Hoy que cumplo 58 vuelo para encontrarme con alguien que está poniendo “sal y pimenta“ a mi vida. Intuyo que mi presencia adereza también la suya, de lo contrario no me incluiría en su mesa, en su cama, en su casa, en su vida. Y mientras sobrevuelo distancias –físicas y emocionales– cierro los ojos y disfruto, me disfruto. Me experimento más cómoda que nunca habitando “a pierna suelta“ mi cuerpo, mi cabeza, mi corazón y mi alma. ¡Qué bienestar me reporta ser la persona que soy! ¡Qué largo trayecto recorrido para ocupar cada rincón de mi persona, y con todas mis limitaciones y retos, regocijarme de tenerme a mí misma!

Pareciera que en el diario correr de mis largos días el tiempo galopante se puede detener en este bienestar, y mientras subo y bajo, escribo y leo, trabajo y descanso, platico y escucho, la solidez de lo que me ancla a la vida me genera una satisfacción –sólida, integrada, elegida– que difícilmente recuerdo haber experimentado tiempo atrás.

 

No es que mi vida anterior haya sido un desasosiego sostenido –he vivido de todo y mucho: tantos logros maravillosos como pérdidas insustituibles– pero la satisfacción de haber podido romper prejuicios y creencias limitantes, la fortaleza adquirida al desafiar contextos asfixiantes y la energía ganada al haber potenciado capacidades, me regala una experiencia de plenitud, de satisfacción, de competencia, que se equipara con pocos  de los bienestares que la vida otorga.

 

Y me pregunto, ¿cómo es que he llegado a esta calma activa que me invita a trabajar más, a crecer más, a amar más, a disfrutar más y más? Es tanto junto pero nada en particular: mis sólidos y amorosos vínculos cercanos que me contienen y acompañan, mis quehaceres cotidianos que me mantienen interesadamente ocupada, son los proyectos futuros que me sacuden con intensa motivación, son los pequeños gustos intermitentes que detonan chispazos de placer entre una y otra cosa, son las guerras ganadas y las heridas sanadas, las nuevas posibilidades que descubro en el camino y que me hacen emprender una aventura más.

Reviso estos 58 años recorridos y no dejo de confirmar que la vida no es fácil pero también me convenzo de que sabiéndola entender y afrontar siempre puede mostrarse generosa. Siempre, sí siempre… Siempre ofrece algo más, un camino nuevo, una paz más honda, un encuentro más entrañable, una carcajada más profunda. Opciones, muchas opciones, unas externas y otras que brotan del interior de mí misma y que me permiten una elección más, nueva, diferente y rica.

 

Es la vida bien vivida la que me sigue sobrecogiendo y escogiendo. Y es por eso que yo te escojo también a ti, cada día, vida mía…

 

 

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Existen malestares psíquicos, que tienen efectos físicos y pueden confundirnos en cuanto a lo que estamos padeciendo.

¿Qué es la ansiedad y qué es la depresión?

Tanto la ansiedad como la depresión son maneras de responder a situaciones externas y a situaciones internas.  La ansiedad, de manera particular es una respuesta automática ante alguno o varios estímulos que activan un mecanismo adaptativo de nuestro organismo y lo preparan para “luchar o huir”, es decir para actuar a favor de “la sobrevivencia”. La depresión por su parte está más relacionada con una tristeza profunda y enquistada que impide, a quien la sufre, seguir adelante con su vida ordinaria. Generalmente ante una ansiedad sostenida o una pérdida intempestiva se activa un sistema de “conservación de energía” que nos lleva a deprimirnos.

Causas de la depresión

La depresión tiene orígenes genéticos, bioquímicos y psicológicos. Se le considera de  origen endógeno cuando ningún hecho concreto la desencadena; valorar experiencias negativamente, sentir miedos constantes ante el futuro o vivir en un estrés por el mundo que nos rodea, puede generarnos una depresión.

La depresión también aparece ante eventos justificables que la desencadenan, una pérdida de un ser querido, un rompimiento amoroso, una traición laboral o un cambio que pudiendo ser positivo genera una crisis de adaptación.  Atravesar estos duelos y acomodar estas transiciones nos permitirá salir de una depresión.

Los síntomas más frecuentes de la depresión son la tristeza, el insomnio, un cansancio inexplicable, la baja del deseo sexual, la apatía y la tristeza, entre otros.

 

Causas de la ansiedad

Por su parte la ansiedad también se asocia a factores genéticos (hereditarios y familiares), neurobiológicos (a áreas del cerebro y sustancias orgánicas del mismo), psicológicas, sociales y culturales. Experimentar un trastorno de ansiedad se correlaciona con frecuencia con una predisposición de personalidad sumada a los factores derivados del entorno.

Una persona ansiosa percibe como peligrosos eventos y realidades que no lo son, y los síntomas que la acompañan son reacciones fisiológicas como la hiperventilación con o sin mareos, la tensión muscular, el aumento de la frecuencia cardiaca, sudoraciones, y la dilatación de las pupilas. Cuando podemos controlar estas manifestaciones la ansiedad pasa, pero de lo contrario podemos experimentar un “ataque de ansiedad”.

 

La ansiedad y la depresión, siendo “primas” no son lo mismo. Pueden manifestarse juntas o separadas. Una puede llevar a la otra y por tanto hay que diferenciarlas para poder trabajar con ellas y manejarlas o superarlas. Un buen diagnóstico es indispensable para ver el grado de su influencia en nuestro desempeño y bienestar así como para saber cómo tratarlas. En ocasiones basta trabajar en terapia para conocer sus causas y cambiar nuestras conductas, a veces se requiere un entrenamiento para poder sorterlas y “ponerlas a raya”, y en ocasiones se requiere una intervención médica para apoyar a nuestro organismo a reestablecer el equilibrio bioquímico que impide nuestra recuperación.

 

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Si en algo se siente compleja la vida amorosa en la actualidad es en la duda permanente respecto a haber elegido a la persona “correcta”. Personas correctas hay muchas pero lo importante es elegir a una con la que podamos construir un rico proyecto de vida de pareja sin tener que anular nuestro proyecto personal o incluso sin tener que anularnos a nosotros mismos.

¿Cómo podemos “verificar” que la relación que tenemos nos nutre, es sólida, amorosa y lo suficientemente buena? Te regalo algunos puntos que te permitirán valorar tu propia relación, y en vez de estar constantemente dudando de la elección realizada, te permitas disfrutar y crecer con quien está junto a ti, o bien, emprender un camino de retirada.

  1. Compatibilidad sexual. Sin necesidad de experimentar permanentemente “chispazos e incendios pasionales” su intercambio erótico y sexual tiende a ser disfrutado por ambos.
  2. Intimidad compartida. Consideras a tu pareja un buen amigo o amiga, no la única, pero sí alguien con quien compartes sentimientos profundos, ayuda mutua, escucha, respeto y confianza. Cuentan el uno con el otro.
  3. Crecimiento conjunto. La relación te facilita desafiar los propios temores y limitaciones y te invita a crecer. La convivencia saca lo mejor de cada uno de ustedes y te permite construir mejores opciones de vida. La pareja te abre puertas.
  4. Aceptación mutua. Si bien toda relación tiene sus roces, reconoces que tu pareja te conoce y te acepta como eres. Del mismo modo, tu no empeñas todos tus esfuerzos en hacer que ella o él cambie y se adapte a lo que tu quieres. La perfección no existe, por lo tanto conocer sus defectos y limitaciones facilita el manejo de su relación.
  5. Discusión productiva. Los inevitables conflictos pueden ser puestos sobre la mesa, cuestionados, resueltos o negociados sin insultos, manipulaciones y revanchas. 
  6. Diversión potenciada. Cuando están juntos disfrutan más la vida. Las idas al cine, las visitas a un museo, los viajes realizados, las comidas compartidas, son espacios de placer para los dos. 
  7. Celos bajo control. Si bien en ocasiones la incertidumbre normal ante la posibilidad de perder a la pareja genera cierto desasosiego, la relación no transcurre entre persecuciones enfermizas, cuestionamientos agotadores, dudas perennes, y estrategias de control. Existe una confianza básica en tu pareja y un respeto a sus espacios individuales.
  8. Decisiones entretejidas. Aunque cada uno toma decisiones individuales en ciertas áreas de su vida personal, muchas de las decisiones tomadas no solo consideran al otro, sino que son decisiones que atañen a ambos y que por tanto los dos tienen “voz y voto”. Cuando uno solo de los miembros de la pareja ostenta el poder y el otro se somete, se abre la puerta del resentimiento y se pone en riesgo la satisfacción y la estabilidad de la relación. 
  9. Visión a futuro. Nada asegura que el amor dure “eternamente”, pero cuando piensas a futuro visualizas una vida compartida con tu pareja actual. El nosotros es parte de tu proyecto de vida.
  10. Opinión positiva. Aunque en ocasiones haya diferencias y disgustos, consideras a tu pareja una persona que vale la pena, inteligente, con buenas actitudes, con una personalidad estable y positiva. Te gusta quién y cómo es.

 

No todo es “miel sobre hojuelas” en el amor, pero estar con la persona correcta te permite encontrarle, hasta en los momentos difíciles, mejor sabor a la vida.

 

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La violencia doméstica ––a diferencia de los actos que escuchamos a diario en las noticias sobre abusos callejeros, robos en transportes públicos, asesinatos a diestra y siniestra que se refiere a una violencia social– es aquella que se da dentro de los hogares donde se supondría que los miembros de la familia se mantienen en resguardo del maltrato.

Esta violencia se da en cualquier hogar sin distinguir razas, países, educación y estrato socioeconómico. La violencia doméstica generalmente se invisibiliza y minimiza porque al hablar de violencia, los integrantes de la familia piensan en agresiones físicas. Por eso es común que esta violencia se dé en forma silenciosa y dejando estragos en quienes reciben el maltrato.

 

¿Qué es la violencia doméstica?

Cualquier palabra, acto u omisión de un miembro de la familia hacia otro con el fin de controlarlo, someterlo y acotarlo causándole –como efecto– algún daño. En general, quien abusa tiene mayor poder, edad, dinero, fuerza o rango en la jerarquía familiar, y si bien la mayoría de los casos incluye la violencia de género, de hombres a mujeres, también se da de los mayores a los menores, o de los adultos jóvenes a los adultos mayores.

El agresor usa la violencia para imponer sus deseos, generar temor y conseguir lo que desea desde un lugar de poder que dificulta a la víctima oponerse y deslindarse. La violencia familiar se tiende a silenciar, tanto porque se normaliza, así como por vergüenza, temor al juicio externo y o a las miradas con desprecio o incredulidad –al darse entre personas del mismo grupo familiar–.

Sobra decir que las familias ­–aún de forma extraña y contraproducente– buscan cuidarse a sí mismas; por eso es común que busquen proteger al agresor. ¿Qué haría una madre con hijos pequeños sin el abastecimiento de su pareja maltratadora? ¿Cómo saldría un niño adelante sin la presencia de su madre, aunque ella sea quien lo golpea?

 

Tipos de violencia doméstica

La violencia se manifiesta de diferentes formas, unas más difíciles que detectar que otras, pero todas generadoras de potentes daños en la integridad física, mental y en ocasiones económica de las personas.

– Violencia física

 

Ataque físico directo. Desde pellizcos y empujones, hasta golpes contundentes que pueden terminar con la vida de quien los recibe.

Violencia emocional

 

Es más sutil que la física, pero no por eso menos peligrosa, ni lastimosa. Implica gritos, insultos, indiferencias, intimidaciones, chantajes, burlas, manipulaciones y prohibiciones con el fin de disminuir y debilitar a la víctima y dominarla.

– Violencia psíquica

La violencia psíquica o maltrato psicológico está íntimamente ligada a la violencia emocional. Lo que la distingue de aquella es que quien la ejerce actúa de manera ambigua, convenciendo a la víctima de que su forma de razonar y sentir es equivocada y que todo lo que hace, lo hace “por su bien”. Esto lleva a quién la padece a un estado de confusión y desequilibro mental.

– Violencia económica

Evitar que obtenga y mantenga un trabajo; hacer pedir dinero; tomar su dinero; no dejar que conozca o tenga acceso a la información del ingreso familiar.

– Violencia sexual

Incluye tocamientos y caricias no deseadas; contacto sexual forzado; violación; acusar de infidelidad; humillar y objetivar su cuerpo; restringir acceso a atención de su salud reproductiva; forzar a tomar parte en sexo no deseado; amenazar con tener sexo con algún otro(a); coaccionar a tener sexo.

 

Efectos

Los casos de violencia dejan múltiples heridas psicológicas, materiales y a veces físicas en los afectados. Entre ellas son comunes los estados de estrés y angustia que pueden derivar en francos cuadros de depresión.

La experiencia de confusión y debilitamiento que pudieran parecer “menores”, hacen que las personas sometidas a estas situaciones tengan dificultad para reconocer y verbalizar lo que están viviendo, y superar el temor a pedir ayuda.

 

Para salir del hoyo…

En estos casos el apoyo externo es necesario para detener la violencia y al mismo tiempo recuperarse de la misma. Quienes son víctimas de estos tratos no son responsables de las conductas del agresor, pero sí de poner a salvo su integridad física y mental.

Los acompañamientos psicológicos, legales y psicosociales no solo facilitan salir de la situación de riesgo sino sanar los efectos psíquicos y emocionales resultantes de este tipo de experiencias.

 

 

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¿Quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Entre las pumas hay mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa.

Hace unos días me invitaron a un programa de radio, solicitando mi opinión de un tema puntual: las mujeres cougar. Al minuto de haber aceptado, recibí material que documentaba el tema, por si no sabía de lo que me estaban hablando. ¡Cómo no voy a saber! A mis “algunos años” sería candidata idónea para sumarme a las filas de las “mujeres puma”, tan criticadas… ¿tan envidiadas?

Se les llama cougar a aquellas mujeres maduras que, habiendo rebasado los 30, 40 o 50 años, buscan hombres jóvenes, entre 6 y 15 años menores que ellas. El término podría ser peyorativo: cougar da la idea de mujeres depredadoras que van a la “caza” de hombres jóvenes: “carne fresca”. Es curioso que este modelo de conquista, tan común entre los varones –y no sólo aceptado, sino con frecuencia festejado–, en el territorio femenino cause resquemor. ¿Será que ni hombres, ni mujeres hemos superado la imagen de mujer madre, asexuada y pasiva?

Hace un par de años en una reunión, una amiga comentaba sobre una conocida mayor que nosotras: “Salí de dar un seminario en la facultad y vi pasar a las hijas de Julia. Roberto (maestro) comentó algo sobre la belleza de las chicas, a lo que Félix (otro joven profesor) contestó con voz intensa: “¿Pero acaso no han visto a su mamá?, ¡para mí es más interesante y atractiva que las dos hijas juntas!”.

Así que, ¿quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Los varones que gustan de relacionarse con mujeres mayores no quieren ser como “el resto de los hombres”. Les gustan los retos, son irreverentes y algo transgresores. De sus encuentros con ellas obtienen aprendizaje: se adentran en un mundo que de otra manera les sería inaccesible y quedan libres de tomar las riendas de la relación. Adquieren madurez y confianza a través de estas experiencias, que van desde una cana al aire hasta una relación estable.

 

De las mujeres cougar se dice “que son mujeres divorciadas y fracasadas” o que “temen envejecer”. Sin duda todos capoteamos con mayor o menor elegancia las rupturas amorosas y el transcurrir de la edad, pero generalizar y descartar su opción como inválida, sería tanto como simplificar una realidad que se antoja nueva, compleja y estimulante para incursionar.

Entre las pumas hay mujeres seguras de sí mismas que disfrutan su madurez, independientes económicamente y libres de prejuicios. Mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa. Mujeres que han vivido suficiente para elegir nuevos modos y nuevos modelos. Pocas quieren casarse, de ahí que estas experiencias, más que impedirles envejecer, les permiten transitar con mayor plenitud ese proceso. Son mujeres fascinantes física y mentalmente, arrojadas, bien plantadas…

Sobra decir, que la mujer, en términos generales, alcanza su plenitud sexual a una edad más tardía que los hombres, y que éstos, siendo más jóvenes, pueden aprender y disfrutar de ellas al tiempo que están en condiciones de darles “batalla”.

El fenómeno de las cougar no es banal: es un paso más en el tema de la equidad de género. No se trata de una mera reacción a ciertas prerrogativas masculinas, sino una conquista más entre la diversidad de opciones disponibles para elegir y experimentar.

¿Ejemplos de mujeres cougar? La lista es inagotable: Madonna, Demi Moore, Mariah Carey, y muchas amigas cercanas que por razones obvias no voy a mencionar. ¿Desventajas? Sí, como en todos los encuentros amorosos hay desafíos, pero también muchas ventajas y disfrutes… Quizá el reto sería dejar de estigmatizar el suceso e integrarlo al repertorio erótico y amoroso posible, deseable, entre otros muchos más…

 

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El papel de la suegra ha tenido un impacto histórico en la vida de las familias. Las mujeres durante años, hemos sido educadas para hacernos cargo del mundo de los afectos, de lo doméstico, de los cuidados hacia los demás, si bien esto va cambiando, sigue habiendo familias y, en particular, mujeres que están identificadas y posicionadas completamente en este rol.

Entendiendo esto, podemos imaginar que cuando un hijo varón se casa (pensando por ahora en una relación heterosexual), la madre, siguiendo esta línea, considera que va a ser ella la que va a dar el toque del estilo de vida familiar de la nueva pareja, el modo de resolver las tareas domésticas, las indicaciones de cómo cuidar los afectos de la nueva familia, los tips para velar por el adecuado cuidado de su hijo, ¡ni qué decir de la forma de educar a sus nietos si los hay! En fin, muchas “súper suegras” se consideran las encargadas de enseñar a las nueras cómo construir un hogar.

Es ahí, evidentemente, donde puede comenzar el jaloneo entre las dos mujeres que se identifican con ese rol, que se viven como cuidadoras y que se consideran encargadas de lo emocional, para ver a cuál de las dos les hace caso el hijo-esposo. Sobra decir, que más allá de que me parezca importante que una mujer empoderada viva a su pareja como mutuamente responsable de esos roles con ella, a la suegra ya no le corresponde jugar ese rol: a la suegra, que ya fue madre, que ya lleva camino recorrido, le toca entender que la nueva familia de su hijo no va a vivir como ella quiere, que no replicarán sus valores, que la pareja que inicia encontrarán su propio estilo de vida, y que se equivocarán y repensarán como asimilar y aprender del error.

Siguiendo en esta línea, valdría la pena decir, que un hijo adulto que no obedece plenamente a sus padres, que se alía con su pareja, que no acata ciégamente los mandatos maternos y familiares, da cuenta de una buena educación, pues una educación exitosa lleva a la autonomía, a la toma de consciencia, a un pensamiento independiente, y a la construcción de nuevos modelos de vida adecuados a los retos presentes y a las personas que los desafían. Se vale –y suma como parte de la integridad personal– ser buen hijo: respetuoso, considerado, generoso, conectado; pero un hijo que idolatra a su madre o padre, generalmente es mal padre o mala pareja, pues cumple una función de pareja o padre de sus propios padres.

Dicho lo anterior, ¿cómo se puede ser una buena suegra?:

  1. Se debe considerar si las intromisiones en la pareja de su hijo responden más que a su “buena voluntad”, no se deben resolver los problemas propios en otra parte.
  2. Las buenas suegras aprenden que los límites pueden ser oportunidades para “jubilarse” de un estilo de ser madre que está caduco ya. Estos vínculos sanos equlibran la cercanía/distancia entre las familias.
  3. Una suegra buena entiende y tolera que la nuera y el hijo prueben métodos, hagan sus pininos y tropiecen en el transcurso del tiempo. Da su opinión cuando se la piden, y a manera de propuesta, no de juicio, ni de mandato, y mucho menos de manipulación.
  4. Una buena suegra tiene un proyecto de vida personal, no puede hacer de su hijo y de la familia de su hijo su proyecto de vida.
  5. Las buenas suegras trabajan sus propias carencias y dolores del pasado para no querer resolverlos a través de sus hijos que están viviendo otra situación de vida diferente a la propia.
  6. Quizás algunas cosas bien pensadas, con estrategias bien planeadas, pueden ser aclaradas con su nuera, pero los reclamos y enojos de una madre debe manejarlos con su hijo, directamente. Ciertamente, la relación madre e hijo siempre se puede actualizar, mejorar o perdonar, pero entrar en una dinámica agresiva suegra-nuera es desgastante: por un lado, puede hacer que el hombre se distancie de las cuestiones domésticas, pensando que son problemas que solo corresponden a las partes en disputa (problemas de “viejas”) y, por otro, en realidad siempre es más fácil resolver algo directamente con el hijo, y que el hijo aprenda a poner límites a su propia madre y a llegar acuerdos con su esposa si es necesario. Cuando una relación suegra-nuera se daña, difícilmente es reparable.

 

El punto de ser una suegra perfecta es ser una mujer realizada, madura, que ubica su papel en el rol familiar, que entiende lo que es la autonomía y que si no la ha alcanzado todavía, está en momento de alcanzarla. Además a ella le corresponde, como persona con más experiencia de vida, y mayor rango de responsabilidad, manejar esta situación de forma más inteligente.

 

Una mujer construirá junto con su pareja una sólida relación de pareja, no por las batallas ganadas a la suegra, sino por su apuesta a la propia madurez y a la solidez construida en su nueva relación. Pero ojo, el papel del hijo es central en esta triada: un hombre que se abstiene de definir su postura a favor de su pareja y sigue “exaltando” de manera desbordada el rol de su propia mamá, favorecerá el crecimiento del conflicto, el distanciamiento y la ruptura de su propia relación.

 

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El mundo actual nos hace pensar que podemos tener, lograr, y disfrutar más de lo que es humanamente posible. No, no somos súper héroes, ni todopoderosas. Aún así tenemos un gran margen de acción para tener una vida plena y satisfactoria, claro está, siempre que adecuemos nuestras aspiraciones a nuestras posibilidades, y nuestras acciones a nuestros objetivos.

No hablo de adoptar una postura de resignación, esto implicaría tolerar pasivamente lo que “nos tocó”. Menos aún supongo que hemos de “tragarnos” creencias erróneas y adaptarnos a roles asignados que nos limitan y nos acotan. Para mí el camino a la libertad implica aceptar y actuar con base en realidades.

Aceptar es vivir en el presente, asumir su movimiento y promover el curso del mismo validando nuestros deseos, necesidades, intereses y valores. Y actuar significa realizar acciones concretas que nos permitan asumir el protagonismo de la propia vida. El nudo que genera la dependencia es justo ir como veletas moviéndonos por donde “el viento nos lleve” y someternos a los deseos (y a veces neurosis) de quienes nos rodean con casi ningún margen de elección de nuestro porvenir.

 

¿Por qué anhelamos tanto la conquista de la libertad?

El hilo conductor del psiquismo humano es reconocernos y legitimarnos como “sujetos deseantes”. Así como el esqueleto sostiene y estructura al cuerpo, la capacidad de desear es el eje que configura nuestra identidad y da sentido y significado a nuestro proyecto de vida. ¿Qué quiero? ¿Qué necesito? ¿Qué sueño?

Es fácil sucumbir a los deseos ajenos con el fin de agradar, de sentir que pertenecemos y de experimentar así cierta seguridad. De manera particular, la sociedad patriarcal nos ha entrenado a las mujeres para descifrar los deseos ajenos (de padres, maridos e hijos) a tal punto de dificultarnos –sino hasta imposibilitarnos en ocasiones– descifrar los propios. A los hombres se les impulsa más a escuchar sus deseos y necesidades, siempre enmarcados en el paradigma del “éxito” masculino que implica fuerza, productividad y pobreza emocional.

Conquistar la libertad requiere que dirijamos la mirada a nosotros mismos, que busquemos nuestros deseos postergados y nuestros entusiasmos no indagados. Cuando carecemos de práctica para ser el eje de nuestras decisiones, vivimos como barcos sin timón que solo navegamos rutas a favor de los otros.

 

Obstáculos para la conquista de la libertad

Siempre es un buen momento para soltar mandatos impuestos para dar cabida a deseos personales e ilusiones relegadas, pero también para cuestionar nuestras relaciones que muchas veces nos atrapan y nos limitan. Muchos hemos cultivado –por las razones, temores, ilusiones que sean– vínculos basados o en la dependencia económica o en la dependencia afectiva.

      ¿Cómo se muestra?

  • Disfrazada de amor incondicional.
  • Como búsqueda de permiso y aprobación.
  • Necesitando la “mirada del otro” como punto de referencia para orientarnos sin permitirnos andar a “campo traviesa” por el camino que consideremos mejor para nosotros.
  • Con la intolerancia a las propias dificultades atribuidas a nuestra “incapacidad” y no a nuestra falta de práctica.
  • Buscando la perfección para ser queridos. De manera particular las mujeres pensamos que para ser amadas hemos de ser afectivamente dependientes, físicamente necesitadas y psíquicamente vulnerables. Esto nos lleva a reclamar a los hombres cosas que no nos pueden dar.

Todo esto nos dificulta comportarnos como personas autónomas aún cuando demos muestras de independencia y tengamos recursos propios ya sean afectivos, económicos o profesionales.

 

Diferencia entre independencia económica y autonomía emocional.

La primera es la disponibilidad de recursos económicos propios que nos permitan tener un margen de acción real. La segunda es la posibilidad de utilizar dichos recursos económicos para legitimizar y gestionar –con base en decisiones de criterio propio que impliquen una evaluación de las alternativas posibles– los propios deseos, necesidades, sueños, intereses y valores. Y esto nos regresa a lo dicho al inicio, no se puede ni todo, ni siempre, pero sí lo suficiente para construir una vida plena.

Así, si bien la independencia económica no es garantía de autonomía, sí es condición necesaria –insuficiente– para la autonomía emocional.

 

¿Cómo conquistar la libertad?

  1. Trabajando. Generar un ingreso económico a través del desarrollo y uso de nuestras competencias y capacidades.
  2. Realizando un arduo trabajo psíquico para saber qué es adecuado o no para nosotros.
  3. Siendo creativos y arrojados para generar un programa propio que aún no existe.

 

¿Soy libre?

La verdadera libertad es la conciencia progresiva de tener cierto control sobre la propia vida, con un aumento de la confianza personal y un sentimiento de satisfacción y competencia.

Esto se manifiesta a través de:

  • Intensificar relaciones de genuina intimidad con otras personas.
  • Llevar a cabo actividades que impulsan nuestro desarrollo personal y mejoran nuestra imagen corporal para aumentar nuestra seguridad.
  • Tomar en serio nuestros intereses privados.
  • Desarrollar una vocación/profesión significativa.
  • Experimentar sentimientos de eficacia y autoridad.

En síntesis, ser libres en tomarnos en serio el proceso de hacernos protagonistas de la propia vida.

 

 

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Una pareja tóxica genera pensamientos, sentimientos y conductas en la persona que convive con ella

¿Cuáles observas en ti para detectarlos a tiempo?

  1. Confusión de tener razón en enojarte o exagerar.
  2. Intranquilidad y estrés permanente.
  3. Miedo de pedir algo o decir lo que sientes.
  4. Echarle más ganas y hacer lo que te piden para agradar.
  5. Pasmarte y no responder ante sus quejas y maltratos.
  6. Dar muchas explicaciones y justificaciones de lo que quieres o te gusta para que no se enoje.
  7. Pedirle permiso para hacer lo que deseas o necesitas.
  8. Pedir perdón constante por “errores” que no llegan ni a serlo.
  9. Sentirte culpable y responsable de que lo perturbas.
  10. Dejar de realizar cosas que te gustaban para no crear conflictos.
  11. Aislarte para no darle motivos de queja.
  12. Empiezas a sentirte con mucho enojo, tristeza e incluso depresión.

 

Al final todo esto genera una sensación de desvalimiento e impotencia que te dificulta cambiar la situación. La sensación de minusvalía e incompetencia se ha apoderado de ti.

 

¿Cómo salir del hoyo?

  • Darte cuenta

Notar que estás en una situación de riesgo.

  • Reconocer las situaciones que te llevaron a confundirte

Pensar el amor como tu proyecto de vida, pensar que nadie más te va a querer, urgencia de tener pareja, ser satélite de las necesidades de los demás.

  • Fortalecer tus redes de apoyo

Recuperar los amigos y familiares que dejaste.

  • Asegurarte una independencia económica

Ésta además de resolver muchas cosas, te facilita una autonomía emocional que es la legitimización de tus necesidades, deseos, intereses y valores.

  • Resistirte al sometimiento

Realizar pequeñas acciones de resistencia para detener el maltrato a ver si la otra persona reacciona.

  • Pedir ayuda psicológica y si es necesario legal
  • Y si nada cambia, acudir a otros recursos para dejar esa relación.

 

 

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Lealtades Familiares Invisibles

 

Generalemte llegamos al mundo cargando maletas de temor, de ambición, de avaricia, de tristeza, de nuestros ancestros. Pareciera que ellos quisieran seguir perpetuando sus historias a través de nuestras vidas. Este equipaje puede ser de nuestros propios padres o bien de familiares de generaciones anteriores que pasaron sus ideales, penas y deseos a los que les hemos seguido.

Si examináramos con detenimiento la mayoría de nuestros miedos, de nuestros deberes, de las formas de ver el amor, las creencias sobre el trabajo, la muerte y las personas, descubriríamos que pocas veces están basados en nuestras propias experiencias de vida. Un poco de reflexión y observación nos permitiría identificar que el miedo ante la escasez económica, o la culpa ante la libertad sexual, o el recelo a los que son de otra sangre, raza, preferencia sexual o religión pertenece a alguno de los que nos precedió.

Todas estas experiencias, aprendizajes, o respuestas que dieron a sus pasadas vidas nos alcanzan y nos modelan a través de un sin fin de mitos, patrones, dichos, incluso castigos, que limitan nuestra forma de vivir y de actuar.

 

¿Qué son las lealtades invisibles?

Las familias, por inercia, se repiten a sí mismas. Influyen en sus miembros heredándoles el significado que han dado a la existencia.

La lealtades familiares son fibras invisibles pero resisentes que mantienen unidas a las familias a través de comportamientos complejos en las relaciones de unos con otros. Las interacciones familiares buscan por medio de consejos, manipulaciones, chantajes, premios y exhortaciones, transmitir de manera consciente o inconsciente lo que consideran que es bueno para la preservación de sus integrantes y para la unión familiar.

Así, gran parte de nuestra historia personal se construye por significados y recuerdos transmitidos, que pueden o no ser útiles y constructivos para nuestra presente situación, relación o profesión.

 

Construir la propia historia

Si bien no es necesario tirar por la borda todo lo heredado, sí podemos reconocer –por el efecto que tienen algunas relaciones familiares así como por nuestras formas de tomar decisiones importantes– que requerimos construir nuestra propia historia tomando lo que consideramos de valor, adecuación y utilidad de nuestras familias de origen y replanteando lo que nos hace sufrir o simplemente no nos funciona en la actualidad.

Crecer es reescribir y reinventar nuestra vida con guiones alternativos a la historia de nuestra predecesores, honrrando el pasado pero resignificando nuestro presente. Esta reinvención no requiere ni de la ausencia ni de la presencia de sus autores originales, pero sí de la posibilidad de ir devolviendo simbólicamente a cada quien su historia y de ir abriéndonos a la construcción de una trama adecuada a quienes somos hoy.

Solo un concienzudo trabajo interior unido a límites claros pero compasivos con el exterior, nos permitirá soltar las cargas que no nos corresponden y aligerar el equipaje que requerimos para vivir mejor.

 

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Algunos amores no matan, pero pueden hacerte pomada…

 

¿Qué es la autoestima?

La autoestima no es un sentimiento ni un pensamiento, es la experiencia de vivirte con auto competencia –con capacidades y recursos para afrontar los desafíos que la vida te presenta– y con auto valía –como alguien merecedor de amor, cuidado y atención–.

 

¿Qué es el apego?

Los seres humanos somos seres gregarios, es decir, requerimos de los demás y además para sentirnos seguros nos apegamos y creamos vínculos que nos generan una sensación de pertenencia y seguridad. Nuestro sistema de apego consiste en un cúmulo de emociones y conductas que nos impulsan a querer permanecer junto a nuestros seres queridos para que nos proporcionen protección, afecto y seguridad.

 

Nuestro estilo de apegarnos a una pareja

Todo nuevo amor es un amor antiguo, porque se correlaciona con nuestra primera relación de amor –o desamor– que es la que tuvimos con nuestros cuidadores primarios, generalmente nuestros padres. Este vínculo primigenio influirá nuestra forma de amar en la edad adulta. ¿Necesitaremos demasiado amor? ¿Temeremos la distancia y la separación? ¿Nos confundiremos fácilmente entre la experiencia de amor y abuso? O más aún ¿Nos adaptaremos a relaciones que mezclan el amor y el abuso?

 

La pareja y la autoestima

Existen relaciones que aunque nos den seguridad y sensación de ser amados también incluyen comportamientos poco empáticos, conductas desdeñosas, escasas muestras de cariño y ocasionales demostraciones de preocupación por nuestro bienestar. En estos intercambios, alguno de los miembros se interesa por controlar al otro y de esa manera sentirse seguro de no perderlo, de no sentirse amenazado por sus competencias, de ser “más” y destacar a costa de su bienestar emocional.

 

  • Indicadores que atentan contra tu autoestima
  1. Gritos en público o en privado.
  2. Amenazas contra ti, tus seres queridos o tus propiedades.
  3. Burlas, sarcasmos e ironías lastimosas sobre tu aspecto, hobbies, amistades o trabajo, incluso haciéndote blanco de “chistes” para que otros se rían de ti.
  4. Te interrumpe y corrige cuando hablas, no te deja hablar de lo que a ti te interesa.
  5. Críticas sobre tu físico, tu forma de vestir, de hablar, de caminar.
  6. No llega a acuerdos contigo, los impone.
  7. Mentiras y manipulaciones. 
  8. Minimización e invisibilización de tus sentimientos, deseos o puntos de vista. Cuando deseas platicar evade diciendo que no tiene tiempo o cambia rápidamente de conversación.
  9. Te cela con persecuciones, reclamos, preguntas inquisitivas y reclamos.
  10. Te culpa de sus malestares y errores.
  11. Te voltea las cosas cuando tú eres quien reclama algo.
  12. Condiciona su amor y su permanencia en la relación para que seas de la forma que desea y que necesita.
  13. Distanciamiento físico y sexual porque ya no le atraes, o bien forzamiento a realizar conductas sexuales o actividades que no te gustan.

Estas formas de actuar, ya sean más o menos explícitas y burdas, son todas acciones humillantes que te hacen dudar de tus capacidades y competencias, y te hacen sentir poco merecedor de amor y respeto. Bajan la seguridad personal y por lo tanto tu autoestima.

 

  • Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta
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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.