Sí, existen hermanos que se pelean más de cinco veces al día, los siete días de la semana. Durante periodos largos, la casa se convierte en una zona de guerra habitada por gritos, puertas que se azotan, acusaciones, fundadas e infundadas, e incluso uno que otro golpe. Y aunque a todos nos gustaría vivir en calma, en un ambiente amoroso en el que el desayuno ocurra entre silencio y sonrisas, lo cierto es que las luchas en los grupos familiares son más comunes de lo que parecen y pueden solucionarse con paciencia y con entendimiento, pero ¿cómo se logra esto?

Como madre de cuatro hombres, pienso que el primer consejo útil es eliminar de nuestro sistema esa imagen ideal de cómo deben ser las relaciones. Las familias perfectas no existen, y los hermanos totalmente pacíficos tampoco. Dicho eso, la responsabilidad de sanar los vínculos entre los hijos es de nosotros, las mamás y los papás.

El error más común

Pienso que la hermandad (o la fratría) es un pequeño laboratorio que le permite a los hijos ensayar para lo que viene. Los hermanos construyen una especie de sociedad íntima en la que no sólo se enseñan a convivir, sino a acompañarse, a divertirse y por qué no a pelear de una manera sana.

A pesar de eso, los padres cometemos el error de intentar que se lleven bien a toda costa, y en ocasiones no permitimos que la relación fluya, me ha pasado. Esto sucede porque les otorgamos roles fijos que tienen que ver con su edad – tú eres el mayor y tienes que proteger a tu hermano– o con su género – eres el hombre de la casa–. Caer en esta equivocación hace que los niños tengan que asumir un compromiso muy grande, que tal vez los incomode.

 Aceptar las diferencias y limitaciones

Para que el vínculo entre hermanos mejore tenemos que aceptar también nuestra propia naturaleza. No podemos negar que aunque los amamos a todos por igual, sentimos con frecuencia mayor comodidad o gusto por alguno de nuestros hijos. Esto no significa que los queramos más o menos, sino que como adultos somos más afines a un estilo de carácter o a cierto tipo de desempeño social.  En ese sentido otro buen consejo que les puedo dar es: acepten que está bien tener un vínculo especial con cada hijo.

Por otro lado, para que el trato mejore es muy importante entender cuáles nuestras funciones, y límites parentales. Si bien podemos lograr, a través de una educación sólida, que los hijos desarrollen una relación de cariño, cuidado y respeto mutuo, esto no significa que los hermanos deban ser mejores amigos, compañeros de aventuras y confidentes íntimos.

Hay que tener súper claro lo que nos interesa fomentar en la familia. Queremos que los hijos aprendan a convivir, a empatizar, a pedir lo que necesitan de manera asertiva, a negociar situaciones difíciles, a generar conexiones sanas y a disfrutar de sus relaciones. No queremos generar expectativas sobrehumanas de “entendimiento perfecto”, “intimidad total” y “ayuda incondicional” entre los hermanos.

¿Cómo hacemos que se lleven mejor?

Para lograr una mejor relación entre los hijos, aquí les dejo algunos consejos prácticos, y sí muy realistas, que todos los padres pueden realizar para que las peleas acaben.

  1. Erijamos una disciplina eficaz en la que haya reglas de comportamiento claras, concretas y adecuadas. En dichas normas tienen que estar, sobre todo, bien dibujados los límites ante las conductas inadmisibles. No olvidemos que es responsabilidad de los padres detener, de manera particular, el comportamiento abusivo, golpes, humillaciones, maltratos, burlas, etc.
  2. Enséñales a usar las palabras para que puedan expresar lo que piensan; para que sepan pedir lo que necesitan y decir lo que sienten.
  3. Respetemos las diferencias individuales, y evitemos, a toda costa, las comparaciones. Es importante valorar la actitud y habilidades que tiene cada uno, en el momento oportuno.
  4. Simple, hay que mostrar a cada hijo el aprecio que tenemos a su corazón y a su inteligencia.
  5. Evitemos los favoritismos, y por favor aprendamos a no tomar de partido, sin razón o fundamento, por alguno de ellos.
  6. Hay que favorecer el trabajo en equipo, tanto en situaciones domésticas como en  aventuras extra curriculares, como salidas de paseo. Las actividades colectivas generan orden y sentido de pertenencia.
  7. Fomentemos espacios de diversión y entretenimiento que les permitan relajarse y disfrutarse. Hay que recordar que el juego ofrece un momento de conexión emocional súper importante para la formación.
  8. No hay que evadir ni negar los conflictos, por el contrario, tenemos que enséñales a buscar soluciones justas para que traten sus diferencias de una manera sana.
  9. Respetemos sus espacios individuales. Necesitamos darles la oportunidad de que cada uno pueda realizar hobbies, actividades o intereses personales, sin insistir en tener que compartan todo, siempre.
  10. La buena relación empieza, por mucho, con el ejemplo. Los hijos pueden aprender a través a través de ver cómo nos relacionamos con nuestros propios hermanos, con sus abuelos, con la pareja, o ex pareja si la tienes.

Empecemos por Don Juan, ese personaje desenfrenado y libertino –nacido en las entrañas del Romanticismo– que iba por la vida vociferándole al mundo el gran número de conquistas que había logrado. Esta hombre, de 1630, dejó para la posteridad un tipo de comportamiento masculino que sugiere que los hombres son más “hombres” de acuerdo la cantidad de mujeres con las que han estado.

De esta última idea se desprende el concepto del mujeriego. Una conducta que nace en las entrañas de una sociedad falocéntrica que celebra al hombre por seducir y condena a las mujeres por lo mismo. Y aunque esta regla parece ser más injusta para el género femenino, en realidad también lo es para ellos. En algunos entornos ser hombre implica recibir una educación en la que se aplaude el egoísmo. Una educación que convierte a la sexualidad masculina es una forma de probarse ante el mundo a través del falo y todas las creencias que hay en torno a él y su funcionamiento.

Por su parte, ser mujeriego es todo un desafío en el siglo XXI, no sólo por los avances de género, también porque las parejas han evolucionado y la felicidad ya no se asocia, de una forma tan directa, con la monogamia.  No obstante, salir con muchas mujeres al mismo tiempo, puede indicar que el individuo padece un trastorno de las relaciones; una enfermedad que si bien puede ser controlada debe tratarse para que no genere consecuencias negativas en la vida de los individuos.

Pero empecemos por el principio…

¿Quiénes son los mujeriegos? 

Este concepto se puede aplicar a aquellos hombres que necesitan conquistar compulsivamente , sin importar si su conducta genera problemas personales o con el otro . Este patrón de conducta suele venir desde la infancia, de hijos que aunque paradójicamente han sido consentidos, no han recibido toda la atención que requieren en los primeros años de formación. Estos niños necesitan aprobación constante –en particular de las mujeres–, tienen poca inteligencia emocional y varios problemas asociados a la intimidad.

Hay que destacar que en su desarrollo, los mujeriegos se suelen sentir vacíos, ya que aunque son fóbicos a la soledad, también lo son del compromiso; esto genera una sensación de insatisfacción constate. En otras palabras, no quieren pasar la vida sin compañía… pero.

En un plano social, los seductores obsesivos son menos selectivos que el resto, y aunque establecer una relación se les dificulta, tienen fijado en su comportamiento el perfil del proveedor, del hombre cuya misión en la vida es ser protector y viril. A los mujeriegos les gusta sentirse necesitados, conquistar y usar con plenitud el papel que les ha otorgado  la familia, la escuela y demás instituciones; esa función de ser los que no lloran, los que salvan al otro (niños y mujeres) antes de salvarse.

Dicho lo anterior y con toda la intención de hacer más sanos nuestros vínculos, vale la pena encontrar la manera de enfrentar este problema. Aquí te dejamos algunos consejos a considerar para vivir una existencia más plena.

Herramientas para ellos 

*Ser sinceros con uno mismo y con el otro; cuando se crea un vínculo es importante no mentir respecto a la condición no monógama y aceptar en la pareja lo mismo que se pide.

*Buscar otras maneras creativas para tratar la ansiedad. Hacer ejercicio, ir a terapia, etcétera; todas las alternativas son buenas.

*Muy simple…¡Jalársela más seguido!

*Aprender a disfrutar y entender los beneficios de la intimidad. Quizá cambiar la variedad por la intensidad.

* Sanarse internamente y madurar. En este sentido la regla de oro es posponer la gratificación y tolerar la frustración.

Herramientas para quienes viven con ellos. 

*La pareja debe tener acuerdos claros, concretos y mutuos. De no ser así hay que terminar.

*Analizar a la pareja. Vale la pena preguntarse  por qué se está con ese hombre en particular, ¿tiene cosas buenas, más allá de la monogamia, por las que vale la pena quedarse?

*Desarrollar la confianza: no perseguir, preguntar o espiar. Esto no sólo daña la relación, también a uno mismo.

Y ojo, una cosa es no ser exclusivo sexual, y otra cosa es ser un ¡patán!, con esos ¡ni en pintura!

 

La relación se acabó y yo no puedo acabarla en mi interior. Ya sea que yo lo terminé o que él me haya terminado – distintas situaciones ambas – pero el sufrimiento sigue por el simple hecho de que NO LO PUEDO OLVIDAR.

La relación se acabó y yo no puedo acabarla en mi interior. Ya sea que yo lo terminé o que él me haya terminado – distintas situaciones ambas – pero el sufrimiento sigue por el simple hecho de que NO LO PUEDO OLVIDAR.

No sobra decir, antes de entrar en mayores profundizaciones, que ser “´victima” o “villano” en una separación implica tareas emocionales diferentes que conllevan sus propios retos, que de no ser atravesados estancan el proceso de superación del quiebre.

  • Las personas a las que las “cortaron” (y si es de manera abrupta e inesperada ocurre con mayor vehemencia), no solo tienen un efecto de shock que toma un tiempo ser superado, sino que lidian con dos particulares fenómenos afectivos: el primero es de humillación y el segundo de resentimiento.  Humillación por no haber sido valorado, por haber sido abandonado y sustituido. Resentimiento por tener que transformar la propia vida y sobrellevar la falta de amor sin haberlo decidido.
  • La persona que “corta” (sobre todo cuando lo hace de manera consciente), tras haber “ido y venido” para tomar la decisión, no solo ha de cargar con la imagen de ser “la mala del cuento”, sino que también ha de ladear internamente con el sentimiento de culpa. Un quiebre implica siempre sufrimiento así que por cuidadoso que se sea, es imposible evitar el dolor. A esto se suma una sensación de responsabilidad por el bienestar del ex que de hecho no le corresponde más.

Pero profundicemos más en estos vericuetos emocionales: quizás no quieres volver, o sepas que no te conviene volver, pero hay una “aferre” al ex que te sigue produciendo sufrimiento, robando energía emocional y haciéndote perder tiempo real. ¿Crees que “necesitas” la relación? ¿Piensas que como fue un verdadero amor no puede acabar? ¿Reconoces algo que crees que puede cambiar y deseas intentarlo? ¿Entrán más cosas en juego?

Te comparto varios puntos de reflexión que te pueden tener atorado en el proceso de soltar:

  1. Tu ego ha sido herido. A nadie nos gusta perder ni fracasar. Mientras más grande un “ego mal domado” es más fuerte la experiencia de haber sido maltratado.
  2. Se pierde la sensación de posesión y pertenencia. Los humanos nos construimos en la infancia identificando y nombrando nuestros vínculos: “mi madre”, “mi amigo”, “mi hermana”. Cuando “mi novio”, ha dejado de ser “mío”, viene un quiebre que cambia la idea de quién soy y de lo que me pertenece. ¿Quién soy hoy sin él o sin ella?
  3. Miedo a estar solo. La dependencia económica o emocional impiden hacer de la soledad una experiencia de enriquecimiento y crecimiento, por no decir de disfrute también. La falta de pareja no implica la carencia de vínculos de valor.
  4. Creencias erróneas sobre el amor. Cuestionar premisas como “el amor es eterno”, “el amor es incondicional”, “el amor todo lo puede”, “mientras haya sentimiento sigue habiendo amor”, es necesario. Una particular creencia errónea es estar convencido de que solo una persona puede ser, de una vez y para siempre, “el amor de tu vida”.
  5. Exposición constante a redes sociales. Ya dice el dicho “ojos que no ven, corazón que no siente”. En la era de las comunicaciones en la que estamos hiper conectados se requiere de decisión y voluntad para no exponerte a la información que circula en las redes sociales que activan tu necesidad de saber de tu ex.
  6. Presión familiar o social por vivir acompañado. La sociedad privilegia la vida de pareja sobre la soltería y muchas veces al aferrarte a un ex buscas sentir que embonas mejor el contexto, que no vas a defraudar a tu gente cercana o evitar sentir el rechazo de grupos que se sienten “amenazados” por la gente soltera.
  7. Tareas pendientes respecto a tu ex. Tras un rompimiento puedes haberte quedado con la necesidad de pedir perdón y reparar algún daño cometido o bien de recibir la reparación de un ex que te trató sin cuidado y consideración. Si bien esto puede o no llegar a ocurrir es importante cuestionar la necesidad de perdonarte a ti mismo por lo que pasó y a reconciliarte contigo mismo por lo que es.
  8. Aferrarte a lo bueno que sí fue y no a lo complejo o malo que empezó a ocurrir. Un amor siempre tiene algo que valió la pena o que sirvió en determinado momento. Poder atesorar lo valioso al tiempo que reconoces lo que ya no estaba ocurriendo implica manejar la ambivalencia entre lo bueno y lo imposible, tolerarla y no por eso querer regresar el tiempo y reconectar al ex galán. 
  9. Conservar demasiados objetos cotidianos que te mantienen aferrado. ¿Un anillo, una habitación, cartas y fotos? No se trata de que deseches todo, pero sí de que hagas una pequeña limpieza, reacomodo y transformación de pertenencias que te anclan en el pasado. 
  10. Hacerlo tu amigo antes de tiempo. Hay relaciones erótico-afectivas que se transforman en amistad, pero para eso requieren primero vivir la ruptura y la pérdida y luego transformar la relación. El proceso necesita tiempo y distanciamiento.
  11. No haber atravesado un proceso de duelo. Los duelos permiten experimentar el dolor de forma escalonada, desde la negación ante lo sucedido, pasando por el enojo y la depresión hasta llegar a la aceptación. Sin atravesar estos estadios no hay forma de asimilar la experiencia y continuar la vida. 
  12. Reconocer un apego ansioso o inseguro. Los vínculos con nuestros primeros cuidadores, generalmente nuestros padres, dejan una impronta en la forma de crear vínculos. Si nuestro apego infantil fue seguro, ansioso, o evitativo se verá reflejado en nuestras futuras relaciones. Se está bien en la presencia y también en la ausencia del ser amado, y al momento de terminar, se facilita soltar, aún con dolor, pues está la confianza personal de encontrar buenos vínculos en el futuro. que podremos encontrar a alguien en el futuro, en e   de manera similar con los adultos. Pero quienes vivieron un apego ansioso, inseguro o evitativo, han de trabajar en ello pues se vivirán con mucha mayor dificultad para pasar página tras una separación. 

Consejos para olvidar a tu ex 

            Empeñarse en sacar de la conciencia a alguien que fue importante en la vida genera mucho derroche de energía física y psíquica y puede incluso convertirse en una obsesión. Cambiemos el objetivo, en vez de olvidar, trata de redirigir el recuerdo para reacomodarlo en tu vida.

A esta actitud suma el realizar algunas acciones concretas para avanzar en el proceso de soltar:

  • Rodéate de gente querida. Si bien los vínculos erótico-amorosos pueden acompañar de manera especial en la vida, toda relación íntima puede ser un apoyo emocional y un espacio de acompañamiento. Haz planes con ellos, llámales, involúcrate más en sus vidas y comparte con ellos la tuya.
  • Crea nuevos hábitos.  Terminada tu vida de pareja cambian tus rutinas y quedan momentos de vacío y descontrol. Integra nuevos hábitos de ejercicio, orden, incluso acomodo de tus espacios, para llenar esos pequeños huevos de tiempo con algo que te genere placer.
  • Actualiza tu proyección de vida. Integrar a tu vida nuevas actividades adecuadas a tus intereses y necesidades permite replantear tu mundo de motivaciones y valores y reconstruir tu proyecto de vida personal.
  • Distráete de manera constructiva. Existen muchas actividades artísticas, culturales, deportivas que enriquecen tu vida y te sacan de pensar en tu ex sin ton ni son. Cine, museos, competencias, lecturas, bailes y veladas musicales, pueden ser “distracciones” que alimenten tu ser y te permitan transitar. 
  • Conoce gente nueva. Con todo y lo que duele perder a tu pareja, sobre todo si la relación fue buena y se sostuvo en el tiempo, la soltería siempre abre la oportunidad de conocer gente nueva, entender que pasa “allá afuera” y expandir tu visión del mundo, del amor, y de ti mismo, expandiendo tu circulo social.

Y sin duda, el amor –más allá de lo que opina la gente- sí tiene cura, y de pasadita, con el dolor vivido, también quien lo sufrió, madura…

 

Acoplarse sexualmente toma algo de tiempo – armonizar la sexualidad es complejo por los diversos niveles y matices que ésta implica -, pero conocer ciertos factores que determinan el acoplamiento te será de gran utilidad.  

            Antoni Bolinches, terapeuta y sexólogo catalán, menciona 5 variables para lograr el acoplamiento sexual.  

  1. La iniciativa. ¿Quién propone al otro iniciar? Al principio de las relaciones es deseo es alto pero tiene a decantar en que siempre sea la misma persona quien propone iniciar una relación sexual. Es muy satisfactorio sentirse deseado por otro, y si bien en un principio puede funcionar que la iniciativa sea unilateral, al paso del tiempo el “iniciador” deseará que su pareja tome la iniciativa también. Una iniciativa bilateral permite que ambos se sientas deseado, que un no de vez en cuando significa que el sí, aunque sea más ocasional, es desde el verdadero deseo. La iniciativa bilateral no ha de ser rígida – “una vez tu y otra yo”- pero sí se sugiere que sea armónicamente alternada. 

            2. La frecuencia. Lo ideal es que la frecuencia la marque el propio deseo, pero el deseo es caprichoso varia con el tiempo debido a diversas razones: el nivel de enamoramiento, el tipo de relación que lleva la pareja fuera de la cama, lo abrumador de la rutina, y sin duda a la propia energía sexual de cada uno. Esto último tiene un peso particular por la dificultad de cambiarlo a lo largo de la vida: si la pareja tiene libidos muy dispares se generará un problema serio de acoplamiento, literal, hay personas más “calientes” que otras, y tan injusto es  reprimir el deseo si se le tiene, como forzarlo si no se le tiene. Algunas parejas que valoran su vida en común llegan a acuerdos bien planeados que les permiten tratar de acoplar sus distintas energías sexuales. 

            3.Los rituales. Estos se refieren a las prácticas que forman el repertorio sexual: la diversidad de conducta sexuales que se lleven a cabo harán de la práctica sexual algo diverso, plástico, elástico, atrevido, o por el contrario ciertas posturas más o menos mecánicas, invariables, conservadoras y aburridas. Los rituales sexuales van desde las prácticas más tradicionales como los besos, caricias y la posición del misionero, hasta la integración de propuestas transgresoras que incluyen tríos e intercambios de parejas, pasando por la diversidad de posturas, de uso de materiales eróticos, de juguetes sexuales y de fantasías estremecedoras. gusto de la pareja, construidas desde del respeto mutuo y el consenso previo. No podríamos decir que un código de rituales es mejor que otro, pero sin duda a mayor rigidez y limitación en la variedad de repertorios es más fácil caer en la monotonía y el desinterés: el sexo se alimenta de la novedad y el cambio. Así, hay personas que gustan del sexo oral y hay a quienes les parece aberrante, ni que decir de la práctica de la penetración anal por ejemplo que es deseada por algunos y repelida por otros. Sin duda las prácticas más transgresoras podrían considerarse “perversas” para una moral conservadora, de ahí la importancia de construir el código de rituales de los cuales se va a disfrutar requiere diálogo, sinceridad, seguridad personal y capacidad de experimentación y disfrute.

              4. La resolución orgásmica. Quizás la iniciativa se puede negociar, la frecuencia armonizar y los rituales dentro de cierto margen ajustar, pero cuando la relación difícilmente culmina en el orgasmo produce tal frustración que puede ser una fuente importante de resentimiento: no es lo mismo cuando la relación culmina con un clímax satisfactorio para ambos que cuando alguno queda insatisfecho. Por eso la frustración orgásmica será fuente de malestares en la relación. ¿No logra alguno de los dos el orgasmo? Es tema central de conversación o de consulta. Y no me refiero a esas panaceas “de llegar juntos, siempre, y con la misma intensidad”, sino de lograr esa descarga placentera como resolución frecuente en los encuentros sexuales. 

            Pero la resolución, además del logro del orgasmo en sí, incluye la expresividad orgásmica: las manifestaciones verbales y corporales que acompañan al reflejo orgásmico. Hay parejas que expresan el placer de forma muy contrastada teniendo como efecto molestia y malestar. Por ejemplo, si alguien es muy contenido –casi ni se mueve ni hace ruido- y otro muy expresivo –grita, se agita, se contorsiona-, la tan dispareja culminación resta calidad y satisfacción a la experiencia.  

            5. La afectividad post orgásmica. Sobra decir que el acoplamiento sexual no depende solo del antes y del durante, también del después: las muestras de afecto posteriores incrementan o reducen la receptividad sexual. La necesidad de mostrar ciertas muestras de afecto sintónicas después de alcanzar el orgasmo facilitará o dificultará la satisfacción total y la disposición para los próximos encuentros. 

A veces disfrazado de seducción, a veces de dolor, toma tiempo detectar el peligro que implica caer en las garras del chantaje emocional.

 

Objetivo del chantajista

Una persona chantajista busca tener el control de la presa que elige para obtener de ella los beneficios que desee: dinero, sexo, cuidados, comodidades, y demás.

 

¿Qué conductas usa para ejercer su chante?

Promesas. “No quiero perderte nunca”. “Te querré siempre si te casas conmigo”

Palabras bonitas. “Me encanta como cocinas porque nadie tiene tu sazón”. “Nunca había amado a alguien como te amo a ti”

“Mejores” propuestas. “Deja de viajar con tus amigas porque en esas fechas ya tengo planeado que juntos crucemos el Atlántico”

Regalos. “No te puede ver este fin de semana porque me dediqué a buscarte este hermoso reloj”

Auto castigos. “Si me dejas me suicidaré”

Enojos.  “Eres muy tacaña, sabes cuánto te quiere mi mamá y no le llevaste el regalo que te dije” (Esto acompañado de malas palabras, muecas, amenzas)

Desprecio. “Desde que estudias no te interesas en mis conversaciones pues te sientes muy chingona. Prefiero hablar con mis amigos que contigo. Ellos sí me entienden.”

Castigo del silencio. “……………………..” Te deja de hablar cuando algo de lo que hiciste no le parece.

¿Cuál es este modus operandis del chantajista?

El chantajista despliega todas estas estrategias de maltrato psicológico complejas logrando tocar, al inicio de los intercambios o de la relación, el inconsciente de sus presas, prometiendo, a ese nivel profundo, que ellos van a satisfacer sus más intimas necesidades, deseos y anhelos, o bien haciéndolas sentir mal –culpables, temerosas, inseguras- si no acceden a sus demandas.

Esto no siempre se deja ver desde el inicio sino que una vez logrado el vínculo o el enamoramiento el chantajista empieza el maltrato psicológico y los sueños y promesas dadas se comienzan a evaporar.

 

Señales de alarma para identificarlo

Justamente hacer caso a lo que sientes y no caer en la confusión a pesar de que lo que diga parezca promisorio.

  • Sentir culpa por lo que le pasa con frecuencia.
  • Hacer cosas contrarias a la propia voluntad para que no se enoje o decepcione.
  • Temer permanentemente su reacción y su enojo.
  • Cansancio de tener que explicarle y justificar tus necesidades, deseos y decisiones.
  • Duda constante de que estás en lo correcto o estás equivocada.
  • Demolición emocional por la experiencia de falta de libertad y permanente estado de inquietud.

Pasos iniciales para la liberación

El primer paso a dar es evaluar si las promesas que hace son irreales de entrada: “te amaré siempre”, o imposibles dadas sus condiciones: “voy a comprar esa casa para tenerte como una reina” y no tiene ni trabajo.

El segundo paso es detectar el zigzag entre la adulación – “qué bien que compraste un coche ” – al desprecio  – “desde que no usas trasporte público te sientes de una clase superior” -.

Tras observar esto es importante rebotarlo con alguien que te conozca, te haya visto en este “ir y venir”, y te afirme constatando esta dinámica chantajista.

Finalmente habrás de descubrirlo y aprender a poner límites para ver si se ajusta a lo que necesitas, quieres y deseas o bien no tiene mayor futuro la relación.

  • “Acepto tu regalo pero no trabajaré contigo”
  • “Entiendo que tu querías que no fuera y eso te intimida pero no dejaré de ir!
  • Es muy útil la técnica de disco rayado es útil: “No gracias. No quiero”.
  • Usa frases cortas y difusas, mejor con tono humorístico e irónico.

 

Personalidades que hacen chantaje siempre

Existen tres tipos de personalidades que recurren al chantaje emocional:

  • Los narcisistas. Personas con delirios de grandeza, poder y bella que actúan con prepotencia y falta de empatía.
  • Los sociópatas o antisociales. Carecen de remordimiento y mienten con frecuencia.
  • Las personalidades border o límite. En ellas impera la inmadurez emocional, la dependencia, el miedo y la sensación de vacío. Pasan de una idealización a una devaluación del otro. Son muy victimistas y a veces amenazan con el suicidio.

 

¡Ojo! La única arma del chantajista es la misma persona chantajeada, si te desactivas la estrategia queda totalmente fuera de alcance.

 

No demos por hecho que entendemos perfectamente a nuestros hijos y que sabemos lo que necesitan y quieren.

 

Para escucharlos hemos de tener presente su edad, su etapa evolutiva, su lugar en la familia y las circunstancias concretas que atraviesa en este momento de su vida, y muy importante, ¡su individualidad!. ¿Es muy sensible? ¿distraído? ¿impulsivo?

 

Escuchar activamente a tus hijos no solo permite una comunicación auténtica con ellos, sino reforzar un vínculo de conexión, comprensión y contención que les permite sentirse mirados, entendidos y cuidados.

 

¡Van los tips!

  1. Escúchate primero a ti. ¿Estás tranquilo? ¿Dispuesto? ¿Agitada? Primero decide si puedes estar presente “en cuerpo y alma” o si  es mejor proponer la escucha para otro momento.
  2. Haz contacto visual, de preferencia poniéndote a su altura para intercambiar miradas al mismo nivel.
  3. Presta atención a su lenguaje verbal pero también al no verbal.
  4. Mira a la cara, asiente con la cabeza y refleja expresiones faciales congruentes con aquello que está explicando.
  5. Refleja en lenguaje sencillo lo que escuchas para verificar que comprendiste lo que te dice.
  6. Si es necesario, para mostrar tu interés y tener mayor claridad, pregúntale detalles para corroborar que le has comprendido.
  7. Incluye, en lo que le dices, los sentimientos explícitos o implícitos que te expresa para que él los pueda reconocer y nombrar también.
  8. Muestra empatía, es decir, demuéstrale aceptación y comprensión ante lo que dice y siente. “Entiendo lo que me expresas”, “imagino cómo te sientes”. Ser empático implica no invalidarlo, rechazarlo o juzgarlo.
  9. Indaga junto con él, a través de preguntas sencillas, la forma en que lo puedes ayudar. No saltes rápidamente a dar consejos y letanías, tampoco manipules las soluciones. Hacerle preguntas acertadas pueden ayudarlo, incluso, a reflexionar y encontrar soluciones solo.
  10. Si aún es necesario, haz con él una lluvia de ideas para tomar acciones adecuadas y cerrar la conversación.

 

Al principio te sentirás extraño aplicando estos tips, pensarás que saber escuchar es difícil, pero verás que con la práctica no solo no es complicado sino que tus hijos se sentirán entendidos, respetados y contenidos por ti. Y te cuento: ¡justo esto es lo que constituye el verdadero amor!.

 

El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo. Pero además de la respuesta genital, en los humanos, el instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

 

¿Por qué muchas personas se sienten culpables al experimentarlo?

Definamos la culpa como la experiencia de sentirnos malos, inmerecedores, agobiados, ansiosos, avergonzados, egoístas, perversos, entre otras cosas, por que nuestra conducta no corresponde a un código moral interno que incluye normas conscientes y normas inconscientes, generalmente introyectadas  en nuestra infancia, provenientes no solo de nuestros padres y maestros, sino de una cultura que permea todas nuestras creencias.

Pero existe una culpa funcional y una disfuncional. La primera nos señala que hemos transgredido algo valioso e importante. Este sentimiento nos  ayuda a resolver un problema, a cuidar de uno mismo y de los demás, y reparar los daños causados. La culpa disfuncional sólo añade sufrimiento a nuestra vida y produce no solo malestar sino parálisis también. ¿Cómo hacer distinciones? Si la norma transgredida es actual y viable de cumplir, si la hemos elegido libremente y si está basada en principios éticos, es probablemente sano y oportuno que experimentemos cierta culpa. Pero si la norma nos fue impuesta por otra persona, por la sociedad, por la iglesia, y no la hemos elegido por cuenta propia, no nos hace sentido, ni tiene ningún valor en nuestras circunstancias particulares, y ni nos daña a nosotros ni viola los derechos de los demás, los sentimientos de culpa serán poco productivos y viviremos en una agónica tortura.

 

Origen de nuestras culpas sexuales

La base del pensamiento occidental que construye nuestro mundo de creencias se basa en la filosofía griega, la tradición judeocristiana y el patriarcado. La prime consideraba una dualidad entre espíritu y cuerpo y  después entre mente y cuerpo, considerando siempre superior a la primera que a la segunda. El cristianismo ensalza el dolor con la idea de que fortalece el espíritu, penaliza el placer al cual considera sucio, riesgoso e indomable. Y por último, el patriarcado, sistema jerárquico donde los hombres y todo lo masculino enarbola el poder y los privilegios, condona a los hombres lo que condena en la mujeres. Todo junto suma a mayores culpas en las mujeres puesto que la división entre ser “virgen” y respetada, a “puta” y despreciada, sigue vigente en muchos contextos.

Todo esto termina influyendo nuestros contextos familiares, escolares, laborales y sociales y aterriza en cada historia personal. ¿Aprendimos o no a experimentar el placer? ¿Se nos enseñó a sentirnos a gusto con nuestro cuerpo? ¿Se respeto nuestro sexo y la expresión de nuestra sexualidad?

¿Cómo liberarse de la culpa ante el placer sexual?

  • Reconocerla cuando se manifiesta con malestares físicos, con rechazos corporales, con adicciones.  O bien cuando aparece como una ansiedad difusa o una represión costosa. También se asoma con autoreproches y autocastigos.
  • Ponerle nombre, saber que es culpa y no otra cosa.
  • Rastrear de dónde viene. Reconocer su particular origen en nuestra historia, que incluye desde mandatos constantes, rechazos inconscientes, hasta amenazas y castigos puntuales.
  • Crear la propia escala de valores sexuales. Actuando con base en principios y no en creencias erróneas y Reconocer que solo lo que no es oportuno y constructivo para uno y para los demás es lo que pone en riesgo nuestra integridad.
  • Cambiar la narrativa del sexo individual y cultural. Informarnos a través de libros, cursos, cine, arte, terapias, sobre lo bueno, lo bello y lo correcto de la sexualidad.
  • Tomar acciones que contrapongan nuestros temores. Aventurarnos, en contextos seguros y con personas confiables, a vivir una sexualidad libre de temores, novedosa, acorde a lo que deseamos y a quienes somos.
  • Consertir el deseo, buscar el placer, activar la excitación. Y volver a disfrutar.

 

Hagamos de nuestros deseos bien gestionados pequeños paraísos terrenales, porque no somos ángeles, somos seres humanos.

Cuando sí se requiere consultar a un profesional…

 

Habitamos un mundo que nos presenta cotidianamente multiplicidad de retos a enfrentar. La vida se ha enriquecido con los avances científicos y sociales y al mismo tiempo se ha vuelto complicada: los cambios acelerados y la necesidad de adaptarnos a ellos – el estilo de vida veloz y demandante, la multiplicidad de escenarios posibles a elegir: en el trabajo, en las relaciones, en los estilos de vida familiar, el progreso tecnológico que nos facilitan la vida y nos acercan a la gente al tiempo que nos individualizan y segregan -,  generan con frecuencia una infinidad de efectos en nosotros que difícilmente podemos entender y manejar.

Sin adentrarnos al mundo médico, donde el asunto de la “enfermedad mental” es el punto central de la intervención psiquiátrica, cabe distinguir algunas situaciones y desafíos que generan un sufrimiento emocional, – en ocasiones innecesario, en ocasiones indispensable para movernos hacia una situación de vida mejor -, siempre utilizable a nuestro favor: para entendernos, trabajar en nosotros mismos, transformarnos y manejar nuestra vida mejor.

El pedir ayuda terapéutica profesional, aún en pleno siglo XXI, tiene en ciertos contextos un sesgo de anormalidad, debilidad, locura y deficiencia. Es llamativo, por el contrario, que en otros espacios sociales, el haber asistido a terapia o contar con algún tipo de experiencia psicoterapéutica, es símbolo de estatus, de “caché”, requisito de pertenencia e incluso un “control de calidad”.

Más allá de los juicios y prejuicios en relación a la psicoterapia, muchos de nosotros, antes que después, hemos vivenciado el sentirnos:

  • atrapados ante algún problema que nos rebasa
  • atemorizados y extrañados por algún síntoma que persiste – insomnio, angustia, pensamientos obsesivos, cansancio –
  • desconcertados al experimentar un dolor profundo y un sufrimiento intenso que no podemos ni superar ni manejar

Incluso en la mayoría de los casos, ni siquiera entender…

Son diversas las reacciones que podemos tener ante estos malestares físicos y emocionales:

  • Algunos conversamos con amigos, leemos algún material relacionado al tema que nos acontece, hacemos ejercicio, y confiamos que con que estás acciones solucionarán nuestro problema.
  • Otros cuestionamos si la intensidad de nuestro sufrimiento es suficiente como para pedir ayuda: tememos exagerar y tememos aún más ser “entre raros y anormales”. A veces dejamos pasar mucho tiempo, doliéndonos en la soledad, antes de solicitar apoyo profesional.
  • Algunos más nos damos cuenta que nuestro desequilibrio tiene que ver con algún evento doloroso que estamos enfrentando: la pérdida de un empleo, un duelo por muerte o separación, el cambio de vivienda, la partida de los hijos… pero aunque podemos entender racionalmente lo que nos ocurre, no logramos acallar ni aliviar el sufrimiento que sentimos.
  • Hay quienes dejamos pasar los días confiando que “el tiempo todo lo cura”, hasta que una franca serie de síntomas se apodera de nosotros trastocando nuestro bienestar emocional.

 

Hay situaciones particulares que sin duda ameritan consultar a un profesional. Parece mentira como en caso de situación laborales emprendemos cursos de capacitación, adquirimos equipo de trabajo, consultamos a asesores varios expertos en su materia, y por el contrario, en asuntos personales, pensamos que “echándole ganas”, con energía, paciencia y buenas intenciones, los problemas se resolverán.

Si bien el paso del tiempo, los consejos de los amigos, las lecturas oportunas, y el ejercicio, son siempre aliados valiosos para resolver conflictos y transitar experiencias dolorosas, no siempre son intervenciones suficientes para repuntar. Agrego, que una pérdida, un problema, una crisis, normalmente remueve asuntos del pasado, vivencias de tiempo atrás que, o bien no se resolvieron en su momento, o ni siquiera se reconocieron como factores lastimosos a considerar. Las crisis presentes generalmente invitan a repensar el pasado y a resignificarlo, a aumentar nuestro conocimiento personal y a desarrollar nuestros recursos a favor de una vida con mayor agencia personal.

 

¿Qué es entonces la psicoterapia? Una psicoterapia es un espacio íntimo con un profesional de la salud mental, donde se puede trabajar conjuntamente a través de la palabra – y de otras técnicas dependiendo de la especialidad del terapeuta- , para conseguir los recursos y estrategias que generen los cambios necesarios para aliviar y si es posible, eliminar, aquellas situaciones, conductas, pensamientos o síntomas que están generando un malestar en nuestra vida personal. No se trata de eliminar “lo que no nos gusta”, sino entender el mensaje del síntoma, del malestar, del problema, para darle una salida oportuna y constructiva y mejorar así la calidad de nuestra vida.

Los psicoterapeutas, – que en su mayoría son psicólogos, psicoanalistas o psiquiatras, pero que también los hay pedagogos, trabajadores sociales, sociólogos, entre otros –  son especialistas que se han formado para entender y conocer el comportamiento humano: profundizar en el tema de las emociones y los sentimientos, en las razones que mueven la conducta de las personas, en  las características de sus relaciones y en todos los mecanismos que nos llevan  a ser las personas que somos.

Un psicoterapeuta cuenta con los conocimientos, las herramientas y las técnicas para evaluar la situación del consultante, establecer las bases de su malestar y acompañarlo a través de un proceso a conocerse, manejarse y resolver sus dilemas y malestares.

El objetivo de un proceso de terapia es mejorar la calidad de vida de quien consulta a través de un cambio en su conducta, en sus actitudes, en sus pensamientos o en sus afectos. Sin pensar en soluciones mágicas ¡es sorprendente observar que a veces el cambio inicia desde el momento mismo en que se solicita la primera consulta!.

 

¿Qué tipo de psicoterapias existen? ¿Son todas iguales?

            Existen diversas y variadas corrientes y enfoques dentro de la psicoterapia. Sus diferencias radican en los conceptos teóricos en que se basan y en las técnicas de intervención que utilizan para favorecer el cambio. El ser humano tiene la capacidad de pensar, sentir, y actuar: quizás la primera distinción entre los diferentes enfoques terapéuticos consistiría en intervenir y generar el cambio en el ámbito de la conciencia y la razón, en el mundo afectivo o bien en la conducta del consultante a través de la acción. Sin duda somos seres complejos y relacionales, con un mundo consciente e inconsciente, de ahí las diversas posibilidades de promover la transformación.

Algunas de los abordajes más comunes son:

Psicoanálisis

Logoterapia

Terapia Gestalt

Terapia cognitiva

Terapia conductual

Terapia familiar

Terapia de pareja

Entre otras…

Cada uno de estos abordajes terapéuticos pretende ofrecer salida a diferentes problemática. No es lo mismo un problema de duelo por una separación que una agorafobia; no se trabaja igual con una experiencia de vacío existencial que con una franca depresión. Por esto, la especialización de quienes ejercemos la psicoterapia requiere de unos principios y de un proceso de formación y experiencia en su ramo particular. Del mismo modo, tú como consultante, tienes que distinguir someramente la naturaleza de tu malestar para acudir con el profesional indicado.

Dentro de esta gran diversidad de opciones terapéuticas, existen dos características que las unifican a todas:

– El contacto directo y personal entre el psicoterapeuta y quien consulta, principalmente a través del diálogo.

– La calidad de la relación terapéutica que implica una relación de ayuda destinada a generar el cambio en quien consulta.

 

¿Cómo reconocer que requiero pedir ayuda profesional?

            No vale la pena llegar a un sufrimiento extremo o a sentirse asfixiado y hundido para acudir a terapia: detectar el síntoma a tiempo te facilitará una más sencilla y rápida solución.

Cuando sientas un malestar que no logras solucionar tras dos o tres intentos, y observas que dicho malestar se mantiene por un periodo sostenido de tiempo, es el momento de solicitar ayuda profesional.

Te comparto algunos puntos que te permitirán evaluar si te ha llegado  el momento de consultar:

  • Piensas que todo te sale mal y pierdes la esperanza de que esa situación vaya a cambiar.
  • Experimentas habitualmente tristeza, falta de ilusión, flojera y apatía.
  • Te sientes desesperado.
  • Requieres de usar alguna sustancia o estar con alguna persona para que funcione tu vida.
  • No puedes disfrutar las cosas buenas que pasan en tu diario vivir.
  • Con frecuencia te sientes mal de salud o presentas síntomas físicos sin un claro origen.
  • Lo que sientes y lo que piensas no es acorde a las situaciones que vives.
  • Entras constantemente en conflicto con otras personas y se están afectando tus relaciones.
  • Quieres cambiar algunas conductas pero no sabes cómo, o intentas cambiar pero no lo logras.
  • Estás paralizado y no puedes tomar acciones para mejorar tu situación.
  • Sentimientos fuertes se apoderan de ti y te impiden tener la vida que deseas.
  • No estás pudiendo funcionar en la vida cotidiana y esto te está perjudicando.
  • Te sientes solo e incomprendido.
  • Percibes tu entorno amenazante.
  • Recurrentemente te dices: ¡necesito ayuda!

Si presentas dos o tres de estos indicadores por un periodo de al menos tres meses requieres tomar acción y pedir ayuda. Es de sabios derrotarse y consultar.

No olvides que la psicoterapia no solo es útil en caso de problemas, también funciona como medida de prevención. Anticipa crisis innecesarias y evita riesgos desmedidos consultando a tiempo y equipándote con los recursos que te permitirán prevenir consecuencias negativas para tu persona y tus relaciones.

La psicoterapia también funciona para aquellos que quieren conocerse más, entenderse y aceptarse, en aras de una vida más plena, de una vida mejor…

 

No todos los conflictos en la pareja significan que la pareja sea conflictiva pero a veces construir un proyecto de vida puede ser complejo: permitir la cohesión para la estabilidad y mantener la ilusión para la motivación es necesario para que ésta crezca.

Lograr ese equilibrio requiere de un cuestionamiento sobre lo que le conviene preservar de la relación y lo que se requiere innovar. No confundamos la necesaria estructura que toda pareja requiere para su estabilidad con la rutina rígida y monótona que termina en el aburrimiento.  Por tanto para evitarlo se debe sortear la rutina y eso se logra primero con ciertas actitudes de cara a la relación y después con ciertas actividades a poner en acción.

 

Actitudes para evitar la rutina

No quiero hacer un listado “things to do”, que cualquiera podría mencionar, sin aclarar que sin la disposición personal hacia la novedad, no hay actividad que se pueda ni implementar ni disfrutar. Así que veamos los “prerrequisitos” para sortear la rutina:

  1. Aprende a mirar a tu pareja con curiosidad. Asume que no se le conoces del todo.
  2. Adiestra tu don de palabra. Tener algo que decir da cuenta de tu inteligencia, quererlo compartir muestra tu determinación y usarlo en la conversación es un ejercicio de voluntad. Infórmate e introduce contenidos estimulantes a tus diálogos.
  3. Desarrolla la habilidad de generar estados emotivos de relativa intensidad, emociones suficientemente fuertes que den relevancia a la interacción y resulten conmovedoras.
  4. Tolera cierta incertidumbre abriéndote a no tener todo excesivamente programado. ¡Aplica el factor sorpresa!
  5. Integra cierto matiz transgresor en tu vida. Siempre resulta interesante quien puede invitar al otro a vivir una cierta rebeldía, algo —si se quiere— un tanto “vergonzoso”.
  6. Sostén cierto enamoramiento, éste se basa en el respeto y la admiración y permite matizar la dura realidad y por tanto la capacidad de seguir asombrándose del otro.

 

Actividades para desafiar la rutina.

Romper la rutina de pareja implica intercambios dentro y fuera de casa, pero no siempre es necesario hacer grandes inversiones económicas para generar diversión y novedad. .¿No se te ocurre nada?, aquí van algunas propuestas:

  1. Toma clases de baile o bien implíquense juntos en algún reto deportivo.
  2. Aviéntate un maratón de cine en la cineteca un fin de semana.
  3. Prepara un picnic en un parque público o una reserva segura y sorpréndase con algo rico para compartir.
  4. Organiza un club del libro con amigos, o bien torneos de algún juego de mesa. Amigos que ves poco pero tienen vidas interesantes y aficiones que les sumen.
  5. Checa las exposiciones y eventos culturales –pintura, música, escultura, fotografía– que ofrece tu colonia o tu ciudad.
  6. Cocinen juntos cosas sencillas.
  7. Tomen algún curso online de interés común.
  8. Mueve los muebles y adornos de casa para crear espacios diferentes.
  9. Realiza hikings citadinos y conoce tu ciudad o población. Date paradas para tomar un café, visitar una galería, incluso rentar una bicicleta.

 

Y no te olvides que “tú y yo” no somos uno mismo”. Cada uno requiere enriquecerse en lo personal con espacios privados que cultiven los propios intereses, gustos, sueños y amistades para generar vitalidad individual y poder sumar a los encuentros de pareja. El problema del exceso de unión nos lleva también a otro problema: ¡la saturación!

 

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Hoy que cumplo 58 vuelo para encontrarme con alguien que está poniendo “sal y pimenta“ a mi vida. Intuyo que mi presencia adereza también la suya, de lo contrario no me incluiría en su mesa, en su cama, en su casa, en su vida. Y mientras sobrevuelo distancias –físicas y emocionales– cierro los ojos y disfruto, me disfruto. Me experimento más cómoda que nunca habitando “a pierna suelta“ mi cuerpo, mi cabeza, mi corazón y mi alma. ¡Qué bienestar me reporta ser la persona que soy! ¡Qué largo trayecto recorrido para ocupar cada rincón de mi persona, y con todas mis limitaciones y retos, regocijarme de tenerme a mí misma!

Pareciera que en el diario correr de mis largos días el tiempo galopante se puede detener en este bienestar, y mientras subo y bajo, escribo y leo, trabajo y descanso, platico y escucho, la solidez de lo que me ancla a la vida me genera una satisfacción –sólida, integrada, elegida– que difícilmente recuerdo haber experimentado tiempo atrás.

 

No es que mi vida anterior haya sido un desasosiego sostenido –he vivido de todo y mucho: tantos logros maravillosos como pérdidas insustituibles– pero la satisfacción de haber podido romper prejuicios y creencias limitantes, la fortaleza adquirida al desafiar contextos asfixiantes y la energía ganada al haber potenciado capacidades, me regala una experiencia de plenitud, de satisfacción, de competencia, que se equipara con pocos  de los bienestares que la vida otorga.

 

Y me pregunto, ¿cómo es que he llegado a esta calma activa que me invita a trabajar más, a crecer más, a amar más, a disfrutar más y más? Es tanto junto pero nada en particular: mis sólidos y amorosos vínculos cercanos que me contienen y acompañan, mis quehaceres cotidianos que me mantienen interesadamente ocupada, son los proyectos futuros que me sacuden con intensa motivación, son los pequeños gustos intermitentes que detonan chispazos de placer entre una y otra cosa, son las guerras ganadas y las heridas sanadas, las nuevas posibilidades que descubro en el camino y que me hacen emprender una aventura más.

Reviso estos 58 años recorridos y no dejo de confirmar que la vida no es fácil pero también me convenzo de que sabiéndola entender y afrontar siempre puede mostrarse generosa. Siempre, sí siempre… Siempre ofrece algo más, un camino nuevo, una paz más honda, un encuentro más entrañable, una carcajada más profunda. Opciones, muchas opciones, unas externas y otras que brotan del interior de mí misma y que me permiten una elección más, nueva, diferente y rica.

 

Es la vida bien vivida la que me sigue sobrecogiendo y escogiendo. Y es por eso que yo te escojo también a ti, cada día, vida mía…

 

 

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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.