Sí, existen hermanos que se pelean más de cinco veces al día, los siete días de la semana. Durante periodos largos, la casa se convierte en una zona de guerra habitada por gritos, puertas que se azotan, acusaciones, fundadas e infundadas, e incluso uno que otro golpe. Y aunque a todos nos gustaría vivir en calma, en un ambiente amoroso en el que el desayuno ocurra entre silencio y sonrisas, lo cierto es que las luchas en los grupos familiares son más comunes de lo que parecen y pueden solucionarse con paciencia y con entendimiento, pero ¿cómo se logra esto?

Como madre de cuatro hombres, pienso que el primer consejo útil es eliminar de nuestro sistema esa imagen ideal de cómo deben ser las relaciones. Las familias perfectas no existen, y los hermanos totalmente pacíficos tampoco. Dicho eso, la responsabilidad de sanar los vínculos entre los hijos es de nosotros, las mamás y los papás.

El error más común

Pienso que la hermandad (o la fratría) es un pequeño laboratorio que le permite a los hijos ensayar para lo que viene. Los hermanos construyen una especie de sociedad íntima en la que no sólo se enseñan a convivir, sino a acompañarse, a divertirse y por qué no a pelear de una manera sana.

A pesar de eso, los padres cometemos el error de intentar que se lleven bien a toda costa, y en ocasiones no permitimos que la relación fluya, me ha pasado. Esto sucede porque les otorgamos roles fijos que tienen que ver con su edad – tú eres el mayor y tienes que proteger a tu hermano– o con su género – eres el hombre de la casa–. Caer en esta equivocación hace que los niños tengan que asumir un compromiso muy grande, que tal vez los incomode.

 Aceptar las diferencias y limitaciones

Para que el vínculo entre hermanos mejore tenemos que aceptar también nuestra propia naturaleza. No podemos negar que aunque los amamos a todos por igual, sentimos con frecuencia mayor comodidad o gusto por alguno de nuestros hijos. Esto no significa que los queramos más o menos, sino que como adultos somos más afines a un estilo de carácter o a cierto tipo de desempeño social.  En ese sentido otro buen consejo que les puedo dar es: acepten que está bien tener un vínculo especial con cada hijo.

Por otro lado, para que el trato mejore es muy importante entender cuáles nuestras funciones, y límites parentales. Si bien podemos lograr, a través de una educación sólida, que los hijos desarrollen una relación de cariño, cuidado y respeto mutuo, esto no significa que los hermanos deban ser mejores amigos, compañeros de aventuras y confidentes íntimos.

Hay que tener súper claro lo que nos interesa fomentar en la familia. Queremos que los hijos aprendan a convivir, a empatizar, a pedir lo que necesitan de manera asertiva, a negociar situaciones difíciles, a generar conexiones sanas y a disfrutar de sus relaciones. No queremos generar expectativas sobrehumanas de “entendimiento perfecto”, “intimidad total” y “ayuda incondicional” entre los hermanos.

¿Cómo hacemos que se lleven mejor?

Para lograr una mejor relación entre los hijos, aquí les dejo algunos consejos prácticos, y sí muy realistas, que todos los padres pueden realizar para que las peleas acaben.

  1. Erijamos una disciplina eficaz en la que haya reglas de comportamiento claras, concretas y adecuadas. En dichas normas tienen que estar, sobre todo, bien dibujados los límites ante las conductas inadmisibles. No olvidemos que es responsabilidad de los padres detener, de manera particular, el comportamiento abusivo, golpes, humillaciones, maltratos, burlas, etc.
  2. Enséñales a usar las palabras para que puedan expresar lo que piensan; para que sepan pedir lo que necesitan y decir lo que sienten.
  3. Respetemos las diferencias individuales, y evitemos, a toda costa, las comparaciones. Es importante valorar la actitud y habilidades que tiene cada uno, en el momento oportuno.
  4. Simple, hay que mostrar a cada hijo el aprecio que tenemos a su corazón y a su inteligencia.
  5. Evitemos los favoritismos, y por favor aprendamos a no tomar de partido, sin razón o fundamento, por alguno de ellos.
  6. Hay que favorecer el trabajo en equipo, tanto en situaciones domésticas como en  aventuras extra curriculares, como salidas de paseo. Las actividades colectivas generan orden y sentido de pertenencia.
  7. Fomentemos espacios de diversión y entretenimiento que les permitan relajarse y disfrutarse. Hay que recordar que el juego ofrece un momento de conexión emocional súper importante para la formación.
  8. No hay que evadir ni negar los conflictos, por el contrario, tenemos que enséñales a buscar soluciones justas para que traten sus diferencias de una manera sana.
  9. Respetemos sus espacios individuales. Necesitamos darles la oportunidad de que cada uno pueda realizar hobbies, actividades o intereses personales, sin insistir en tener que compartan todo, siempre.
  10. La buena relación empieza, por mucho, con el ejemplo. Los hijos pueden aprender a través a través de ver cómo nos relacionamos con nuestros propios hermanos, con sus abuelos, con la pareja, o ex pareja si la tienes.

Empecemos por Don Juan, ese personaje desenfrenado y libertino –nacido en las entrañas del Romanticismo– que iba por la vida vociferándole al mundo el gran número de conquistas que había logrado. Esta hombre, de 1630, dejó para la posteridad un tipo de comportamiento masculino que sugiere que los hombres son más “hombres” de acuerdo la cantidad de mujeres con las que han estado.

De esta última idea se desprende el concepto del mujeriego. Una conducta que nace en las entrañas de una sociedad falocéntrica que celebra al hombre por seducir y condena a las mujeres por lo mismo. Y aunque esta regla parece ser más injusta para el género femenino, en realidad también lo es para ellos. En algunos entornos ser hombre implica recibir una educación en la que se aplaude el egoísmo. Una educación que convierte a la sexualidad masculina es una forma de probarse ante el mundo a través del falo y todas las creencias que hay en torno a él y su funcionamiento.

Por su parte, ser mujeriego es todo un desafío en el siglo XXI, no sólo por los avances de género, también porque las parejas han evolucionado y la felicidad ya no se asocia, de una forma tan directa, con la monogamia.  No obstante, salir con muchas mujeres al mismo tiempo, puede indicar que el individuo padece un trastorno de las relaciones; una enfermedad que si bien puede ser controlada debe tratarse para que no genere consecuencias negativas en la vida de los individuos.

Pero empecemos por el principio…

¿Quiénes son los mujeriegos? 

Este concepto se puede aplicar a aquellos hombres que necesitan conquistar compulsivamente , sin importar si su conducta genera problemas personales o con el otro . Este patrón de conducta suele venir desde la infancia, de hijos que aunque paradójicamente han sido consentidos, no han recibido toda la atención que requieren en los primeros años de formación. Estos niños necesitan aprobación constante –en particular de las mujeres–, tienen poca inteligencia emocional y varios problemas asociados a la intimidad.

Hay que destacar que en su desarrollo, los mujeriegos se suelen sentir vacíos, ya que aunque son fóbicos a la soledad, también lo son del compromiso; esto genera una sensación de insatisfacción constate. En otras palabras, no quieren pasar la vida sin compañía… pero.

En un plano social, los seductores obsesivos son menos selectivos que el resto, y aunque establecer una relación se les dificulta, tienen fijado en su comportamiento el perfil del proveedor, del hombre cuya misión en la vida es ser protector y viril. A los mujeriegos les gusta sentirse necesitados, conquistar y usar con plenitud el papel que les ha otorgado  la familia, la escuela y demás instituciones; esa función de ser los que no lloran, los que salvan al otro (niños y mujeres) antes de salvarse.

Dicho lo anterior y con toda la intención de hacer más sanos nuestros vínculos, vale la pena encontrar la manera de enfrentar este problema. Aquí te dejamos algunos consejos a considerar para vivir una existencia más plena.

Herramientas para ellos 

*Ser sinceros con uno mismo y con el otro; cuando se crea un vínculo es importante no mentir respecto a la condición no monógama y aceptar en la pareja lo mismo que se pide.

*Buscar otras maneras creativas para tratar la ansiedad. Hacer ejercicio, ir a terapia, etcétera; todas las alternativas son buenas.

*Muy simple…¡Jalársela más seguido!

*Aprender a disfrutar y entender los beneficios de la intimidad. Quizá cambiar la variedad por la intensidad.

* Sanarse internamente y madurar. En este sentido la regla de oro es posponer la gratificación y tolerar la frustración.

Herramientas para quienes viven con ellos. 

*La pareja debe tener acuerdos claros, concretos y mutuos. De no ser así hay que terminar.

*Analizar a la pareja. Vale la pena preguntarse  por qué se está con ese hombre en particular, ¿tiene cosas buenas, más allá de la monogamia, por las que vale la pena quedarse?

*Desarrollar la confianza: no perseguir, preguntar o espiar. Esto no sólo daña la relación, también a uno mismo.

Y ojo, una cosa es no ser exclusivo sexual, y otra cosa es ser un ¡patán!, con esos ¡ni en pintura!

 

La relación se acabó y yo no puedo acabarla en mi interior. Ya sea que yo lo terminé o que él me haya terminado – distintas situaciones ambas – pero el sufrimiento sigue por el simple hecho de que NO LO PUEDO OLVIDAR.

La relación se acabó y yo no puedo acabarla en mi interior. Ya sea que yo lo terminé o que él me haya terminado – distintas situaciones ambas – pero el sufrimiento sigue por el simple hecho de que NO LO PUEDO OLVIDAR.

No sobra decir, antes de entrar en mayores profundizaciones, que ser “´victima” o “villano” en una separación implica tareas emocionales diferentes que conllevan sus propios retos, que de no ser atravesados estancan el proceso de superación del quiebre.

  • Las personas a las que las “cortaron” (y si es de manera abrupta e inesperada ocurre con mayor vehemencia), no solo tienen un efecto de shock que toma un tiempo ser superado, sino que lidian con dos particulares fenómenos afectivos: el primero es de humillación y el segundo de resentimiento.  Humillación por no haber sido valorado, por haber sido abandonado y sustituido. Resentimiento por tener que transformar la propia vida y sobrellevar la falta de amor sin haberlo decidido.
  • La persona que “corta” (sobre todo cuando lo hace de manera consciente), tras haber “ido y venido” para tomar la decisión, no solo ha de cargar con la imagen de ser “la mala del cuento”, sino que también ha de ladear internamente con el sentimiento de culpa. Un quiebre implica siempre sufrimiento así que por cuidadoso que se sea, es imposible evitar el dolor. A esto se suma una sensación de responsabilidad por el bienestar del ex que de hecho no le corresponde más.

Pero profundicemos más en estos vericuetos emocionales: quizás no quieres volver, o sepas que no te conviene volver, pero hay una “aferre” al ex que te sigue produciendo sufrimiento, robando energía emocional y haciéndote perder tiempo real. ¿Crees que “necesitas” la relación? ¿Piensas que como fue un verdadero amor no puede acabar? ¿Reconoces algo que crees que puede cambiar y deseas intentarlo? ¿Entrán más cosas en juego?

Te comparto varios puntos de reflexión que te pueden tener atorado en el proceso de soltar:

  1. Tu ego ha sido herido. A nadie nos gusta perder ni fracasar. Mientras más grande un “ego mal domado” es más fuerte la experiencia de haber sido maltratado.
  2. Se pierde la sensación de posesión y pertenencia. Los humanos nos construimos en la infancia identificando y nombrando nuestros vínculos: “mi madre”, “mi amigo”, “mi hermana”. Cuando “mi novio”, ha dejado de ser “mío”, viene un quiebre que cambia la idea de quién soy y de lo que me pertenece. ¿Quién soy hoy sin él o sin ella?
  3. Miedo a estar solo. La dependencia económica o emocional impiden hacer de la soledad una experiencia de enriquecimiento y crecimiento, por no decir de disfrute también. La falta de pareja no implica la carencia de vínculos de valor.
  4. Creencias erróneas sobre el amor. Cuestionar premisas como “el amor es eterno”, “el amor es incondicional”, “el amor todo lo puede”, “mientras haya sentimiento sigue habiendo amor”, es necesario. Una particular creencia errónea es estar convencido de que solo una persona puede ser, de una vez y para siempre, “el amor de tu vida”.
  5. Exposición constante a redes sociales. Ya dice el dicho “ojos que no ven, corazón que no siente”. En la era de las comunicaciones en la que estamos hiper conectados se requiere de decisión y voluntad para no exponerte a la información que circula en las redes sociales que activan tu necesidad de saber de tu ex.
  6. Presión familiar o social por vivir acompañado. La sociedad privilegia la vida de pareja sobre la soltería y muchas veces al aferrarte a un ex buscas sentir que embonas mejor el contexto, que no vas a defraudar a tu gente cercana o evitar sentir el rechazo de grupos que se sienten “amenazados” por la gente soltera.
  7. Tareas pendientes respecto a tu ex. Tras un rompimiento puedes haberte quedado con la necesidad de pedir perdón y reparar algún daño cometido o bien de recibir la reparación de un ex que te trató sin cuidado y consideración. Si bien esto puede o no llegar a ocurrir es importante cuestionar la necesidad de perdonarte a ti mismo por lo que pasó y a reconciliarte contigo mismo por lo que es.
  8. Aferrarte a lo bueno que sí fue y no a lo complejo o malo que empezó a ocurrir. Un amor siempre tiene algo que valió la pena o que sirvió en determinado momento. Poder atesorar lo valioso al tiempo que reconoces lo que ya no estaba ocurriendo implica manejar la ambivalencia entre lo bueno y lo imposible, tolerarla y no por eso querer regresar el tiempo y reconectar al ex galán. 
  9. Conservar demasiados objetos cotidianos que te mantienen aferrado. ¿Un anillo, una habitación, cartas y fotos? No se trata de que deseches todo, pero sí de que hagas una pequeña limpieza, reacomodo y transformación de pertenencias que te anclan en el pasado. 
  10. Hacerlo tu amigo antes de tiempo. Hay relaciones erótico-afectivas que se transforman en amistad, pero para eso requieren primero vivir la ruptura y la pérdida y luego transformar la relación. El proceso necesita tiempo y distanciamiento.
  11. No haber atravesado un proceso de duelo. Los duelos permiten experimentar el dolor de forma escalonada, desde la negación ante lo sucedido, pasando por el enojo y la depresión hasta llegar a la aceptación. Sin atravesar estos estadios no hay forma de asimilar la experiencia y continuar la vida. 
  12. Reconocer un apego ansioso o inseguro. Los vínculos con nuestros primeros cuidadores, generalmente nuestros padres, dejan una impronta en la forma de crear vínculos. Si nuestro apego infantil fue seguro, ansioso, o evitativo se verá reflejado en nuestras futuras relaciones. Se está bien en la presencia y también en la ausencia del ser amado, y al momento de terminar, se facilita soltar, aún con dolor, pues está la confianza personal de encontrar buenos vínculos en el futuro. que podremos encontrar a alguien en el futuro, en e   de manera similar con los adultos. Pero quienes vivieron un apego ansioso, inseguro o evitativo, han de trabajar en ello pues se vivirán con mucha mayor dificultad para pasar página tras una separación. 

Consejos para olvidar a tu ex 

            Empeñarse en sacar de la conciencia a alguien que fue importante en la vida genera mucho derroche de energía física y psíquica y puede incluso convertirse en una obsesión. Cambiemos el objetivo, en vez de olvidar, trata de redirigir el recuerdo para reacomodarlo en tu vida.

A esta actitud suma el realizar algunas acciones concretas para avanzar en el proceso de soltar:

  • Rodéate de gente querida. Si bien los vínculos erótico-amorosos pueden acompañar de manera especial en la vida, toda relación íntima puede ser un apoyo emocional y un espacio de acompañamiento. Haz planes con ellos, llámales, involúcrate más en sus vidas y comparte con ellos la tuya.
  • Crea nuevos hábitos.  Terminada tu vida de pareja cambian tus rutinas y quedan momentos de vacío y descontrol. Integra nuevos hábitos de ejercicio, orden, incluso acomodo de tus espacios, para llenar esos pequeños huevos de tiempo con algo que te genere placer.
  • Actualiza tu proyección de vida. Integrar a tu vida nuevas actividades adecuadas a tus intereses y necesidades permite replantear tu mundo de motivaciones y valores y reconstruir tu proyecto de vida personal.
  • Distráete de manera constructiva. Existen muchas actividades artísticas, culturales, deportivas que enriquecen tu vida y te sacan de pensar en tu ex sin ton ni son. Cine, museos, competencias, lecturas, bailes y veladas musicales, pueden ser “distracciones” que alimenten tu ser y te permitan transitar. 
  • Conoce gente nueva. Con todo y lo que duele perder a tu pareja, sobre todo si la relación fue buena y se sostuvo en el tiempo, la soltería siempre abre la oportunidad de conocer gente nueva, entender que pasa “allá afuera” y expandir tu visión del mundo, del amor, y de ti mismo, expandiendo tu circulo social.

Y sin duda, el amor –más allá de lo que opina la gente- sí tiene cura, y de pasadita, con el dolor vivido, también quien lo sufrió, madura…

 

Tras un par de años de soltería – y entendiendo mejor a tantas mujeres que quieren tener pareja y la buscan con cierta decepción –  miro con una chispa especial a diestra y siniestra, consintiendo con secreto regocijo el deseo que recorre mi mente, mi cuerpo y mi corazón de tener más cerquita a un “santo varón”. 

No hay modo de no mencionar el típico de “los hombres no se comprometen”; y es que en esta transición no hay duda de que hay algo de eso. ¿Por? Las mujeres en general nos mostramos más disponibles emocional y sexualmente que los hombres, más propensas a desear el compromiso y la exclusividad; esto –como cualquier oferta de mercado – facilita que ellos controlen mejor las condiciones de los encuentros. 

Solo el amor y el deseo conducen al compromiso que involucra la voluntad. Esa estructura cognitiva, moral y afectiva que nos permite vincularnos con un futuro y renunciar a la posibilidad de maximizar nuestras opciones. La posibilidad mayor de opciones, entonces, no facilita sino que inhibe la capacidad de comprometerse con un único objeto en una sola relación. Hay más mujeres disponibles, dispuestas, y deseantes, de cualquier edad, raza, clase y religión, que hombres en la misma condición.  

 Así con “los puntos puestos sobre las “íes” – y en medio de tormentas y vociferaciones – regreso a mi gusto por los hombres y a tantas mujeres que están en parecida situación. Sin desacreditar a todas aquellas que se encuentran entre lastimadas y filosamente resentidas, no puedo dejar de pensar que muchas de ellas, en su recóndito fuero interno anhelan – entre la resignación y el recelo – el acompañamiento de un buen amor. Nadie dice que encontrarlo y cultivarlo sea fácil, pero ¿por eso hemos de desacreditar, descalificar, menospreciar la búsqueda, el deseo del encuentro, y con ello lo que un hombre nos puede aportar?   

Va entonces una larga lista de aquello que no me puede dar ni mi bendito padre, ni mi querida madre,  ni mi amorosa hermana, ni mis adoradas amigas, ni mis hermosos hijos, ni nadie más. Y miren que de todos ellos recibo cosas hermosas, pero no, hay cosas que solo un hombre me puede aportar.  

  1. Observarlos.
    Experimento algo entre estético y poético al verlos moverse, conversar, reflexionar y sentir. Advertir su aroma o escuchar su caminar son mi objeto de deseo.
  2. Su mirada me confirma como mujer. Esa mirada discretamente curiosa y a la vez explícitamente deseante. Sentirme escudriñada por ellos me arraiga gozosamente a mi sexo.  
  3. Su compañía masculina me conecta a mi ser mujer y a dejar de lado los papeles de madre, hija, esposa, hermana. Experimento un florecimiento primitivo, intuyo una complementariedad categórica: me basta ser quien soy, me basta ser mujer.  
  4. El contacto piel a piel me alimenta. El abrazo de pareja contiene una intimidad y un derrumbamiento de barreras psíquicas que me nutre.
  5. El intercambio del juego erótico: esa danza de palabras, miradas, sonrisas, gestos, palabras o roces me resulta un baile delicioso. La seducción y sensualidad estimula mi espíritu mediante la actualización de mi dimensión erótica, me genera una vitalidad y un particular arraigo a la tierra. 
  6. Me gusta el cuerpo masculino, y me gustan los penes, simplemente me gustan. En la cama, sin duda el preludio sexual es embelesante, pero un pene erecto, listo para una penetración sin protocolo es también una excitante provocación.  
  7. Ser el deseo del otro es un gran generador de deseo. Me gusta ser el deseo de un hombre no solo porque cabalgando sobre su deseo se agudiza el mío, sino también por el simple disfrute que me produce su gozo; me deleito en su deleite. 
  8. Siendo una mujer fuerte, amo la sensación de su fortaleza física y de mi “debilidad”. Las mujeres que luchan contra la supuesta idea del “sexo débil”, sepan que estoy con ellas, pero esa lucha por la igualdad no me quita la profunda riqueza de recibir la contención de unos sólidos y apretados brazos masculinos.

9.- Su pensamiento práctico, concreto y resolutivo, al tiempo que ayuda a parar mi mente en momentos de excesivo “futureo” y obsesivo escudriñamiento, me estimula a pensar, mirar y entender la vida desde perspectivas diferentes.

10.- Su presencia me reta a desbancar roles pasivos de género, abre la posibilidad de ser proactiva, provocativa, actuar y vivir mis propios valores. Tomar la iniciativa –en la cama y en la vida- me invita a ver sus reacciones, conocer, conocerlos y reconocerme. 

El tema da para abordarlo por muchos lados, yo prefiero resaltar que estamos en una transición en donde no existen – ni existirán más – esquemas amorosos claramente trazados, y por tanto toca entender las nuevas geografías del corazón con más curiosidad y menos desazón.

Pero hoy sufrimos diferente…

El miedo al amor,

 la sobrevaloración del mismo

 y la dificultad de conseguirlo,

son la constante de nuestro penar emocional.

Eva Illouz

 

El tema del amor -por exceso o por defecto– se ha convertido en un tópico de preocupación fundamental en nuestra época. No hace tanto tiempo la religión, el Estado, la familia y el deber organizaban la vida de las personas dándoles un sentido de valía y de propósito.  Hoy la identidad se construye en gran medida por la capacidad de amar y ser amado, de escoger y ser escogido, de desear y ser deseado.

Pero –producto de los avances tecno científicos, de la revolución sexual, del feminismo, de la globalización, de la celeridad de las comunicaciones, entre otros factores- la formas de amar han cambiado rápidamente, y hombres y mujeres estamos al mismo tiempo entusiasmados y confundidos en cuanto a qué le toca a quién, cómo, cuándo, por cuánto tiempo, en qué forma y para llegar a qué. Y así vamos entre intentos y remiendos buscando construir un buen amor ¿o un buen amante? ¿o un  free especial?

Eso sí, todos sabemos que hoy podemos (y debemos) elegir libremente a un compañero “de viaje” (¿o a más de uno? ¿o para más de un viaje?) y que merecemos en ese encuentro un intercambio igualitario que nos genere bienestar emocional y sexual. ¡Faltaba menos! Claro, la persona elegida ha de aceptar nuestra individualidad, pues el ideal de autorrealización no se pondrá en juego por una relación, y como el trabajo, las amistades, las localidades cambian a “la velocidad del rayo”, hemos de lograr mediante negociaciones constantes que el equilibrio y la reciprocidad se sostengan en la relación. Voy sintiendo que ya es demasiado, pero ¿no es esto lo que queremos? ¡Ya no estamos para abnegaciones y sacrificios!.

Gracias a las luchas por la libertad y la igualdad se va consolidando esta transformación. ¿Por qué entonces no encontramos la dicha amorosa “a la vuelta de la esquina”? Es evidente que lo que divulgan los medios, atienden los terapeutas y hablan las amistades en las charlas de café gira en torno al malestar amoroso que se vive hoy.

Explicaciones se dan muchas: “que nuestra sociedad es más egoísta”, “que se han perdido los valores”, “que nuestros traumas infantiles nos llevan a elegir mal”. Pero lo que no entendemos es que justo los cambios sociales que han posibilitado la transformación del amor, generan sus propios y nuevos sufrimientos. ¿A qué me refiero con esto? A que la elección de la pareja se ha vuelto un proceso meticuloso y complejo, los gustos personales son cada vez más exigentes y refinados. Además, tenemos infinidad de posibilidades y éstas siempre se pueden mejorar ¿Cómo cerrarnos a la posibilidad de estar con alguien mejor?. Así, la indefinición y la duda se vuelven la constante.

Por su parte, la imaginación exacerbada y las expectativas irreales –favorecidas  por las nuevas tecnologías- se colapsan en los encuentros concretos: nos aferramos a nuestros sueños y no nos adaptamos a las realidades de quien está sentado junto a mí.

El miedo al compromiso -no solo por la renuncia a candidatos mejores  sino porque desconfiamos de la durabilidad del amor- se hace constante.  Además, comprometerse ya no es un prerequisito para la relación sino un objetivo a alcanzar a través de la interacción. ¡Y conseguirlo no es sencillo! El respeto a la autonomía del otro nos impide pedirlo (y darlo) y el efecto de no saber “dónde estamos parados” genera una ansiedad nunca vista antes en el territorio del amor.

En el pasado, el inconfundible “flechazo” activaba el deseo y disponía a la voluntad. La excesiva racionalización en las actuales elecciones atenúa la intensidad de la emoción amorosa: el deseo sin intensidad pierde fuerza, la atención no se puede fijar en una única persona, y la voluntad es insuficiente para adherirse a dicha decisión.

Y luego ¿para qué unirnos a una sola persona si la libertad sexual nos abre tantas posibilidades de experimentación y disfrute? Una vez desarticulado el “combo” sexo, hijos y amor en un paquete matrimonial, las personas nos instalamos más tiempo en el mercado sexual. Y en nuestra sociedad consumista la competencia erótica es feroz, hombres y mujeres rivalizan entre sí y con sus congéneres por conseguir a las parejas sexuales más deseables, por ver quién acumula más “ligues” y para exhibir sus proezas erótico amorosas. Y si nadie te escoge y te coge ¿Quién eres? ¿Cuánto vales? El amor se ha vuelto el territorio del reconocimiento, de la identidad y de la validación personal.

Y entre una y otra cosa la ambivalencia y la incertidumbre permean la intimidad: “¿Me desea o no?” “¿Se quedará o se irá?” “¿Acaso le soy suficiente?” “¿Será esto lo que funcione o lo que nos llevará a la disolución?”. El amor en la actualidad no solo genera decepción ¡sino que la anticipa!: a temprana edad ya se vislumbran recorridos amorosos inciertos e inquietantes, lo que decanta en estrategias “macabras” para afrontar su fragilidad y temporalidad. Así, no es de extrañarnos que el desapego, el engaño y el abandono sean los “sablazos” que encabezan los quiebres amorosos: para no sufrir, hacemos sufrir…

  • Decir que la sociedad es más indulgente con la infidelidad masculina que con la femenina es una realidad pero no es una curiosidad porque todo mundo lo sabe.
  • Decir que el hombre es más promiscuo que la mujer y que sus infidelidades tienen menor fundamento emocional es una realidad pero no una curiosidad, puesto que todo el mundo lo acepta.
  • Y decir que como consecuencia de ambas cosas el hombre sea el perdonado también es una realidad pero no una curiosidad, porque todo el mundo lo reconoce.

Sin embrago, algunas realidades son menos evidentes, pero igualmente trascendentes que merecen ser destacadas, porque a simple vista pueden parecer un tanto insólitas. Mencionaré una:

  • Las mujeres más maduras (psicológicamente) son las más fieles… y las más infieles. 

Obviamente influye la edad pues para madurar se requieren vivencias y experiencias, las primeras llegan con los años y las segundas son consecuencia de la asimilación de las primeras. Por tanto no hay que confundir la cantidad de vida con la calidad de la experiencia.

Pero en virtud de este mismo razonamiento, cierto porcentaje de mujeres decide que en determinada situación recurrir a la infidelidad no va contra sus principios ni contra su coherencia.  Es el caso de quienes se sienten abandonadas emocionalmente o que practican la infidelidad reactiva, es decir, como protesta a una situación que no quieren más; en este caso permitirse la infidelidad es la manera de responder adaptativamente a su realidad y por tanto asumen lo que hacen como un ejercicio de expresión de su libertad de acción. Así, la madurez hace que, de acuerdo con su lógica, y a pesar de los riesgos que conocen como mujeres, (siempre es más riesgoso ser infiel siendo mujer que siendo hombre) la consideran una opción aceptable y deciden practicarla sin inhibirse por cuestiones de género.

En cambio, en los hombres la infidelidad juega a favor de la inercia social y en ese caso, lo que implica en ellos mérito es limitar voluntariamente el acceso a alguna de las múltiples vías de las que dispone para ser infiel sin recibir rechazo social.

El resultado de esa distinta permisividad hace que por regla general la renuncia a la infidelidad sea un indicativo de madurez en el hombre, mientras que en la mujer la interpretación puede ser más equívoca, porque puede tratarse de una restricción voluntaria y en ese supuesto, es un indicativo de madurez. O puede estar motivada por el temor a la reacción de la pareja, y en ese caso, debe interpretarse como subordinación afectiva impuesta por la inmadurez.

Las mujeres suelen ser más coherentes que los hombres tanto a la hora de restringir sus infidelidades como de permitírselas. Los hombres a medida que maduran tienden a ser más fieles.

¡Ojo! No estoy siendo más permisiva con la infidelidad femenina que con la masculina, pero en mi experiencia clínica observo que el perfil de la mujer infiel suele ser más coherente que el de los hombres, y menos inmaduro.

El flechazo llega, la relación empieza, y cuando uno está “réquete” involucrado, las cosas que no se vieron o que se dejaron pasar por parecer poco importantes, empiezan a hacer ruido, a generar conflictos  y a crear distanciamiento y riesgo de separación.

Las parejas, con el correr del tiempo, pueden consolidar su amor o bien caminar a las grandes diferencias que llevan al rompimiento. Esto último puede darse por dos  razones principales:

  • Haber, al paso de los años, tomado caminos diferentes e irreconciliables, propios muchas veces de la velocidad del cambio en la actualidad y de las divergentes necesidades de crecimiento de cada miembro de la pareja.
  • Por no haber desarrollado una técnica de negociación adecuada para el manejo de las diferencias, abordando ineficazmente los conflictos y deteriorando el amor.

Pero otra cosa es iniciar un intercambio amoroso omitiendo o minimizando información necesaria para ver si los incipientes encuentros pueden consolidarse en una relación de pareja. Este es el caso de quienes, previo a enamorarse y comprometerse, no toman en cuenta las cuatro variables que facilitan el buen funcionamiento de una pareja.

1)   El buen acoplamiento sexual.

  • La pareja no puede vivir solo de sexo pero tampoco con una mala o nula vida sexual.

2)   La compatibilidad de caracteres. Ésta incluye:

  • La comodidad relacional que consiste en estar con el otro sin dejar de ser ellos mismos.
  • El orgullo social que significa sentirse satisfecho frente a la sociedad de estar con esa persona.
  • El nivel de madurez que implica un desarrollo emocional parecido que facilite la interacción mutua.

3)   La escala de valores similares para afrontar decisiones cruciales. Máximas coincidencias y mínimas divergencias en lo que consideran bueno, bello y verdadero.

4)   Proyectos de vida separados pero convergentes.

  • Ni se fusionan, ni se pierden en la distancia, porque son proyectos paralelos.

Con estos apuntalamientos la pareja podrá estabilizarse para:

  • Saber construir.
  • Saber aceptar.
  • Saber corregir.

Quizás hoy más que nunca, debido a muchos factores, pero muy en concreto producto del actual confinamiento, reconocemos que la libertad es “un divino tesoro”. Si bien es un espejismo pensar – incluso lo era aún antes de la pandemia – que podemos tener y lograr todo, sí tenemos un interesante margen de acción para construir la vida que deseamos.

Somos, los seres humanos, “sujetos deseantes”. Así como el esqueleto sostiene y estructura al cuerpo, la capacidad de desear es el eje que configura nuestra identidad y da sentido a nuestra vida. ¿Qué quiero? ¿Qué necesito? ¿Qué sueño?

Es fácil sucumbir a los deseos ajenos con el fin de agradar, de sentir que pertenecemos y de experimentar así cierta seguridad. De manera particular, la sociedad patriarcal nos ha entrenado a las mujeres para descifrar los deseos ajenos (de padres, maridos e hijos) a tal punto de dificultarnos –sino hasta imposibilitarnos en ocasiones– descifrar los propios. A los hombres se les impulsa más a escuchar sus deseos y necesidades, siempre enmarcados en el paradigma del “éxito” masculino que implica fuerza, productividad y pobreza emocional: esto también tiene sus altos costos.

Conquistar la libertad requiere que dirijamos la mirada a nosotros mismos, que busquemos nuestros deseos postergados y nuestros entusiasmos no indagados. Pero para ello se requiere tanto autonomía emocional como independencia económica. 

 

Diferencia entre independencia económica y autonomía emocional. 

La primera es la disponibilidad de recursos económicos propios que nos permitan tener un margen de acción real. La segunda es la posibilidad de utilizar dichos recursos económicos para legitimizar y gestionar –con base en decisiones de criterio propio que impliquen una evaluación de las alternativas posibles– los propios deseos, necesidades, sueños, intereses y valores. Y esto nos regresa a lo dicho al inicio, no se puede ni todo, ni siempre, pero sí lo suficiente para construir una vida plena.

Así, si bien la independencia económica no es garantía de autonomía emocional, sí es condición necesaria –insuficiente– para poseerla.

¿Cómo conquistar la libertad? 

  1. Realizando un arduo trabajo psíquico para saber qué es adecuado o no para nosotros.
  2. Siendo creativos y arrojados para generar un proyecto de vida propio que honre y valide nuestros valores, nuestras necesidades, nuestros sueños y nuestros intereses.
  3. Trabajando para generar un ingreso económico a través del desarrollo y uso de nuestras competencias y capacidades que nos dé un margen de acción real.

¿Soy libre? 

La verdadera libertad es la conciencia progresiva de tener cierto control sobre la propia vida, con un aumento de la confianza personal y un sentimiento de satisfacción y competencia.

 

Esto se manifiesta a través de:

  • Intensificar relaciones de genuina intimidad con otras personas.
  • Llevar a cabo actividades que impulsan nuestro desarrollo personal.
  • Cuidar nuestra imagen corporal para disfrutar nuestra dimensión física y sexual.
  • Tomar en serio nuestros intereses.
  • Desarrollar una vocación/profesión significativa.
  • Experimentar sentimientos de eficacia y competencia.
  • Gestionar nuestro mundo emocional para comprender su lenguaje.

El camino a la libertad implica consciencia, aceptación y acción con base en realidades.

Consciencia para reconocer quiénes somos, qué necesitamos, qué apreciamos. Aceptación para vivir en el presente, asumir el cambio constante y validar nuestros deseos, necesidades, intereses y valores. Y acción para a través de conductas concretas asumir el protagonismo de la propia vida.  

 

Cargada de un sabor a traición, humillación y abandono, vivimos temiendo que nuestro amor, nuestro amado, nuestro amante, se líe sexualmente con alguien. Pero paradójicamente, si tuviéramos garantías de no ser descubiertos, si no tuviéramos que dar nunca una explicación, ¿no desearíamos para nosotros una vida sexual más variada, diversa, hasta cierto punto inquieta y rebelde? La respuesta sincera suele ser con frecuencia “sí”.

Las estadísticas en los países occidentales nos indican que aproximadamente entre el 60 a 80 % de los hombres y entre el 40 al 45% de las mujeres han sido infieles. Si bien el 95% de las parejas siguen casándose o comprometiéndose con el acuerdo –explícito o no- de mutua fidelidad, la realidad es algo diferente: queremos ser fieles, pero no siempre lo logramos, esperamos fidelidad de nuestra pareja, pero no siempre la respetamos, y como el extremo de la incongruencia, tendemos a ser permisivos con nuestros propios affaires mientras respondemos intransigentemente con los de nuestra pareja.

Partamos de la base, entonces, de que las infidelidades las cometemos personas comunes y corrientes: no todos los infieles son malas personas, o están enfermos o errados o son unos inmorales. Aún más, no todas las infidelidades se realizan por falta de amor.

La conducta infiel se gesta desde diferentes lugares, malestares, deseos, y necesidades. Por eso, hablar de infidelidad es hablar de complejidad: no podemos reducir un evento con tantos matices a un asunto donde alguien es el malo “el villano” y el otro el bueno “la víctima”.

¿Por qué somos infieles cuando somos infieles? ​ Descúbrelo en mi Taller de Infidelidad que consta de 3 sesiones, 19 de octubre, 21 de octubre y 26 de octubre en punto de las 7:00 pm con duración de una hora, si deseas obtener mayor información la podrás encontrar en mi página oficial.

 

Leyendo la entrevista que hizo la Revista S1NGULAR a Cecilia Suárez hace algunos años ya, me llamó la atención un libro que la artista citó varias veces y recomendó insistentemente el libro: Las Nuevas Soledades de Marie France Hirigoyen. El tema de entrada me cautivó por obvias razones, y ahí me tienen en la red investigando más a fondo su contenido, para darme finalmente a la caza del texto hasta dar con él.

Pues sí, lo que la autora trasmite lo vivo cotidianamente en mi vida personal y en mi trabajo con infinidad de solteros y solteras del siglo XXI. Y es que la soledad se ha convertido en un fenómeno social en aumento y de creciente importancia. Sorprende que, si bien las interacciones entre los individuos –y mucho en parte al influjo de las redes– se han vuelto permanentes por no decir invasivas, una infinidad de personas experimentan un doloroso sentimiento de aislamiento –ya sea que vivan solas o acompañadas–. Esto sin puntualizar que son muchos quienes toman ya la decisión, tal cual, de vivir en soltería.

Esta realidad es, y lo constatamos día a día, fruto de una profunda transformación en las relaciones entre hombres y mujeres que aún no llega a su fin. Si bien las mujeres hemos adquirido una nueva autonomía, tanto en la vida sexual como en la vida laboral, nuestra independencia aún no se integra del todo en las mentalidades, ni de los hombres, ni de nosotras mismas. ¡Cómo no se generarán entonces crisis tanto en los roles femeninos como en los masculinos! Y con estas crisis un empobrecimiento galopante de los vínculos amorosos.

La desorientación la vemos día a día en las rupturas matrimoniales –sobre todo por iniciativa de la mujer– o bien en la dureza de las relaciones de pareja y el sobreesfuerzo que requieren éstas para su sostenimiento y realización.

A todo esto, me pregunto: ¿cuál es el gran temor ante la soledad que experimentamos más de cerquita y con mayor conciencia que antes? A mí en lo personal, vivir “en solo” me hace experimentarme más vulnerable: contactar con más frecuencia mi finitud, mis temores y mis carencias, pero también me aporta un cúmulo de energía, de conciencia, de gozo y de inspiración.

Quizás la clave del dilema consista en vivir la soledad como una elección –nos haya sorprendido o la hayamos conquistado– sin dejar por eso de estar disponibles para el otro. ¿Será que la verdadera intimidad implica ante todo disponibilidad de nuestra parte? Favorecer desde nuestro interés el verdadero encuentro, advertir si el otro se encuentra bien o no, si quiere estar o se prefiere retirar, hablar o callar… Nos quejamos de la soledad, pero invisibilizamos que muchas veces, no estamos –ni queremos estar– disponibles para los demás.

Tener o no tener pareja deja de ser la clave de la ecuación, sobre todo en un mundo donde es preferible invertir a la vez en varios vínculos que respondan a las diferentes facetas de nuestra personalidad. En este nuevo modo de vida se deseará tener una pareja probablemente, pero habrán además varias personas que sean importantes para nuestro diario vivir.

Confirmo que la soledad vivida así es una fuente de plenitud, un medio para librarnos de la superficialidad de una sociedad que tiende a ser dominada por el narcisismo y el culto a los resultados inmediatos, y un antídoto contra el aislamiento que sin duda marchita nuestra humana naturaleza gregaria, erótica y emocional.

 

  • Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta
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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.