Cuando sí se requiere consultar a un profesional…

 

Habitamos un mundo que nos presenta cotidianamente multiplicidad de retos a enfrentar. La vida se ha enriquecido con los avances científicos y sociales y al mismo tiempo se ha vuelto complicada: los cambios acelerados y la necesidad de adaptarnos a ellos – el estilo de vida veloz y demandante, la multiplicidad de escenarios posibles a elegir: en el trabajo, en las relaciones, en los estilos de vida familiar, el progreso tecnológico que nos facilitan la vida y nos acercan a la gente al tiempo que nos individualizan y segregan -,  generan con frecuencia una infinidad de efectos en nosotros que difícilmente podemos entender y manejar.

Sin adentrarnos al mundo médico, donde el asunto de la “enfermedad mental” es el punto central de la intervención psiquiátrica, cabe distinguir algunas situaciones y desafíos que generan un sufrimiento emocional, – en ocasiones innecesario, en ocasiones indispensable para movernos hacia una situación de vida mejor -, siempre utilizable a nuestro favor: para entendernos, trabajar en nosotros mismos, transformarnos y manejar nuestra vida mejor.

El pedir ayuda terapéutica profesional, aún en pleno siglo XXI, tiene en ciertos contextos un sesgo de anormalidad, debilidad, locura y deficiencia. Es llamativo, por el contrario, que en otros espacios sociales, el haber asistido a terapia o contar con algún tipo de experiencia psicoterapéutica, es símbolo de estatus, de “caché”, requisito de pertenencia e incluso un “control de calidad”.

Más allá de los juicios y prejuicios en relación a la psicoterapia, muchos de nosotros, antes que después, hemos vivenciado el sentirnos:

  • atrapados ante algún problema que nos rebasa
  • atemorizados y extrañados por algún síntoma que persiste – insomnio, angustia, pensamientos obsesivos, cansancio –
  • desconcertados al experimentar un dolor profundo y un sufrimiento intenso que no podemos ni superar ni manejar

Incluso en la mayoría de los casos, ni siquiera entender…

Son diversas las reacciones que podemos tener ante estos malestares físicos y emocionales:

  • Algunos conversamos con amigos, leemos algún material relacionado al tema que nos acontece, hacemos ejercicio, y confiamos que con que estás acciones solucionarán nuestro problema.
  • Otros cuestionamos si la intensidad de nuestro sufrimiento es suficiente como para pedir ayuda: tememos exagerar y tememos aún más ser “entre raros y anormales”. A veces dejamos pasar mucho tiempo, doliéndonos en la soledad, antes de solicitar apoyo profesional.
  • Algunos más nos damos cuenta que nuestro desequilibrio tiene que ver con algún evento doloroso que estamos enfrentando: la pérdida de un empleo, un duelo por muerte o separación, el cambio de vivienda, la partida de los hijos… pero aunque podemos entender racionalmente lo que nos ocurre, no logramos acallar ni aliviar el sufrimiento que sentimos.
  • Hay quienes dejamos pasar los días confiando que “el tiempo todo lo cura”, hasta que una franca serie de síntomas se apodera de nosotros trastocando nuestro bienestar emocional.

 

Hay situaciones particulares que sin duda ameritan consultar a un profesional. Parece mentira como en caso de situación laborales emprendemos cursos de capacitación, adquirimos equipo de trabajo, consultamos a asesores varios expertos en su materia, y por el contrario, en asuntos personales, pensamos que “echándole ganas”, con energía, paciencia y buenas intenciones, los problemas se resolverán.

Si bien el paso del tiempo, los consejos de los amigos, las lecturas oportunas, y el ejercicio, son siempre aliados valiosos para resolver conflictos y transitar experiencias dolorosas, no siempre son intervenciones suficientes para repuntar. Agrego, que una pérdida, un problema, una crisis, normalmente remueve asuntos del pasado, vivencias de tiempo atrás que, o bien no se resolvieron en su momento, o ni siquiera se reconocieron como factores lastimosos a considerar. Las crisis presentes generalmente invitan a repensar el pasado y a resignificarlo, a aumentar nuestro conocimiento personal y a desarrollar nuestros recursos a favor de una vida con mayor agencia personal.

 

¿Qué es entonces la psicoterapia? Una psicoterapia es un espacio íntimo con un profesional de la salud mental, donde se puede trabajar conjuntamente a través de la palabra – y de otras técnicas dependiendo de la especialidad del terapeuta- , para conseguir los recursos y estrategias que generen los cambios necesarios para aliviar y si es posible, eliminar, aquellas situaciones, conductas, pensamientos o síntomas que están generando un malestar en nuestra vida personal. No se trata de eliminar “lo que no nos gusta”, sino entender el mensaje del síntoma, del malestar, del problema, para darle una salida oportuna y constructiva y mejorar así la calidad de nuestra vida.

Los psicoterapeutas, – que en su mayoría son psicólogos, psicoanalistas o psiquiatras, pero que también los hay pedagogos, trabajadores sociales, sociólogos, entre otros –  son especialistas que se han formado para entender y conocer el comportamiento humano: profundizar en el tema de las emociones y los sentimientos, en las razones que mueven la conducta de las personas, en  las características de sus relaciones y en todos los mecanismos que nos llevan  a ser las personas que somos.

Un psicoterapeuta cuenta con los conocimientos, las herramientas y las técnicas para evaluar la situación del consultante, establecer las bases de su malestar y acompañarlo a través de un proceso a conocerse, manejarse y resolver sus dilemas y malestares.

El objetivo de un proceso de terapia es mejorar la calidad de vida de quien consulta a través de un cambio en su conducta, en sus actitudes, en sus pensamientos o en sus afectos. Sin pensar en soluciones mágicas ¡es sorprendente observar que a veces el cambio inicia desde el momento mismo en que se solicita la primera consulta!.

 

¿Qué tipo de psicoterapias existen? ¿Son todas iguales?

            Existen diversas y variadas corrientes y enfoques dentro de la psicoterapia. Sus diferencias radican en los conceptos teóricos en que se basan y en las técnicas de intervención que utilizan para favorecer el cambio. El ser humano tiene la capacidad de pensar, sentir, y actuar: quizás la primera distinción entre los diferentes enfoques terapéuticos consistiría en intervenir y generar el cambio en el ámbito de la conciencia y la razón, en el mundo afectivo o bien en la conducta del consultante a través de la acción. Sin duda somos seres complejos y relacionales, con un mundo consciente e inconsciente, de ahí las diversas posibilidades de promover la transformación.

Algunas de los abordajes más comunes son:

Psicoanálisis

Logoterapia

Terapia Gestalt

Terapia cognitiva

Terapia conductual

Terapia familiar

Terapia de pareja

Entre otras…

Cada uno de estos abordajes terapéuticos pretende ofrecer salida a diferentes problemática. No es lo mismo un problema de duelo por una separación que una agorafobia; no se trabaja igual con una experiencia de vacío existencial que con una franca depresión. Por esto, la especialización de quienes ejercemos la psicoterapia requiere de unos principios y de un proceso de formación y experiencia en su ramo particular. Del mismo modo, tú como consultante, tienes que distinguir someramente la naturaleza de tu malestar para acudir con el profesional indicado.

Dentro de esta gran diversidad de opciones terapéuticas, existen dos características que las unifican a todas:

– El contacto directo y personal entre el psicoterapeuta y quien consulta, principalmente a través del diálogo.

– La calidad de la relación terapéutica que implica una relación de ayuda destinada a generar el cambio en quien consulta.

 

¿Cómo reconocer que requiero pedir ayuda profesional?

            No vale la pena llegar a un sufrimiento extremo o a sentirse asfixiado y hundido para acudir a terapia: detectar el síntoma a tiempo te facilitará una más sencilla y rápida solución.

Cuando sientas un malestar que no logras solucionar tras dos o tres intentos, y observas que dicho malestar se mantiene por un periodo sostenido de tiempo, es el momento de solicitar ayuda profesional.

Te comparto algunos puntos que te permitirán evaluar si te ha llegado  el momento de consultar:

  • Piensas que todo te sale mal y pierdes la esperanza de que esa situación vaya a cambiar.
  • Experimentas habitualmente tristeza, falta de ilusión, flojera y apatía.
  • Te sientes desesperado.
  • Requieres de usar alguna sustancia o estar con alguna persona para que funcione tu vida.
  • No puedes disfrutar las cosas buenas que pasan en tu diario vivir.
  • Con frecuencia te sientes mal de salud o presentas síntomas físicos sin un claro origen.
  • Lo que sientes y lo que piensas no es acorde a las situaciones que vives.
  • Entras constantemente en conflicto con otras personas y se están afectando tus relaciones.
  • Quieres cambiar algunas conductas pero no sabes cómo, o intentas cambiar pero no lo logras.
  • Estás paralizado y no puedes tomar acciones para mejorar tu situación.
  • Sentimientos fuertes se apoderan de ti y te impiden tener la vida que deseas.
  • No estás pudiendo funcionar en la vida cotidiana y esto te está perjudicando.
  • Te sientes solo e incomprendido.
  • Percibes tu entorno amenazante.
  • Recurrentemente te dices: ¡necesito ayuda!

Si presentas dos o tres de estos indicadores por un periodo de al menos tres meses requieres tomar acción y pedir ayuda. Es de sabios derrotarse y consultar.

No olvides que la psicoterapia no solo es útil en caso de problemas, también funciona como medida de prevención. Anticipa crisis innecesarias y evita riesgos desmedidos consultando a tiempo y equipándote con los recursos que te permitirán prevenir consecuencias negativas para tu persona y tus relaciones.

La psicoterapia también funciona para aquellos que quieren conocerse más, entenderse y aceptarse, en aras de una vida más plena, de una vida mejor…

 

Todos experimentamos emociones, éstas tienen como finalidad que nuestro organismo se oriente a su supervivencia y bienestar. Lo que hacemos y aprendemos en relación a las emociones y los sentimientos que de ellas derivan, está moldeado por la cultura: si hemos aprendido de nuestros padres o de nuestros maestros, que los sentimientos y emociones no deben manifestarse ni expresarse, nos sentimos vulnerables ante ellos y no sabemos manejarlos cuando surgen en nuestro interior.

Los sentimientos no son ni buenos ni malos, lo que sí hacen es producir energía positiva o negativa por lo cual hay que saberlos canalizar. Los sentimientos y emociones no reconocidos, expresados y aceptados hacen que su efecto doloroso se prolongue, produciendo agresión, represión y depresión, las cuales nos drenan energía para disfrutar la vida y conectarnos amorosamente con los demás.

Las emociones tienen todo un lenguaje propio que hay que escuchar ya que resumen lo que hemos vivido, tanto grato como doloroso. Reflejan nuestra historia, nuestras preocupaciones y nuestros anhelos y temores futuros. Confiar únicamente en el intelecto es una estrategia limitada y a veces inhumana de aprender y vivir.

La Inteligencia Emocional es la capacidad de reconocer los propios sentimientos y emociones, entenderlos y manejarlos adecuadamente para interactuar con uno mismo y con el entorno. A su vez, la Inteligencia Emocional incluye la competencia de poder percibir en los demás la existencia de su propio mundo emocional, es decir, de reconocerlo sin que eso signifique asumirlo e interpretarlo, sino estar abiertos a escucharlo, entenderlo y posicionarnos respecto a él.

La Inteligencia Emocional implica un conjunto de conocimientos, habilidades y capacidades intrapersonales, es decir de yo conmigo mismo, e interpersonales, es decir, de yo con los demás. Citemos brevemente: 

Habilidades intrapersonales

  1. Autoconocimiento. Es la capacidad de saber qué ocurre en nuestro interior y reflexionar sobre ello.
  2. Autocontrol. Consiste en regular nuestros impulsos y acciones, autogestionar lo que sentimos, tolerar la frustración, posponer la gratificación y responder oportunamente a los eventos que nos acontecen.
  3. Automotivación. Incluye nuestra pasión por la vida. Esta pasión que deriva de saber lo que es bueno, bello, correcto, interesante y valioso para nosotros.

 

Habilidades Interpersonales

  1. La comunicación auténtica
    1. Empatía. Nos permite reconocer al otro con su propio mundo de emociones, valores y necesidades; entenderlo y respetarlo.
    2. Nos facilita legitimizar y actuar con base en nuestros propios intereses o necesidades.
  2. Habilidades sociales. Existen otras competencias importantes para construir relaciones sociales con quienes nos rodean, entre ellas el positivismo, el cuidado personal, el don de palabras, la responsabilidad por la propia vida.

 

 

 

La Familia Reconstituida, si bien puede considerarse un modelo de familia “moderno”, ha existido desde siempre.

Podemos definirla como una relación formada por una pareja adulta en la que al menos alguno de los cónyuges tiene un hijo de una relación anterior. Esta definición excluye a las parejas en segundas vueltas sin hijos, y es que lo central de este sistema familiar es la dinámica y desafíos debido a la existencia de hijos de matrimonios o relaciones anteriores.

Tipos. Existen entonces varios tipos de familia reconstituida:

  1. Familias provenientes de un divorcio o viudez, en la cual uno de los cónyuges tiene hijos/as previos.
  2. Familias provenientes de un divorcio o viudez, en la cual ambos cónyuges tienen hijos previos.
  3. Divorciado/a que tiene hijos, y cuyo ex-esposo/a se ha vuelto a emparejar aunque él o ella no tenga otra relación de pareja.

¿Qué las caracteriza?

Las familias reconstituidas tienen que asumir muchos cambios en un corto tiempo, o al menos más corto que el de las familias nucleares por tanto lo que las caracteriza es la transición. Las adaptaciones y transformaciones que requieren no estaban consideradas en las expectativas vitales de sus miembros (tener un hijo de un día para otro, o varios; iniciar una vida de pareja y al mismo tiempo fungir como padre o madre; convivir con a un adolescente cuándo estoy dando a luz por primera vez).

Si bien el ciclo de vida incluye cambios de manera natural -noviazgo, matrimonio, nacimiento del primer hijo, etcétera- también genera expectativas respecto al tiempo que durará cada uno de ellos. En las familias reconstituidas las etapas del ciclo vital a menudo se trastocan, y los plazos no cumplen las expectativas prevista pues generalmente se dan de forma más acelerada.

Por otro lado las familiar reconstituidas nacen de la pérdida.  Sus puntos de partidas son dos: la muerte de uno de los cónyuges, o el divorcio previo de uno o los dos cónyuges. Ambos casos, si bien son diferentes, constituyen pérdidas fundamentales e intensidades emocionales equiparables para el resto de los miembros de las familias. Esto nos lleva a señalar que otra características de estas familias es la necesidad de un duelo. Pareciera extraño decir que el duelo por divorcio es más difícil de elaborar que el duelo por muerte pero es que en un divorcio queda la ilusión del reencuentro de los padres en la mayoría de los hijos.

¿Cuáles son los “prerquisitos”  de estas familias?

Aprender a manejarse con las pérdidas y los cambios. Por tanto el trabajo con el duelo así como el desarrollo de estrategias de flexibilidad y adaptación acelerada, son de necesidad fundamental para la nueva familia.

Otros retos.

  • Al haber varios adultos a cargo de los hijos, (la nueva pareja más los padres y madres de relaciones anteriores) es necesario clarificar las obligaciones conyugales y parentales de cada uno de ellos. Eso sin tener en cuenta otros niveles de parentesco como serían los papeles de tíos y abuelos.
  • Definir el límite del sistema familiar. No se sabe claramente quiénes son miembros de la nueva familia y quiénes quedan excluido. “¿Mi primo es primo de mis hermanastros también?” “¿Yo como hijastra seré tratada como nieta con los padres de mi padrastro?” “¿Quiénes estarán invitados en la cena de Navidad?”. En las familias nucleares la frontera biológica, legal y geográfica delimita los límites, no es el caso de las familias reconstituidas por lo que es importante definirlos.

Tips concretos para que funcionen.

  1. Trabajar los duelos previos (por muerte o divorcio tanto en los padres como en los hijos). Aquí no aplica el dicho “un clavo saca a otro clavo”.
  2. Los padres biológicos han de tener claros acuerdos sobre los hijos (económicos, emocionales, sociales).
  3. Los nuevos cónyuges han de conversar sobre el rol que fungirán con los hijastros e hijastras.
  4. Los padrastros y madrastras no han de posicionarse de inmediato como figuras parentales sino construir una relación con el hijastro o hijastra con base a los acuerdos previos y a lo que se puede y se necesita en cada caso.
  5. No rivalizar con los hijos del cónyuge. Si bien se ha de tener claro el lugar que ocupa la pareja, se eligió a alguien que llega a la relación con hijos/as.
  6. Es importante tener tiempo y espacio separado para el cultivo de la pareja, para los hijos biológicos y para la nueva familia. Esto implica mayor creatividad y mayor tiempo.
  7. Acompañar la relación de la fratría, es decir, la relación entre los hermanos/as, hermanastros/as y medio hermanos/as.
  8. Moverse con prisa pero con pausas. Si bien la adaptación a los cambios requiere rapidez, el exceso de entusiasmo en “compensar” el pasado o en construir una familia “ideal” puede hacer que se presione a tener actitudes y realizar actividades que requieren de tiempo para ser procesadas y poderse instaurar.

No se trata de querernos profundamente.  

Con frecuencia las familias reconstituidas se torturan y conflictuan porque tienen expectativas “románticas” del vínculo que van a generar entre sus miembros. Me inclino a decir que el amor o el afecto entre los miembros de estas familias se desarrolla (o no ) a través del tiempo, pero lo central no es “quererse y disfrutarse” profundamente, sino respetarse y cuidarse buscando lo que es oportuno y constructivo para cada uno de ellos. El amor no siempre se acompaña de sentimientos gratos, además quererse sería ideal pero imposible de instaurar en un inicio, por eso basta con que cada integrante de la familia se sienta respetado, apreciado, atendido, reconocido y cuidado, para que el tiempo haga su trabajo…

 

 

 

No puede dejar de rondarnos por la cabeza la pregunta sobre qué pasará con nuestra mentalidad y nuestros hábitos después de esta cuarentena. Estamos en el presente pero, yo en particular, no puedo de quitar la vista del futuro próximo. Sin reparo y con la menor ansiedad posible, imagino otros escenarios posibles, que este evento, puede desencadenar.

Mi “deformación psicológica” me lleva primero a pensar en las estructuras de carácter que subyacen en nuestras respuestas naturales a lo que estamos viviendo:

  • Existen personas “introvertidas” – no porque no sepan socializar sino porque se recargan en el silencio y en la soledad – y para ellos, quedarse así, sería un “bendición”. Salvadas las proporciones de los daños colaterales.
  • Están, por otro lado, aquellos “extrovertidos” que ya advirtieron a los propietarios de bares, cafeterías y restaurantes, que se abastezcan porque están ya en posición de “¡en sus marcas, listos, fueraaaaaa!”.
  • Y por otro lado, las personas que tienen miedo por relacionarse, probablemente y en su mayoría, parte de espectro que responde a patologías previas, psicológicas o psiquiátricas, y no tanto a la pandemia en sí. Esto es tema de toda otra reflexión.

Cada respuesta tras el confinamiento dependerá de los mecanismos que cada uno usa para afrontar la vida en general: de distintas formas y con diferentes secuelas se entenderá, se procesará y se aceptará. Notaremos que somos vulnerables pero no impotentes. Y los cambios que se den no tendrán que ser del todo negativos.

Pero más allá de cada uno de estos posicionamiento me pregunto: ¿será diferente nuestra forma de ser y relacionarnos después de este confinamiento?

Comparto algunas reflexiones de lo que quizás habremos descubierto:

  1. Que se pueden mantener las relaciones, aún a distancia. Y que en este sentido, la tecnología ha sido un “plus”, porque las distintas plataformas nos permiten acercarnos en el mundo virtual y de una manera “curiosa” mantenernos actualizado, conectados y contenidos.
  2. Que se puede descartar de nuestras vidas a aquellas personas que no tienen que ser más parte de nuestro círculo cercano.
  3. Que se puede ampliar la gama de actividades que nos proporcionan placer y ocio casero. Y que quizás esta experiencia puede derivar en hobbies, goces, intereses y recursos que no imaginábamos podríamos conquistar.
  4. Que reconoceremos cuánto menos necesitamos consumir. Y que no solo el ahorro nos beneficia sino el “consumo” de experiencia y el desarrollo de vínculos.
  5. Que distinguiremos hábitos útiles e inútiles que teníamos arraigados sin siquiera notarlo.
  6. Que experimentaremos, ahora sí “en carne propia” y con mayor consciencia que somos seres sociales y creativos. Estamos re descubriendo nuestra emocionalidad que seguramente bullirá más tras el confinamiento. Esto generará ¿más arte? ¿más parejas? ¿más hijos? ¿más proyectos? ¿menos pedos?
  7. Que confirmaremos que la tecnología llegó para quedarse: home office, arte digital, relaciones a distancia, terapias virtuales.
  8. Que nos tomará tiempo desafiar el temor al acercamiento físico. ¿Qué tanto me acerco a quién?. Si antes era en lo sexual el recelo, quizás ahora se extienda a lo puro relacional.
  9. Que perderemos miedos a otros “contagios sociales”: ¿clase, preferencia sexual, raza, género? Quiero soñar que habrá mayor igualdad. ¿O retomaremos rápidamente la distancia que generan los privilegios?
  10. Que los mercados se ajustarán de forma diferente. Algunos están sufriendo terribles consecuencias pero otros han salido reforzados (Netflix). Imposible negar que cambiará la apuesta económica y financiera ¿Qué areas de oportunidad surgirán como nuevas maneras de hacer negocio?
  11. Que en esta sociedad de actividad frenética se está generando una educación para el ocio que nos obliga a parar y a reflexionar. Los espacios “vacíos” permiten relajación y creación.
  12. Que estamos re descubriendo el valor del conocimiento científico y el “irnos de puntitas” con mil propuestas alternativas que en el mejor de los casos pueden sumar, pero en muchos generan pensamientos mágicos y laberintos sin salida.
  13. Que se puede integrar lo paradójico: la solidaridad dentro de la individualidad. Tanto dentro de una mismo inmueble, o en un barrio, ciudad, o a un nivel mucho más amplio. Y confirmar que somos más interdependientes que independientes, por lo que no sobrevivirán los “mas fuertes” sino los que se apoyan.
  14. Que también desarrollaremos nuestra capacidad de resiliencia, pues serán más de una pérdida de las que nos tendremos que recuperar. Incluído aquí la capacidad de posponer la frustración y posponer la gratificación.
  15. Y quizás, que los adolescentes –tan criticados por su inmersión en la tecnología- han hecho en este encierro no cosas no tan distintas a sus hábitos previos: relaciones online, juegos, música, videos, redes, entre otras. . Pienso que desbancaremos la falsa idea de que los nativos digitales son menos sociales y confirmaremos que hay mucho solitario de bar, y muchas personas “solas” en casa conectando a través de videojuegos y otras plataformas en compañía. Agrego, que no cabe la menor duda de que la tecnología se va a acelerar.

¿A ti se te ocurre algo más? ¡Bienvenido el cambio!

El aislamiento forzado que estamos viviendo puede incrementar el riesgo de la violencia doméstica. Una de las tácticas de quienes perpetúan la violencia es controlar lo que la otra persona hace, a quién ve, con quién habla, lo que lee, a dónde va. Esto incluye utilizar los celos para justificar sus acciones y retenerle documentos o gadgets importantes. Hoy la estrategia de limitar su participación con el exterior la tienen en “bandeja de plata”.

La mayor parte de las víctimas de la violencia en la pareja son mujeres, y la mayor parte de los perpetradores son hombres. Las mujeres tienen un riesgo significativamente más alto de ser víctimas de violencia doméstica que los hombres.

Los perpetradores de violencia utilizan una combinación de las siguientes tácticas para lograr y mantener dominación, poder, y control sobre su víctima.

  • Abuso emocional. Insultar; hacerla pensar que se está loca/o; manipular mentalmente; humillar; hacer sentir mal acerca de una/o misma/o; hacer sentir culpable.

 

  • Coerción y amenazas. Haciendo o cumpliendo con amenazas de hacerle daño, de abandono, de cometer suicido, etc.

 

  • Intimidación. Hacer sentir miedo por medio del uso de miradas, acciones, gestos; destrucción de su propiedad; abuso de las mascotas; mostrarle armas.

 

  • Menospreciar, negar, culpar. Dar poca importancia al abuso y no tomar en serio sus preocupaciones al respecto; decir que el abuso nunca sucedió; cambiar la responsabilidad del comportamiento abusivo; decir que ella fue la que causó el abuso; reclamar que él es la víctima “verdadera”.

 

  • Privilegio masculino/autorización. Tratar como sirviente; tomar todas las decisiones grandes; hacer todas las reglas; ser la persona que defina los papeles de ser mujer y hombre.

 

  • Abuso económico. Evitar que obtenga y mantenga un trabajo; hacer pedir dinero; agarrar su dinero; no dejar que conozca o tenga acceso a la información del ingreso familiar.

 

  • Violencia sexual. Tocamientos y caricias no deseadas; contacto sexual forzado; violación; acusar que es o fue infiel; humillar y objetivar su cuerpo; restringir acceso a atención de su salud reproductiva; forzar a tomar parte en sexo no deseado; amenazar con tener sexo con algún otro; coaccionar a tener sexo.

 

  • Violencia física. Agarrar; empujar; dar patadas; escupir; morder; jalonear; pellizcar; golpear; pegar; cachetear; estrangular; cortar; apuñalar.

 

Si te identificas con esta situación, estás siendo víctima de violencia doméstica.

¡PIDE AYUDA!

 

Y no desfallecer en la cuarentena

Nos encontramos repentinamente confinados a un espacio, con la familia en la mayoría de los casos, teniendo que jugar muchos roles en unos cuantos metros cuadrados.

Ser madre, ser trabajadora online, ser pareja, ser ama de casa, ser amiga, ser maestra de los hijos, ser, ser, ser…  ¡y a ratos tratar de no ser nada para nadie para no terminar siendo un hilacho!

¿Cómo sortear este reto sin desgastar nuestros vínculos importantes y sacar adelante lo que tenemos que hacer?

Cuando se disuelve la distancia física, como ocurre en esta cuarentena, han de subirse ciertas fronteras emocionales y sociales que permitan preservarnos. Veamos algunas formas de cuidar a los demás y cuidarnos a nosotros mismos:

 

  1. Monitoréate cada tanto: tu pulso, tu nivel de ansiedad, tu irritabilidad, enojo y cansancio. Si puedes detectar tu saturación antes de pasar a un punto sin retorno podrás retirarte o pedir distancia antes de explotar.
  2. Sé claro con lo que necesitas y sientes: no uses la crítica, ni el desprecio, ni el reclamo para obtener lo que requieres. Pide con claridad y eficacia lo que en ese momento te hace falta.
  3. No sólo pidas sino también escucha: observa con curiosidad lo que ocurre a los demás y su forma de reaccionar para poder interactuar en vez de pelear. 
  4. Respeta las distintas formas de lidiar con la crisis: algunos prefieren actuar mucho y hacer cosas que no acostumbran hacer; en otros se incrementa su sensibilidad y necesitan conversar y ser escuchados; hay quienes usan la lógica y todo lo quieren explicar. No se trata de aumentar la tensión tratando de que todos reaccionen igual sino de balancear, con las distintas perspectivas, la mejor forma de afrontar la situación.
  5. Pide un tiempo fuera si lo necesitas; se vale tomar distancia, pedir silencio e incluso encerrarte solo en alguna habitación cuando te sientas saturado.
  6. Da reconocimiento a los demás. No solo agradezcas lo que hacen los otros sino lo que están siendo por ti. Sirve decir “gracias por dejarme dormir más tiempo”, pero también el agregar “eres alguien muy considerado conmigo”
  7. Pide ayuda a alguien en quien confíes. Cuando sientas que los recursos y las opciones se te agotan, ten alguna conversación en línea o por teléfono con una buena amistad, un mentor o un familiar que te ayude a salir de tu círculo vicioso para que puedas volver a remontar.

 

Terapia de SESIÓN ÚNICA EN LÍNEA

Con un costo solidario

¡Una consulta puede hacer la diferencia!

 

La situación de aislamiento físico debido a la contingencia que estamos viviendo puede traer efectos abrumadores en nuestras vidas.

 

            Experiencias como: 

  • Ansiedad 
  • Depresión 
  • Frustración 
  • Sobrecarga de labores
  • Pérdidas económicas
  • Miedo
  • Violencia doméstica
  • Incluso el desbordamiento de problemas que ya se venían gestando pero que estaban invisibilizados o minimizados por el trajín de la vida cotidiana.


Esta mezcla de situaciones pone ante nosotros retos importantes y reflexiones necesarias sobre nuestra vida y nuestras relaciones. 

 

La Terapia de SESIÓN ÚNICA EN LÍNEA, ofrece a los consultantes una forma de trabajo que concibe cada sesión como una experiencia completa en la que se enfatiza, la relación,  la escucha y el planteamiento de objetivos claros y concisos; así como la exploración de nuestras fortalezas, recursos y redes de apoyo para posibilitar soluciones.

 

¿Qué te ofrece este modelo? 

  1. Orientación en el aquí y en el ahora 
  2. Determinarobjetivos alcanzables que aumenten tu bienestar.
  3. Reconocer tus competencias y capacidades para fortalecerte durante esta época. 
  4. Impulsar el cambio con acciones concretas de alcance inmediato.

 

Si estas experimentando algunas de los efectos del aislamiento y la contingencia te ofrecemos Terapia de SESIÓN ÚNICA EN LÍNEA a un costo solidario que tú pactarás con tu terapeuta. 

 

Llama a Psicoterapia la Montaña

15-5701-99

“Para conocerse en profundidad
hay que dejarse penetrar por la nada!”
Luis de la Puente

Vivimos un fenómeno sin precedentes. El mundo está detenido y atemorizado por el virus, que si bien pone en riesgo nuestra integridad física y la vida misma, está en primera instancia acabando con nuestra salud mental. ¿Pero es el virus el que taladra nuestro cerebro? O simplemente detona la manifestación de lo que estaba “mal acomodado” y su amenaza, además de la vida detenida, solo lo exhibe.

 

El contacto físico es uno de los mayores placeres humanos –charlas, besos, encuentros– y resulta que hoy ese es justo el peligro. Y como nuestra vida pública (aquella que todos conocen) está detenida, nuestra vida privada (aquella que compartimos solo con unos cuantos) está limitada. No nos queda más que la vida íntima, aquella que nos lleva a interiorizar y cuestionar la propia existencia.

 

Somos los únicos seres del planeta autoconscientes, es decir, no solo nos damos cuenta, sino que nos damos cuenta de que nos damos cuenta. Eso nos permite relacionarnos con nosotros mismos, interiorizar y por tanto tener una vida íntima.

 

Nuestra dimensión íntima nos hace inevitable la autoevaluación y por tanto la emisión de un juicio sobre nosotros mismos: ¿esto que hago me gusta? ¿quiero seguir en esta relación? ¿siento que avanzo hacia mis metas de vida? ¿honro mis valores y atiendo mis necesidades e intereses? De las respuestas a estas preguntas nos enfrentaremos a una valoración personal que puede agradarme o confrontarme con lo más profundo de mi ser.

 

Por otro lado, “la nada” que menciona Luis de la Puente, no es necesariamente –y muy probablemente no lo será aún en esta situación tan crítica– una muerte real. Pero sí un vacío, un espacio, un cuestionamiento del sentido de nuestra vida. Por tanto se abre una paréntesis vital para sanar heridas pasadas y para generar nuevas ideas y posibilidades futuras.

 

El cambio se genera construyendo nuevas experiencias, nuevos relatos y nuevas acciones. La actual experiencia de restricción social  nos abre la posibilidad de crear nuevos relatos sobre  nuestra vida: ¿quién soy? ¿qué quiero? ¿qué quiero agregar o quitar de mi vida?, y a través de estas reflexiones generar acciones concretas de vida que me dirijan a ese lugar elegido –terminar una relación, inscribirme a un curso online, comprar un libro sobre cambio, reconciliarme con alguien que me distancié–. Esta movilización nos puede impulsar a generar un circuito de cambio: diferentes experiencias que nos lleven a nuevos relatos y éstos a su vez a nuevas acciones, impulsando en este movimiento, nuestra transformación y crecimiento..

 

Para mí entonces la cuarentena es una invitación a imaginar otros mundos posibles, a movernos a espacios inéditos donde podamos pensar, decir, y hacer aquello que no hemos hecho nunca pero que ahora es posible visualizarlo y planearlo. Y es que detener la vida puede ser la oportunidad de desarrollar un pensamiento crítico ante lo socialmente impuesto, ante lo familiarmente no cuestionado y ante culpas, temores y enojos nunca enfrentados.

 

Hoy tenemos tiempo, mucho tiempo: tiempo sin objetivos, solo tiempo. Por eso los invito, como lo dijo Renato Leduc, a aprovechar esa “Sabía virtud de conocer

Un día me desperté, me miré al espejo y no me reconocí. A los 3 años de haber tenido a mi primer hijo y 4 años de estar casada, había en mí una tristeza muy profunda, un desencanto y una desilusión que en aquel entonces no tenía nombre. ¿Cómo había llegado hasta aquí en estos 8 años de relación?, ¿cómo me fui debilitando? Era una tristeza no compartida con las personas cercanas a mí, silenciada, y vivida en mucha soledad y vergüenza. Esto fue el parteaguas para darme cuenta que llevaba un vida paralela a la de mi esposo: él era “muy feliz” y yo todo lo contrario. Necesitaba ayuda.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.