza, la soledad, el miedo.

  1. Cuando aun aparece y desaparece, aunque la pasen super esporádicamente.

– Muy probablemente anda en “otra” o con otras y no está listo para amores serios.

  1. Bajo tus o sus efectos del alcohol.

– En ambos casos no lo tomará en serio. 

  1. En una fiesta rodeado de sus amistades o familiares.

– Probablemente su energía está muy dividida además de que no sabes qué versión ha dado él de la relación.

  1. Cuando empiezan a hacer algún plan a futuro sin haber definido la relación.

– Es probable que estén en la etapa de experimentación con más estructura pero eso no significa otro tipo de compromiso amoroso.

  1. Cuando ya te dijo que no quiere algo comprometido o que de plano no cree en el amor.

– Ni la fuerza de tu amor lo hará cambiar de opinión.

 

Decir te amo, palabras tan poderosas, íntimas e importantes, no pueden decirse a la ligera. Por eso es importante:

    

1¿Por qué quieres decirle que lo amas?

2. ¿El ha hecho alguna insinuación que te hace pensar que quiere saber?

3. ¿Checas sí lo que sientes es atracción, enamoramiento, inseguridad o ansiedad?

4. Dilo sin esperar respuesta

5. Asume que el puede sentir que no está en ese canal y se retira.

Me encanta que las mujeres tomemos la iniciativa, sin duda, pero seamos sinceras y también sensatas.

 

 

¿Quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Entre las pumas hay mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa.

Hace unos días me invitaron a un programa de radio, solicitando mi opinión de un tema puntual: las mujeres cougar. Al minuto de haber aceptado, recibí material que documentaba el tema, por si no sabía de lo que me estaban hablando. ¡Cómo no voy a saber! A mis “algunos años” sería candidata idónea para sumarme a las filas de las “mujeres puma”, tan criticadas… ¿tan envidiadas?

Se les llama cougar a aquellas mujeres maduras que, habiendo rebasado los 30, 40 o 50 años, buscan hombres jóvenes, entre 6 y 15 años menores que ellas. El término podría ser peyorativo: cougar da la idea de mujeres depredadoras que van a la “caza” de hombres jóvenes: “carne fresca”. Es curioso que este modelo de conquista, tan común entre los varones –y no sólo aceptado, sino con frecuencia festejado–, en el territorio femenino cause resquemor. ¿Será que ni hombres, ni mujeres hemos superado la imagen de mujer madre, asexuada y pasiva?

Hace un par de años en una reunión, una amiga comentaba sobre una conocida mayor que nosotras: “Salí de dar un seminario en la facultad y vi pasar a las hijas de Julia. Roberto (maestro) comentó algo sobre la belleza de las chicas, a lo que Félix (otro joven profesor) contestó con voz intensa: “¿Pero acaso no han visto a su mamá?, ¡para mí es más interesante y atractiva que las dos hijas juntas!”.

Así que, ¿quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Los varones que gustan de relacionarse con mujeres mayores no quieren ser como “el resto de los hombres”. Les gustan los retos, son irreverentes y algo transgresores. De sus encuentros con ellas obtienen aprendizaje: se adentran en un mundo que de otra manera les sería inaccesible y quedan libres de tomar las riendas de la relación. Adquieren madurez y confianza a través de estas experiencias, que van desde una cana al aire hasta una relación estable.

 

De las mujeres cougar se dice “que son mujeres divorciadas y fracasadas” o que “temen envejecer”. Sin duda todos capoteamos con mayor o menor elegancia las rupturas amorosas y el transcurrir de la edad, pero generalizar y descartar su opción como inválida, sería tanto como simplificar una realidad que se antoja nueva, compleja y estimulante para incursionar.

Entre las pumas hay mujeres seguras de sí mismas que disfrutan su madurez, independientes económicamente y libres de prejuicios. Mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa. Mujeres que han vivido suficiente para elegir nuevos modos y nuevos modelos. Pocas quieren casarse, de ahí que estas experiencias, más que impedirles envejecer, les permiten transitar con mayor plenitud ese proceso. Son mujeres fascinantes física y mentalmente, arrojadas, bien plantadas…

Sobra decir, que la mujer, en términos generales, alcanza su plenitud sexual a una edad más tardía que los hombres, y que éstos, siendo más jóvenes, pueden aprender y disfrutar de ellas al tiempo que están en condiciones de darles “batalla”.

El fenómeno de las cougar no es banal: es un paso más en el tema de la equidad de género. No se trata de una mera reacción a ciertas prerrogativas masculinas, sino una conquista más entre la diversidad de opciones disponibles para elegir y experimentar.

¿Ejemplos de mujeres cougar? La lista es inagotable: Madonna, Demi Moore, Mariah Carey, y muchas amigas cercanas que por razones obvias no voy a mencionar. ¿Desventajas? Sí, como en todos los encuentros amorosos hay desafíos, pero también muchas ventajas y disfrutes… Quizá el reto sería dejar de estigmatizar el suceso e integrarlo al repertorio erótico y amoroso posible, deseable, entre otros muchos más…

 

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Con riesgo de sonar egoísta, cosa particularmente despreciable en boca de casi cualquier mujer –de quienes se espera toda entrega y toda generosidad– afirmo que pocas experiencias me han resultado tan gratificantes, liberadoras y expansivas, como tener mi “habitación propia”.

En 1928, Virginia Woolf, escritora y feminista inglesa, fue invitada a dar unas charlas sobre el tema de la mujer, y ante la pregunta “¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas?”, ella contestó de manera realista y valiente: “independencia económica y una habitación propia”.

De ahí surge su ensayo titulado con el mismo nombre, donde Woolf construye un discurso real y al mismo tiempo metafórico sobre los derechos de la mujer, tanto en lo referente a su expresión a través de las letras, como a su vida cotidiana.

Recordemos que por aquellos tiempos –y por aquellos rumbos– sólo hacía nueve años que se le había concedido el voto a la mujer, por no mencionar otras peculiaridades en relación al género femenino. Hoy, habiendo transcurrido casi cien años, aún me encuentro con mujeres enajenadas que desean y que necesitan una habitación propia.

En la mañana conversaba con mi amiga Karla quien afligida me compartía que cargaba con la responsabilidad de cuidar a su padre. Karla está divorciada, tiene profesión, sueños, dos hijos adolescentes, hobbies, cargas económicas, amigas, y algunas otras cosillas más. Su papá, con más de 75 años a cuestas, una viudez mal asimilada, dos rodillas en franca decadencia y una depresión viento en popa, se recarga del todo en Karla dado que sus otros dos hijos varones, “bien casados”, andan en lo suyo y tienen muchas cosas que hacer. Me pregunto yo: ¿tienen más cosas que hacer que Karla?

Como Karla hay muchas que asumen responsabilidades de más. Y es que esta identidad femenina, construida desde lo relacional: “ser para los otros y en función de los otros”, aplaudida por la sociedad,  exigida a veces por nuestros seres cercanos, consentida sin cuestionar por nosotras mismas –tenga el costo que tenga y en espera de que así nos quieran más y mejor– nos convierte en heroicas y necesarias a los ojos de los demás, en buenas y responsables antes nuestros propios ojos, y en una madeja de nervios y frustraciones para nuestras necesidades y deseos más profundos.

Me pregunto, a través de la voz de Marcela Serrano “¿puede haber una sensación más excitante (y atemorizante, a la vez, lo reconozco) para una mujer, que el sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?”

Me pregunto también parafraseando a Woolf “¿cómo no desear una habitación propia, con un cerrojo pesado y hermoso que impida que las imparables irrupciones nos alejen de nosotras mismas? ¡Y tanto mejor un departamento propio, y suficiente dinerillo en la cartera, y tiempo, más tiempo!  Un cuerpo para una misma, un corazón más vivo y una mente –que estando más tranquila– pueda entonces sí, compartirse de manera suave y gozosa con los demás.

Las mujeres hemos nadado contracorriente, y seguimos en este esfuerzo por lograr la equidad. Encontremos espacios de recreo, de placer, de descanso, de crecimiento, sin duda ellos nos construirán en mujeres integras, donde el amor que demos no nos restará fuerza, ni libertad.

 

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Con riesgo de que me digan que con qué derecho me pongo a opinar de lo que ellos piensan y sienten, me atrevo a preguntar dónde y cómo están viviendo los varones el hecho de que las mujeres nos hemos movido de lugar…

Ya lo dice mejor Sergio Sinay, –escritor, especialista en psicología masculina y en vínculos humanos– en su libro Esta noche no, querida: “Apagado el fuego de la revolución sexual y superado el clímax de la liberación femenina, muchos se preguntan en qué papel ha quedado el hombre, o más aún, dónde está ahora la masculinidad”.

Soy madre de cuatro varones adultos a los cuales observo en su cotidiano devenir, y quienes –seguramente influenciados por la propia experiencia de vida en el microcosmos de una familia que ha transitado el quiebre de exigencias y presiones de roles de género estereotipados–, hoy cuestionan, experimentan, gozan y sufren, diversas maneras de ser hombre, con pocos modelos de identificación.

Sin duda, a muchos hombres jóvenes hoy en día, la manera de ser hombre de sus referencias masculinas cercanas no les hace mayor sentido ni les otorga buenos resultados; y con certeza, para muchos hombres mayores –mientras sus mujeres toman nuevas posiciones–, sus modelos masculinos se vuelven obsoletos y sus privilegios de género se derrumban (junto con el patriarcado) mientras ellos se viven en completa desorientación.

Algunos de ellos, ante este terremoto, aún buscan salida en las ancestrales catacumbas del machismo, otros más sensibles toman la bandera de las mujeres; pero entre estas dos reacciones queda vacía la silla de la verdadera masculinidad.

¿Habrá nuevas maneras de ser varón en esta sociedad? ¿Cuál será el camino para construir una masculinidad que no exija analfabetismo emocional, abandono de sueños, aislamiento afectivo, productivismo frenético, desencuentro con las mujeres, relación superficiales con otros hombres, síntomas orgánicos alarmantes, y con todo esto: estrés, hermetismo y frustración?

Las últimas décadas de transformación femenina son loables para la transformación de la plataforma en que se sustentan las relaciones humanas de hoy; pero no es suficiente si no se acompaña de un cambio de lo masculino. ¿Dónde están los hombres de hoy? La respuesta más simple sería decir que están atados por exigencias y mandatos que los inmovilizan, que los bloquean emocionalmente, y que paralizan sus impulsos más genuinos al tiempo que impiden el despliegue de sus auténticos recursos.

Crear una nueva masculinidad depende de los hombres: de encontrar una identidad que no se defina por el mero patrón de las imágenes pasadas, sino que cada vez exista una mayor capacidad de desarrollar sus propias creencias y modos de acción, y de no repetir estructuras heredadas sino de fundar día a día las propias para las siguientes generaciones.

Esta tarea incluye sentimientos ambivalentes tanto para hombres como para las mujeres, síntoma que también da cuenta de que está llegando una nueva masculinidad.

 

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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.